31 dic. 2010

ELOGIO DE ISIDRO, QUIOSQUERO DE MI HOSPITAL




¿Es posible vivir sin un buen quiosquero? Quizás sí, pero morir seguramente no. Un quiosquero, un buen quiosquero, te da los buenos días y, en su voz, percibes que han pasado otras veinticuatro horas. Se envejece día a día de su mano y, a partir de la naturalidad con que te vende las noticias del día, se entiende que nada (terremotos, bombas, rúpturas y decretos) nada importa si puedes ir otro día a depositar una moneda frente a sus ojos llevándote a cambio un manojo de papeles. Los papeles, las letras, nada valen. Vale el saludo y la fe de vida que el intercambio significa. Así ha sido mi vida de relación con los quiosqueros, con los buenos quiosqueros, desde el primer periódico que compré, a los doce años, en Naguanagua. Me lo entregó Domingo, a quien llamaban "El Turco". Ya desde el primer sábado comenzó a darme noticias de sí. Yo le daba un bolívar, él me entregaba El Nacional y, por si fuera poco, me contaba que en una ocasión había sido jefe del entonces alcalde de Valencia. Con él estuve por lo menos diez años. Luego llegó Leonardo, en Barcelona: hijo de italianos y nacido en Cantabria, hablaba con acento sureño, del Sur del Sur. "Es que mi familia tiene intereses en Argentina". Era muy solidario y, cuando se enteró de mis pretensiones literarias, intentaba presentarme como escritor ante una anciana editora que todos los días se me adelantaba en la compra de El País. De Salerno, en Italia, recuerdo a Ciro que me saludaba con un grito cada vez que yo pasaba frente a su quiosco, en Via Arce, comprase o no La Repubblica. Luego, cuando regresamos a Caracas: Anastasia, una anciana negra e inmensa que me vendía periódicos viejos e intentaba proponerse como una opción cada que vez que se enteraba que Giuliana había regresado a Italia. De nuevo en España, Reyes, en la ciudad de las ciencias: amable y convincente, hasta el punto de colarme la Biblioteca Completa del Psicoanalisis. Ahora tengo a Isidro, en el Hospital General de Castellón. Irónico y distímico, cada vez que le pregunto cómo está, responde casi sin mover los labios: "Mal". "Qué bien", es la respuesta que sé que espera y a veces se la doy. Isidro es gordo, melenudo y barbudo. Habla poco, pero sé que sabe de música, literatura, política y, fundamentalmente, de excepticismo, que en él es una mezcla de conocimiento, partido político y religión. Cuando me ha visto agobiado durante alguna guardia, se ha hecho pagar el periódico pero no la chocolatina: "Es un regalo, para que mejores". Ése no es, ni mucho menos, el límite de su generosidad. El otro día he sabido que a un mutuo amigo, traumatólogo escrupuloso, le permite que se lleve sin pagar las novedades literarias del estante giratorio. El traumatólogo los lee sin mancharlos y a los cinco días los regresa impolutos. "Tú también te los puedes llevar, si prometes cuidarlos". No sé si aceptaré, porque a veces leyendo se me escapan algunos líquidos, pero lo pensaré. Si finalmente acepto, aquí lo juro, acuñaré el término isidriano y, en su honor, en honor de Isidro, colgaré un post: "Elogio de Isidro, quiosquero de mi hospital".

12 dic. 2010

La primera gran enfermedad de Michael Corleone


A El Padrino —el hijo mestizo de Mario Puzo y Francis Ford Coppola— se le quiere o no, pero casi siempre se le quiere. Al le(v)erlo, se conversa con Marlon Brando el día de la boda de Costanza y, seguramente, gracias a la música de Nino Rota, pero también a la dialéctica del Don, se le ofrece lealtad y luego no se falla.

Michael "Pacino" Corleone


De allí nace la preocupación por la salud de sus hijos, especialmente del pequeño Michael, a quien fácilmente hubieran podido apodar Pacino: Michael "Pacino" Corleone. No es hoy el día de hablar de la Diabetes Mellitus que lo asalta en la tercera entrega de la película y lo obliga a recibir azúcares cardenalicios mientras busca un apoyo papabile en El Vaticano. Tampoco de la apoplejía que lo fulmina en los últimos fotogramas de esa misma entrega. Mucho menos de la culpa que lo persigue después de haber ordenado la muerte primero de su cuñado Carlo Rizzi y después de su propio hermano Freddo. En referencia a esto último, será necesario pedirle a la psiquiatría una licencia literaria. Porque si alguna vez alguien se atreve a diagnosticarle un trastorno de personalidad a Michael Corleone —ánimo, compadre: Michael murió, de su hijo Anthony es muy poco lo que se sabe actualmente y su heredero Vincent "García" Mancini actualmente canta boleros y busca fondos para financiar sus películas— este trastorno, al ser estructural, sería la primera gran enfermedad de Michael. El ánimo de este cuartiento es más bien referirse al traumatismo facial producido por el impacto del "enorme puño" derecho del Capitán McCluskey en su "mandíbula". Lo recuerdan bien el lector y el espectador: el lectador. Luego de que los hombres de Sollozzo disparasen sus pistolas de juguete sobre el cuerpo de Don Vito Corleone, éste es llevado al Hospital Francés. Allí, en la primera visita que le hace, el joven Michael ve a su padre desprotegido e intuye que Sollozzo —¿no sería mejor decir Barzini?— nuevamente intentará matarle. Por ello convence a la enfermera de cambiarlo de habitación y sale a las afueras del hospital, donde encuentra al yerno-ayudante del panadero Nazorine. Cuando pasa el primer vehículo —es posible que en su interior vaya Sollozzo; si no, igual da, dos o tres de sus matones— las manos del yernodante tiemblan, las de Michael Corleone no. Cuando llega el segundo, nadie tiene derecho a patalear. De él baja el gigantesco McCluskey y, luego de un intercambio de palabras con Michael, ordena a sus subalternos que inmovilicen al futuro padrino y lanza un puñetazo que Michael intenta esquivar infructuosamente. Don Mario Puzo lo cuenta así, con la facilidad que le caracteriza y que traduce para nosotros Ángel Arnau: "... pero el puño se estrelló contra su mandíbula. Le dio la impresión de que había estallado una granada dentro de su cabeza. De su boca empezó a salir sangre, y escupió algunos dientes". Luego llegaron los hombres de una agencia de detectives respaldados por el abogado de Clemenza y, una vez garantizada la seguridad del Don, Michael decide ser humano: pierde el conocimiento y es llevado al hospital donde le soldarán la mandíbula y se dará cuenta que ha perdido "cuatro dientes del lado izquierdo de la boca".
Al día siguiente, a pesar del dolor en la hemicara izquierda, Michael mata a Sollozzo y a McCluskey y luego abandona New York: parte rumbo a Sicilia, donde el Doctor Taza —"quizás el peor médico de Sicilia"— al ver que los huesos han soldado mal dando a su rostro un aspecto siniestro" se ofrece a operarle y, como Michael rechaza la oferta, se limita a prescribirle unas pildoras calmantes.
Deformidad, dolor —cada vez más frecuente e intenso— y rinorrea eran los síntomas de los que se lamentaba Michael y el Doctor Taza le explica "que por debajo del ojo pasa un nervio muy delicado, del que a su vez emanan una serie de nervios secundarios". También , en ocasión de la primera visita a la casa de Apollonia, atiende la petición de Michael:
"¿Tiene usted algo para evitar que de mi nariz salgan mocos continuamente? Sospecho que a la muchacha no le gustará verme sonar sin parar."
No exagera Michael. De hecho, tres días atrás, cuando en la película pisa por primera vez Corleone, lo hace sosteniendo en la mano izquierda un pañuelo blanco que constantemente lleva a la nariz,
"Te daré unas gotas antes de que vayas a verla. Tu cara quedará un poco adormecida, pero no te preocupes; no creo que vayas a besar a la muchacha enseguida. De todos modos, el efecto será pasajero."
Tres o cuatro años después, algunas páginas antes de la muerte de Don Vito, será el Doctor Jules Segal quien interceda ante algún amigo cirujano para que solucione el problema. El Doctor Segal —el mismo que diagnostica y comprueba la solución quirúrgica del colpocele de Lucy Mancini (la madre de Vincent), el que comprueba que la disfonía de Jonny Fontane se debe simplemente a verrugas y no a un proceso maligno— en una de las reuniones en que se decide el futuro de Las Vegas examina la mandíbula de Michael:
"Buen trabajo. Ha quedado perfectamente. ¿Y cómo está su nariz?"
"Muy bien", respondió Michael. "Gracias por su colaboración".
Desde la medicina, el asunto que los Doctores Taza y Segal ven sencillo se complica un poco y permite, al menos, la escritura de este cuartiento. La sintomatología descrita insistentemente por Puzo —rinorrea, dolor y deformidad— puede ser, sí, consecuencia de un impacto importante en la región facial, pero más hacia el pómulo, no en la mandíbula. Más propio del traumatismo mandibular sería una alteración de la articulación temporomandibular con la consecuente mala oclusión, además de dolor, tumefacción y sialorrea. Ayuda también que en la película el impacto va dirigido directamente al pómulo izquierdo de Michael. Sin embargo, esto no significaría mucho porque el abogado que luego viene a socorrerlo es el mismo Tom Hagen y, en el libro quien acude es el abogado de Clemenza. Si las evidencias clínicas y la película tuviesen razón y el traumatismo fuese superior, en el pómulo izquierdo, las posibilidades diagnósticas son dos. La de peor pronóstico: un golpe en el pómulo que por transmisión de la onda de presión afecte la lámina cribosa del etmoides y cause por tanto una pequeña fractura —fisura es un eufemismo del que gustan mucho los pacientes— en la base del cráneo: una fístula naso sinusal. Si hubiese sido así, el líquido nasal que obliga a Michael Corleone a llevar siempre un pañuelito en las manos no se llamaría rinorrea sino rinolicuorrea, porque contiene líquido céfalo raquídeo, y la solución habría debido ser más rápida porque sino una meningitis habría impedido la boda de Michael con Apollonia en Corleone.La otra posibilidad, la preferida de este cuartiento, es una fractura malar que produciría deformidad por pérdida de proyección de la eminencia malar y pérdida de la linealidad inferior de la órbita, además de afectación del nervio infraorbitario y una posible afectación de la glandula lacrimal, que se encuentra en la parte externa del techo de la órbita. Se parece más a la explicación de Doctor Taza. Se trata, en todo caso, o podía haberse tratado, ya que la medicina nunca es segura al cien por ciento, mucho menos si al paciente solo se le conoce a través de una buena descripción literaria o gracias a una excelente interpretación actoral, de una fractura facial del tercio medio (malar y/o maxilar). Pero, ¿por qué en el libro que leemos y releemos insisten en hablarnos de la mandíbula? Sólo la mano de un gigante podría abarcar la mandíbula de Michael y también su pómulo, prácticamente toda la hemicara izquierda. O que le hubiese dado dos golpes. Pero en la novela sólo se habla de un golpe y, además, si el golpe fue en la mandíbula, ¿por qué en la película Al Pacino lo recibe en el pómulo?


Mario Puzo


A grandes males, grandes remedios. Ésa es la solución terapeútica de las abuelas: grandes remedios, que pueden ser los más simples, pero que con su radicalidad eliminan toda posibilidad de discusión. Para terminar este cuartiento, es imprescindible confrontar la traducción al castellano realizada por Ángel Arnau, que habla de mandíbula, con el original inglés by Mario Puzo. Mario, Don Mario, nos ayudará a salir de este atolladero. Y, en efecto, lo hace: donde Ángel Arnau traduce mandíbula Don Mario ha escrito cheekbone, que el autor del cuartiento lo recuerda, pero por si acaso busca en el diccionario, significa pómulo. PÓMULO, así grandote. O sea que la primera gran enfermedad de Michael Corleone fue una fractura facial del tercio medio. Luego en esta obra maravillosa —mitad libro, dos tercios películas: una pelibra sin lugar a dudas— vendrían las demás.

4 dic. 2010

Historia médica de un espantapájaros

a Maite Civera, Félix Zirio, Daniela Balescu e Idoia Reynoso,
urgencias
.

Varón de aproximadamente treinta y cinco años que, tras ser hallado tirado en la Calle de Enmedio, en el centro de la ciudad, ha sido trasladado por ambulancia a este centro hospitalario en ausencia de signos vitales. Viste camiseta de mangas largas y pantalón azul desmontable. Calza zapatillas negras y lleva gorra roja con el logotipo de un club de tennis, además de gafas de jardinería. A su llegada, no se realiza exploración electrocardiográfica por estar ocupado el equipo correspondiente en otra consulta. Sucede lo mismo con la temperatura y la tensión arterial. Imposible acceder a información de tipo anagráfico ya que el paciente en cuestión no lleva consigo ningún documento y no responde a estímulos verbales.
Mal estado general. Inconsciente. Imposible valorar orientación. Glasgow tres. Trauma score revisado cero.
El rostro se encuentra vendado posiblemente por traumatismo atendido con anterioridad y la imagen que se observa detrás de las gafas podría corresponder a una gran dilatación pupilar, producto de administración de sustancias psicotrópicas.
No se evidencian movimientos respiratorios y, colocado frente a las fosas nasales, el espejo no se empaña.
Tórax en quilla en el que se palpa una malla cuadriculada sin que sea posible acceder a arcos costales.
No se escuchan ruidos cardiacos ni en el lado izquierdo ni en el derecho.
Abdomen depresible siendo necesario advertir que, debido a que no se pudo separar la camiseta del pantalón, estas valoraciones se han hecho a través de la ropa.
Miembros inferiores sin edema aunque rígidos.
El personal de enfermería refiere que le resulta imposible acceder a vía venosa y el residente de medicina intensiva refiere no poder hacer la intubación endotraqueal.
Se intenta administrar adrenalina infructuosamente y, cuando finalmente se dispone del electrocardiógrafo y las enfermeras empiezan a colocar los electrodos, se recibe comunicación de las azafatas de admisión advirtiendo que un niño de nombre Joan F. ha perdido su espantapájaros en la misma calle en que fue encontrado el paciente.
Se suspende entonces el protocolo de paciente vital que se había iniciado y se realiza este informe a petición del jefe de servicio.

25 nov. 2010

Happy happy new year. Valencia, Venezuela.

¿Qué cosa son, qué danza macabra intentan representar esas dos carrozas fúnebres que corren a toda velocidad por la Avenida Bolívar de Valencia, a veces adelante la de carrocería negra, a veces la gris? Son las tres de las mañana del 1° de enero y yo, que he salido a la calle a pensar en mi hijo recién nacido o quizás a ver los últimos destellos de los fuegos artificiales, me encuentro con dos carrozas que parecen competir en la noche valenciana a lo largo de la avenida más concurrida, a esta hora sólo transitada por borrachos, putas y equivocados de todo tipo.
Imbécil de mí, en lugar de preguntarme cuál de las dos carrozas ganará y llegará primero a la redoma de Guaparo si es que acaso ésta es la meta, la primera interrogante que pasa por mi mente es si las carrozas estarán llenas o vacías, si esos ataúdes que pareciera se asoman a través del cristal de la parte posterior contendrán o no algún cuerpo inanimado.
La cursilería navideña momentáneamente me hace ver en esta situación una caricatura grotesca de la muerte y la resurrección: la muerte que atraviesa a doscientos kilómetros por hora una avenida más o menos desierta y el hombre que sale a la calle a recordar el rostro de su hijo recién nacido. Menos mal que inmediatamente me repongo, dejo de ver en las carrozas que ya deben estar a punto de estrellarse contra la redoma de Guaparo ninguna cosa que no sea dos carrozas a punto de estrellarse contra la redoma de Guaparo, detengo el carro y le pregunto a un vendedor ambulante de cervezas de qué se trata:
—¿Tiene mucho tiempo fuera, señor? —me repregunta él.
—No, pero ... —miento descaradamente sabedor de que una confesión de ese tipo puede fácilmente costarme la vida o la cartera.
—Entonces es que sale muy poco porque esto tiene pasando casi tres años.
—¿Sí? —le digo como abriendo el chorro de su información mientras con la mano derecha le extiendo un billete de cinco en signo y señal de que me tomaré al menos una cerveza y él no perderá su tiempo.
—En efecto, son los de la funeraria Arismendi contra los de la Salón. Hacen esta competencia todos los viernes a la una. A veces ganan unos, a veces los otros, pero todos en la ciudad apostamos.
Mientras habla, las carrozas regresan, esta vez en sentido contrario, de norte a sur. Y la gris lleva por lo menos veinte metros de ventaja.
—Es que la carrera termina en la Avenida Cedeño, donde están haciendo los trabajos del metro. ¿No ve que por allí es que quedan las funerarias? La que va ganando es la de la funeraria Arismendi. Yo le aposté veinte bolívares. La maneja Alfonso y a mí me han dicho que él no toma los treinta y uno.
—Pero, ¿y el resultado? ¿Cómo se entera uno del resultado? —le pregunto impaciente, todavía con media botella de cerveza en la mano izquierda.
—Lo dicen por Radio América a las tres y media.
—Y los los los los ... —tartamudeo, lo hago a propósito porque sé que ésta es mi pregunta fuerte y porque ya estoy a punto de partir —los ataúdes, ¿van llenos o están vacíos?
—Por favor. ¿Cómo se le puede ocurrir? Claro que van llenos. Si no qué sentido tendría.

11 nov. 2010

Escritor, ¿de dónde sos?

Ha de ser un escritor, un gran lector quizás. O un devorador de entremeses. Su particularidad es estar presente en todo encuentro literario, sin importar la ciudad, el país o el continente en que esté se realice. Al final de cada actividad se acerca a un escritor y, sin mayores preámbulos, le lanza su pregunta:
-Escritor, ¿de dónde sos?
La primera vez que se acercó a mí fue en Málaga, a mis veinticinco años, después de una lectura más escatológica que literaria.
Hasta entonces yo había vivido en Venezuela, en un pueblito de montaña que se llama La Entrada porque a través de sus senderos se accede a Valencia desde Puerto Cabello. Asomado a la ventana, había visto pasar por la carretera miles de camiones que llevaban mercancía a la ciudad y, casi todas las tardes, los muchachos del pueblo que salían a desfilar con sus burras Una noche, durante el sueño, escuché una detonación. Semidespierto, mediodormido, corrí hacia la ventana y vi cómo cuatro hombres armados con fusiles y cuchillos caminaban llevando en medio de ellos un prisionero. Siempre creí que se trataba de Niehous y que sus acompañantes eran guerrilleros a los que a través de los años les he ido cambiando el nombre: Douglas Bravo, Teodoro Petkoff, Jorge Rodríguez o Hugo Chávez. A los doce años, me atreví a salir de la casa materna y comencé a recorrer los caminos de La Entrada. Era una carretera larga y vieja que caminaba todos los días hasta llegar a un punto donde las ramas de los árboles de uno y otro lado se entrecruzaban. Inicialmente, allí me sentaba y comenzaba a leer. Luego, me sentaba y me ponía a escribir. Por todo eso, cuando el devorador de entremeses me preguntó de dónde era, le respondí que de La Entrada.
-Pero, ¿no sos de Venezuela?
-Sí, pero fundamentalmente de La Entrada.
Luego, me tocó vivir en Barcelona. Primero, unos meses en Gracia. Y, luego, varios años en Sant Gervasi, a donde me fui porque había comenzado a salir con Giuliana y a ella le daban miedo los yonquis. En Sant Gervasi, en el carrer Bisbe Sivilla, pasé años escribiendo o soñando que escribía mientras contemplaba el jardín abandonado del antiguo Instituto de Puericultura. Ya al tercer año, supe que también era de allí.
-¿De dónde sos? -esta vez yo tomaba un aperitivo antes de la presentación de un libro.
-De la Entrada y del Carrer Bisbe Sivilla.
Una vez casados, Giuliana y yo decidimos invadir la casa de su madre en Salerno, en el número 122 de Via Arce. Fueron apenas dieciocho meses, pero en ellos aprendí italiano, comencé y terminé la tesis, vi las mejores películas de mi vida, leí sopotocientos libros e inicié la espera de mi primer hijo, Alessandro. Había, como siempre, una ventana, y en el fondo un castillo, el Arechi. Y, cuando salía al balcón, el pescivendolo me saludaba agitando un anguila y gritando mi nombre.
-¿De dónde sos?
-De La Entrada, del Carrer Bisbe Sivilla y de Via Arce.
El equipo de fútbol de Salerno me rescindió el contrato. De médico, claro. Y regresé a Venezuela. No a la casa materna. Ni siquiera a La Entrada. Sino a Caracas. Trabajaba en un hospital psiquiátrico, El Peñón, y vivía en Sebucán, en el apartamento que le había alguilado al acupunturista del Presidente Caldera. No escribí mucho en esos años, pero tumbado en la cama veía el Ávila y, cuando salía a caminar, una negra de doscientos kilos llamada Elpidia me vendía el periódico del día y me regalaba otros antiguos que contra toda lógica conservaba en su kiosko.
-¿De dónde sos?
-De La Entrada, del Carrer Bisbe Sivilla, de Via Arce y de Sebucán.
Luego Giuliana se vino a vivir a Valencia, en España. Y yo me vine detrás de ella, persiguiéndola. Así nació Letizia. Así decidimos vivir en una casita en las afueras de la ciudad, junto a un pueblo que se llama Puzol (como Pozzuoli de San Gennaro). Aquí, cuando llegó del trabajo en Castellón, ordeno mis libros y, fundamentalmente, desyerbo el patiecito.
-¿De dónde sos?
-De La Entrada, del carrer Bisbe Sibilla, de Vía Arce, de Sebucán y de Puzol.
-¿No te has olvidado de algo?
-Tiene razón. De todos los libros que he leído y me han hecho un huequito en el corazón.

4 nov. 2010

PUTAS PEREGRINAS

Quizás por la falta de higiene, la especulación o la precariedad de los servicios que se ofrecen a su alrededor, San Giovanni Rotondo en el Sur de Italia ha dejado de ser el destino preferido de las putas italianas. No es que hayan dejado solo y sin feligreses al pobre Padre Pio, el santo de las manos llagadas, estigmatizadas, nacido en Pietrelcina. No, para nada. No. Todavía alguna lo visita, canta sus milagros, conserva su estampita e intenta eternizar el olor floral que desprende su cadáver. Pero seguramente tendrá más de treinta años. El resto, todas las otras que tenían menos de diez años cuando la caída del muro de Berlín, han dirigido su mirada hacia el Norte. Para nada sirven ya los santos del Sur. Sicilianos, lucanos, napolitanos, puglieses, calabreses. Esos santos no hacen milagros y ya no vale la pena encenderles ni siquiera la mitad de una vela. Ahora hay que ir a Roma, a Milano o quizás a Cerdeña. Eso es lo que en este momento tiene sentido, lo bello, lo trend. No se trata de un santo nuevo. Es viejo, nació apenas un año después de la muerte de Gardel. Vivió la Segunda Guerra y bebió la leche condensada que desde los aviones lanzaban los americanos en paquetes gigantescos. Podría estar demente. De Parkinson, Alzheimer o vascular, ¿por qué no? Pero igual hace milagros. Por eso las jóvenes putas colapsan las carreteras y los trenes de Italia en su afán de llegar a la meta. La estación de Roma Termini es un putiferio ya. El griterío allí es ensordecedor y no tiene nada de particular puesto que siempre lo ha sido. Lo único realmente diferente es que los lavabos han cambiado de olor. Si siempre han olido desenfadadamente a mierda, ahora huelen a perfumes de todo tipo: baratos y caros, buenos y malos, de buen gusto o desprovistos de él. Esa mezcla es lo que siempre se ha conocido como olor de putas. Huelen a puta, pues. Los lavabos de Roma Termini huelen a puta. Y los de la Estación Central de Milán también. Las jóvenes peregrinas están cambiando la vista aérea de Italia. Desde el cielo se ven como una línea que sin interrupciones comunica todas las ciudades y pueblos con Roma y desde allí sube a Milán y Cerdeña. Esas líneas no son otra cosa que una puta detrás de la otra. Si pudiéramos agrandar el objetivo se verían como puntos de diferentes colores. Son sus cabelleras. Predominan las morenas, pero las hay rubias y pelirrojas. Se ven puntos que vienen incluso de África. Son también jóvenes peregrinas. Conversas. Pero sobre todo jóvenes. Todas tienen menos de treinta y la mayoría menos de veinte. Las que tienen diecisiete conocen su ventaja. Serán las preferidas del santo. Todas llegarán a sus alrededores, pisarán alguna discoteca donde mientras se desnudan un apenas conocido les prometerá algo, caerán en las garras de un consigliere que se llevará el número de su móvil en la memoria, escucharán una y mil veces la promesa de ponerlas en contacto con él. Sentirán que están a punto de rozar sus vestiduras, de hincar los dientes en sus calzoncillos. Pero sólo las que tienen diecisiete años, no importa de dónde vengan, con quién hayan dormido la noche anterior, si se han lavado o no, si consumen drogas por vía nasal o simplemente la fuman, serán elegidas por un periodista sátiro. Don Emilio conoce los gustos del santo, sabe de sus dimensiones exactas, ha palpado su capacidad. Él es el controlador de esta caravana infinita. Él decide quién merece pasar y quién, lamentándolo mucho, se debe quedar o quizás regresar. En su despacho, antes del noticiero de las ocho, baila un dado de dos caras: ir a la casa del santo y meterse dentro de la caja mágica o quedarse viéndola en la propia casa para siempre, criticándola, sputtanando con las abuelas que igual siempre han votado Forza Italia esas piernas largas, esos escotes infinitos.
Si Don Emilio lo permite algunas podrán pasar. Veinte o veinticinco por noche, quizás por fin de semana. Entre ellas, las que mejor canten el himno del partido, las que sean más putas pero puedan fingir que no lo son tanto, las que toleren la compañía de jóvenes ministras de tetas marchitas por culpa de los celos, podrán meterse luego en la piscina y, postradas ante el santo, introducirle una pastillita de Viagra en la boca y dejarse luego penetrar mientras los amigos periodistas, algún cantante y las otras putas gritan «Bravo, bravo». A partir de ese momento su vida cambiará porque el milagro habrá sido concedido. Dependiendo de su talante podrán participar en Gran Hermano o ser luego diseñadoras, diputadas, ministras o simplemente famosas. Eso dependerá de ellas. El santo siempre estará dispuesto a ayudarlas, a tenderles una mano para así cambiarles la vida y llenar de piernas largas la senil Italia. Pero incluso si todo fuese mal, si tuviesen que regresar al pueblo y allí un camión las arrollara y luego en el hospital se las comieran las ratas, nunca, nunca podrán olvidar que en el momento de la despedida, el santo las besó y para nada discretamente les entregó un sobre con cinco mil euros y una tarjeta de letras doradas: «Cuando seas mayor de edad, vota Berlusconi».