25 nov. 2010

Happy happy new year. Valencia, Venezuela.

¿Qué cosa son, qué danza macabra intentan representar esas dos carrozas fúnebres que corren a toda velocidad por la Avenida Bolívar de Valencia, a veces adelante la de carrocería negra, a veces la gris? Son las tres de las mañana del 1° de enero y yo, que he salido a la calle a pensar en mi hijo recién nacido o quizás a ver los últimos destellos de los fuegos artificiales, me encuentro con dos carrozas que parecen competir en la noche valenciana a lo largo de la avenida más concurrida, a esta hora sólo transitada por borrachos, putas y equivocados de todo tipo.
Imbécil de mí, en lugar de preguntarme cuál de las dos carrozas ganará y llegará primero a la redoma de Guaparo si es que acaso ésta es la meta, la primera interrogante que pasa por mi mente es si las carrozas estarán llenas o vacías, si esos ataúdes que pareciera se asoman a través del cristal de la parte posterior contendrán o no algún cuerpo inanimado.
La cursilería navideña momentáneamente me hace ver en esta situación una caricatura grotesca de la muerte y la resurrección: la muerte que atraviesa a doscientos kilómetros por hora una avenida más o menos desierta y el hombre que sale a la calle a recordar el rostro de su hijo recién nacido. Menos mal que inmediatamente me repongo, dejo de ver en las carrozas que ya deben estar a punto de estrellarse contra la redoma de Guaparo ninguna cosa que no sea dos carrozas a punto de estrellarse contra la redoma de Guaparo, detengo el carro y le pregunto a un vendedor ambulante de cervezas de qué se trata:
—¿Tiene mucho tiempo fuera, señor? —me repregunta él.
—No, pero ... —miento descaradamente sabedor de que una confesión de ese tipo puede fácilmente costarme la vida o la cartera.
—Entonces es que sale muy poco porque esto tiene pasando casi tres años.
—¿Sí? —le digo como abriendo el chorro de su información mientras con la mano derecha le extiendo un billete de cinco en signo y señal de que me tomaré al menos una cerveza y él no perderá su tiempo.
—En efecto, son los de la funeraria Arismendi contra los de la Salón. Hacen esta competencia todos los viernes a la una. A veces ganan unos, a veces los otros, pero todos en la ciudad apostamos.
Mientras habla, las carrozas regresan, esta vez en sentido contrario, de norte a sur. Y la gris lleva por lo menos veinte metros de ventaja.
—Es que la carrera termina en la Avenida Cedeño, donde están haciendo los trabajos del metro. ¿No ve que por allí es que quedan las funerarias? La que va ganando es la de la funeraria Arismendi. Yo le aposté veinte bolívares. La maneja Alfonso y a mí me han dicho que él no toma los treinta y uno.
—Pero, ¿y el resultado? ¿Cómo se entera uno del resultado? —le pregunto impaciente, todavía con media botella de cerveza en la mano izquierda.
—Lo dicen por Radio América a las tres y media.
—Y los los los los ... —tartamudeo, lo hago a propósito porque sé que ésta es mi pregunta fuerte y porque ya estoy a punto de partir —los ataúdes, ¿van llenos o están vacíos?
—Por favor. ¿Cómo se le puede ocurrir? Claro que van llenos. Si no qué sentido tendría.

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