15 sep. 2006

INTERNET AL REVÉS

Me lo dijo un amigo que tiene muchos libros y no encuentro razones para dudarlo. En el séptimo día, Dios creó el hombre y la mujer. En el octavo, el celular. Y, en el noveno, comenzó con internet. Era un empeño tan grande que le llevó dos días. La internet del noveno día es la buena: la de chatear con los seres queridos, leer los periódicos y enterarse de todo. La del décimo, no, quizás por el cansancio. Se trata de internet al revés, tenretni. No es la web ni la red, tampoco es un billete de cinco invitando a formar parte de una cadena en honor a San Judas Tadeo. Más bien es la sombra detrás de un letrero con la palabra internet. En ella no se navega, se naufraga. Inicialmente atacaba tan solo el décimo día de cada mes. Ahora no, lo hace todos los días. Uno enciende la computadora, se conecta y no sabe quién vendrá: internet o tenretni. Por ADSL, modem o una simple pinza para el pelo, una de las dos puede introducirse en la casa o en la oficina y estar frente a uno, al lado de la abuela o jugando con los niños. A veces, se meten las dos simultáneamente. Junto a la mano derecha, tenretni. Junto a la izquierda, internet. En esas ocasiones luchan entre sí. El usuario está revisando un periódico, visitando a Barney o leyendo un artículo para repetírselo a los alumnos en la universidad o en la escuela de la esquina, pero tenretni se despierta y, zas, lo arruina todo invitándolo a chatear con mujeres desnudas, a jugar maquinitas o a comprar un resort en una isla inexistente. En otras ocasiones, internet llega sola y el usuario, suspirando con alivio, aprovecha para revisar el correo, pero inmediatamente tenretni le roba por un segundo la personalidad a su rival y deposita en el buzón cinco mensajes de sus seguidores. El primero, de una chica rusa que, habiendo sido abandonada por un americano, quiere casarse con otro o algo parecido. El segundo, con el cuento de un sudafricano que quiere que le envíen dinero para quién sabe qué cosa. El tercero, invitando a digitar el número de la tarjeta de crédito, así no más, como si nada. Y el cuarto y el quinto, ofreciendo medicamentos prohibidos o chistes reenviados por personas en cuyas cualidades intelectuales creíamos hasta entonces.
Tenretni es una especie de virus, pero a veces también se encuentra en los antivirus, sobretodo en los e-mails enviados por amigos advirtiendo la presencia de otros virus. Es que en realidad se trata de una entidad mayor. Cuando, refiriéndome a ella en el párrafo anterior, escribí la palabra seguidores, no se trató de un descuido. Personalmente creo que, hija de dioses, tenretni es una deidad y, como tal, tiene sus seguidores. Ellos, seguramente, le ponen velitas, le rezan plegarias y le ofrecen sacrificios. Además, como de una religión se trata, siempre cabe la posibilidad de la conversión. O sea que uno puede haber compartido una información con un seguidor de internet y éste se puede convertir en servidor de tenretni y, a partir de entonces, usar la información compartida de manera insana.
Si sólo fuera eso no pasaría nada porque bastaría con aislarse y no volver a conectarse más nunca. Lo peor, lo peor de lo peor, lo verdaderamente insoportable es que, como sucede con todas las conversiones, nadie está exento de y ni siquiera escribir artículos sobre tenretni basta para inmunizarse contra ella. Por eso, uno puede estar trabajando tranquilamente frente a la computadora y, de repente, zas, el espíritu de tenrteni se aparece ante uno, lo obliga a cerrar el programa de escritura y abrir las páginas de un buscador o del Tribunal Supremo de Justicia, intentando comprobar si ya la muchacha de al lado se ha divorciado o buscando noticias, chistes o videos interesantes para enviárselos a los amigos a través de los bytes de una diosa que, ya usted y yo lo sabemos, se llama Tenretni.

FRÍO DE AUTOBÚS

La tarde de ayer no fue precisamente la más fría del año. Tampoco la más calurosa, lo sé muy bien, pero igual estuve a punto de morir congelado entre Caracas y Valencia, en la autopista regional del centro.
El asunto es que me esperaban en una de las orillas del Cabriales y pretendí llegar en autobús. Nada diré de todo lo que en el terminal demoraron en atenderme. Tampoco del fastidio que me producían los repetidos mensajes con que intentaban atascar los altoparlantes ni de la señora que en la taquilla número cinco preguntó la hora de salida del avión a Maracay. Hoy no viene al caso. Me dedicaré tan sólo a hablar del momento en que, en plena autopista, mientras veía los vendedores de panelas y café sudar la gota gorda desde mi ventanilla, sentí que estaba a punto de morir congelado y se lo dije a la señorita que, mezcla de aeromoza y muchacha de tienda, atendía el aparato de las películas: “Señorita, me estoy muriendo de frío. ¿Puede bajar un poquito el aire acondicionado?”.
La señorita en cuestión, que ya me había visto de manera extraña en el momento de abordar la unidad, no respondió inmediatamente, pero sí mi compañera de asiento que en el terminal estaba casi desnuda y ahora se movía plácidamente en un abrigo de falso visón. “Aquí no se baja ni un centímetro. Para algo yo pagué mi pasaje completo”.
Intenté seriamente ver de dónde salían sus palabras. Imposible, su rostro estaba absolutamente cubierto por el abrigo visonesco.
Ella, sí, seguro, había notado mi intento de verla, porque inmediatamente sentenció: “Además, sentir frío o calor es una tontería. Lo que pasa es que hay gente que no se sabe vestir”.
El abuelo del asiento de atrás, que había abandonado a sus tres nietos en el piso de arriba, también consideró necesario intervenir y, en lugar de recordarle a la compañera la diferencia entre centímetros y centígrados, desalojó de sus labios la pata derecha de sus gafas de sol y me dedicó las letras mayúsculas de su libro del buen vivir: “Mijito, ¿y por qué usted va a renunciar a sus privilegios? El aire acondicionado, si frío, significa calidad, calidad de vida”.
Todo seguramente no hubiera pasado de allí y, a pesar del frío intolerable, habría logrado reponerme pensando quizás en esos zarcillos de lapizlázuli que desde hace varios días tienen mi vida con las patas arriba, pero los ocupantes de las poltronas contralaterales, en cuyo recuerdo ahora creo reconocer dos ex–compañeros de octavo grado, ventilaron a todo pulmón los inconvenientes de mi propuesta.
“Y éste se monta en un autobús así no más con una franelita, como si se tratara de una camioneta por puestos”, dijo el más cercano, actualmente odontólogo.
No respondí. Por supuesto que no respondí. Me hice el desentendido y habría continuado haciéndolo si su vecino de asiento, rematador de caballos, no me hubiese gritado, como hablando con él: “¿Y si lo que quieres es pasar calor por qué no te fuiste en un autobús sin aire, pajúo?”.
Sus palabras llegaron en el momento en que la señorita comenzaba a mover la boca para responderme y yo la detuve. Saqué dos billetes de diez mil bolívares de la cartera y comencé a rectificar: “Disculpa, creo que no me han entendido, yo lo que quiero es que le pongan más frío al aire acondicionado. Aquí están los reales”.

2 feb. 2006

Faneras

—Ya tengo treinta y cinco años. De ahora en adelante me dedicaré de manera exclusiva al cuidado de mis faneras —dijo en el trabajo al presentar la carta de renuncia y al jefe del Departamento le pareció una misión tan importante que ordenó duplicarle las prestaciones.
A partir de entonces y en honor de la verdad, ya que de hecho sólo eso hacía, dijo lo mismo en el banco, donde le otorgaron una nueva tarjeta de crédito; con los hermanos, quienes finalmente hicieron la repartición de bienes que tenían trabada desde la muerte de los padres; y ante las mujeres que iba conociendo, cuyo interés creciente lo convirtió en el soltero más cotizado de la ciudad.
—Debe ser por el cabello tan largo que te gastas, pero también deberían considerar otras cosas —se atrevió a decirle algún amigo, obviamente envidioso de la fortuna que lo envolvía, señalando las curvas de sus uñas, tan largas como limpias.
—Yo me dedico exclusivamente al cuidado de mis faneras —decía él a diestra y siniestra mientras sus haberes y su fama de hombre próspero y trabajador seguían creciendo. Creciendo y creciendo.
Fue sólo a los setenta y seis años cuando en ocasión de un programa de televisión que le dedicaban un periodista desenfadado le preguntó:
—Pero, ¿qué son las faneras? ¿De qué habla usted cuando dice que ha dedicado toda su vida al cuidado de sus faneras?
—De uñas y pelos, hijo mío. De uñas y pelos. Nunca nadie ha dicho lo contrario.

1 feb. 2006

Cuartiento número cinco

«¿Para qué sirve un intelectual?». Esta pregunta me llega desde Valencia de San Desiderio y no es casual que desde allí llegue porque en los pasillos de su Universidad aprendí hace ya más de diez años a responderla de por lo menos cinco maneras, todas diversas. La primera es no responder: hacerse el loco y pensar que se trata de una obviedad y que el caballo blanco de Bolívar sólo puede ser blanco. Algo parecida a la segunda, una pararrespuesta con el único requisito de la brevedad. La tercera pasa imprescindiblemente por repreguntar al interlocutor: ¿Y qué es un intelectual para ti? Dependiendo de si en esa respuesta se incluyen artistas y científicos, o si se excluye algún bando, podría replantearse el asunto y, caminando hacia atrás o hacia delante, considerar nuevamente las dos primeras versiones o avanzar hacia la cuarta y la quinta. En la primera de éstas, se considera que un intelectual es todo aquel que ejerce funciones intelectuales, de las cuales la más importante es la abstracción, y que pensar —cuestionándose, a uno y a los otros— es necesario para todo: desde cepillarse los dientes hasta la fundación de una ciudad o la escritura de un tratado de horticultura, pasando por comerse una arepa, montar una venta de tequeños, besar los muslos de la catirita de lentes azules o calcular el punto inexacto en que ha de caer algún líquido. Se me ocurre recordar a Daddy Yankee. Seguramente hay quien cree que componer “La Gasolina” es un asunto fácil. Que se ponga, pues, y verá que no le sale. Pero incluso si le sale, cuando le salga, tendrá claro que Daddy Yankee es un intelectual. En conclusión, se piensa incluso cuando se piensa que no se piensa. Se piensa a la izquierda y a la derecha, para globalizar y para desglobalizar. Se piensa siempre y, sin pensar, no sólo no se podría decir que un intelectual sirve o no, sino que no se podría vivir aunque se continuara respirando. Me falta todavía la quinta opción, pero ya estoy seguro que mi respuesta de hoy será la cuarta. Así se lo escribiré a los devotos de San Desiderio en la antigua Valencia del Rey. Claro, primero buscaré un intelectual, uno del que alguna vez me dijeron que lo era, y le preguntaré qué piensa él de todo esto.

23 ene. 2006

Francisco Rodríguez, autor del cuento más pinchado de la web

Reconozco que soy doblemente culpable. En primer lugar, porque los talleres intensivos de narrativa no debieron ser algo más que una eventualidad en mi vida y yo los convertí en un modus vivendi: tenía por lo menos diez años dictándolos, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, como si se tratase de un espectáculo de circo y, para dictarlos, había prácticamente dejado de escribir y, por no escribir, los talleres eran mi única fuente de ingresos. En segundo, porque ese día, el 10 de diciembre del año pasado y de mis culpas, yo debía dictar un taller de ocho horas en V. y, aunque mi cuerpo y mi barba entrecana se encontraban allí, en una de las aulas del Ateneo, frente a cuatro o cinco personas interesadas en recibir un diploma de escritor esa misma tarde, mis ideas se encontraban en otra parte, navegando en un proyecto de texto que nunca llegaría a escribir.
Algo de ese texto, que en mi mente era un homenaje cibernaútico a los amigos, ha debido llegar a los talleristas, porque al apenas comenzar la segunda hora, después de haber culminado el recuento histórico y de haber leído el decálogo de Quiroga, Antonio, el calvo de aproximadamente treinta y cinco años que inicialmente se había presentado como profesor de física, me interrumpió diciendo:
—Podríamos escribir el cuento más buscado, el texto más pinchado en internet.
Sonreí ingenuamente. En uno de los primeros talleres que dicté, una muchacha italiana había dicho que su objetivo era ser famosa. Lo de Antonio me pareció que iba por el mismo lado, aunque con cincuenta kilos y muchísimos centímetros más. Acto seguido, intenté rectificar:
—Hablaba, pensaba en voz alta más bien, sobre un ... — mi intención era poner el ejemplo de mi amigo Orlando Chirinos pero nuevamente fui interrumpido. Esta vez era la morena del lunar, médico de profesión, de aproximadamente veintisiete años.
—¿De las múltiples formas que su nombre adquiere en los buscadores de internet?
—Precisamente. Orlando Chirinos, a pesar de ser un nombre poco común, existen muchos: un escritor en Venezuela, un sindicalista en México, un taxista en Guatemala.
—Sí, pero me parece haber entendido que la idea de Antonio es otra —la que intervenía esta vez era Audrey: cuarenta y siete años, ama de casa, madre de tres hijos, obviamente defendiendo a Antonio.
—Exactamente, ya veo que Audrey me ha pillado la idea. Yo lo que estoy pensando es en escribir un texto que tenga las palabras más buscadas: Britney Spears, Jennifer López, Michael Jackson, pederastia, sexo gratis, Daddy Yankee, bajar canciones gratis, Miss Universo desnuda, películas gratis. La gente metería estas palabras en los buscadores y ellos los remitirían al texto.
—Lo podríamos escribir entre todos —propuso la del lunar.
Yo intenté aprovechar la oportunidad para pensar que fumaba un cigarrillo y advertir a los talleristas que de eso hablaríamos luego, que el cadáver exquisito era un tema a tratar, un ejercicio a desarrollar en la penúltima hora del taller pero, aunque me dejaban hablar, lo que yo decía era ya muy poco importante para ellos.
Como si ya hubiesen recibido el diploma intensivo, discutían el nombre que le asignarían al autor del cuento que escribirían entre todos. Estadísticas en mano, aportadas por Antonio, que para algo era físico, descartaron Juan, Pedro y Antonio. El autor se llamaría Francisco porque éste era según Antonio el nombre con más apariciones en internet. Y Rodríguez por la misma razón.
Ya yo había pasado del deseo de fumar a sostener un cigarrillo encendido en la mano derecha. Y los talleristas estaban haciendo la lista de expresiones que el texto debía contener. Antonio propuso Los Simpsons. Audrey insistió en que el texto debía contener la expresión “cómo ganar dinero”. La morena, que se llamaba Estela, inicialmente propuso tres referencias literarias —la Biblia, Don Quijote y Antonio Gala— pero luego cambió de tono: aumento de pechos, liposucción, buscar pareja, todo gratis.
Fue en ese momento cuando me di cuenta que yo ya había dictado el taller en esa ciudad, aproximadamente nueve años atrás, y que Antonio y Audrey, también Estela, quien a pesar del lunar y el título de médico era la italiana con ganas de ser famosa de los primeros talleres, habían sido entonces los únicos talleristas.
Decidí salir del salón, para hablarlo con la coordinadora de los talleres e incluso pensar en la posibilidad de no volver a dictar el taller, de cambiar de aires y finalmente cerrar ese ciclo de mi vida.
María Gabriela fue muy contenedora y, viéndola bien, pude recordar que la había visto y sentido nueve años atrás: igual de contenedora. Por eso la invité a almorzar en el restaurante italiano, del que de repente recordé los profiteroles.
Cuando regresé, los talleristas ya se habían ido, pero sobre la mesa habían dejado la dirección de un blog que consulté desde el mismo ateneo. Tal cual lo había imaginado, habían terminado el texto y lo habían publicado en el blog bajo el título “Francisco Rodríguez, autor del cuento más pinchado de la web”. ¿El autor? Los hijos de puta no se habían atrevido a colocar sus nombres y habían preferido colocar las once letras del mío.

Días de suerte

—Juéguese el cuatrocientos cuarenta y ocho —dijo para mi sorpresa la cajera de la panadería cuando terminó de darme el vuelto.
Yo le había pagado con un billete de diez mil y ella no sólo me daba dos o tres billetes y algunas monedas, sino que también un número para jugar en la lotería, como si supiera que yo estaba a punto de presentar un libro con textos ludopáticos.
—Gracias —fue lo único que dije. —Muchas gracias. Cuatrocientas cuarenta y ocho gracias.
—No hay de qué, mi amor. Pero que sea por la lotería de Caracas. En el sorteo de las once de la mañana.
—Okey —le dije esta vez y caminé torpemente hacia el carro: tenía que ir a lo del libro.
Antes de entrar en la autopista, el anciano que pide dinero en el semáforo me lo volvió a repetir. A cambio de las monedas que la cajera me había dado, claro.
—El cuatro cuatro ocho. Lotería del Táchira. Sorteo de las siete.
Eran las siete y cinco y el bautizo estaba pautado para las siete y media: ya lo de la lotería sería para el día siguiente. Era necesario llegar al museo. Que si patatín, que si patatán. Los saludos de rigor, algún discurso. Se trataba de una presentación colectiva y el único libro ludopático era el mío.
Mientras presentaban la colección, como había mucha gente y demasiado calor, me senté junto a las plantas, aproximadamente a diez metros de la tarima.
Inmediatamente se acercó una morena, interesante aunque con el pelo teñido de amarillo y un libro de Fernández Retamar en la mano izquierda.
—¿Puedo? —apenas dijo en lo que yo entendí como una pregunta destinada a saber si podía sentarse a mi lado..
—Claro, ¿cómo no? —le dije apretando las piernas y haciendo desaparecer los codos.
Ella se sentó y comenzó a abanicarse con el libro. Luego lo colocó sobre sus piernas, lo abrió y se detuvo en una página en blanco, donde estaba garabateada la dedicatoria.
—¿Es del autor? —le pregunté.
—No sé, el libro no es mío, es del amigo con que vine —dijo mostrándome un centímetro de papel donde decía clarito: “Retamar”. —¿Tú también lees?
—Un poco, sí.
—¿Y escribes?
—Un poquito menos.
—¿Y tienes suerte?
Le iba a responder, pero en seguida me llamaron para que me tomara una foto con el libro en la mano, como si fuera un diploma.
A los dos minutos regresé.
—Tengo suerte a veces, depende de la compañía —le dije pensando en un amigo que siempre ocasiona desgracias, verdaderas desgracias.
—¿Y llevas dinero contigo?
—Es posible, creo que sí.
—Entonces llévame a un bingo.
—¿Y tu amigo?
—No importa, yo le devuelvo el libro.
Todavía no sé muy bien por qué, pero inmediatamente salí del museo con la morena de pelo pintado. Retroceso, primera, segunda, en apenas cinco minutos llegamos al bingo y, en uno más, estábamos junto a las maquinitas.
—¿Tú sabes que en el libro casualmente se habla de estas máquinas?
—Ah, ¿sí? Yo me voy a meter en esta máquina.
La máquina en cuestión estaba decorada con carritos y flores.
—Si me tocan los tres carritos, me da quince jugadas gratis —dijo mientras metía el segundo billete en la ranura tragabilletes.
A mi lado, un desdichado peleaba con una máquina llena de muñequitos de Disney:
—Que me toquen tres Barneys, por favor. Que me salgan los tres Barneys.
No pude evitar girarme completamente para ver su rostro.
Lo que vi justificaba la visita al bingo. Era mi profesor de historia de la psiquiatría, un médico de Maracay que se había educado vendiendo panelas de San Joaquín.
Fingí no reconocerlo y continué dándole dinero a la morena de pelo teñido.
Cuando el dinero estaba a punto de acabarse, aparté un billete de veinte y lo introduje en uno de los bolsillos de la chaqueta.
—¿Por qué haces eso, papi? Mira que trae mala suerte.
—No te preocupes, mi vida. Es para pagar el estacionamiento —le dije pensando que antes de doce horas jugaría el vuelto al cuatrocientos cuarenta y ocho.

Médicos, taxistas de Caracas

La idea flotaba en el aire desde hacía varios días, pero quien la formuló, quien finalmente se atrevió a formularla en un acto público, fue el gordito de obstetricia en la asamblea de médicos residentes. Habían dado ya varios discursos —que si las enfermeras ganan más que nosotros, que incluso los vigilantes, que así no se puede, que la federación no hace nada, que el ministro no escucha, que con lo que se gana no se puede pagar ni siquiera el alquiler— y el gordito venía pidiendo la palabra desde las enfermeras. Cuando escuchó la palabra alquiler, casi le arrebató el megáfono al R3 de cirugía:
—Colegas residentes, lo que yo propongo es que a partir de ahora, durante las próximas semanas y hasta que nos aumenten el sueldo, todo médico residente que tenga carro escriba con pintura blanca en los vidrios trasero y delantero “médico taxista” y salga así por las calles de la ciudad para que la federación y el ministerio se den cuenta, para que se de cuenta todo el mundo. Apuesto que a la semana estamos en todos los noticieros.
La idea fue recibida con un aplauso inmediato y estruendoso.
Sólo una residente de oncología, la catirita con los anteojos de montura azul, pidió la palabra e hizo su planteamiento, el único de toda la asamblea, en contra de la idea:
—Pero, ¿qué se creen ustedes? ¿Acaso no existen desde hace años colegas que se resuelven manejando taxis? Eso no tiene sentido. Lo que hay que hacer es escribirle una carta al ...
El gordito se defendió con un argumento irrefutable que inmediatamente lo puso al comando de la asamblea.
—Eso es cierto, colega, pero lo hacen en secreto, como para que nadie se entere. La idea nuestra es diferente, debemos ponernos en contacto con todos los residentes y a partir de mañana que Caracas se llene de carros de médicos taxistas.
Inmediatamente se constituyó el comité, con el gordito a la cabeza, y esa misma tarde se cursó la invitación a los residentes de los otros hospitales.
El gordito había dicho que al día siguiente, pero los carros comenzaron a salir a los tres días. Inicialmente la idea era que los letreros sólo funcionasen como publicidad para sensibilizar a la población sobre el precario salario percibido por los médicos, pero el resto fue inevitable: debido a la realidad que los letreros denunciaban, ya desde el primer día los médicos residentes empezaron a trabajar como taxistas.
El gordito, en cuanto se enteró, escribió un e-mail colectivo advirtiendo que esa conducta era contraproducente y atentaba contra la dignidad del gremio. Además, escribió, se corría “un terrible riesgo porque de todos es sabido que en esta ciudad todas las noches mueren, en manos de la delincuencia, por lo menos ....”.
Eso escribió, pero a los dos días cambió de opinión. Empezaba ya a notarse en los médicos que trabajaban como taxistas un estado de bienestar que los diferenciaba claramente de los que no: sus batas eran más blancas, planchaditas, su rostro denotaba satisfacción y, cuando iban al cafetín, pedían un café grande y una hamburguesa, nada de empanadas ni cafecitos pequeños.
A las dos semanas, la nueva realidad económica de los residentes, gordito incluido, era mucho más que obvia: habían saldado sus deudas, habían engordado e incluso ganaban más que los especialistas, a pesar de que éstos se ayudaban con la consulta privada.
Esta última circunstancia fue la que multiplicó el proyecto y, sin lugar a dudas, la culpable de que las calles de la ciudad se vieran invadidas de médicos taxistas. De quinientos —ése era el número de residentes participantes— se pasó a siete mil y la única condición que logró imponer el gordito en la asamblea en que se aprobó la incorporación de los especialistas era que los vidrios fuesen rotulados no sólo con las palabras “médico taxista” sino que también, en el caso de los especialistas, con la naturaleza de la especialidad.
Al contrario de lo que el gordito había pensado, esta condición prácticamente sacó del negocio a los residentes: los clientes preferían que su taxista fuese especialista por la misma razón que preferían un taxista médico a un taxista normal: la posibilidad de una consulta. Así, los taxis —rotulados todos con las letras de las palabras pediatría, ginecología, psiquiatría, nefrología, mastología, etc.—de alguna manera se habían convertido en consultorios móviles y las paradas en verdaderas salas de espera donde incluso los voceadores, que antaño gritaban el destino de las unidades de transporte colectivo, tenían oportunidad de participar voceando el nombre de las enfermedades que en el carro en cuestión podrían ser tratadas:
—Neurología: convulsiones, epilepsia, déficit de atención, neuralgias, dolores de todo tipo. Móntese.
—Taxi de angiología: varices, vasitos, infiltración, úlceras.
El fenómeno de las consultas no sólo tuvo consecuencias en los planos político y sanitario —el ministro y la federación lograron sentarse a discutir ya no la firma del contrato colectivo sino la forma de controlar el proyecto, la OMS envió observadores que pedían datos epidemiológicos— sino que también cambió de alguna manera la geografía de la ciudad.
Dependiendo de la naturaleza de la consulta, las parroquias dejaron a ser contiguas o comenzaron a serlo:
—¿A dónde va? ¿A Chacaito? —éste podía ser el comentario introductorio de un taxista psiquiatra en Plaza Venezuela ante un paciente deprimido—. Para ayudarle en esta circunstancia lo mejor sería llegar vía Caricuao.
Y así los geriatras, los traumatólogos, los cirujanos, los internistas, los neumonólogos, los dermatólogos, los neurólogos, los cardiólogos, los cirujanos, los mastólogos, los ginecólogos y los residentes quienes, para no salir del proyecto y no tener que salir a la calle sólo con dos palabras rotuladas en los vidrios, se apropiaban de antemano de su especialidad.
El furor curandis duró aproximadamente seis semanas. Ni siquiera la muerte de un ginecólogo y el robo de siete unidades lograron detenerlo. Lo que no pudieron los malandros robando y asesinando médicos lo lograron dos o tres personas inescrupulosas que, vistiéndose con batas blancas y rotulando vehículos previamente robados con títulos y especialidades que nunca habían adquirido, se hicieron pasar por médicos taxistas e hicieron indicaciones inadecuadas.
Cinco pacientes han muerto y nueve están siendo tratados en unidades de cuidados intensivos. Esta circunstancia ha ameritado la intervención del ministro por lo que desde hace dos días está absolutamente prohibido trabajar como taxista y médico simultáneamente.