23 ene. 2006

Médicos, taxistas de Caracas

La idea flotaba en el aire desde hacía varios días, pero quien la formuló, quien finalmente se atrevió a formularla en un acto público, fue el gordito de obstetricia en la asamblea de médicos residentes. Habían dado ya varios discursos —que si las enfermeras ganan más que nosotros, que incluso los vigilantes, que así no se puede, que la federación no hace nada, que el ministro no escucha, que con lo que se gana no se puede pagar ni siquiera el alquiler— y el gordito venía pidiendo la palabra desde las enfermeras. Cuando escuchó la palabra alquiler, casi le arrebató el megáfono al R3 de cirugía:
—Colegas residentes, lo que yo propongo es que a partir de ahora, durante las próximas semanas y hasta que nos aumenten el sueldo, todo médico residente que tenga carro escriba con pintura blanca en los vidrios trasero y delantero “médico taxista” y salga así por las calles de la ciudad para que la federación y el ministerio se den cuenta, para que se de cuenta todo el mundo. Apuesto que a la semana estamos en todos los noticieros.
La idea fue recibida con un aplauso inmediato y estruendoso.
Sólo una residente de oncología, la catirita con los anteojos de montura azul, pidió la palabra e hizo su planteamiento, el único de toda la asamblea, en contra de la idea:
—Pero, ¿qué se creen ustedes? ¿Acaso no existen desde hace años colegas que se resuelven manejando taxis? Eso no tiene sentido. Lo que hay que hacer es escribirle una carta al ...
El gordito se defendió con un argumento irrefutable que inmediatamente lo puso al comando de la asamblea.
—Eso es cierto, colega, pero lo hacen en secreto, como para que nadie se entere. La idea nuestra es diferente, debemos ponernos en contacto con todos los residentes y a partir de mañana que Caracas se llene de carros de médicos taxistas.
Inmediatamente se constituyó el comité, con el gordito a la cabeza, y esa misma tarde se cursó la invitación a los residentes de los otros hospitales.
El gordito había dicho que al día siguiente, pero los carros comenzaron a salir a los tres días. Inicialmente la idea era que los letreros sólo funcionasen como publicidad para sensibilizar a la población sobre el precario salario percibido por los médicos, pero el resto fue inevitable: debido a la realidad que los letreros denunciaban, ya desde el primer día los médicos residentes empezaron a trabajar como taxistas.
El gordito, en cuanto se enteró, escribió un e-mail colectivo advirtiendo que esa conducta era contraproducente y atentaba contra la dignidad del gremio. Además, escribió, se corría “un terrible riesgo porque de todos es sabido que en esta ciudad todas las noches mueren, en manos de la delincuencia, por lo menos ....”.
Eso escribió, pero a los dos días cambió de opinión. Empezaba ya a notarse en los médicos que trabajaban como taxistas un estado de bienestar que los diferenciaba claramente de los que no: sus batas eran más blancas, planchaditas, su rostro denotaba satisfacción y, cuando iban al cafetín, pedían un café grande y una hamburguesa, nada de empanadas ni cafecitos pequeños.
A las dos semanas, la nueva realidad económica de los residentes, gordito incluido, era mucho más que obvia: habían saldado sus deudas, habían engordado e incluso ganaban más que los especialistas, a pesar de que éstos se ayudaban con la consulta privada.
Esta última circunstancia fue la que multiplicó el proyecto y, sin lugar a dudas, la culpable de que las calles de la ciudad se vieran invadidas de médicos taxistas. De quinientos —ése era el número de residentes participantes— se pasó a siete mil y la única condición que logró imponer el gordito en la asamblea en que se aprobó la incorporación de los especialistas era que los vidrios fuesen rotulados no sólo con las palabras “médico taxista” sino que también, en el caso de los especialistas, con la naturaleza de la especialidad.
Al contrario de lo que el gordito había pensado, esta condición prácticamente sacó del negocio a los residentes: los clientes preferían que su taxista fuese especialista por la misma razón que preferían un taxista médico a un taxista normal: la posibilidad de una consulta. Así, los taxis —rotulados todos con las letras de las palabras pediatría, ginecología, psiquiatría, nefrología, mastología, etc.—de alguna manera se habían convertido en consultorios móviles y las paradas en verdaderas salas de espera donde incluso los voceadores, que antaño gritaban el destino de las unidades de transporte colectivo, tenían oportunidad de participar voceando el nombre de las enfermedades que en el carro en cuestión podrían ser tratadas:
—Neurología: convulsiones, epilepsia, déficit de atención, neuralgias, dolores de todo tipo. Móntese.
—Taxi de angiología: varices, vasitos, infiltración, úlceras.
El fenómeno de las consultas no sólo tuvo consecuencias en los planos político y sanitario —el ministro y la federación lograron sentarse a discutir ya no la firma del contrato colectivo sino la forma de controlar el proyecto, la OMS envió observadores que pedían datos epidemiológicos— sino que también cambió de alguna manera la geografía de la ciudad.
Dependiendo de la naturaleza de la consulta, las parroquias dejaron a ser contiguas o comenzaron a serlo:
—¿A dónde va? ¿A Chacaito? —éste podía ser el comentario introductorio de un taxista psiquiatra en Plaza Venezuela ante un paciente deprimido—. Para ayudarle en esta circunstancia lo mejor sería llegar vía Caricuao.
Y así los geriatras, los traumatólogos, los cirujanos, los internistas, los neumonólogos, los dermatólogos, los neurólogos, los cardiólogos, los cirujanos, los mastólogos, los ginecólogos y los residentes quienes, para no salir del proyecto y no tener que salir a la calle sólo con dos palabras rotuladas en los vidrios, se apropiaban de antemano de su especialidad.
El furor curandis duró aproximadamente seis semanas. Ni siquiera la muerte de un ginecólogo y el robo de siete unidades lograron detenerlo. Lo que no pudieron los malandros robando y asesinando médicos lo lograron dos o tres personas inescrupulosas que, vistiéndose con batas blancas y rotulando vehículos previamente robados con títulos y especialidades que nunca habían adquirido, se hicieron pasar por médicos taxistas e hicieron indicaciones inadecuadas.
Cinco pacientes han muerto y nueve están siendo tratados en unidades de cuidados intensivos. Esta circunstancia ha ameritado la intervención del ministro por lo que desde hace dos días está absolutamente prohibido trabajar como taxista y médico simultáneamente.

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