1 feb. 2006

Cuartiento número cinco

«¿Para qué sirve un intelectual?». Esta pregunta me llega desde Valencia de San Desiderio y no es casual que desde allí llegue porque en los pasillos de su Universidad aprendí hace ya más de diez años a responderla de por lo menos cinco maneras, todas diversas. La primera es no responder: hacerse el loco y pensar que se trata de una obviedad y que el caballo blanco de Bolívar sólo puede ser blanco. Algo parecida a la segunda, una pararrespuesta con el único requisito de la brevedad. La tercera pasa imprescindiblemente por repreguntar al interlocutor: ¿Y qué es un intelectual para ti? Dependiendo de si en esa respuesta se incluyen artistas y científicos, o si se excluye algún bando, podría replantearse el asunto y, caminando hacia atrás o hacia delante, considerar nuevamente las dos primeras versiones o avanzar hacia la cuarta y la quinta. En la primera de éstas, se considera que un intelectual es todo aquel que ejerce funciones intelectuales, de las cuales la más importante es la abstracción, y que pensar —cuestionándose, a uno y a los otros— es necesario para todo: desde cepillarse los dientes hasta la fundación de una ciudad o la escritura de un tratado de horticultura, pasando por comerse una arepa, montar una venta de tequeños, besar los muslos de la catirita de lentes azules o calcular el punto inexacto en que ha de caer algún líquido. Se me ocurre recordar a Daddy Yankee. Seguramente hay quien cree que componer “La Gasolina” es un asunto fácil. Que se ponga, pues, y verá que no le sale. Pero incluso si le sale, cuando le salga, tendrá claro que Daddy Yankee es un intelectual. En conclusión, se piensa incluso cuando se piensa que no se piensa. Se piensa a la izquierda y a la derecha, para globalizar y para desglobalizar. Se piensa siempre y, sin pensar, no sólo no se podría decir que un intelectual sirve o no, sino que no se podría vivir aunque se continuara respirando. Me falta todavía la quinta opción, pero ya estoy seguro que mi respuesta de hoy será la cuarta. Así se lo escribiré a los devotos de San Desiderio en la antigua Valencia del Rey. Claro, primero buscaré un intelectual, uno del que alguna vez me dijeron que lo era, y le preguntaré qué piensa él de todo esto.

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