15 sep. 2006

FRÍO DE AUTOBÚS

La tarde de ayer no fue precisamente la más fría del año. Tampoco la más calurosa, lo sé muy bien, pero igual estuve a punto de morir congelado entre Caracas y Valencia, en la autopista regional del centro.
El asunto es que me esperaban en una de las orillas del Cabriales y pretendí llegar en autobús. Nada diré de todo lo que en el terminal demoraron en atenderme. Tampoco del fastidio que me producían los repetidos mensajes con que intentaban atascar los altoparlantes ni de la señora que en la taquilla número cinco preguntó la hora de salida del avión a Maracay. Hoy no viene al caso. Me dedicaré tan sólo a hablar del momento en que, en plena autopista, mientras veía los vendedores de panelas y café sudar la gota gorda desde mi ventanilla, sentí que estaba a punto de morir congelado y se lo dije a la señorita que, mezcla de aeromoza y muchacha de tienda, atendía el aparato de las películas: “Señorita, me estoy muriendo de frío. ¿Puede bajar un poquito el aire acondicionado?”.
La señorita en cuestión, que ya me había visto de manera extraña en el momento de abordar la unidad, no respondió inmediatamente, pero sí mi compañera de asiento que en el terminal estaba casi desnuda y ahora se movía plácidamente en un abrigo de falso visón. “Aquí no se baja ni un centímetro. Para algo yo pagué mi pasaje completo”.
Intenté seriamente ver de dónde salían sus palabras. Imposible, su rostro estaba absolutamente cubierto por el abrigo visonesco.
Ella, sí, seguro, había notado mi intento de verla, porque inmediatamente sentenció: “Además, sentir frío o calor es una tontería. Lo que pasa es que hay gente que no se sabe vestir”.
El abuelo del asiento de atrás, que había abandonado a sus tres nietos en el piso de arriba, también consideró necesario intervenir y, en lugar de recordarle a la compañera la diferencia entre centímetros y centígrados, desalojó de sus labios la pata derecha de sus gafas de sol y me dedicó las letras mayúsculas de su libro del buen vivir: “Mijito, ¿y por qué usted va a renunciar a sus privilegios? El aire acondicionado, si frío, significa calidad, calidad de vida”.
Todo seguramente no hubiera pasado de allí y, a pesar del frío intolerable, habría logrado reponerme pensando quizás en esos zarcillos de lapizlázuli que desde hace varios días tienen mi vida con las patas arriba, pero los ocupantes de las poltronas contralaterales, en cuyo recuerdo ahora creo reconocer dos ex–compañeros de octavo grado, ventilaron a todo pulmón los inconvenientes de mi propuesta.
“Y éste se monta en un autobús así no más con una franelita, como si se tratara de una camioneta por puestos”, dijo el más cercano, actualmente odontólogo.
No respondí. Por supuesto que no respondí. Me hice el desentendido y habría continuado haciéndolo si su vecino de asiento, rematador de caballos, no me hubiese gritado, como hablando con él: “¿Y si lo que quieres es pasar calor por qué no te fuiste en un autobús sin aire, pajúo?”.
Sus palabras llegaron en el momento en que la señorita comenzaba a mover la boca para responderme y yo la detuve. Saqué dos billetes de diez mil bolívares de la cartera y comencé a rectificar: “Disculpa, creo que no me han entendido, yo lo que quiero es que le pongan más frío al aire acondicionado. Aquí están los reales”.

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