4 nov. 2010

PUTAS PEREGRINAS

Quizás por la falta de higiene, la especulación o la precariedad de los servicios que se ofrecen a su alrededor, San Giovanni Rotondo en el Sur de Italia ha dejado de ser el destino preferido de las putas italianas. No es que hayan dejado solo y sin feligreses al pobre Padre Pio, el santo de las manos llagadas, estigmatizadas, nacido en Pietrelcina. No, para nada. No. Todavía alguna lo visita, canta sus milagros, conserva su estampita e intenta eternizar el olor floral que desprende su cadáver. Pero seguramente tendrá más de treinta años. El resto, todas las otras que tenían menos de diez años cuando la caída del muro de Berlín, han dirigido su mirada hacia el Norte. Para nada sirven ya los santos del Sur. Sicilianos, lucanos, napolitanos, puglieses, calabreses. Esos santos no hacen milagros y ya no vale la pena encenderles ni siquiera la mitad de una vela. Ahora hay que ir a Roma, a Milano o quizás a Cerdeña. Eso es lo que en este momento tiene sentido, lo bello, lo trend. No se trata de un santo nuevo. Es viejo, nació apenas un año después de la muerte de Gardel. Vivió la Segunda Guerra y bebió la leche condensada que desde los aviones lanzaban los americanos en paquetes gigantescos. Podría estar demente. De Parkinson, Alzheimer o vascular, ¿por qué no? Pero igual hace milagros. Por eso las jóvenes putas colapsan las carreteras y los trenes de Italia en su afán de llegar a la meta. La estación de Roma Termini es un putiferio ya. El griterío allí es ensordecedor y no tiene nada de particular puesto que siempre lo ha sido. Lo único realmente diferente es que los lavabos han cambiado de olor. Si siempre han olido desenfadadamente a mierda, ahora huelen a perfumes de todo tipo: baratos y caros, buenos y malos, de buen gusto o desprovistos de él. Esa mezcla es lo que siempre se ha conocido como olor de putas. Huelen a puta, pues. Los lavabos de Roma Termini huelen a puta. Y los de la Estación Central de Milán también. Las jóvenes peregrinas están cambiando la vista aérea de Italia. Desde el cielo se ven como una línea que sin interrupciones comunica todas las ciudades y pueblos con Roma y desde allí sube a Milán y Cerdeña. Esas líneas no son otra cosa que una puta detrás de la otra. Si pudiéramos agrandar el objetivo se verían como puntos de diferentes colores. Son sus cabelleras. Predominan las morenas, pero las hay rubias y pelirrojas. Se ven puntos que vienen incluso de África. Son también jóvenes peregrinas. Conversas. Pero sobre todo jóvenes. Todas tienen menos de treinta y la mayoría menos de veinte. Las que tienen diecisiete conocen su ventaja. Serán las preferidas del santo. Todas llegarán a sus alrededores, pisarán alguna discoteca donde mientras se desnudan un apenas conocido les prometerá algo, caerán en las garras de un consigliere que se llevará el número de su móvil en la memoria, escucharán una y mil veces la promesa de ponerlas en contacto con él. Sentirán que están a punto de rozar sus vestiduras, de hincar los dientes en sus calzoncillos. Pero sólo las que tienen diecisiete años, no importa de dónde vengan, con quién hayan dormido la noche anterior, si se han lavado o no, si consumen drogas por vía nasal o simplemente la fuman, serán elegidas por un periodista sátiro. Don Emilio conoce los gustos del santo, sabe de sus dimensiones exactas, ha palpado su capacidad. Él es el controlador de esta caravana infinita. Él decide quién merece pasar y quién, lamentándolo mucho, se debe quedar o quizás regresar. En su despacho, antes del noticiero de las ocho, baila un dado de dos caras: ir a la casa del santo y meterse dentro de la caja mágica o quedarse viéndola en la propia casa para siempre, criticándola, sputtanando con las abuelas que igual siempre han votado Forza Italia esas piernas largas, esos escotes infinitos.
Si Don Emilio lo permite algunas podrán pasar. Veinte o veinticinco por noche, quizás por fin de semana. Entre ellas, las que mejor canten el himno del partido, las que sean más putas pero puedan fingir que no lo son tanto, las que toleren la compañía de jóvenes ministras de tetas marchitas por culpa de los celos, podrán meterse luego en la piscina y, postradas ante el santo, introducirle una pastillita de Viagra en la boca y dejarse luego penetrar mientras los amigos periodistas, algún cantante y las otras putas gritan «Bravo, bravo». A partir de ese momento su vida cambiará porque el milagro habrá sido concedido. Dependiendo de su talante podrán participar en Gran Hermano o ser luego diseñadoras, diputadas, ministras o simplemente famosas. Eso dependerá de ellas. El santo siempre estará dispuesto a ayudarlas, a tenderles una mano para así cambiarles la vida y llenar de piernas largas la senil Italia. Pero incluso si todo fuese mal, si tuviesen que regresar al pueblo y allí un camión las arrollara y luego en el hospital se las comieran las ratas, nunca, nunca podrán olvidar que en el momento de la despedida, el santo las besó y para nada discretamente les entregó un sobre con cinco mil euros y una tarjeta de letras doradas: «Cuando seas mayor de edad, vota Berlusconi».

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