2 jun. 2016

Pescabro de quien insiste


A la salida de la guardia, encuentro la pescabrería abierta y,  entre varios pescabros moribundos, La aventura del tocador de señoras de Eduardo Mendoza. No tengo ninguna duda sobre el pescabro ni sobre el autor. Sobre el primero porque en su tercera línea incluye la palabra "merluzo", lo cual explica porque lo venden en la pescabrería. Y sobre el autor porque recuerdo cuando coincidía con él en el Ferrocarril de la Generalitat. Era en la Barcelona del siglo pasado: el hombre, discretísimo, se sentaba silencioso en un rincón del vagón y yo ocultaba La ciudad de los prodigios que, hechizado, estaba leyendo por tercera o cuarta vez. De hecho, éste debe ser el quinto ejemplar tocador que compro aunque los otros los he comprado en librerías o remates de libros más convencionales. Pero este trae sorpresa: en su interior: al final del segundo capítulo, página 57, encuentro un texto manuscrito, obviamente anónimo:

Cada mañana
encontrarás mi amor
frente a tus ojos.
Estará allí
siempre
a una distancia prudente
para que puedas verlo 
y
si es tu deseo
alcanzarlo.

Este amor es así
insistente
como una piedra dolomita
o un riñón
que incluso sobrevive la muerte.

Este amor tuyo
a fuer de quererte.

Se parece tanto a lo nuestro que comienzo a dudar si acaso fui yo mismo quien dejó este libro sobre la mesa, de manera furtiva, antes de entrar al hospital hace veinticuatro horas, al comienzo de la guardia.

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