25 sep. 2016

La montaña mágica



Apenas me dijeron que a casa vendría alguien de Bad Toelz, pensé en Thomas Mann y en La montaña mágica. Leí la novela en mi adolescencia, muy cerca de la Valencia de Venezuela. En esa época era feliz, era absolutamente feliz y, con un libro bajo el brazo, iba de un lado a otro de un pueblito que se sigue llamando La Entrada, como si se tratase del principio de algo. Allí aprendí a soñar, a caminar y a escuchar, las cosas que he seguido haciendo toda la vida. Eran, de hecho, las mismas cosas que, en La montaña mágica, hacía Hans Castorp. El libro, cómo olvidarlo, lo había cogido prestado de la biblioteca de mi madre. Era uno de los tomos color  verde turquesa de la colección Nobel de Aguilar. Aquel año, ése fue el color de mi verano. Desde el desayuno a la cena mi rostro estaba metido en el libro de Mann, leyendo y releyéndolo, sufriendo con Castorp, pensando en la enfermedad y el amor, como si yo mismo fuese un paciente del sanatorio antituberculoso que la novela presentaba. Por eso había bastado una referencia para resucitar la novela en mi memoria. Por eso Bad Toelz significaba tanto para mí.
Verifiqué la referencia en Internet y, en efecto, algo de razón tenía. Thomas Mann había escrito una parte de La montaña mágica en Bad Toelz. Pedí entonces a quien vendría una foto de la casa que Mann había habitado. Como si hubiera pedido un dinosaurio. Nadie sabía dónde estaba. Insistí un poco y no pregunté más. No quería perder la esperanza. Quería mi foto. Una foto que me recordara esas tardes maravillosas de mi adolescencia.
Cuando llegó el huésped, no se lo pregunté hasta el tercer día. “¿Trajiste la foto?”. “La foto, no, pero te traje una caja de chocolates”. Como si fueran lo mismo, pensé para mis adentros y no abrí la caja hasta pasados varios días. Durante ese periodo estuve rumiando mi rabia. Contra la ignorancia, contra el siglo XXI, contra las redes sociales. Incluso los pokemones recibieron parte de mi desilusión.
Esperé la partida del huésped para abrir la caja. Pensaba que encontraría un puré de chocolates, pero no fue así: no sólo estaban íntegros y comestibles,  sino que uno de ellos venía de Venezuela, de un lugar relativamente cercano a aquel en que yo había leído a Thomas Mann por primera vez. Fui joven otra vez mientras el chocolate se derretía en mi boca. Fui joven y pedí perdón. Algo de Thomas Mann había llegado a mi casa desde Bad Toelz.

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