11 may. 2016

Novelas

Lo decía Enrique Vila Matas el año pasado al recibir su merecido premio en Guadalajara. La novela no va hacia donde él, un escritor que la ha intentado refundar como si de un corazón se tratase, creía. Se le pueden abrir nuevos atrios y ventrículos al corazón humano, es el secreto de la vida. Pero con la novela habría pasado algo que la ha desterrado de los caminos de la cardiología sentimental: le ha pasado que no le ha pasado nada.
En esos mismos meses, un amigo mexicano también novelista, Carlos Velázquez, hablaba de las novelas con ketchup. Según él, vivimos una época en la que todo el mundo parece tener una novela bajo el brazo y el que no la tiene se la manda a hacer como antaño los vestidos.
Ninguno de los dos se equivoca y es por eso que mi memoria no los deja tranquilos y los recuerda a pesar del tiempo transcurrido. Ambas versiones son ciertas y cada vez se publican más novelas en las que no pasa nada a excepción de su anécdota y el tiempo invertido por el lector en leerlas. Los personajes se mueven, dicen barbaridades, pero la novela no camina. Permanece detenida como si se le hubiese acabado la gasolina. El problema no es un problema, es una perogrullada: se editan las novelas que se  venden y se compran las novelas que se editan. El editor ha aparcado el afán cultural, el que nos mantiene vivos, y justamente quiere recuperar el dinero. Por eso, cortando por lo bajo, editores y lectores comparten gustos y cada vez abundan más las novelas planas, fáciles de leer, lineales, como las películas que se pueden ver con un ojo cerrado. Pasa lo mismo con la fruta del supermercado. Está allí, fácil de comprar. Es bonita, simétrica, cada una igual que la otra, como si las hubiesen hecho con un molde, pero el plátano sabe igual que la manzana.
Por eso cada vez hay más novelas y frutas. Con la novela no pasa nada y la fruta no alimenta. Ninguna de las dos tiene sabor. A mí en cambio, como lector y escritor, me sigue gustando la fruta con asperezas y de mirada torcida. La fruta rara. Como las novelas de antes, las que ahora se venden poco.

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