12 dic. 2013

Diana y Mandela


Más de quince años después de la muerte de la primera esposa de Carlitos, viendo a la gente llorar por Mandela, vuelvo a descubrir que esto de las exequias televisadas me da grima, asco y arrechera. Lo sé, cada vez soy un hombre más anticuado, pero es que no le encuentro sentido a estos melodramas colectivos en que personas que cobran por ello (periodistas, celebridades y políticos) fingen llorar y haciéndolo logran que las personas normales lloren realmente. Podría también hablar de la muerte de Chávez, pero no lo hago para que no digan que aquí estamos otra vez los escritores venezolanos oliéndonos el ombligo. O de la muerte de Juan Pablo II, pero pretendo evitar los reproches maternos. Además, al asunto católico le concedo la gracia de la resurrección, evidenciada en la muerte papal a través de la elección del nuevo papa. De todas maneras es más de lo mismo, un ejercicio catártico que no lleva a ninguna parte. Se parece un poco a la alegría deportiva. Imbecilidades todas. Ganó Nadal, el Real Madrid o el Barcelona, Magallanes en Venezuela. Pero al menos ésos son eventos que despiertan ánimos positivos, generan la vivencia de una victoria que quizás cada uno de nosotros nunca podrá tener por vía natural. No pasa lo mismo con la muerte, que la tenemos garantizada.
Son los deudos los que lloran a sus muertos. Los deudos reales. Las personas que los quisieron o los odiaron, pero con los que tuvieron contacto y relación. Ése es un sentimiento verdadero. Este otro es una representación caricaturesca del dolor. Hacer un funeral multitudinario para realizar minicumbres de estado, para que Obama salude a Castro y se cepille a la ministra danesa (o viceversa) o para que los sudafricanos muestren al mundo un falso intérprete del lenguaje de los sordos es un ejercicio de estupidez. Habrá, lo sé, quien se siente atraído por el asunto e incluso se conmueve. Luego irá a la librería y comprará toda la colección de premios planetas. Lo lamento, compadre. Lo lamento mucho. Para evitar su dolor, en voluntades anticipadas, las celebridades deberían pedir exequias privadas y silenciosas.
Ésa es una buena idea que recomiendo sinceramente. Si Google le ofrece más de mil resultados cuando usted teclea su nombre lo mejor que puede hacer es un poco de psicoterapia. Apenas dos o tres horas de diván le ayudarán a comprender que la mejor manera de partir es hacerlo en silencio.

1 comentario:

Marcos González Rengifo dijo...

Totalmente de acuerdo con tu posición Slavko pero la nube mediática envuelve a todas las figuras que sufren de notoriedad exponencial, por eso yo me niego a ser famoso. Quizás en la próxima reencarnación. Por ahora simplemente renuncio a ser una celebridad. Todos mis actos son privados so pena de tener un bajo perfil sin complejos. Saludos y un abrazo desde La Isabelica, Valencia, Venezuela.