28 may. 2013

Los tomates de mi madre Leticia

 


Hoy he plantado siete tomateras. Mica las trajo hace unas semanas y por días las he visto crecer amuñuñadas en una maceta hasta que finalmente me decidí a comprar la tierra y las cañas. Me emociona, claro está, la posibilidad de que dentro de unas semanas pueda buscar en ellas el rojo de la ensalada y por eso seguramente me he decidido a hundir sus raíces en una tierra verdadera. Pero, además, al plantarlas he regresado al huerto que en la Entrada construyó mi madre una vez. Yo tendría unos nueve o diez años y mi hermana once. En esa época, mi madre estaba ocupadísima en labores comunitarias. Pocas veces en mi vida he visto a alguien tan involucrado con su entorno. En las mañanas, visitas que llamaba diligencias al ministerio, a los tribunales, al municipio. En las tardes, talleres de formación con los vecinos. Y, luego, después de la cena, reuniones con los líderes de las comunidades aledañas. Parecía un motor mi madre entonces. Puro nervio, energía y carisma. Esto sucedía alrededor de 1980. Ella, adelantada, impulsaba iniciativas ecológicas que pocos entendían entonces en nuestro entorno. No se amilanaba, iba de casa en casa, de vecino en vecino, de burócrata en político. Luchaba por salvar unas montañas que sentía suyas para así purificar el aire que respiraban sus hijos. No todo el mundo comprendía entonces la pertinencia de su lucha, pero ella seguía. Era un motor encendido, un motor verdadero. Con esa potencia en su último trabajo había logrado construir un templo a su santo preferido: San Pancracio. Por eso yo cada vez que veo una estampita de San Pancracio la pido o la compro. Para motivar a los vecinos, ideó la posibilidad de un taller de horticultura. Se apuntaron varios vecinos, pero no había lugar para el huerto. Eso tampoco amilanó a Leticia Rivas. Como las autoridades locales negaron todos los espacios públicos posibles, ella propuso que el huerto se hiciese allí, en el jardín de nuestra casa. Todas las tardes entonces venían el profesor y los alumnos. Primero el semillero. Luego los surcos y los camellones. Todo allí, en el jardín en el que yo había construido un campo de fútbol y otro de béisbol, imaginarios. Alrededor de la primera base, plantaron las cebollas. Más allá las lechugas y las berenjenas. Junto al terreno de los Berrizbeitia, en la portería visitante, las tomateras. El jardín de la casa se convirtió en un aula de clases, luego en un huerto y finalmente en una tienda de verdura. Las lechugas eran verdísimas y de las cebollas por años mi madre dijo que no había probado mejores. Tomates había, de varias variedades. Nosotros, mi hermana y yo, supervisábamos el riego y recogimos la verdura. Fuimos felices con ese jardín que de pronto dejó de producir flores y comenzó a darnos verdura. Fuimos absolutamente felices acariciándola y, cómo no, comiéndola, pero mucho más viendo a mi madre tan dinámica y completa. Una madre roble, hasta el punto que en la dedicatoria de mi primer texto aparece así, tal cual: Leticia árbol. Pocas veces fuimos tan felices como en aquellos días y hoy las tomateras de Mica me lo han hecho recordar. Mi madre bella. Árbol noble. Mi madre buena.
 

3 comentarios:

JAIRO ROJAS ROJAS dijo...

Hay tanto por aprender de los árboles, de esa entrega y su cobijo. Bello homenaje. Saludos.

Traumatólogo escrupuloso dijo...

Me encanta la palabra CAMELLÓN. Tiene fuerza y potencia, como en apoyo a lo que va a dar vida.
Aquí se suele utilizar más CABALLÓN, con igual significado y presencia.
No se si existe alguna relación con la raíz animal de la que parten. Resulta cuanto menos curioso.
Pero tal vez no es más que pura casualidad, al igual que ocurre con COJÓN. Vocablo importante, fuerte y "sentenciero" que poco o nada que ver tiene con cojo (excepto si nos decantamos por la acepción sudamericana de coger).
En fin, sea como fuere, disfruta de tus hortalizas solanáceas y, que sepas, como curiosidad, que dicho vegetal suele consumirse en grandes cantidades por actores porno para dar mejor sabor al semen.
Lo que hay que oír.....
Un abrazo.

Slavko Zupcic dijo...

Invitado de excepción. En los comentarios de CUARTIENTOS, con ustedes, un traumatólogo escrupuloso. Un abrazo.