27 abr. 2013

El colmo del escritor

 
A mi príncipe de nueve años, en lás últimas semanas le interesan los colmos. Se la pasa así todo el día, de colmo en colmo, colmándome de preguntas.
-¿Cuál es el colmo de un jardinero?
-¿Cuál es el colmo de un calvo?
-¿Cuál es el colmo de un electricista?
Así, ha llegado incluso al mismísimo colmo, preguntar cuál es colmo de los colmos.
La respuesta es complicadísima e implica un ejercicio de virtualidades entre un calvo, un sordo, un mudo, un ciego, un pingüino volando, la playa de una ciudad sin salida al mar y vaya usted a saber. Sería imposible acertar. Lo mismo pasa con todos los otros colmos. Igual de imposibles, no por dificultad intrínseca, sino porque el proceso a través del cual se llega a la respuesta no está casado con ninguna lógica. Es más bien una suerte de ejercicio creativo, precario pero creativo, en que el disparo puede salir por cualquier parte de la pistola, gatillo incluido. Sin embargo es necesario intentarlo, el responderle, no tanto por conocer la respuesta -aunque ésta en ocasiones consigue la risa- sino por ver la cara de mi príncipe mientras escucha el intento fallido de respuesta. Seguro de sí mismo, sonríe, muestra los dientes y ni siquiera parpadea. Provoca detener el tiempo y quedarse en esa playa de la vida para siempre. Que se jodan los bancos y las panaderías, que se joda Humphrey Bogart: mi hijo sonríe, a punto de disparar su colmo.
Hoy, se ha atrevido con su plato fuerte. Yo llegaba de la guardia hospitalaria y él me esperaba en la puerta de la casa, vestido de antemano de sonrisa.
-¿Cuál es el colmo de un escritor? 
Lo saludé, besé sus mejillas y, como siempre, me puse a pensar. En esta ocasión la respuesta podía satisfacer una duda biográfica, resolver un misterio. Recordé que hacía apenas unas horas le había preguntado a un compañero de guardia si sabía los apodos que los trabajadores del hospital nos ponían.
-A ti y a mí ninguno.
-¿Estás seguro? Yo creo que a mí me dicen "El cubano".
-Pero, ¿tú no eres venezolano?
-Venezolano, sí, pero creo que me dicen "El cubano".
-No lo sabía.
Pues no lo tengo claro todavía, creo que el compañero no se atrevió a decírmelo. Igual yo tampoco me habría atrevido si él me lo hubiera preguntado. Pero mi príncipe, sí. Allí estaba, sonriendo, disfrutando mi duda, dispuesto a disiparla con su voz cándida.
-El colmo de un escritor es que su mujer le cocine una sopa de letras y que cuando muera le ponga un punto final a su vida.
Quién lo sabe, por qué no, quizás tiene razón. ¿No es un príncipe?

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