28 jul. 2014

La más mala



Todos conocemos o creemos conocer a la mujer más mala del mundo. Fue novia, esposa, compañera del trabajo, vecina o amiga de la infancia. Una de todas o varias. En los casos más desgraciados, todas. En los menos, se trató apenas de un encuentro esporádico. En los intermedios, es posible conocerla varias veces. Primero, como novia: rubia, espigada y arquitecta. Luego, vecina: morena, enana y gerente de un banco.
-Yo ya te conocí -se aconseja decirle al apenas verla-. Pero tenías otra piel. Eras otra cosa.
Lo que siempre se repite cuando habñamos de la mujer más mala del mundo es que se trata de un espécimen dedicado al ejercicio de la maldad. Es una mujer mala, verdaderamente malvada, MALUCA.
Siendo tan mala se especializa en ocasiones en ocultarlo. Por lo que hay personas que creen que uno exagera al dedicarle un cuartiento.
Pero es muy mala. Basta mirarla detenidamente. Recordarla en dos o tres ocasiones distintas en que su maldad era instilada de forma aparentemente casual.
Es la mujer más mala del mundo aunque no todo el mundo la llama así.
-Es terrible, muy fuerte -dicen sus propios padres cuando están lejos de su influjo.
-Es como un vicio que tiene y le gusta dañar y fastidiar -dice la segunda ex-suegra.
Su psiquiatra ve en ella una paciente e intenta una mirada objetiva.
-Es un trastorno límite de personalidad.
-Pero, ¿le puede dar cita para hoy?- le pregunta la secretaria.
-Sería mejor dentro de quince días.
El sacerdote cada vez que la confiesa, sin que ella pronuncie ninguna palabra, la manda a rezar diez padrenuestros. La exime, no se sabe por qué, del avemaría.
El juez siempre le dedica dos palabras: "culpable" y "reincidente".
Siendo una y muchas, posee dones que la iglesia atribuye a sus mejores santos: es ubicua y omnipresente.
Yo la recuerdo en la universidad, maquinando la destrucción de colegas, disfrutando mientras nos hacía quedar como imbéciles, villanos y culpables simultáneamente.
La recuerdo también en uno de mis primeros trabajos en Barcelona: cinco minutos antes de la partida del tren, me pedía informes exhaustivos sólo para que yo no pudiera llegar a la estación a tiempo y tuviera luego que esperar media hora.
De su maldad no se libraba nadie y, para no ser víctimas de ella, todos la evitábamos y, si por casualidad era imposible hacerlo, sonreíamos frente a ella. Creíamos que escaparíamos así de su maleficio. Mentira también. Igual su maldad nos alcanzaba. No era que matase gatos o atropellase viejitas con el carro. Hacía, puedo jurarlo, cosas peores, mucho peores y no voy voy a desgraciar este cuartiento refiriéndolas. 
Créanme, se trata de una mujer mala, demasiado mala. Y lo que faltaba, lo poquito que faltaba para comprobarlo ha sucedido hoy mientras navegaba en Internet. Cuando en una red social tropecé con su nombre, el antivirus se dio cuenta e inmediatamente alertó:
-Se ha detectado una amenaza.
La mujer más mala del mundo es tan tóxica que incluso el antivirus gratuito la detecta. 
Pues inmediatamente apagué la computadora y salí a pasear. Necesitaba quitarme su mala influencia.

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