17 oct. 2014

Cercanías Castellón



Al vagón de los médicos suben ahora también los estudiantes de medicina. Menos empotrados que los de ingeniería en los celulares, pero más o menos los mismos, sobretodo porque en algún momento del trayecto sacan la comida casera y el vagón todo se llena de olores: ajo y chorizo, fundamentalmente.
Así íbamos. Los cardiólogos, uno en cada extremo, como si tuvieran miedo de encontrarse también en el tren. El oncólogo con una bolsa de comida que recoge en el mercado central antes de llegar a  la estación. La digestóloga del otro hospital leyendo los artículos del marido. Yo, debo reconocerlo, me debatía entre comenzar a leer la novela de Roberto Iniesta (el mismo de Extremoduro), El viaje íntimo a la locura, y terminar de leer Pulp, de Bukowski, una novela que es dura de coger por cualquier extremo.Fue por uno de los dos libros o por el estudiante de ingeniería que abrió la choricera que se detuvo el tren. Siempre lo hace, pero esta vez duro diez minutos. Luego avanzó cincuenta metros y llegó a la estación de Xilxes, donde estaba detenido el tren que había partido quince minutos antes que nosotros. Allí, mi compañera de asiento (estudiante de comunicación social o medios audiovisuales seguramente) comenzó  a ver una cartelera electrónica en el andén: "Por incidencia los trenes de cercanías tienen un retraso de treinta minutos".
-¿Qué pasó?- le pregunto la amiga con la que venía cruzando las piernas desde el inicio del trayecto..
-Seguro que alguien se tiró a las vías.
-El otro día también pasó. Espero que no. Da un mal rollo.
Pasaron otros cinco minutos y esta vez hicieron el anuncio por la megafonía del vagón:
-Por accidente ocurrido en las vías el tren demorará más de media hora en llegar a su destino y en este momento procederemos a engancharlo al tren que nos precedía.
-Qué putada - dijeron los estudiantes de ingeniería. -Ese tren se para en todas las paradas. Ahora nosotros con ellos.
Todo el mundo comenzó a agitarse, alguno insinuaba reclamación, pero otro en el fondo (no era médico ni estudiante de medicina, debía ser de ingeniería) interrumpió la zozobra con una llamada telefónica a todo pulmón.
-Mamá, saca tú a la perra que el tren va a llegar tarde.
Eso dio pie para que otro estudiante (¿de ingeniería, de medicina?) comenzará a vociferar apenas a dos filas detrás de mí:
-Es que si quedó con vida yo lo mato -no se refería a la perra ni al estudiante que procuraba que no defecase en el salón. hablaba del accidente, de lo que había generado el accidente en las vías del tren.
Lo repitió varias veces y quienes lo acompañaban más bien reían.
Los médicos conservábamos la calma. Cada uno en los suyo o simplemente pensando.
-Pero, ¿Por qué demoramos tanto? ¿Por qué no lo recogen y ya está?-pregunto la de comunicación social.
Me extrañó que diera por seguro que se trataba de un intento de suicidio. Sin embargo, le respomdí.
-Es que ha de venir el juez y el médico forense.
La niñata nada dijo y me miró casi con asco, como si le hubiera pedido salir con ella. Yo seguí entonces intentando leer a Bukowski.
A los quince minutos, el tren volvió a arrancar aunque muy lentamente.
Cuando pasamos por la estación de Les Valls, aminoró la velocidad todavía más y cambió de rieles.
La chica a mi lado comenzó a gritar.
-No miren. No miren. Es espantoso -gritaba y lloraba simultáneamente.
Obviamente todos miramos.Médicos, estudiantes y uno que otro trabajador de tribunales que también sube al vagón.
Sobre los rieles, había una cabeza, una cabeza sola, sin cuerpo ni nada aunque con mucha sangre alrededor. Y, dos metros más adelante, un brazo gordísimo. tan gordo que alguno discutió todavía por cinco minutos que podía tratarse de una pierna.
-Pero, ¿cómo es posible que no lo hayan recogido todavía? - me preguntó la muchacha del asco.
No le respondí. Yo también tenía la misma duda o, lo que es peor, tenía la sensación, quizá compartida con la mayor parte de los pasajeros, de haber llegado tarde, muy tarde. 
O de no haber llegado a ninguna parte.

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