18 may. 2011

Sobre el valor terapeútico de la máquina de cortar césped



Telúrico y nostágico. Siempre creí que la tierra, el contacto con la tierra y sus excrecencias naturalizaba mi presencia, la justificaba, me daba raíz. Era como si a través de un terrón, de un puñado de tierra de cualquier parte del mundo, yo lograse comunicarme con aquelllos cuatrocientos metros primigenios, el patio de la casa de La Entrada, donde aprendí a vivir y pasé horas viendo cómo se movían de un lado a otro las montañas cada vez que llovía. No sé por qué, o intuyéndolo pero sin ganas de profundizar en ello, apenas escribo estas líneas recuerdo el poema de Teófilo Tortolero, "Terrón sin amo", que siempre he pretendido saber de memoria: "Cuando la última tierra sea un terrón sin amo/ la cola de un caballo tirado en el barro por su dueño loco/ y los cándados escapen de sus nidos ...". Teófilo, que se refugió en un paraje rural a cien kilómetros de mi natal Valencia y a quien sólo vi una vez aunque leí mucho, Teófilo sería también una de las razones por las que a la hora de elegir entre vivir en el centro de la ciudad y en un pueblo cercano, siempre he optado por este último, apostando por el patio, el jardincito, la posibilidad de tocar la tierra, de plantar un rosal o de tener un árbol, no importa que no sepa su nombre. Esto, por un sendero que no logro precisar, pero que intuyo vinculado al aburguesamiento, el matrimonio y cierta estética occidental, significa también cubrir la tierra con hierba, césped o grama y, natural si se trata como yo de un muchacho de pueblo, la obligación de cortarlo semanal, quincenal o mensualmente según el tiempo. Cortarlo es un acto pesado físicamente que sólo recompensa luego con el olor, sobre todo si la fortuna humedece los tallos sangrantes, y la visión desde cierta altura. Pero, en los últimos años le he venido atribuyendo un rol terapeútico a esta acción. Inicialmente creía que se trataba del contacto con la naturaleza, el apego a la tierra, el inclinarse ante ella constantemente y darse cuenta que todos los días pueden ser miércoles de ceniza. Todo eso quizá sea cierto. Pero también lo es el calor y la fuerza que desprende la máquina de cortar césped. Catarsis pura el empujar a tres kilómetros por hora ese portento que corta, desbroza, aspira y resopla mientras construye carreteras insólitas que intersecciona al segundo y destruye casi inmediatamente después. No voy a recomendar entonces a cada amigo, paciente, lector o conocido que se compre un terrenito porque entre estafas bancarias e impuestos podría resultarle oneroso. Simplemente sugiero la tenencia parcial de una máquina de cortar césped (comprada, usada o tomada en préstamo), salir con ella todos los sábados y comenzar a cortar el primer montón de hierba que se encuentre.
Si lo hace en mi terrenito, mucho mejor.

6 comentarios:

Maribel Pastor dijo...

mmmmmmm creo que no... yo tengo terrón y jardineros con furgoneta.... pero si quieres una cervecita o charlas literarias o sobre palmeras, cuando guste. Por lo demás ya me empecé a preocupar por su ausencia...

slavko dijo...

Maribel, qué bueno verte por aquí. Un abrazo.

Maribel Pastor dijo...

Desde el mac de Maribel, pero soy el otro. ¿ He entendido mal, o es una invitación a cualquier despistado para que sublime su despiste cortando el césped de tu terrón? Le invitarías a una cerveza al menos, ¿no?

slavko dijo...

Punto positivo, Dr. Martorell. Abrazo.

Maribel Pastor dijo...

oye, ¿no dicen que los venezolanos hablan por los codos? pues los valencianos de Venezuela, están bastante esquemáticos!!!!

slavko dijo...

Valencianos del futuro, escribid cuartientos, dijo Alonso Díaz Moreno luego de fundar la ciudad. Yo obedezco.