29 abr. 2011

Gusanos de seda





Cuando llegaron eran pequeños, diminutos, como deditos de bebe.

Los trajo mi hijo mayor, a quien se los había dado un compañero de colegio.

A mí ya el día anterior la madre del compañero me los había ofrecido.

Le dije que no, porque entre el jardín, las reparaciones cotidianas, los deberes paternos y el trabajo siento que ya no puedo más.

-Nada de eso importa, será tu hijo quien los cuide -me respondió ella haciéndose la simpática-. Además, tú tienes una morera en el patio.

-He dicho que no, no los quiero.

Nada de eso importó, en efecto, porque al final se los colaron a mi niño.

Los trajo en una caja de zapatos que, según dijo, se la había regalado la directora del colegio.

Debían crecer en unas pocas semanas hasta construir sus capullos y luego convertirse en crisálidas y mariposas.

-Yo me encargaré de cuidarlos -se comprometió mi hijo.

-Bueno, tú mismo.

No hice nada el primer día. Y él tampoco. El segundo, me empecé a preocupar y les llevé unas hojas de morera.

-No has cuidado de los gusanos -le dije a mi niño que estaba frente al televisor.

Él no respondió y desde entonces todos entendimos que los gusanos quedaban a mi cargo.

En ésas estoy. Cogiendo y llevando hojas. Inicialmente eran de morera. Pero ya pueden ser de cualquier cosa. De hecho todos los árboles del jardín y los del terreno de al lado están pelados, sin nada de verde.

Mi mujer y mis hijos se fueron de casa hace dos semanas, con un poco de miedo.

-Cuídate mucho. Vente tú tambien.

No les hice caso.

El problema es que los gusanos no dejan de crecer. han transcurrido ya más de tres meses de su llegada y los bichos no paran. Comen y crecen. Nada de capullos ni crisálidas. Aquí lo que hacen es comer y crecer. Yo he tenido que dejar mi trabajo para alimentarlos y a cada uno lo he puesto en una caja grande, muy grande, que también se han comido.

He intentado hablarles, pero tampoco me hacen caso. Sólo comen y crecen. Comen y crecen.

Se han comido ya varios muebles y algunos electrodomésticos.

No me extrañaría que de un momento a otro me comieran a mí también.

Para intentar detenerlos, esperando que sepan leer, escribo este cuartiento.

Ojalá al menos sirva de aviso a los vecinos.

O a los otros padres del colegio.

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