15 nov 2011

El mejor vino del mundo

Confeccionar listas y clasificaciones parece ser cosa de humanos, no sólo de obsesivos. El problema es que si se elabora una lista, algo o alguien la encabezará y ese primato, esa "pole position", lo convertirá en la mejor cosa de... O, si se trata de una antilista, en la peor. Hablemos más bien de las mejores. En una época, me tocó vivir en la misma calle de un restaurante que se llamaba a sí mismo el mejor restaurante del mundo.
Cuando daba mi dirección, si el interlocutor conocía la ciudad, decía inmediatamente:
-Ah, en esa calle está el mejor restaurante del mundo.
La primera vez me quedé mirándolo sin saber a qué se refería:
-¿Qué?
-El mejor restaurante del mundo, el que está dos puertas más allá de la panadería.
-Ah.
Creí que se trataba de una broma hasta que varias semanas después vi el letrero luminoso sobre la puerta: "El mejor restaurante del mundo".
Una vez me atreví a entrar. Reconozco que fui intrépido y pedí un plato arriesgado para el hijo menor de una familia con dispepsia: solomillo de ternera a la pimienta verde. Demasiado verde, verdísima. No pude mirar un plato durante varios días. Entonces comenzó mi dependencia del omeprazol.
Ésa es tan sólo una forma de ser la mejor cosa del mundo. Hay, seguro, otras y, para terminar, comentaré una.
El otro día estaba en Santiago de Chile. No me suele pasar, pero ese día de verdad estaba en Santiago de Chile. Se trataba de una cena ministerial en un lugar estupendo. Yo conversaba con Jacinta y de repente se acercó un colega chileno. No daré su nombre porque mi primera novia me enseñó que en este tipo de situaciones se habla del pecado, no del pecador, pero sobre todo porque no lo recuerdo. El asunto es que el escritor del patio se acercó con ánimo de saludar, pero una botella de vino tinto que estaba en el centro de la mesa lo distrajo de su propósito:
-¿Acaso has visto lo que tienes delante de tus ojos? ¿Cómo han podido poner esto aquí? ¿Quieres que la abra?
Por supuesto le dije que sí, pero juro que no esperaba que sacara un sacacorchos de uno de los bolsillos de la chaqueta. Así no más, como quien frente a un micrófono se dispone a leer un discurso. Inmediatamente abrió la botella, escanció tres copas y, sin tregua ni pausa, sin respiración ninguna que el vino no tiene pulmones, eso fue lo que dijo, empezamos a beber.
Era, lo juro, el mejor vino que había bebido nunca. Bueno, buenísimo, sustancioso. El mejor vino del mundo.
-¿Qué vino era? ¿Cómo se llama? ¿Cuál es su denominación de origen: la marca, el nombre, el título? -me preguntan los amigos cada vez que refiero el encuentro.
Pues no lo sé, realmente no lo sé. Mientras lo bebía, no pude hacer otra cosa que paladearlo. Además, no volví a ver la botella. No sé cómo pero desapareció. Sólo sé que lo bebí en Santiago de Chile, el 3 de noviembre de este mismo año, a siete calles de la Estación Mapocho. ¿Servirá para elaborar alguna lista?

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