18 sep. 2011

Cuando muere un vecino

De la muerte del vecino me enteré a través de su jardinero. Ese día, el de su muerte, cociné una paella para mis amigos apenas a diez metros de su lecho vacío. No sabía nada, ni siquiera conocía su enfermedad. Además, si bien es cierto que él moría mientras el arroz burbujeaba, su muerte no se producía allí, a mi lado, sino en el hospital, a casi veinte kilómetros. Igual me extrañó que no hubiera ruidos en su casa, últimamente casi escandalosa. Nada dije. Preferí hablar del fastidio que me produce que en el colegio de los niños haya un presidente. Si lo hubiera sabido no habría hecho la paella, ni habría gritado invectivas en contra de los presidentes, mucho menos cantar mi cumpleaños, nada parecido.
De todas maneras es necesario reconocer que todo ha sido muy aseado. No ha habido gritos ni llantos. No he visto carros fúnebres ni mujeres de luto. Mucho menos afiches en la calle anunciando el deceso como he visto hacer en Grecia y en Italia.
Simplemente un vecino muerto y un jardinero que me lo ha dicho cuando intentaba contratar sus servicios.
Ahora ya lo sé todo: que ha muerto, que la casa está en venta, que en los últimos días había estado muy mal. Incluso he hablado con su viuda. Me he puesto a la orden. No sé para qué. Imagino que para algo que tenga que ver con la casa: regar las plantas, darle la llave al agente de la inmobiliaria, esas cosas.
Hoy nuevamente había ruidos en su casa. Estaban los hijos y los nietos. Y, cuando salimos a tirar la basura, vimos junto a la puerta del garage algunos libros y dos televisores. Estaban allí para que alguien los cogiera, pero no me atreví. Pienso en los libros. Si alguno vale la pena, llegará a un negocio de libros usados y quizás allí lo encuentre. Pagando, claro. Como tiene que ser.

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