13 sep. 2011

TODOS LOS DÍAS EL TREN

A las siete y treinta y nueve, todas las mañanas subo al tren. Cuarto andén, primer vagón. Cercanías. Yo subo a mitad de camino. Se trata del tren de los médicos Por el horario. Se llega a la estación de destino a las ocho y tres. Eso significa que se puede entrar al trabajo a las ocho y cuarto.
Somos los médicos de tres hospitales, fundamentalmete. Allá el internista. Más allá el nefrólogo, algún psiquiatra. Muchos residentes y ningún traumatólogo ni cirujano, que siempre tienen prisas y prefieren la gasolina.
El resto del pasaje son empleados de tribunales, educadores y algún vecino, paciente o acusado, que debe curarse o defenderse.
El otro día, en el momento de llegar al destino, uno de los acusados se desmayó. Se veía que no era nada muy grave, más actuación que cualquier otra cosa. Y, además, el que se detuviera llegaba tarde a la sesión.
Todos los médicos desaparecimos. Nos escurrimos por las puertas del vagón, silenciososamente.
Así, el paciente fue atendido por sus abogados.

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