26 nov. 2015

¿Qué queda de tanto escribir?



La duda la tiene mi niño. ¿Por qué escribes? ¿Qué te queda de tanto hacerlo? La culpa la tengo yo por hablar a cada instante de los proyectos que tengo en mente. Lo hago para consolidar las ideas y sentirme comprometido a convertirlas en textos. Por eso me esmero en responderle. Con mis limitaciones, como bien puedo, pero también como él bien pueda entenderme. Por un lado siento que necesito transmitirle mi apego por este oficio desde que tengo más o menos su edad. Escribir me hace sentir bien, me multiplica. Es, después de leer, la cosa que más me gusta de la vida. Por otro, no quisiera que me viera como un tonto aunque lo sea. Escribir es ganar. Crear es la única cosa que nos aumenta. No se trata sólo de plasmar lo que somos, lo que tenemos, sino además, palabra sobre palabra, hacerlo crecer. Que se dispare, que alcance alturas inimaginables. Que derribe  fronteras. Hay algo en mi discurso que no le convence, que no le termina de convencer. Mi hijo necesita una verdad más cruda, con referencias concretas. Sabe porque me ha escuchado decirlo que deseaba ser un escritor cuando tenía su edad y quiere saber qué detalle concreto de la vida puede empujar a un niño de doce años a pretender tal cosa.  Por eso, he de decirle la verdad, la verdad de entonces que, mira por dónde, continúa siendo la verdad ahora.  “¿Quieres saber por qué escribo?” “Claro que sí, papá, es lo que te he preguntado”. Abro un frasco de aceitunas partidas. ”Entonces tenemos que hablar seriamente”, le digo ofreciéndole una y aprovecho que la disecciona con los dientes para contarle que cuando yo tenía su edad, en el periódico que se compraba en la casa escribía un columnista que me gustaba particularmente, Kotepa Delgado. “Ah, sí, qué bien”. Pues lo que más me gustaba era el nombre de la columna: “Escribe que algo queda”. “¿Y qué pasa?”, me pregunta mi hijo. “¿Qué tiene que ver eso con lo que te he preguntado?”. Coloco la cuchara de madera sobre la mesa y le respondo lentamente. “Que esa es la verdad más grande que he leído nunca. Comencé a escribir y continúo haciéndolo porque algo queda. Siempre”.

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