13 may. 2015

25 años de Dragi sol




Sus cuentos aparecieron entre mis manos cuando yo tenía quince años y asistía a todos los talleres de literatura de Valencia, en Venezuela. Al principio creí que se trataba de una novela y escribí los cuentos como una forma de prepararme para la escritura de ésta. Los cuentos iban saliendo poco a poco y, para la novela, me limitaba a tomar apuntes en cuadernos que, con el tiempo, se hicieron indescifrables. En esos días leía a Stendhal y el libro estuvo a punto de tener un nombre con colores. Se salvó de milagro o porque, ante la orden materna de guardar las cartas intraducibles de mi padre, tropecé más de una vez con la palabra “dragi” y, sin tener la seguridad de que significase querido, tecleé sus cinco letras en mi anaranjada Underwood. Del sol no sé cómo apareció ni cuándo lo hizo. En todo caso debió ser antes de enviarlo al concurso que permitió su publicación. Mi madre llevó personalmente la tres copias firmadas con seudónimo a Maracay y, mientras yo esperaba que regresara, devoré El Osario de Dios de Alfredo Armas Alfonso, quien era uno de los miembros del jurado. El veredicto me favoreció. Durante la entrega del premio, el ganador de la mención dramaturgia se apoderó de la escena y pronunció palabras a nombre de toda su familia y también de la mía. Con los cinco mil bolívares del botín, que entonces para mí eran dinero, mucho dinero, compré un reloj que marcó mis horas durante casi diez años. Cada vez que lo mandaba a reparar el relojero decía que era de un metal especial y por eso yo siempre lo mandaba a reparar y no compraba otro. Un año después de la premiación, una tarde en que yo regresaba del cine o de espiar a Mary Monazin en la iglesia de San Francisco, mi madre me dijo que había llegado una carta de Caracas. El sobre contenía una carta de Roberto Lovera De-Sola y un ejemplar delgadísimo de Dragi Sol. La felicidad que entonces me inundó frente a su portada cumple ahora veinticinco años.

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