9 may. 2015

Primera comunión (literaria)




Mi primera comunión, hace casi cuarenta años, fue también en una mañana de sol. Un domingo salimos de casa y, al margen del asunto espiritual, yo sabía que algo importante estaba ocurriendo  y que a partir de ese día yo sería un niño diferente.
-Te haré un regalo que cambiará tu vida –me había prometido  mi madre.
Yo, por si acaso ella se olvidaba, intentaba cambiarla a cada instante. Antes de partir rumbo a la iglesia, pedí permiso para ir al baño y aproveché la circunstancia para cambiar los zapatos de suela por unas zapatillas deportivas cuya comodidad era inversamente proporcional a su aspecto exterior. Mi madre no se dio cuenta hasta que llegamos y ya el daño era irreparable.
-Ahora no te voy a dar ningún regalo –me chilló mi madre cuando me vio entre los compañeros de clase exhibiendo de mis zapatillas desgastadas.
Aun así, al regresar a casa, mi madre me lo dio, su gran regalo. Era un volumen de color aguamarina que recogía varias novelas y estaba autografiado por el autor.
-No lo empieces a leer todavía, no tienes edad. Pero consérvalo siempre.
Yo no le hice caso. Comencé a leerlo inmediatamente y, durante dos años, a partir del momento de mi primera comunión, no hice otra cosa que leer las novelas del volumen que mi madre me había entregado. Me gustaban esas novelas y por eso las leía y las releía. Cuando no las entendía, me gustaban más y las volvía a leer. Me emocionaba además que el libro estuviese firmado por el autor.
-Yo tuve que hacer una cola de tres horas en las puertas del ateneo para lograr esa firma –me contaba mi madre cuando me veía con el libro.
Yo seguía leyendo y a partir de ese volumen conseguí las otras novelas y, antes de que hubieran pasado cinco años, cuando mis compañeros estaban ya pensando en la confirmación, yo ya me había leído todas las novelas de William Faulkner.
Aquel volumen lo conservo todavía. Me ha acompañado en todos mis viajes, en todas mis mudanzas. Él es, en la vida real y en la literaria, mi primera comunión

2 comentarios:

Carlos Casillas dijo...

A quién se le ocurre no hacer caso a su madre, medritor !! Tu inmaduro cerebro se revolucionó al leer a Faulkner a esa edad y ha traído graves consecuencias, un médico-escritor. No vas a tener más remedio que seguir escribiendo. Ánimo !!

Slavko Zupcic dijo...

Pues así vamos, querido Carlos. Desde entonces convertido en letra ferit. Un fuerte abrazo.