15 oct. 2015

El amor literario


Que no se equivoque nadie: la literatura es un asunto de amor. No hablo de efluvios ni de piernas, tampoco de hipotecas, sino de amor comprometido, duradero, quizá para siempre. Todo comienza con la recomendación de un libro o la pata torcida del estante en una biblioteca. A partir de allí comienza la entrega, la multiplicación, el goce auténtico, verdadero.  En algunos casos, este encuentro fortuito es generado como castigo por la voz de una madre o de tres profesores: “ahora tendrás que leer todo el libro”, “de ahora en adelante leerás por lo menos veinte minutos cada día”. Allí es donde aparece la pata torcida, la página que atrapa, la línea que convierte. Todos comenzamos a escribir leyendo y la explosión literaria sucede a partir de una idea delirante: este libro que leo y me tiene atrapado es una continuación de mi propia cabeza, sus páginas y yo somos uno solo, si me lo arrancaran y yo no pudiera conseguirlo nuevamente mi vida quedaría huérfana para siempre.
Luego vienen los amores corporales. Y también los desamores, más proclives si cabe a la escritura. O nada de ello, simplemente un verso escuchado a lo lejos, con un final feliz aunque demasiado fácil. Una novela trepidante a la que creemos que el falta un último capítulo. O simplemente un guiño, otro, que nos intercepta en una esquina y nos hace ver aquel folio blanco junto al poste. Comenzamos entonces a escribir, creemos que podemos continuar el sueño, consideramos que es necesario tensar el sentimiento para que el amor explote en forma de letras, de palabras.
Para inocular el virus amoroso, para hacerlo tangible, será necesario un vehículo, un vector. No estoy hablando de mosquitos. Me refiero a un lápiz, a un bolígrafo, a un teclado, de ordenador o de móvil. El mío fue una máquina de escribir. De color naranja y de marca Underwood. Yo amaba su rodillo, sus teclas. Incluso cuando se rompían y herían el pulpejo de mis dedos. Enamorado como estaba, me sentía rápido y potente frente a ella. Creía incluso que era capaz de engañarla y, cuando me equivocaba, cambiaba párrafos completos cortando y pegando a la manera del siglo XX, con tijera y pegamento. Creía que era el rey de las máquinas de escribir y me costó desprenderme de ella y pasar a otros teclados. Parecía una fase fetichista de este amor siempre creciente, pero no lo era, en absoluto. Era literatura, amor literario.
En esa misma época, compartía sentimientos con otros compañeros escritores, a los que inevitablemente he terminado amando. Hace dos semanas, veía  al más querido de ellos hablar de esos días en una entrevista. El asunto amoroso era obvio y natural, también en su discurso: de tanto compartir sueños, proyectos  y lecturas, hemos terminado siendo como hermanos. Pasa también con otros compañeros y no es necesario haber compartido la primera juventud con ellos.

El compartir literario es absolutamente amoroso. Genera fundamentalmente alegría y buen rollo. La escritura cura. La escritura salva. La escritura redime. La escritura perdona. La escritura acepta que te pierdas y regreses. Claro, para que se multiplique el bienestar y no se pierda el buen rollo, no debemos pedirle más de aquello que nos pueda dar. Lo que pasa es que, como en cualquier otra relación, amorosa o no, no sabemos dónde termina esto y comienza aquello. 

2 comentarios:

Gilberto dijo...

João Guimarães Rosa definió su novela Gran Sertón Veredas, para mí un compendio relaciones amorosas exitosas y desgraciadas en la violencia y belleza del Sertón brasileño, como su "Autobiografía Irracional".
Rescató, con amor a la palabra, los átomos perdidos de su memoria.
Tierna fantasía de Guimarães, grande.

Te regalo querido amigo una de sus citas vitalistas:

"Uno se muere para demostrar que vivió"

Gracias Slavko por estimular mi affaire con Guimarães.

Slavko Zupcic dijo...

Gracias, Gil, por tu buena lectura. Todos enamorados (affaire continuo) de Guimaräes a partir de Gran Sertón Veredas.