10 ago. 2015

Libros congelados a mitad de precio




En la venta de pescado junto al hospital, desde hace un año también venden libros por lo que podría decirse que ahora se trata de una pescabrería.
Los pacientes entran y salen. En la esquina está la óptica y, justo al lado, la pescabrería.
Tiene una entrada amplia: con escalera y rampa para minusválidos.
Ya desde el primer escalón huele a frío con un fondo de pescado. Y, al final de la rampa, está la mesa de los libros.
Como en todas las librerías, hay libros buenos y malos. Espero que no pase lo mismo con el pescado.
Me quedo con dos libros y voy a pagarlos.. Mientras espero, veo las cajas con filetes de merluza, gambas argentinas y rodajas de emperador. Un cliente se ha llevado cinco kilos de atún.
-¿Quién es el dueño de estos libros? - le pregunto a la dependienta intentando apoderarme de una historia: un muerto en familia, un hombre que ha decidido no leer más, una ceguera de instalación abrupta.
Su respuesta es cuando menos glaciar.
-Son de mi jefe. Él los compra y los vende.
-Se ve que le va bien - digo por decir algo.
Ella no responde y me da el vuelto. Además, ha agarrado los libros y anotado sus códigos en una lista cuadriculada.
Cuando me regresa los libros, siento la contraportada húmeda de uno de ellos. Se trata de Cinco horas con Mario, de Delibes.
No lo hago mientras estoy en el local pero, una vez en la rampa me llevo la mano derecha a la nariz: lo sabía, huele a pescado.

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