14 abr. 2015

Del día en que cambié mi vida por un cuartiento




El que no estaba al principio era el cuartiento. Lo busqué por arriba y por abajo y no aparecía. Nada. Incluso recurrí a un truco que casi nunca falla: en el tren, saqué la libreta y el bolígrafo rojo. Tampoco. Cuando, antes de llegar a Castellón, volví a meter la libreta y el bolígrafo en la mochila, más que frustrado, estaba vacío. Pensé que era un mal día no sólo para el blog sino para mí en general, como si estuviera a punto de renunciar a un trabajo. Empecé a sentirme mal y, tácitamente, sin necesidad de gritarlo, me dispuse a aceptar cualquier trato con tal de que apareciera el cuartiento. Fue entonces cuando firmé el cheque en blanco. En el momento de salir del tren y comenzar a caminar hacia la salida de la estación. Pasé delante de un grupo de jubilados y, de improviso, un policía me pidió la documentación. A excepción de los aeropuertos nunca me había pasado eso en los últimos veinte años. Como nunca me la han pedido, pues no la tenía. Deletreé mi nombre y el policía lo transmitía por el walkie talkie. Entre los dos, yo por los nervios y él por las letras de mi nombre, la terminamos de fastidiar y quién sabe qué nombre le llegó al policía nacional que me buscaba en los archivos extranjeros.
Mientras esperábamos la respuesta, recordé que en el fondo de la mochila siempre llevo el carnet del colegio de médicos. 
-Soy médico, ¿sabes? Trabajo en ese hospital.
-Menos mal –me dijo el muchacho (seguía siendo policía pero en verdad era apenas un muchacho)-. Porque aquí en el sistema no apareces. Es como si no existieras.
-Es por el trato. El cuartiento estará a punto de llegar –le dije antes de despedirme sin importar que él no supiera a qué trato me refería.

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