17 feb. 2011

La pasta de Giuliana (elogio de la comida doméstica)



No lo busqué. Ni siquiera pensé que podía suceder. Pero es así. Progresivamente, cada vez más, se ha ido convirtiendo en una verdad esencial, en una parte fundamental de mi vida. Lo mejor que me puede pasar en un día de trabajo o de fiesta es que Giuliana cocine en casa un pentolone de pasta y yo pueda aproximar mi plato a su periferia y servirme una porción discreta. Atrás quedaron los truenos, los tigres, los relámpagos, pero también el picadillo de pollo, mayonesa y manzanas que en la casa materna, en Valencia de Venezuela, llamábamos ensalada de gallina y que era hasta finales del siglo pasado mi plato preferido. Algo parecido ha pasado con la hallaca, imposible de comer adecuadamente en estos lares: falta la hoja de plátano, del plátano de Naguanagua, y si un milagro más aduanal que aéreotransportador lo permitiera, faltaría la atmósfera y quizás sobraría una lágrima, un chorro de ellas. Pero no son ésas las razones por las que la pasta, la pasta de Giuliana, se ha ido consolidando en mi lengua, mi cerebro y mi corazón. La pasta de Giuliana ha crecido por razones propias, con méritos labrados a pulso, a fuerza de batallas ganadas y perdidas con los afectos, los sabores y la nostalgia. Juntos hemos pateado infinidad de calles hasta conseguir la mejor olla, el pentolone, en la primera tienda. Amorosamente hemos experimentado y discutido sobre qué tomate usar, ante qué extraperlista conseguirlo, para finalmente decidir que el tomate al igual que el agua tenía que ser del lugar que nos diese el fuego. Lo único que no hemos alterado de la receta original es la pasta, que tiene que venir de Italia, aunque eso ya no es problema porque Barilla y De Cecco navegan desde hace años por todas las calles del mundo, inundadas de Lambrusco. Es así cómo en cualquier mediodía, justo antes de pensar en qué comer, basta una mirada de cuatro ojos para decidir sin ni siquiera una palabra que queremos comer un bel piatto di pasta col pomodoro. Sí, ¿por qué no? Y la pasta va saliendo del cielo de sus manos, rápida y lentamente, en apenas unos minutos en que la cocina se impregna del olor pesado del tomate y el aire se almidona porque en la otra hornilla hierve el agua y los hilos de pasta engordan y esperan el minuto del dente que se produce sesenta segundos antes de lo que marca la caja en la que han viajado y llegado a casa. Luego ambos se fusionan, pasta y tomate, como en un asunto malabar. Son las manos de la ilusionista Giuliana que uno no ve cómo pero hacen volar las ollas y el colador y presentan ante nuestros ojos atónitos el milagro del día. Ése es el momento en que yo aproximo mi plato y me sirvo una ración discreta a la que agrego apenas una cucharadita de parmigiano y que luego devoro lentamente como si cada movimiento masticatorio fuese una bendición que consagrase las nupcias tripartitas del alimento que llena mi boca. Han pasado tres minutos y en el plato no se ve ningún spaghetto. Entonces me bendigo por haberme servido una porción discreta y sé que puedo repetir. Caen en mi plato dos o tres cucharadones más de pasta nutritiva que ingresan consecutivamente en mi boca, esta vez de una manera más pausada en la que el tenedor elige uno por uno el spaghetto nadador. Finalmente, disparando contra todos los manuales de urbanidad (Adiós, Galateo. Good bye, Carreño) será necesario mojar un pedazo de pan en el tomate que habite todavía el fondo del plato: fare la scarpetta.
-Mira lo que está haciendo papá -comienzan entonces a alterarse los niños y envían miradas suplicantes a Giuliana que inmediatamente concede el deseo y luego comenzamos todos a barrer, convertido el pan en lengua poderosa, nuestros platos hasta dejarlos translúcidos, como si el mejor lavavajillas hubiera pasado por estas montañas.
Es un placer divino por delicioso y compartido, tan sencillo además, pero que sólo las manos de Giuliana permiten: la pasta de Giuliana.

1 comentario:

Maribel Pastor dijo...

es lo más romántico que he leído nunca con forma de espagueti... porque como es natural va más allá de tomates de estraperlo y pasta al dente..., que por cierto cuando algún traumátologo cumpla su promesa de hacer arroz con bogavante, me gustaría probar..., sino el más original de los elogios y las bendiciones a una dichosa y feliz, vida doméstica, a un matrimonio lleno de amor..., representado por el olor del centro neurálgico de todo verdadero hogar, los fogones. Enhorabuena

Maribel.

PD por cierto, que es exactmante un pentolone?