26 ene. 2011

El puro, el estetoscopio y el revólver






Un traumatólogo escrupuloso contrapone a la belleza médica y femenina del post anterior la estética masculina y antañona del "urólogo con barba, vozarrón y fumando un puro". ¿Cómo negarle de antemano parte de la razón si seguramente la tiene? Pero, puestos a pedir, ¿a quién prefiere usted en la consulta de urología? ¿A la doctora más bella o al señor del puro? Pues yo sinceramente no lo sé. Es que no suelo ir al urólogo, pero creo que cuando sea necesario no me importara muy mucho ni la posible belleza ni el vozarrón. Hembra o varón, que no fume, please, ya que es délito. Otra cosa es verlos como compañeros de trabajo en el hospital: seguramente hay uno de cada. Entonces no hay problema ni discusión. En el post de la belleza femenina, hablaremos de ella. De él, cuando toque escribir sobre el vozarrón y la belleza masculina si ésta tiene y el tema provoca. En este último texto, ojalá que no se me olvide recordar al Dr Zukerman. Era, quizá lo es todavía, internista en mi Valencia natal, la de Venezuela, y siempre llevaba un revólver consigo. No recuerdo que lo haya usado con ningún paciente. Éstos ni siquiera podían verlo, al revólver, pero cuando a Zukerman le tocaba lidiar con un residente burro se lo ofrecía, al residente, para culminar el suicidio que inducía con el gesto.



Era chulo y prepotente, aunque no fumaba, y yo no lo habría elegido como mi doctor en ninguna de las especialidades posibles, ni siquiera de anatomopatólogo. Alguna vez mi madre tuvo que ir a su consulta y todavía se queja del tiempo que pasaba hablando al teléfono. Otra vez supe por un comentario que hizo a una amiga común que había leído una novela mía. Es que en la vida hay cosas que uno no puede elegir y un lector es un lector, aunque saque a pasear su revólver al hospital.

23 ene. 2011

AL SAM ALLEB


Trabaja en el hospital, claro que sí, la doctora más bella del hospital. Es dulce y buena. Y amable. Y generosa. También, si así quiere, puede ser todo lo contrario. Es, en fin, una mujer normal, pero absolutamente bella. Bellos son sus ojos, sus dientes, sus labios, sus piernas, su cabellera. Cuando era cirujana, hacía ocho guardias al mes y, si hablaba, de su boca salían quistes, suturas, cápsulas de pus, fragmentos de peritoneo y asas intestinales. Callada, era posible verlos en sus ojos: mirándola fijamente en sus córneas flotaban los tumores y las hemorroides. Su belleza no cambió ni se metastizó. Siguió siendo la doctora más bella. Pero se hizo internista y apretaba los dos tomos del Harrison contra su cuerpo. Qué decir de la forma en que el estetoscopio, la campana del estetoscopio, se movía tintineando de un lado a otro entre sus pechos. Entonces la historia clínica era generosa y se detenía en menudeces que en cualquier otro momento de la belleza hospitalaria ninguno habría percibido. Pasó el tiempo y esta misma mujer, la doctora más bella, se pasó a la psiquiatría. Los más ingenuos se acercaban a ella y le hablaban de traumas infantiles. Los que menos iban directamente al síntoma. Ella era clara, incisa y contundente, pero su belleza la convertía en un torrente de olanzapina. Con la mano derecha saludaba y con la izquierda transmitía un chorro de agomelatina. Cuando se aproximaba, los jóvenes médicos ciclaban a la manía. Cuando se marchaba, se hundían en la tristeza. Ella continuaba caminando y desde lejos sus piernas parecían inalcanzables, casi imposibles, pero luego giraba la cabeza y con una sonrisa prometía una revisión monográfica sobre la histeria para el siguiente encuentro. Visto lo visto, ninguno habría pensado en la posibilidad de que se hiciese radióloga, pero así fue. Desde la imagenología, la doctora más bella lo sabía todo, lo conocía todo. No había rincón del cuerpo humano que no hubiese sido visitado por su saber. Era entonces bella y altiva, seca y confiable. Su mirada era un scanner que hurgaba dentro del interconsultante y, sin disecarlo, lo cortaba para visualizarlo en trozos. Ante ella, los pasillos del hospital eran una playa nudista que ni siquiera la piel lograba cubrir. Ella, en cambio, gobernaba vestida de telas. Fue, sin lugar a dudas, una época dura de la belleza hospitalaria. La siguieron la neurología, la nefrología y la oftalmología. Luego, dos meses de urología (un contrato temporal) y tres de cardiología. El tiempo ha pasado y la doctora más bella sigue aquí, habitando el hospital. Últimamente, lo podemos decir, ha sufrido una mítosis y, ahora duplicada, ejerce en un pasillo de traumatóloga y en el otro de pediatra. Lactancia materna, fractura de cadera, rotura aquílea, varicela, vómitos, rotavirus y rubeola: ésos son los temas de los que todos en el hospital ahora queremos hablar.

7 ene. 2011

Aquel colegio de mi año doce


En junio, el profesor de historia universal cerró el libro en la mitad de las cruzadas. La de educación sexual, en cambio, no pudo pasar del onanismo; el de castellano llegó con dificultades a la letra ele; y el de artística, siempre inclemente, detuvo el último interrogatorio mucho antes de Picasso, en La nave de los locos. Por el resultado, nefasto para mí, de esta evaluación, en mi casa se enteraron del incumplimiento del programa y decidieron cambiarme a otro colegio donde los profesores habían llegado a la segunda guerra, el frotismo, la eme y la lata de sopa de Warhol. En los años que me llevó ponerme a la par de mis nuevos compañeros, pensaba en aquellos antiguos y los imaginaba en un mundo sin dinamita, desconocedores absolutos de la pintura abstracta y, obviamente, masturbándose. Envidiaba, lo reconozco, algo de su situación: tendrían más tiempo para jugar y, al insultarse, no se llamarían Hitler ni Mussolini. Luego los fui olvidando, poco a poco, sin pensar que ahora volverían a aparecer. No se trata tan sólo del recuerdo, sino que, en el último año, uno de ellos llamó a mi teléfono, me agarró desprevenido y, al ofrecimiento de integrarme a un club de ex–alumnos, con la guardia baja, respondí dándole mis señas. No he ido a sus reuniones, no me siento preparado todavía, pero a través de sus e-mails me entero de los resultados. El que encontró mi teléfono e hizo la llamada es detective y escribe con naturales errores ortográficos. Otro permanentemente envía películas pornográficas: es publicista. Como en todos los clubes, hay administradores, traumatólogos, profesores e ingenieros. En éste, además, hay dos ex–presidiarios y tres curas. Eso contando el profesor de artística que también acude a las reuniones. Gracias a la cirugía plástica, parece que hubiera sido el alumno más pequeño del grupo y, delante de él, ninguno ha hecho referencia a Dorian Gray. Hace dos semanas organizaron una fiesta que terminaron a golpes luego de que el detective comunicara su decisión de convertirse en evangélico. Los católicos se quedaron en el local y los evangélicos se hicieron a la mar, con el pretexto de pescar camarones. Vi el video de esta reunión en un cibercafé mientras desplazaba mi cuerpo hacia la izquierda. Procuraba rozar una vecina estupenda.