3 ago. 2017

Barbería de médicos



Cuando me alzo de la silla del barbero, veo que la persona que espera y cuya cabeza sustituirá la mía en las manos de M es otro médico. Lo saludo y, cómo no, los presento.
"Dos clientes, dos médicos", le digo a M.
"Dudan", responde él quizá refiriéndose al refrán ( "Un médico cura, dos dudan, tres muerte segura").
M es inteligente y atrevido. Cortarse el pelo con él no es solo un acierto estético sino también sino también un placer intelectual: habla con propiedad de historia y política, se maneja en varios idiomas y, tijera en mano, sabe mantenerme despierto cuando lo necesito (fundamentalmente a la salida de las guardias) y cómo domesticarme cuando estoy hipomaniaco (fundamentalmente a la salida de las guardias también). 
Sin embargo, esta vez se ha equivocado. Yo no quería referirme al refrán que (por principio, dogma y convicción) no me gusta sino al hecho real de que, en una barbería que no está situada cerca de ningún hospital ni de la sede del colegio, los dos primeros clientes de la mañana sean médicos.
No digo nada porque no quiero interrumpir su rutina y, luego de despedirme, finalmente me voy.
Camino unos minutos, compro el periódico y un diccionario de valenciano. Cuando subo al tren, me llega al móvil un mensaje de M: "El tercero también, es mi urólogo".
No puede ser casualidad. "Ánimo", le escribo mientras me culpo no sólo de haber sido el primer cliente médico de la mañana sino también de quizá haberlo sugestionado al advertirle antes de despedirme de la repetición de los cromos en su sala de espera.
El tren avanza, con lentitud, pero avanza. Delante de mí, una pareja de enamorados juega a conversar:
"Me muero por besarte", dice él. "Pero sé que luego moriría otra vez de las ganas de volver a hacerlo".
En la cuarta parada, baja un gentío, pareja incluida, y puedo concentrarme en recordar mis mañanas en la sala de espera de M. Sé por la dificultad de coger cita que tiene una clientela abundante, pero por la hora a la que voy (casi siempre de mañana, a la salida de las guardias) normalmente me encuentro con jubilados o trabajadores nocturnos. He visto camareros, peones de limpieza, carretilleros de azulejeras, enfermeros, jóvenes desocupados y algún que otro gerente que llega en moto y pretende un servicio express, casi sin quitarse el casco. Médicos no, al menos hasta ahora.
En esas estoy cuando suena el teléfono. Es M:
"Tío que estoy preocupado, ya he terminado con el tercero y tengo otros tres más esperando. Dos pediatras y un otorrino".
"Pero, ¿cómo lo sabes?",  le pregunto para comprobar que no se está quedando conmigo.
"Porque ellos lo dicen, están hablando entre ellos. ¿Qué hago?"
"Tú tranquilo, como si nada, como si no supieses a qué se dedican. Ni se te ocurra hacerles una consulta".
Eso se lo digo para ayudarlo y, aunque se trata de un hombre sabio, para protegerlo a él y procurar el descanso de mis compañeros, desconocidos quizá pero siempre compañeros.
"Hombre, ni que fuera tonto. Pierde cuidado".
Cuando llego a mi destino, llamo a mi jefa de servicio.
"Jefa, por casualidad sabes qué actividad hay en la mañana de hoy cerca de la calle 48".
"La entrega de expedientes para las plazas de asociado en la universidad. Como son tantos han alquilado la sala de reuniones del edificio Jota", responde ella inmediatamente.
"Gracias".
Me dispongo entonces a llamar a M. Mi intención inicial es decírselo, aclararle la causa, desalojar la casualidad de sus dudas, pero lo noto tan contento que no digo nada, me quedo tan solo escuchando su alegría:
"Esto nunca me había pasado, Slavko. Doce clientes, doce médicos. Es una casualidad infinita. Fíjate que estoy pensando cambiarle el nombre al negocio. ¿Qué te parece Barbería de médicos?".

No hay comentarios.: