16 ago. 2017

Tres venezolanos en el tren (cercanías)




Como los boxeadores de antes:
a mi madre y a mi tía, Leticia y Aura.

No sólo con los horarios engaña el tren de cercanías. Si sólo se tratase de retrasos vespertinos, de convivir con pasajeros que apestan a alcohol en las mañanas de los sábados o cuando terminan los festivales musicales, de suicidas mutilados los mediodías, de imbéciles que colocan sus zapatos donde luego todos nosotros hemos de sentarnos, si sólo fuese eso el tren de cercanías sería una mala solución y yo no me sacaría el abono. Pero la maravilla es que, además de todo eso, ofrece compañía y una falsa sensación de confidencialidad. Dispuestas las poltronas una frente a otra en grupos de cuatro, los pasajeros hablamos, nos vaciamos y se nos escucha que es una maravilla. El vagón es una caja de resonancia en que ojos y oídos sensibles o bien adiestrados pueden aprenderlo todo.
Ayer me tocó subir al vagón en compañía de Diego, quien además de mochila también llevaba bicicleta. Me interesaba mucho lo que contaba porque hasta finales de julio estaba en Venezuela, ocupado con los documentos de su hijo. En el vagón había un solo pasajero, pero la peste de alcohol que tenía valía por cincuenta. Era un chico pelirrojo, teñido quizá, y en su modorra de vez en cuando nombraba un gato azul, quizá triste, seguramente el de Roberto Carlos.
Diego no paraba de hablar. No ahorraba detalles. Nombraba uno por uno todos los sobornos que tuvo que pagar en San Cristóbal y Caracas, las colas infinitas para comprar víveres, los atracos a cincuenta metros del cuerpo de su hijo, las toneladas de dolor que produce ver el país natal sumido en la amargura, el odio y la tristeza. 
Normalmente me gusta escucharle, es una persona cercana e interesante. Pero el tema venezolano actualmente me abruma. Hubo un momento en que, escuchándole, estuve a punto de llorar, sobre todo porque pensaba en los míos, en mi madre y mi tía, mis dos soles junto al Cabriales en la pocaterriana Valencia. Fue por eso que intenté cambiar de tercio y pregunté por mi plato preferido: "Arepas. ¿Comiste arepas?".
A Diego le gusta comer, pero quizá también se había entristecido.. El asunto es que entendió e inmediatamente cambió de tono.
"Claro que sí, Slavko". Dicho lo cual comenzó una letanía que en vez de santos tenía nombre y platos de la gastronomía venezolana: "Arepas, cachapas, queso de mano, paisa, tajadas, hallacas, pabellón criollo, yuca frita...".
Nombraba cada plato chasqueando los labios, como si estuviera a punto de llevárselos a la boca nuevamente.. Lo hacía con tanta fuerza, con tanta emoción que el borracho del fondo, el chico pelirrojo, dejó de nombrar a Roberto Carlos y, despertándose, pronunció las palabras más bonitas de todo el día.
"Paisano, deje de hablar que me está entrando hambre. Mire que yo soy de Puerto Ordaz".
Reímos con lágrimas en los ojos los tres. Éramos los únicos pasajeros en el vagón, quizá del tren: tres venezolanos pensando en nuestras madres, en sus comidas.

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