8 sep. 2017

Torpe manera de seguir solo



Tenía menos de diez años cuando aprendí que la mejor forma de salir bien librado del acoso domiciliario de predicadores y vendedores ambulantes era repetir las seis palabras que dos o tres veces al día soltaba mi madre por el intercomunicador: "La señora no está en casa". Pero a pesar de tan buena y precoz escuela me reconozco pasto fácil de los predicadores telefónicos del siglo XXI. Es verdad que ya nadie intenta vender a Dios, por lo menos no al teléfono, pero si amenazan constantemente con mejorar la tarifa telefónica y ampliar el crédito de la tarjeta. Estos últimos, los de la tarjeta, tienen por lo menos diez semanas martilleándome. Apenas me tumbo en el sofá suena el teléfono. Son ellos. Los reconozco porque son los únicos que llaman a casa preguntando por Slavko Corazón de Jesús. Hijos de puta, llamar a la hora de la siesta y restregarme el pasado religioso de la familia. Pero no es por eso que les tengo rabia. Se la tengo porque fastidian y ofrecen villas y castillas, pero si fuese necesario decirles que sí y ampliar el crédito pondrían trabas. Es la versión más histérica de la economía del siglo XXI. Por ello en las primeras semanas intenté repetir la lección de mi madre: "la señora no está". "No importa", me respondió la vendedora, "yo quiero hablar con usted".. Tuve que escucharla esa vez. Por torpe, por imbécil. La siguiente ocasión cambié de género: "El señor no está". "¿Y usted cómo se llama?". "Slavko Corazón de Jesús". Más imbécil imposible. Hace un mes más o menos me puse agresivo: "Usted no tiene derecho a llamarme constantemente. Si continúa, ...". Fue peor. Igual me metió la cantinela, me enfadé y por si fuera poco perdí diez minutos. Un fiasco total. Hace dos semanas encontré una posible solución: "Le llamamos para ofrecerle una ampliación del crédito". "Hija mía", la interrumpí. "Gracias a Dios, a cuyo servicio estoy, no necesito tal ampliación". "Pero, Padre, no se trata de necesidad, sino de algún posible proyecto". "Querida hija", insistí. "Gracias  Dios, a la Virgen María y a la Santísima Trinidad,  a cuyo servicio estoy entregado desde mi primera juventud, no necesito tal cosa". Sentía el miedo de la vendedora al otro lado del teléfono, quizá a tener que comprarme algún producto para terminar la llamada. Incluso me pidió disculpas: "No lo volveremos a llamar, Padre. Se lo aseguro". Quien me lee pensará que he logrado mi objetivo y en verdad tiene razón. Ese es el problema, que desde que me fingí cura ante los ojos del banco no ha vuelto a sonar el teléfono. Nadie llama y me está haciendo falta.

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