Hasta hace pocos años nos acostumbramos a creer que el siglo pasado era
el siglo XIX y es que en efecto lo era. El siglo de Balzac, Flaubert y Rimbaud.
También el de Pasteur, Chejov y la construcción de América. Por esto último o
por los elefantes de Rimbaud, nos acostumbramos a creer que el pasado era un
siglo lento, que olía a caballos y que su fuerza estaba garantizada por la
barba de sus hombres. Ese siglo lento y lejano olía a naftalina y sonaba con las teclas del piano y los pasos
educados de sus habitantes. No
hablábamos de él, no podíamos, tan sólo lo nombrábamos, pero su referencia nos
resultaba atávica, vinculada al origen de los tiempos. “Eso no sucedía ni en el
siglo pasado”, decían los positivistas cuando veían algo torcido, inapropiado.
“Es del siglo pasado”, decía el anticuario señalando el mueble cuya belleza
quería resaltar antes de decir el precio. Podía ser malo o bueno, pero siempre
era lejano, lejanísimo. El tiempo que nos separaba de él era también una forma
de impregnar de esperanza el futuro. Hubo quien nació y creció entre dos
ideales: el siglo pasado y el año 2000, el inicio del siglo XXI. Incluso se
hicieron predicciones de las cuales pocas se cumplieron. Cuando llegó el 2000,
se desvanecieron ideales y predicciones. “Lo mejor del siglo XX han sido los
ordenadores y las hojillas de afeitar”, decía entonces un viejo poeta que
todavía escribe. Si el siglo XX era una
tesis doctoral, ésta era su conclusión. Y una vez concluido el segundo milenio,
el siglo pasado se convirtió en una especie de limbo. Se nombraba poco y quien
lo nombraba no sabía bien a que se estaba refiriendo. Mayormente la referencia
era todavía al siglo XIX y, cuando un atrevido nombraba los años noventa recién
pasados como del siglo pasado, la gente sonreía. Ahora ya comienza a tener
cuerpo y forma. Han pasado tres lustros y casi quince meses Hay ya personas nacidas después del 2000 que leen
y escriben: yo he leído ya alguna maravilla. Ellos, que son sin duda alguna el
siglo XXI, le dan nombre al siglo pasado: es el siglo XX, caramba. No es que
estemos creciendo como Benjamin Button, pero el siglo pasado está cada vez más
cerca y nosotros fuimos parte de él y lo tocamos con las manos, hundimos en él
las caderas. El que se ha ido y no sabemos dónde es el XIX. Ya no es ni pasado ni nada. Es el siglo XIX.
Ni cuentos ni artículos. Tampoco articuentos o cuentartículos. Se trata de cuartientos.
21 mar 2017
12 mar 2017
Ojos, corazones: libros a pesetas
Como si no existiera relación entre los órganos de que se ocupan, el oftalmólogo y el cardiólogo no cruzan palabras entre sí, tampoco miradas, quizá ni siquiera sentimientos.
Sentados en asientos contiguos del primer tren de la mañana, concentran la atención cada uno en su tablet y se evitan incluso al alzarse, en el momento de llegar a Castellón. Los conozco a ambos, sé que el uno sabe del otro y que no hay animadversión entre ellos. Creo incluso que tienen más cosas en común que en desacuerdo, pero fundamentalmente (ésa es la razón de su ignorancia mutua) ellos creen (o saben) que no existen vasos comunicantes entre sus saberes y desempeños.
Paso la página y salgo. Fuera de la estación, me espera la sorpresa del día. Están allí desde hace tiempo, pero en la papelería donde ahora compro el periódico miro por primera vez con detenimiento la esquina a la derecha de la caja registradora. Hay allí cien o doscientos libros nuevos, impolutos, que nunca han sido comprados ni vendidos, ni abiertos ni leídos, pero que han sido editados hace treinta o cuarenta años. Nadie en el barrio los ha querido comprar y ahora que los veo el vendedor avisa que me los venderá según las pesetas que indique la contraportada.
-¿Que tienes que encontrar pesetas para pagarle? - me pregunta el primer amigo a quien se lo refiero.
-No, él hace la conversión a euros -le explico.
Me llevo seis libros por menos de lo que compraría uno en Amazon o en mi librería preferida. No lo puedo evitar y lo pienso: los euros tienen tan poco que ver con las pesetas como los cardiólogos con los oftalmólogos.
27 feb 2017
¿Qué tienen en común medicina y literatura?
Todo o nada según se quiera. Si
continúo escribiendo, va a ser todo. Y está bien que lo sea. ¿Acaso hay libro
más hermoso que el que acompaña a un enfermo en su lecho? Seguro que no: ésa
siempre es la primera imagen que me asalta cuando intento relacionar estos dos
conceptos.
Un poco más allá de la
superficie, desde hace años creo sinceramente que ambos saberes, el médico y el
literario, pretenden abarcarlo todo, que ambos cubren la vida y su esperanza
como dermis y epidermis. Por ello coinciden, porque se superponen. Por eso eran médicos y escritores François
Rabelais, Arthur Conan-Doyle, Anton
Chejov, Pío Baroja, Alfred Döblin, William Carlos Williams, Mijail Bulgakov y
Oliver Sacks. Tampoco es casualidad el brillo literario de algunas novelas de
tema médico como La Montaña Mágica o El Doctor Arrosmith. O la maravilla de
una novela médica escrita por médico: Berlin
Alexanderplatz. Alfred Döblin, su autor, admitió que ella no habría sido
posible sin su trabajo como médico psiquiatra en un centro de observación de
delincuentes. Nuevamente, literatura y medicina. Ambas, superpuestas entre sí y
sobre la vida del hombre, pueden ser contenido y recipiente.
Pero no sólo de eso se trata: está
dos áreas tienen más qué ver entre sí que la carpintería metálica y el comercio
de aves a pesar de las jaulas. Aquí no se trata de hacer medical fusion y encontrar relaciones con la cocina y la ingeniería
aeronáutica, que alguna debe haber y será respetada.
Propongo entonces buscar otro
saber, otra práctica disciplinar que pretenda abarcarlo todo. Lo admito, estoy
haciéndome trampa a mí mismo a ver qué pasa. Si, ahora que están de moda y han
demostrado que también pretenden cubrirlo todo, si elegimos como contendiente las series de
televisión, si intentamos sustituir la literatura por ellas, ¿acaso el discurso
sería el mismo? Hay igualmente médicos que han participado en ellas. Recuerdo
el caso de Michael Crichton que contribuyó a diseñar Emergency room. Hay además varias series que suceden en hospitales
y también hay muchas otras que tienen la enfermedad como eje: Breaking bad, The boss, Los Soprano,
por solo nombrar algunas. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué la literatura
pretende un trato de favor si la comparamos con las series?
No desespere, querido lector.
Tengo la respuesta. La clave está, vuelve a estar en la medicina y en el objeto
que la ocupa: la vida, la salud del hombre. Es el objeto de su estudio el que
hace de la medicina una ciencia que debe esforzarse para resultar apodíctica. Por ello en alguna escuela se
enseña que la medicina no es una ciencia sino un arte. Nada de arte, ciencia es
aunque no siempre exacta. No lo digo yo, lo advertía Immanuel Kant. Y si bien la literatura también erige un
puente entre la medicina y el arte, fundamentalmente vincula el saber médico
con la filosofía, la madre de todas las ciencias.
Ése es su aporte más importante:
a través de la literatura, la medicina regresa a la filosofía. Estas dos
señoras superpuestas, medicina y literatura, están juntas incluso en esta
encrucijada del camino como fue demostrado entre los siglos XVIII y XIX por los
actores de la Naturphilosopohie,
aunque eso, claro está, es otra serie. Perdón, quise decir cuartiento.
8 feb 2017
¿Jarditor o escrinero?
En los días sin pacientes, no renuncio a la medritura fundamentalmente porque en ella he encontrado productividad y sosiego. Mejor todavía, en esos días tengo más tiempo para decir y escribir que quien es medritor sigue siéndolo siempre: cuando escribe, cuando lee, cuando se encuentra frente al paciente y cuando no tiene nada qué hacer. Sin embargo, si el día es muy de andar por casa reconozco que además de leer y escribir la única cosa que me apetece es limpiar el patiecito, como escribía Ramón Palomares. Cortar el césped, podar los árboles, barrer las hojas son actividades que me producen placer y, cansancio permitiendo, me invitan a escribir. Para mí entonces, cuidar la tierra es de alguna manera una actividad literaria. Por Palomares, que limpiaba el patiecito. Por William Faulkner, que ante los funcionarios del censo americano se presentaba como agricultor. Ellos, obviamente, encontraron ventajas haciéndolo o escribiéndolo. Yo tengo claras las mías. La más obvia, dar el esquinazo a los jardineros ladrones. ¿No dicen los terapeutas familiares que todo se sostiene sobre lo económico? La principal en todo caso es que la naturaleza y sus elementos son todavía una de las pocas verdades a las que es posible asirse. Los mercados no engañan al viento y el agua no le hace caso a Internet aunque ésta pretenda lo contrario.Por eso tiemblo y disfruto con la azada y mis tijeras, incluso con el cortacésped y la motosierra. Cuando estoy lleno de tierra y sólo quiero ducharme para sentarme a escribir, la única duda que albergo es cómo debería llamarme: ¿jarditor o escrinero?
22 ene 2017
Oficio lector
El día no comenzaba al despertar o desayunar, sino en el patio del colegio. Ordenados por grados y secciones en doce filas y, en éstas, según la estatura, veíamos al Padre Carlos Reschop dirigir la orquesta. Primero el himno y las oraciones, luego algunas palabras de ánimo. Eventualmente, un alumno era invitado a concelebrar y debía responder algunas preguntas al micrófono y ante nosotros. Recuerdo la ocasión en que llamaron a un niño robusto de tercer grado.
-¿Cómo te llamas?
-Miguel Ángel.
-¿Qué quieres ser de mayor?
-Heladero.
Más que sorpresa, la palabra "heladero" generó estupor. En Valencia, la de Venezuela, entonces sólo había dos o tres heladerías artesanales y ser heladero seguramente significaba empujar un carrito de helados que se anunciaba con música de campanas por los callejones más oscuros de la ciudad.
-¿Y por qué quieres ser heladero, Miguel?- repregunto el Padre Carlos para disipar la neblina..
-Porque me gustan mucho los helados.
A partir de ese momento el orden del patio se relajó e incluso el Padre Carlos comenzó a reír. Todos lo hacíamos y yo siempre he recordado la escena con una sonrisa dibujada en los labios o detrás de los ojos.
Animado por ese espíritu de sinceridad, yo -que entonces tendría ocho o nueve años y ya había comenzado a devorar los libros de la biblioteca materna- descubrí aquello que más me gustaba y si el Padre Carlos me hubiese llamado en las semanas siguientes, yo también habría dado mi contribución a la felicidad de la peña.
-¿Qué quieres ser de mayor, Slavko?
-Yo quiero ser lector.
-¿Por qué?
-Porque me gustan los libros.
Ese intercambio nunca se realizó, pero yo soñé durante años con él. Primero cambiaron las leyes y ya no era obligatorio cantar el himno. Como en un poema de Joan Brossa, el himno se llevó las oraciones y éstas la reunión en el patio antes de la primera clase. Luego cambiaron al Padre Carlos: se fue de ecónomo al Seminario de Los Teques. Así yo me quedé sin gritar mi primera y, debo reconocerlo, única pasión. Pero, gracias a Miguel Ángel, logré darme cuenta de lo que quería ser. En efecto, es lo que he querido siempre y, aunque formalmente nunca he tenido un puesto de trabajo que lo reconozca, puesto que leer es la actividad que más he ejercido a lo largo de la vida, aquella que más satisfacciones me ha dado y, con diferencia, lo que más me gusta hacer, puedo entonces decir que sin haberlo gritado en el patio del colegio lo he sido siempre: lector de oficio y profesión.
22 dic 2016
Cuartientos tiene sentimientos
Cuartientos no es una persona ni una institución.
No es un género literario y mucho menos un subgénero.
Ni árbol ni animal. No maúlla ni ladra.
No duerme aunque a veces descansa.
No bebe coca cola ni alcohol.
No pasa frío, tampoco calor.
Pero igual te desea feliz navidad,
muchos pescabros y libros a pesetas
en el año venidero.
Que sigas leyendo cuartientos.
3 dic 2016
Todas las chamas
Chama es el nombre de la última paciente que visito. Es una discreta mujer de cuarenta y cinco años que trabaja como maestra pastelera entre Valencia y Castellón. Ella no tiene nada que ver con Venezuela. Se llama Chama por decisión de sus padres, porque simplemente es un nombre posible en Marruecos, el lugar en que nació. De hecho no le presta atención al hecho de que a mí me interese tanto su nombre ni a su posible significado a diez mil kilómetros, más allá del océano. Pero para mí la palabra chama es mucho más que un nombre asignado casi al azar en las faldas del Atlas. Chamos fuimos nosotros cuando éramos jóvenes entre Valencia y Caracas aunque yo poco usaba la palabra. "Épale, chama", podía ser un saludo frecuente antes de entrar a clases en la facultad. "Chamita, mi vida", obviamente un piropo o una manifestación de amor. Había un grupo musical que se llamaba Los Chamos y una pieza de baile, medio salsa y un tercio de rumba, alrededor de un personaje, Chamo Candela. Yo no usaba el término por eso, porque era muy frecuente, demasiado fácil y, por repetido, incluso vulgar, pero bastó que saliese de Venezuela para que las mujeres amadas se transformasen en chamas. Chama es mi madre cuando la llamo raspando una tarjeta o gracias a los céntimos que me cobra una empresa de nombre imposible, de espanto, Espantel. Chamita es mi niña cuando me hacen una resonancia en la rodilla y pienso en su rostro para tranquilizarme. Chama es la mujer que amo cuando me dice que tengo que esperarla a la una menos cuarto frente a Correos. Chama es mi comadre de Ronda, mi amiga en Santiago o la escritora que no conozco personalmente pero que igual adoro en Madrid. Chama no sólo es esta dulce (por pastelera) paciente, sino que chamas son todas las mujeres que veo y siento, no importa que no me vean ni me sientan, que lo último es demasiado complicado. Todavía más, pensándolo bien y escribiéndolo apropiadamente, chama eras tú cuando te llamaba desde el teléfono público de la Avenida Bolívar, chama otra vez comiéndonos un helado cerca de la Catedral, chama en mis sueños, chama para siempre en mi memoria..
Es imposible explicarle algo de todo esto a la mujer que está frente a mí, la paciente que se llama Chama.. Primero porque no le interesa y sería incorrecto. Segundo, porque no me entendería. Tercero porque tengo prisa: debo reunirme con unas amigas que, convocadas por Sonia, se han juntado para leer Médicos taxistas escritores y, para un medritor, el compromiso adquirido con un paciente o con un lector es sagrado y se respeta, así sea necesario saltarse la cena. Por eso, una vez hechos el informe y las prescripciones, cierro el chiringuito, salgo corriendo y sólo en la autopista tengo tiempo para pensar, con lágrimas de nostalgia y alegría, en la palabra chama.
Todo sucede muy rápido. De la consulta a la autopista, de la autopista a la lectura. Ésta es casi un preámbulo del sueño. Somos ocho o nueve personas reunidas alrededor de un libro, pero el encuentro es tan bonito y cercano, tan saludable, que cuando mi madre me llama para preguntarme cómo estoy qué he hecho, le respondo igual que cuando regresaba tarde a su casa porque me había entretenido hablando de mis sueños con las amigas que estudiaban educación mención literatura en la universidad primera:
-Bien, muy bien. Estaba porai, leyendo cuentos con unas chamas.
16 nov 2016
Pescabros del día
Lo sabe quien me escucha y a
veces me lee. Trabajo junto a una venta de pescados congelados y libros usados
que yo no sólo compro sino que llamo pescabros. Hoy a la salida de la guardia
he comprado dos pescabros maravillosos: El
mundo, de Juan José Millás y Arquitectura
Gótica Valenciana, de Francesc Pérez y Mondragón y Frances Jarque. Por
menos de lo que me hubiera costado un kilo de merluza. Camino al tren, comienzo
a leer a Millás casi al azar aunque siempre en las primeras páginas y encuentro
la descripción de los experimentos de electroshock que hacía el padre en su
Valencia natal. Era vendedor y fabricante de tecnología médica y en esa época,
luego de varios errores supervisados por un médico valenciano, se había dado
cuenta de la necesidad de usar corriente alterna. No puede ser casualidad, pero
justo en ese momento me topo con uno de los médicos del hospital que se encarga
del asunto. Es un hombre especial y siempre he admirado la exquisita construcción
de sus historias clínicas. Por mi cansancio y un poco por educación, al
saludarle, no le muestro el libro de Millás sino el de arquitectura. Es
bellísimo, formidable. Escrito en un valenciano impecable y con fotos,
anteriores a 1991, año de la edición, que son verdaderos tesoros, irrepetibles seguramente.
Pensé incluso en la posibilidad de regalárselo, pero no lo hice y no me
arrepiento. Le di de todas maneras el dato. Al lado de la farmacia, donde dice
pescados congelados. Allí también venden libros. Estos libros me acompañan en
el tren camino a casa. Cuando allí llego, en el buzón me espera otro pescabro.
Es un libro comprado a través de Amazon, que también vende comida. Es un libro
mío y no lo traigo a esta página por vanidad sino todo lo contrario, por
auto-ironía. Lo he comprado a través de Amazon en una librería de viejo de
Madrid. Giuliana Labolita, el caso de
Pepe Toledo. Fue editado hace diez años en Colombia y si apareció en Madrid
lo más seguro es que yo mismo lo haya llevado allí y se lo haya regalado a un
amigo o conocido. Extraño, pero no hay ninguna dedicatoria. Tampoco hojas arrancadas.
Al final, en la cara interna de la contraportada, un niño ha escrito:
“Empezamos por la unidad uno”. Tiene toda la razón, incluso cuando de pescabros
se trata, hay que comenzar por el principio.
26 oct 2016
La caja de los pescabros
(Imagen tomada en préstamo del blog
de Joan Baptista Campos, La garfa del dies)
Lo lamento, pero esto de los pescabros no sólo me gusta sino que me conmueve. Hoy, además de los que suelen estar sobre la mesa, hay también una caja con un lote de ellos junto amis pies. Parece más bien un cubo lleno de cabezas de pescado que el pescabrero bien podría haber tirado a la basura, pero que ha decidido vender a bajo precio. A alguno ya le han quitado las espinas, otro no tiene lomo o, mortificado, se le ven más las vísceras que la piel.
Aun así, encuentro tres títulos interesantes en cuyos ojos se aprecia todavía cierto brillo y cuya estructura garantiza un reparto regular de las espinas: El padrino de Mario Puzo, Scaramouche de Rafael Sabatini y Enemigos / Iónich de Antón Chéjov.
Los voy a pagar y la pescabrera (¿será la mujer del pescabrero?) me dice amablemente, con cariño puro.
"Ya tienes algo para leer hoy, ¿no?".
"Sí", le respondo. "El problema lo tengo con la casa que la estoy llenando de pescabros".
La mujer no ha escuchado la última parte y repregunta. Se ve que me habla más por oficio que por necesidad..
"¿Qué problema tienes?"
"Ninguno", le respondo. ·"Es que quizá mis hijos preferirían que yo comprara pescados y no libros".
"Eso seguro", dice la mujer convencida (se ve que al pescabrero sólo la une el trabajo) y, mientras me da el vuelto, todavía ríe pensando en el tiempo que he tardado en darme cuenta de algo que a ella le resulta tan evidente.
23 oct 2016
Pequeña Venecia
El país se deshace
inevitablemente
Se pudre se parte se va
A veces incluso parece que no existe
Duele por uno y por los demás
lo que perdimos
lo que no vimos
lo que nunca verán nuestros hijos
Duele sobre todo la impotencia
No haber sido militar ni boxeador
Más que escuchar y escribir
comprar medicinas
rezar y temblar
parece que no podemos ninguna otra cosa.
18 oct 2016
Pescabro de la lumbalgia
El pescabro brilla en la mesa. Es nuevo, rutilante. Lo venía pidiendo desde hacía dos semanas. Botas de lluvia suecas, de Henning Mankell. Podría ser mi pescabro favorito de las últimas semanas. Es un gran éxito del pescabrero. Porque el protagonista es médico. Porque el escritor, que lo escribe antes de morir, sabe de medicina. Por tantas cosas. Además, parece casi nuevo. Como si nadie lo hubiera leído. Como si lo hubieran colocado en la mesa de los pescabros apenas dos minutos después de comprarlo en la librería. Sólo para que yo lo comprara a una cuarta parte de su precio. Para hacerlo mío a pesar del ligero olor de pescado que emana. Para que lo abriera y encontrara en su interior, en la página 56, una receta del hospital, de mi hospital, con un texto manuscrito: "Pescabro de la lumbalgia".
Golpe de bruja
este dolor que me desangra.
¿Quién lo habrá escrito? ¿Acaso un paciente agradecido? ¿Se tratará del dueño secreto de la pescabrería: paciente y pescabrero? ¿Por qué llama golpe de bruja a ese hachazo? ¿Sabrá que corresponde lo que ha escrito corresponde a una traducción literal del italiano: il colpo della strega?.
No dejo de dudar ni de leer.
Lumbalgia.
¿Cómo puede tener un nombre tan bonito este dolor?
¿O se tratara más bien de un paciente insatisfecho?
Se cura con dexametazona y tiamina.
Se calma con dexketroprofeno. Con faja lumbar.
Pero sobre todo con tus manos
frotándome la espalda,
embadurnándome de árnica,
hija mía.
Me gusta este pescabro, no por bueno sino porque lo leo en total acuerdo con su balbuceo, tanto que comienzo a pensar si acaso soy yo quien los escribe, los mete dentro de los libros que yo mismo compro y dejo abandonados en la pescabrería, para luego comprarlos a bajo precio y con ese olor a pescado que, lo admito, me gusta. No es una confesión, faltaría más. Solo una posibilidad.
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5 oct 2016
NI dantesco ni kafkiano
No deberían formar parte de la vida. Es lo que se siente y
desea. Pero inevitablemente se sabe de ellos e integrados a la memoria, incluso
si suceden a miles de kilómetros, forman parte de la cotidianidad. Hablo de crímenes,
tragedias, desahucios, hambrunas, matanzas, barbaridades. Ante ellos, casi de
manera rutinaria, ahora que se sabe que no es correcto usar la palabra
“tercermundista”, salta una voz afectada: “Es dantesco, kafkiano”. Puede ser
todavía peor. Las mismas palabras son usadas, mal usadas, luego de una jornada
dura, la avería del coche, una llamada a la operadora telefónica, la espera en
el centro de salud o el atraco en una carnicería. “Es dantesco, kafkiano”. A
quien lo dice parece importarle un pepino no saber quién es Gregorio Samsa ni
el significado que en la vida de Dante
tenía Beatrice. Ni hablar de la posibilidad de leer, de haber leído La metamorfosis o La divina comedia. Se nombra a los dos escritores como quien pide
una cerveza o devora una loncha de queso curado en la barra del bar. Sólo son
dos palabras, dos palabritas, que banalizan una obra infinita y, haciéndolo,
rompen la maravilla literaria del espanto de uno y la absurda angustia del
otro. Hay, seguro, quien celebra esta vulgarización y ve en ella un acercamiento
de lo divino a lo humano, pensando quizá que si el nombre de los escritores se
convierte en adjetivo común su obra será más y mejor leída, pero tal
acercamiento no existe porque en la medida en que se atribuyen estos adjetivos a
la cotidianidad el encanto literario se pierde y Kafka deja de ser Kafka, así
como Dante ya no es Alighieri ni tampoco el autor de La divina comedia. Quien pronuncia los adjetivos no nombra a los
creadores sino que se queda con dos palabras tristes, de un uso lamentable. Igual podría haber
dicho palíndromo o lepidóptero. O mejor aún, no haber dicho nada ya que tendría
más sentido llorar un poco o pedir una hoja de reclamación.
Dantesco es en verdad el uso que se le da a la palabra dantesco y kafkiano que no se deje de hacerlo. Para pronunciar estas palabras, debería ser requisito imprescindible haber leído al menos cinco páginas de La metamorfosis y diez de La divina comedia. Si fuese así, no volverían a ser usadas. Primero porque no son textos de fácil lectura y pocos llegarían a la meta. Segundo porque digan lo que digan los diccionarios e incluso las academias el espanto y el absurdo si literarios son maravillosos, sublimes, y no le caben por ningún lado a estas situaciones terribles, para nada dantescas, nunca, ni siquiera lejanamente kafkianas.
Dantesco es en verdad el uso que se le da a la palabra dantesco y kafkiano que no se deje de hacerlo. Para pronunciar estas palabras, debería ser requisito imprescindible haber leído al menos cinco páginas de La metamorfosis y diez de La divina comedia. Si fuese así, no volverían a ser usadas. Primero porque no son textos de fácil lectura y pocos llegarían a la meta. Segundo porque digan lo que digan los diccionarios e incluso las academias el espanto y el absurdo si literarios son maravillosos, sublimes, y no le caben por ningún lado a estas situaciones terribles, para nada dantescas, nunca, ni siquiera lejanamente kafkianas.
25 sept 2016
La montaña mágica
Apenas me dijeron que a casa
vendría alguien de Bad Toelz, pensé en Thomas Mann y en La montaña mágica. Leí la novela en mi adolescencia, muy cerca de
la Valencia de Venezuela. En esa época era feliz, era absolutamente feliz y,
con un libro bajo el brazo, iba de un lado a otro de un pueblito que se sigue
llamando La Entrada, como si se tratase del principio de algo. Allí aprendí a
soñar, a caminar y a escuchar, las cosas que he seguido haciendo toda la vida.
Eran, de hecho, las mismas cosas que, en La
montaña mágica, hacía Hans Castorp.
El libro, cómo olvidarlo, lo había cogido prestado de la biblioteca de mi
madre. Era uno de los tomos color verde
turquesa de la colección Nobel de Aguilar. Aquel año, ése fue el color de mi
verano. Desde el desayuno a la cena mi
rostro estaba metido en el libro de Mann, leyendo y releyéndolo, sufriendo con
Castorp, pensando en la enfermedad y el amor, como si yo mismo fuese un
paciente del sanatorio antituberculoso que la novela presentaba. Por eso había
bastado una referencia para resucitar la novela en mi memoria. Por eso Bad Toelz
significaba tanto para mí.
Verifiqué la referencia en
Internet y, en efecto, algo de razón tenía. Thomas Mann había escrito una parte
de La montaña mágica en Bad Toelz.
Pedí entonces a quien vendría una foto de la casa que Mann había habitado. Como
si hubiera pedido un dinosaurio. Nadie sabía dónde estaba. Insistí un poco y no
pregunté más. No quería perder la esperanza. Quería mi foto. Una foto que me
recordara esas tardes maravillosas de mi adolescencia.
Cuando llegó el huésped, no se lo
pregunté hasta el tercer día. “¿Trajiste la foto?”. “La foto, no, pero te traje
una caja de chocolates”. Como si fueran lo mismo, pensé para mis adentros y no
abrí la caja hasta pasados varios días. Durante ese periodo estuve rumiando mi
rabia. Contra la ignorancia, contra el siglo XXI, contra las redes sociales.
Incluso los pokemones recibieron parte de mi desilusión.
Esperé la partida del huésped
para abrir la caja. Pensaba que encontraría un puré de chocolates, pero no fue
así: no sólo estaban íntegros y comestibles, sino que uno de ellos venía de Venezuela, de
un lugar relativamente cercano a aquel en que yo había leído a Thomas Mann por
primera vez. Fui joven otra vez mientras el chocolate se derretía en mi boca.
Fui joven y pedí perdón. Algo de Thomas Mann había llegado a mi casa desde Bad
Toelz.23 sept 2016
Besos mórbidos
De la palabra obeso nace un beso que multiplica su importancia cuando enlaza con la palabra mórbido. Pensándolo, comienzo a sentirme pleno, feliz, pero una pregunta lanzada de sopetón interrumpe mi sopor: "Y tú, ¿por que comenzaste a escribir?".
Siempre he creído que la escritura literaria nace de la lectura apasionada, como si fuera un parto silencioso, una secreta continuación.
Ahora que me han quitado el beso mórbido de la boca, me recuerdo tartamudo y con acné soñando con la mujer más bella del mundo mientras metía en el rodillo de la máquina de escribir mi primera cuartilla.
Entonces soñaba con un beso mórbido y éste no llegaba. Por eso comencé a escribir. ¿Por qué?
Por tímido.
Por tartamudo.
Porque tenía acné.
8 ago 2016
La fiesta de los ordenadores colgados
Quienes defienden la idea de que
la introducción del ordenador en la consulta ha deshumanizado la relación
médico paciente colocando un artefacto que, al exigir la dedicación de las
manos del primero, las retira del cuerpo del segundo deberán también admitir
que cuando los ordenadores se apagan, se cuelgan o simplemente no encienden esta
relación se humaniza de nuevo y los ojos del médico, para salvar la situación y
el momento, intentan empatizar nuevamente con el paciente.
No es cierto del todo y tampoco
mentira. Una vez introducida la informática en la medicina parece improbable la
extirpación y sus beneficios lucen infinitos. Se agradece, sin duda alguna, la
posibilidad del registro y la posibilidad todavía mayor de revisar lo registrado, pero
se desagradece la multiplicación del tiempo y el esfuerzo físico que exige la
indicación. Lo que antes se hacía con una sola palabra o con una simple firma
ahora requiere picar en nueve ventanas.
Se agradece también la exactitud
ganada, pero se desagradece el tiempo que requiere y la distancia que impone
entre el médico y su paciente. Concentrados en el ordenador, en ocasiones
pasamos más tiempo aproximándonos a nuestro propio túnel carpiano que al del
paciente frente a nosotros.
Estamos entre Ares y Benasal,
pero los tenemos irrevocablemente entre nosotros. Cuando se van, por estropicio
o por daño, por el programa o por el cable, nos dejan desnudos frente al
paciente. Desnudos de un traje que nos hemos acostumbrado a llevar, con el que
peleamos pero al que en el fondo siempre agradecemos. No se sabe qué hacer. Se
comienza invocando la suerte, que la avería sea rápida, que todo pase en unos
treinta segundos. En esos instantes todavía no dirigimos la mirada hacia el
paciente. Permanecemos observando la nada, la pantalla detenida. Es el momento
más incómodo, sin lugar a dudas. Cuando vemos que la cosa va para largo,
intentamos invocar su complicidad. “Estos aparatos, caramba”. El paciente
asiente aunque quizá cree que todo ha sido propiciado por nuestra torpeza.
Luego tocamos una tecla y, como el sistema no responde, intentamos una tregua:
“Esperamos dos minutos y si no usted va a la sala de espera y luego lo llamo”.
El paciente tiene prisa. “No, no, no puedo esperar”. “No se preocupe, se hará
como siempre”. Hacemos una llamada telefónica y sacamos un viejo talonario o un
simple folio. “Madre mía, cuánto tiempo sin verlos”, dice el paciente a pesar
de que hace cinco años todos los
usábamos. “¿Entonces va a ser como antes?” “Pues sí, como antes”. Cogemos el papel, escribimos con una letra que
desde hace tiempo sólo gastamos para firmar y, colgados, nos damos cuenta que
hemos tenido un asunto humano con el paciente. Un asunto humano otra vez.
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