16 may 2013

POLIZÓN




Me gustan estas montañas. He terminado queriéndolas y me gustan en todas las formas: sentado en una terraza (viéndolas a  través de una jarra de cerveza, como si fuera un personaje de País de nieve), caminándolas, besándolas con las rodillas cuando caigo de la bicicleta, como aperitivo antes de comer, después de comer para mitigar con su olor a romero la modorra postprandrial.
En general, siempre me ha gustado este asunto de subir y bajar, de dar vueltas en estos y otros senderos. Lo hacía en La Entrada, en Caracas, en Barcelona, en Salerno. Ahora lo hago en la Huerta del Norte. Aquí me maravillo de la cantidad de caminos que se adentran en la sierra.
-Es como si un ciego hubiese trazado muchos círculos sobre esta página de tierra: a veces coinciden, otras no -dijo alguna vez un amigo con más de tres cervezas entre pecho y espalda.
Eso me encanta. No estoy hablando de la cerveza, sino de la posibilidad de perderme en este jeroglífico de caminos para luego creer que encuentro algo, quizás el camino de regreso, quizás a mí mismo, quizás unos eslabones de hierro oxidado.
Hoy, por ejemplo, me ha tocado salir a caminar con una gorra de polizón. Realmente quería ir con la de almirante, pero mi hijo, que es el dueño de la colección, dijo que me quedaba mejor la de polizón.
-Pero, ¿por qué lo dices si son todas iguales? -intenté protestar-. Sólo cambia la palabra.
-Confía en mí -fue su respuesta, su única respuesta, mientras escondía la de almirante y otra que tiene de grumete.
-Ya verás cómo me detiene la policía por tu culpa -intenté plantar en su corazón una semillita de culpa. Obviamente, sin efecto.
Yo igual me fui de polizón y puedo jurar que hice quince o veinte kilómetros. Me fui por un camino y regresé por otro señalando siempre las arrugas de la montaña, inventando recorridos por caminos inventados hace mucho tiempo, jugando con la hora de regreso, arriesgando moléculas de ATP y celulas de tortilla convertida en bocadillo a la hora del almuerzo.
Ya de regreso me conseguí con la patrulla de policía que estúpidamente había invocado. Recordé a mi hijo y me calcé la gorra de polizón.
Ellos tonteaban con el GPS y yo pasé a su lado. Me alcanzaron luego, bajaron los cristales y el que conducía me confesó que se habían perdido y que no sabían regresar.
Los ayudé. Yo, polizón, ayudé a los policías. Les indiqué el camino e incluso les señalé el desvío para conseguir un buen café.
Cuando llegué a casa, se lo dije a mi niño.
-Gracias a ti, en el paseo de hoy, conseguí un cuartiento.
-¿Sí? ¿Y cómo se llama?
-Polizón, eso creo. O del día en que Slavko el polizón terminó ayudando a dos policías. Aún no lo tengo claro.

1 comentario:

Marcos González Rengifo dijo...

Vienen un tanto al caso aquí las dos acepciones que el DRAE da a la palabra polizón: 1. m. Persona que se embarca clandestinamente; 2. m. Individuo ocioso y sin destino, que anda de corrillo en corrillo.
De la primera soslaya el texto la noción de clandestino a no ser por la aprehensión del cómo será percibida la voz que narra. De la segunda se mantiene algo de ocio y cierto matiz errabundo; el corrillo también puede ser montaña. A tu manera, es como una "ensoñación de paseante", añadida a la ristra literaria bajo pretexto. Enhorabuena polizón.

Tu amigo, Marcos González, desde Valencia, Venezuela.