16 abr. 2018

Verbo y carne



Cuando para alabar su estrategia el narrador deportivo dice que el tenista es un ajedrecista no sabe lo que hace. Salen las palabras de su boca, se proyectan sobre el micrófono, saltan de chip en chip, en fracciones de segundos se deslizan a través de cables multicolor y se multiplican luego por miles o millones de cornetas. Si todo quedase allí, si todo se limitase a ser una onda que atraviesa el conducto auditivo de nuestros oídos o un archivo para que los agentes secretos de las redes sociales nos coaccionen en el futuro ya sería mucho, pero igual no pasaría nada. El asunto es que la tierra se mueve. Por culpa de las palabras pronunciadas por el narrador deportivo, la tierra se mueve. No se trata de la rotación y la traslación que aprendimos en la escuela. No, ahora todo comienza desde abajo, desde lo más profundo. Se genera una onda lenta que deforma, destruye y construye. Lo primero que vemos es que la pista se eleva. Ya no puede ser un foso. La tierra sube. Moviéndose, como dándose martillazos a sí misma, sube poco a poco. La pista se convierte en una mesa gigantesca y, en el centro de ella, emerge un tablero. Donde había hierba o arcilla, o quizá cemento, aparece la madera. La red se desintegra como escuchando un mandato divino, y los recogepelotas comienzan a pintar las 36 casillas, claras y oscuras. Pasan cosas peores que me da miedo nombrar, pero que resumo diciendo que si antes eran miles de espectadores ahora no pasan de cientos. Ha habido una reducción drástica, no se sabe cómo ha pasado, pero no puede ser bueno. En el ambiente hay dolor y miedo. Los tenistas están ahora sobre el tablero y se miran intrigados. Saben que no pueden ser ellos los ajedrecistas. Primero porque no saben jugar ajedrez, segundo porque son muy pequeños en ese tablero gigantesco. Sólo les queda ser piezas y dudan de la posibilidad de ser rey o reina. Seguro les tocará ser peones. Al más alto quizá torre, pero luego (presume de entender) lo usarán para un enroque. Qué desgracia, señor. Cómo pudimos llegar a esto. Todo por un narrador precario y equivocado que no sabía cómo hacer de manera serena su trabajo y quiso convertir el deporte de las raquetas en ajedrez. Qué horror.  

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