20 may. 2018

La novia de Zapatero en Caracas



Siempre fueron interesantes las comunistas convencidas.
En Cuba y en Moscú. Hablaban de bombas molotov, usaban pulseras y camisetas con la cara del Che Guevara. Contaban batallas y manifestaciones. Olían a pólvora y vinagre, leían Pravda y creían en el sacrificio.
Desde hace unos años en Venezuela también existen. Son comunistas, parecen convencidas, pero no son ni siquiera remotamente parecidas. Su comunismo es injertado. Ellas hablan de la revolución con la misma pasión que generan sus prótesis mamarias. Critican la plusvalía pero, pómulos y labios, huelen a silicona. Llevan en el bolso la constitución de Chávez y usan billetes de cien dólares como marca libros. Comunistas buenorras, atienden a los invitados internacionales y, con Shakira de fondo, les convencen de las virtudes de Nicolás Maduro. Son muy jóvenes y lo suyo no es el amor ni la prostitución, sino el porvenir político de sus padres. Mientras ellas bailan, los patriarcas siguen siendo generales, diputados y narcotraficantes. En muchas ocasiones, las tres cosas juntas. 
-Zapy, di que sí. Asiente cuando te pregunten por la democracia.
Da nauseas saberlo y, para decirlo, es necesario usar pìnzas y tapabocas. Igual que Berlusconi, Zapatero ha terminado enriqueciendo a sus suegros. ¿Acaso era posible imaginarlo hace quince años?
Desacelerado ex Presidente, quien esté urgido y acostumbrado puede pagar millones de dólares por un buen polvo, pero ni siquiera el mejor amor vale una vida ajena. Tampoco la de millones de venezolanos.

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