27 sep. 2015

El ascensor de Moliterno,1964


Henri Cartier-Bresson (Magnun photos). foto de Internet.

Como si un gigante lo controlara con sus músculos desde el techo,
un gigante con olores de albahaca y peperoni cruschi,
fuerte y eterno como la piedra que da nombre al pueblo,
sube y baja seis pisos el ascensor de Moliterno.
Nunca habíamos visto algo así.
Sólo en las películas y en la referencia
de quienes han ido a Salerno
(por enfermedades o a comprar algo importante).
Pero ahora lo tenemos aquí, cerca de la Villa Comunale.
Podemos entrar en él, incluso tocarlo.
Por eso acudimos desde Sarconi y Tramutola,
desde Viggiano y Latronico.
Grandes y pequeños. Ancianos y niños.
Entramos en el edificio como si se tratase de visitar algún vecino.
Llamamos el ascensor y, cuando llega,
abrimos primero la puerta grande y pesada,
luego la corredera.
Una vez dentro, metemos la moneda en la ranura.
Los vecinos no pagan porque tienen llave.
Pero los visitantes sí. Igual el ascensor sube.
Al llegar al sexto piso por el ventanal se ven las montañas
y, después de la gasolinera, el valle infinito,
donde en sesenta años florecerán pozos petroleros.
Podríamos incluso entrar en las casas porque en Moliterno
es costumbre dejar la llave en la cerradura.
Pero no lo hacemos. Lo nuestro es subir y bajar
en el ascensor, convertirlo en noria,
para regresar siempre
y creer que estamos en la feria o en el circo.

18 sep. 2015

L'americano


a Vittorio Zenzola, el primer italiano
-Lo que hace Chaplin con las mejillas lo hace Renato Carosone con la lengua -me dijo mi barbero salernitano, Riccardo Ciliberti, hace más de quince años y yo no pude escucharlo porque estaba mas pendiente de mi cuello que de sus palabras.
Varias semanas después, encontré un cd recopilatorio en un bancone del Corso Vittorio Emanuele y lo compré por dos mil liras, una moneda que desapareció después de avisar,  igual que los dinosaurios y las pesetas.
Carosone, Carosone, Ca-ro-so-ne. Desde entonces lo he escuchado miles de veces y las canciones, en lugar de gastarse, con cada audición ganan y mejoran: nuevos sonidos, mejores matices, otras lecturas, renovadas interpretaciones. Les ayuda, es verdad, el napolitano, una lengua que para quien no ha nacido en la Campania, independientemente de que hable o no italiano, es una suerte de arameo, en que cada sonido, cada fonema, viene acompañado de un gesto y, juntos los dos, podrían ser resumidos por un filólogo contenido en un tomo de mil quinientas páginas.
Lo que más me interesa de Carosone, sobre todo de los trabajos en que el letrista es Nicola Salerno, es que sus canciones, divertidísimas mayormente,  nunca resultan anacrónicas. Al contrario, como se refieren a una parte del mundo en la que no sólo Cristo se detuvo, sino también el tiempo, cada vez son más actuales. Algo parecido, hablando de la parte de Italia que para bien o para mal más he visitado, también me sucede con Totò, Pino Daniele y Massimo Troisi: escucharles y verles es un asunto campano, fresco siempre como un bocconcino di mozzarella, cercano y remoto como una crónica de Matilde Serao, propio y ajeno, comprensible a medias (lo cual es una maravilla porque deja abierto todo un compás de posibilidades meióticas), agradable siempre.
Quienes crean que no conocen a Carosone y a Nicola Salerno se equivocan. Suya es la canción Tu vuò fa l'americano. De hecho es el primer trabajo que hicieron juntos en 1956. En ella (siguiendo quizá la estela de Un americano a Roma, donde Alberto Sordi encarna al inolvidable Nando Meniconi), un joven napolitano se empeña en bailar rock, jugar beisbol y, peor todavía, decir "I love You" mientras hace el amor bajo la luna. Se puede también escuchar en El Talento de Mr Ripley. Y, como no, en la versión discotequera que en 2010 hizo una banda australiana.


Escucharlo ahora es un privilegio en el que  no sólo admiramos a Carosone, sino que recordamos a Alberto Sordi rescatando el plato de pasta que le había dejado la madre sobre la mesa en Un americano a Roma, a Totò y Peppino que en 1958 incluyeron a la fuerza la canción en Totò, Peppino e le fanatiche o a Jude Law cantando la canción en Napoli ante los ojos embelesados del Matt Damon.
Todas sus canciones en general retratan perfectamente la belleza y la tristeza, la dulce fatalidad del Sur de Italia: un pueblo que sabe que está mal, que irá a peor, pero que permanece embelesado pensando en la calidad de la pasta que come todos los días, en la melódica melancolía de su música y en sus bellezas naturales. Para tolerar y comprender una situación tan complicada, quizá sea necesario escuchar Pigliate 'na pastiglia, una canción en la que Carosone describe la vitrina de una farmacia donde se puede pedir además de aspirinas un bistec alla fiorentina.


Otra canción cantada por Carosone que me gusta mucho y me hace recordar a Matilde Serao y a Massimo Troisi es Tre numeri al lotto. No es producto de la colaboración con Nicola Salerno, pero evoca la pasión lúdica del pueblo campano y el significado que en la tómbola napolitana cada número tiene. En Tre numeri al lotto, soñando con el terno, pero también con el ambo, ¿por qué no?, Renato Carosone apuesta por Natale, il male y le botte: 25, 60 y 38, tres números que podríamos jugar hoy, a ver qué pasa.




Finalmente, ya que fue la canción que me recomendó Ciliberti, dejo Io mammeta e tu, un clásico napolitano cantado esta vez por Carosone que describe la estrecha relación de toda joven italiana con su familia y lo difícil que es entrar y abrirse un espacio en ella..


-Lo que hace Carosone con la lengua no lo hace nadie con las manos -podría responderle hoy a mi barbero salernitano.

16 sep. 2015

El periojano: ¿periodista o cirujano?


La voz iluminada de Susan Sontag la refería como metáfora, pero sin lugar a dudas en una época mucho más concreta, donde se pretende crear morbo incluso de la nada, para algunos periojanos la enfermedad es espectáculo aunque para el paciente no puede significar otra cosa que sufrimiento. Consideran que el público necesita leer cómo corre la sangre, si no puede ser del toro que sea del torero, y es necesario dársela a través del verbo estreñido de un cirujano y por lo menos dos periodistas. 
Ayer, en Salamanca,  un torero fue corneado, terriblemente corneado. Y hoy el informe quirúrgico ha sido publicado con puntos, acentos y comas por el crítico taurino de El País. No nombraré al torero aunque no fue mi paciente, pero sí al crítico que ha aplicado al asunto una transparencia más propia para declaraciones fiscales de políticos que para entrañas de persona, torero o no. Se llama Antonio Lorca. En la reseña que hoy publica reproduce la nota quirúrgica. Allí se describe lentamente el paso del asta y la forma en que tras el destrozo el bisturí intenta limitar el daño. No me disgusta la prosa técnica del cirujano convertido hoy en periojano, gracias a la abundancia de datos y a la rapidez con que sus palabras han llegado a la prensa y a través de ésta a los lectores. Cuestiono, sí, la publicación íntegra de una página de la historia clínica del paciente. Allí ya se derribo una barrera protegida incluso por la ley. Pero además, al menos un periodista y un editor, ¿periojanos también?, aprobaron su publicación. El primero y los segundos creen y quieren hacernos creer que los lectores necesitamos detalles de la intervención y ponen ante los ojos de todos el "punto de Mac-Burne", "el drenaje de Penrose" y la técnica de Friedrich, además del peritoneo del paciente. 
Por si fuera poco, en un apartado que nada tiene que ver con la cornada ya que se trata de una situación congénita el cirujano hoy convertido en periojano refiere que ha encontrado hurgando en las tripas del torero un "Divertículo de Meckel". El primer periojano lo escribe y los segundos, los del periódico, lo publican. Es un resto de la unión umbilical del torero con su madre y ahora todos sabemos que el torero lo tiene. ¿Y si en lugar de divertículo el periojano salmantino hubiera encontrado plexos hemorroidales trombosados también nos lo habrían dado a conocer? Obviamente no daré ningún diagnóstico porque me estaría contradiciendo. Sólo me permito decir que, periojanos o no, cirujano y periodistas, hoy se han pasado cuatro pueblos y deberían hacérselo mirar.

14 sep. 2015

¿Qué ha de hacer un vecino para merecer un cuartiento?

El cuartiento se produce a partir de una mirada torcida que se posa por búsqueda o distracción sobre un evento particular. No se trata de la espectacularidad que recomendaba Juan Bosch a los jóvenes cuentistas. Simplemente un detalle que diferencie al asunto del resto: una voz esdrújula, un ombligo bífido, una nariz que escucha, un médico que confunde las palabras "óptica" y "ótica" generando confusión entre farmaceuticos y pacientes. En caso de estos ´últimos, es necesario aclarar que no son asunto de cuartientos. Para ellos, la atención del médico, del medritor. Pero si  durante la consulta el paciente refiere que de niño trabajó vendiendo periódicos y que éstos venían en paquetes de hojas que él tenía que compaginar, el asunto de los periódicos, no el paciente,  genera un pico de atención que bien vale, previa heurística, un cuartiento. Si se trata de vecinos, no basta con ser conflictivo para merecer un cuartiento. No es suficiente organizar fiestas ruidosas. Por concepto toda fiesta es ruidosa cuando no es de uno. Tampoco ser antipático y no saludar. A veces estos especímenes son los mejores.Pero si se trata de un vecino que no saluda y organiza fiestas ruidosas, si en una de ellas se comienza a escuchar el llanto desgarrador de una mujer llamando a su hijo, como si éste hubiera muerto o desaparecido. Si luego los hombres de la fiesta comienzan a correr hacia arriba y abajo por toda la calle gritando el nombre del niño. Si el medritor tiene que interrumpir su lectura y piensa en la posibilidad de que más temprano que tarde terminarán pidiendo a gritos la ayuda de un médico. Si el medritor espera a que esto suceda apostado en la puerta de su vivienda. Si cuando su mirada se tropieza con la del vecino ruidoso y ahora pasado de ginebra éste lo saluda por primera vez y le dice que han perdido un niño, así no más, como quien dice que ha perdido un paraguas o una piña. Si luego aparece una patrulla policial y dice que el niño de tres años ha sido encontrado a quinientos metros de la casa, que al parecer mientras nadie lo veía había salido de la casa y había iniciado su exploración de los alrededores.. Si el medritor escucha cómo uno de los participantes de la fiesta anuncia su partida y reprocha que los padres no estuvieran pendientes de un niño tan pequeño. Si todo eso sucede en una tarde de sábado en que el medritor está de animo y no quiere continuar corrigiendo la novela, quizá entonces empiece a pensar en la posibilidad de que el nuevo vecino se merece un cuartiento.