16 may 2013

POLIZÓN




Me gustan estas montañas. He terminado queriéndolas y me gustan en todas las formas: sentado en una terraza (viéndolas a  través de una jarra de cerveza, como si fuera un personaje de País de nieve), caminándolas, besándolas con las rodillas cuando caigo de la bicicleta, como aperitivo antes de comer, después de comer para mitigar con su olor a romero la modorra postprandrial.
En general, siempre me ha gustado este asunto de subir y bajar, de dar vueltas en estos y otros senderos. Lo hacía en La Entrada, en Caracas, en Barcelona, en Salerno. Ahora lo hago en la Huerta del Norte. Aquí me maravillo de la cantidad de caminos que se adentran en la sierra.
-Es como si un ciego hubiese trazado muchos círculos sobre esta página de tierra: a veces coinciden, otras no -dijo alguna vez un amigo con más de tres cervezas entre pecho y espalda.
Eso me encanta. No estoy hablando de la cerveza, sino de la posibilidad de perderme en este jeroglífico de caminos para luego creer que encuentro algo, quizás el camino de regreso, quizás a mí mismo, quizás unos eslabones de hierro oxidado.
Hoy, por ejemplo, me ha tocado salir a caminar con una gorra de polizón. Realmente quería ir con la de almirante, pero mi hijo, que es el dueño de la colección, dijo que me quedaba mejor la de polizón.
-Pero, ¿por qué lo dices si son todas iguales? -intenté protestar-. Sólo cambia la palabra.
-Confía en mí -fue su respuesta, su única respuesta, mientras escondía la de almirante y otra que tiene de grumete.
-Ya verás cómo me detiene la policía por tu culpa -intenté plantar en su corazón una semillita de culpa. Obviamente, sin efecto.
Yo igual me fui de polizón y puedo jurar que hice quince o veinte kilómetros. Me fui por un camino y regresé por otro señalando siempre las arrugas de la montaña, inventando recorridos por caminos inventados hace mucho tiempo, jugando con la hora de regreso, arriesgando moléculas de ATP y celulas de tortilla convertida en bocadillo a la hora del almuerzo.
Ya de regreso me conseguí con la patrulla de policía que estúpidamente había invocado. Recordé a mi hijo y me calcé la gorra de polizón.
Ellos tonteaban con el GPS y yo pasé a su lado. Me alcanzaron luego, bajaron los cristales y el que conducía me confesó que se habían perdido y que no sabían regresar.
Los ayudé. Yo, polizón, ayudé a los policías. Les indiqué el camino e incluso les señalé el desvío para conseguir un buen café.
Cuando llegué a casa, se lo dije a mi niño.
-Gracias a ti, en el paseo de hoy, conseguí un cuartiento.
-¿Sí? ¿Y cómo se llama?
-Polizón, eso creo. O del día en que Slavko el polizón terminó ayudando a dos policías. Aún no lo tengo claro.

3 may 2013

Cuartiento de los amigos de CUARTIENTOS



CUARTIENTOS tiene amigos que se acercan a su autor, protestan cuando éste demora en actualizar la página, agradecen algún texto, critican otros, formulan opiniones y, en ocasiones, dan ideas, felices sugerencias. Son, sin lugar a dudas, los amigos más queridos de CUARTIENTOS y gracias a ellos este proyecto continúa y su autor se alimenta de él y enriquece su voz para aplicarla luego a otros proyectos.
Las sugerencias son todas maravillosas, nutritivas, hiperproteícas, y el autor, como una radio de pueblo, quisiera complacerlas todas, pero obviamente no es posible.
 
 
 
 
Hoy, sin embargo, ha recibido dos que es imposible no desarrollar aunque sea mínimamente.  La primera tiene que ver con la mejor forma posible de pagar la cuenta en un restaurante. En este tipo de situación, el cuartientólogo ha visto de todo. Está el comensal que salta de la mesa y paga él solo toda la cuenta a pesar de las protestas o en virtud del agradecimiento de sus compañeros. Está también el comensal que huye y, en el momento de pagar, sufre una urgencia miccional. Ha visto también el grupo de comensales, catalanes en su mayoría, en que cada uno aporta el importe exacto de su consumición o, mejor aún, aunque esto lo ha visto hacer a alemanes, no a catalanes, el grupo en que cada comensal pide que el camarero le cobre directamente el importe de lo consumido. Pues, un amigo de CUARTIENTOS ha referido el conocimiento de un grupo de amigos que se reunen en su restaurante y, en el momento de pagar la cuenta, aparece una bolsa en que cada comensal introduce de manera secreta su contribución. Cuando la cuenta regresa al punto de partida, se cuenta el dinero y, si no se ha alcanzado la suma necesaria, la bolsa vuelva a rodar de comensal en comensal.
 
 
 
 
La segunda sugerencia está relacionada con la lotería. Se trata de un vendedor de lotería que por años ofrece infructuosamente sus billetes a un parroquiano. Un viernes, el parroquiano finalmente accede y compra dos décimos.
-¿Para cuándo es esto? -le pregunta al vendedor después de pagarle.
-¿Y qué importa? -le responde éste marchándose-. Nunca toca.




27 abr 2013

El colmo del escritor

 
A mi príncipe de nueve años, en lás últimas semanas le interesan los colmos. Se la pasa así todo el día, de colmo en colmo, colmándome de preguntas.
-¿Cuál es el colmo de un jardinero?
-¿Cuál es el colmo de un calvo?
-¿Cuál es el colmo de un electricista?
Así, ha llegado incluso al mismísimo colmo, preguntar cuál es colmo de los colmos.
La respuesta es complicadísima e implica un ejercicio de virtualidades entre un calvo, un sordo, un mudo, un ciego, un pingüino volando, la playa de una ciudad sin salida al mar y vaya usted a saber. Sería imposible acertar. Lo mismo pasa con todos los otros colmos. Igual de imposibles, no por dificultad intrínseca, sino porque el proceso a través del cual se llega a la respuesta no está casado con ninguna lógica. Es más bien una suerte de ejercicio creativo, precario pero creativo, en que el disparo puede salir por cualquier parte de la pistola, gatillo incluido. Sin embargo es necesario intentarlo, el responderle, no tanto por conocer la respuesta -aunque ésta en ocasiones consigue la risa- sino por ver la cara de mi príncipe mientras escucha el intento fallido de respuesta. Seguro de sí mismo, sonríe, muestra los dientes y ni siquiera parpadea. Provoca detener el tiempo y quedarse en esa playa de la vida para siempre. Que se jodan los bancos y las panaderías, que se joda Humphrey Bogart: mi hijo sonríe, a punto de disparar su colmo.
Hoy, se ha atrevido con su plato fuerte. Yo llegaba de la guardia hospitalaria y él me esperaba en la puerta de la casa, vestido de antemano de sonrisa.
-¿Cuál es el colmo de un escritor? 
Lo saludé, besé sus mejillas y, como siempre, me puse a pensar. En esta ocasión la respuesta podía satisfacer una duda biográfica, resolver un misterio. Recordé que hacía apenas unas horas le había preguntado a un compañero de guardia si sabía los apodos que los trabajadores del hospital nos ponían.
-A ti y a mí ninguno.
-¿Estás seguro? Yo creo que a mí me dicen "El cubano".
-Pero, ¿tú no eres venezolano?
-Venezolano, sí, pero creo que me dicen "El cubano".
-No lo sabía.
Pues no lo tengo claro todavía, creo que el compañero no se atrevió a decírmelo. Igual yo tampoco me habría atrevido si él me lo hubiera preguntado. Pero mi príncipe, sí. Allí estaba, sonriendo, disfrutando mi duda, dispuesto a disiparla con su voz cándida.
-El colmo de un escritor es que su mujer le cocine una sopa de letras y que cuando muera le ponga un punto final a su vida.
Quién lo sabe, por qué no, quizás tiene razón. ¿No es un príncipe?

14 abr 2013

Oración del médico de guardia


(Agradezco el trabajo, sí,
pero mucho más
la levedad
en su ejercicio).

Que no sufran las personas.
Que toleren el dolor
y no siempre
se transformen en pacientes.

Que no vengan hoy
y si lo hacen
que el motivo sea banal
y en mi conocimento
encuentren
la ayuda posible.

Lo pido por ellos
y sólo por mí
cuando yo sea uno de ellos.

Que el día y la noche dejen
como huella
la sonrisa del paciente
atendido.

Y a la hora de partir,
el tren me espere
cobije mi sueño
y haga mi vida
más apetecible
que la de un perro.


(publica tu testimonio en los comentarios)

24 mar 2013

Del día en que por culpa de Juan Carlos Méndez Guédez terminé discutiendo con un policía

 


Juan Carlos Méndez Guédez es mi amigo desde hace exactamente veinte años. En una tarde de marzo de 1993, nos conocimos en el aeropuerto de Maiquetía. Los dos íbamos a Málaga, precisamente a Mollina, donde participaríamos en un evento prodigioso aunque de nombre extraño: Foro joven, literatura y compromiso. Ya nos habíamos leído y compartíamos demasiadas cosas, por lo que encontrarnos finalmente lo vimos y vivimos como una cosa absolutamente natural. Desde entonces hemos sido tan amigos que incluso nos hemos dado el lujo de alejarnos sin discutir y al volver a encontrarnos retomar el hilo de la última conversación y, con el mismo nivel de afecto y amistad, darnos cuenta de que no tenía sentido recordar el tiempo que había transcurrido. Para mí ha sido una fortuna tenerlo como referencia y debo reconocer que me ha acompañado en las malas y en las buenas, pero incluso en una época en que las malas fueron mucho más frecuentes y seguidas, si sonaba el teléfono era Juan Carlos que me llamaba desde Caracas, si una persona me buscaba o me proponía un proyecto que hacía respirable la vida sus apellidos sólo podían ser dos, Méndez y Guédez. Por si fuera poco es un gran escritor con el que he pasado cientos de horas discutiendo de literatura y del que he leído, siempre disfrutando, toda su obra, desde Historias del edificio hasta Arena negra. Él es, en la ficción literaria y en la realidad de la vida de todos los días mi amigo, mi gran amigo. Por eso no pude rechazar su solicitud de amistad en facebook y debo admitir qe todos los días disfruto de los links que propone y los comentarios que hace. Pues hoy publicó en ese recuadro extraño en que la máquina te pregunta cómo estás, cómo te sientes, algo parecido a "habitar estos dos países es como vivir dos desolaciones". Se refería a estos dos países que compartimos, Venezuela y España. Yo, dentro de mí, le agregué Italia e inmediatamente le escribí un mensaje pensando que tanta desolación convierte a quien la habita en apátrida, que en italiano se dice apolide. Apolide, sensa polis, le escribí, pero luego, en una heladería le comentaba a Alessandro, mi niño con ambiciones lingüisticas, que sensa polis no significa "sin polis" (polis por policías). Apenas lo terminaba de decir cuando vi que un policía fumaba apenas a dos metros de nosotros, dentro de la terraza cerrada de la heladería. Méndez Guédez, apatrida, apolide, sensa polis, sin polis. Se me fundió y confundió un poco el todo, me alcé de la helada mesa y, dirigiéndome al policía le dije que no podía fumar en el sitio en el que estábamos. El muchacho se ofendió. Creo sinceramente que a pesar del helado de chocolate apenas degustado tenía algún problema importante entre la nariz y el cérebro.
-Según la ley española sí -me dijo, pero dijo española con mayúsculas, como insinuando que mis desolaciones quizás no sabían de qué ley estaba hablando.
En eso se equivocó porque, desolado o no, la española es la única ley antitabaco que conozco y con ella y los reglamentos absurdos que ahora la acompañan he tenido que trabajar en más de una ocasión.
-Pues no -le dije. -En una terraza cerrada, usted no puede fumar.
Cuando terminamos el helado, el taquicárdico helado, el poli todavía estaba allí, como el dinosaurio de Monterroso. Pretendía que yo lo esperase mientras un compañero le traía la ley y sus reglamentos. Quería demostrarme que él si podía fumar allí.
-Lo lamento mucho, pero me tengo que ir. Hoy no tengo tiempo, querido -me despedí y él que, a pesar de sus problemas, sabía que no podía  obligarme a permanecer allí, se limitó a fotografiar la máquina de cuatro ruedas en que me movilizo.
 
 
 
Ya estoy en casa y sé que tiene mis datos, que sabe dónde vivo y puede venir en cualquier momento a enseñarme su versión de la ley en esta desolación neoespañola.
Pues aquí lo estoy esperando. Tengo las dos mil páginas que Juan Carlos Méndez Guédez ha escrito en estos útimos veinte años para darle fuerte, muy duro, en la cabeza.
Mi amigo, que me metió en este lío, me sacará ahora de él. Seguro.

8 mar 2013

El tiempo en Valencia: ¿lluvia?

 


Siempre, desde pequeño, he confiado en la capacidad de predecir el tiempo de la gente de campo. Esos hombres y mujeres que con sólo ver el cielo durante diez o quince segundos, fruncir el ceño y, gracias a una hiperextensión del cuello, invertir el sentido de las fosas nasales dirigiéndolas hacia lo alto, con todo ello, podían decir la hora, recordar la fase lunar y predecir si llovería o no en las próximas doce o veinticuatro horas.
Crecí viendo gente así y mi madre, a la hora de llamarlos o de referirse a ellos, anteponía a su nombre el título de Don. Don Miguel, Doña Alicia, Don Lino. Este último una vez mató dos gallinas frente a mí y me dejó impresionado. Simplemente con un suave pero rápido movimiento de la muñeca derecha les torció el cuello y la única huella que dejaron los animales fueron mis ojos desorbitados. A la semana siguiente intenté emularlo. Don Lino trajo las gallinas que mi madre le había encargado y, cuando se disponía a matarlas, yo me ofrecí de voluntario.
-Que lo haga el niño -aceptó Don Lino. -Así se construye el hombre, poco a poco.
Mi madre no protestó. Su posible protesta era mi única esperanza, mi salvación, pero sus palabras no llegaron y me vi obligado a caminar hacia la gallina.
-Ánimo - decía Don Lino. -Hágalo que usted sabe.
Pues me animé. Con la gallina entre las manos, di un paso adelante, respiré profundamente e inicié el movimiento de muñeca.
Quizás no fui tan delicado como Don Lino. Algo en mis movimientos debió fallar y la gallina, en lugar de quedar inerte junto a mí, como le había sucedido a Don Lino la semana anterior, salió volando -volando he escrito- dejándome confundido y avergonzado ante todos y, por si fuera poco, con su cabeza, que se había desprendido del cuerpo que no sé cómo seguía todavía volando, con su cabeza sangrante en mi mano derecha.
Nunca aprendí a matar las gallinas y, con el tiempo, mi madre comenzó a comprar pollos en el supermercado. Pero el respeto por la gente de campo nunca lo perdí y donde voy cuando los encuentro creo distinguirlos inmediatamente y confío en su sabiduría, en su sentido común, y tanteo ocasionalmente su capacidad de leer en el cielo los mensajes de las nubes.
Hoy esta aficción pudo haber sufrido un serio varapalo. Llegué en el tren al pueblo que habito desde hace años y sentí en el aire un cambio de tiempo. Mientras caminaba, me crucé con un hombre de campo. Se le veía en los ojos, en las manos callosas. Podría incluso jurar que venía de entregar las naranjas de sus campos en la cooperativa. Se lo pregunté. Con toda la naturalidad del mundo, sin que mediaran muchas palabras, le pregunté si llovería en el día.
El hombre no miró el cielo ni nada. No fue tampoco descortés, pero me dijo que no.
-En la televisión no han dicho nada. No puede llover.
Yo no me atreví a decir nada. Hubiera querido advertirle que lo evidente era el olor a humedad y las nubes grises que se acercaban a nosotros, pero no tenía sentido contradecirle y me vine a la casa.
Ahora que he llegado y, a través de la ventana veo llover a cántaros, no puedo dejar de creer en la gente de campo. Sencillamente advierto que la vida dinámica me está diciendo que en este cuartiento, en el día de este cuartiento, el hombre de campo soy yo.
Si consigo una gallina, fijo la mato. Seguro.

3 mar 2013

Hoy que la tristeza viene nuevamente de Salerno



Cuando llegué, dispuesto a vivir, a Salerno, me recibieron las calles tapizadas con el anuncio de la muerte de Izet Sarajlic. Fue un duro golpe porque uno de los motivos que me había inventado para trasladarme a Salerno era precisamente la posible inclusión de sus conversaciones en un proyecto de novela que incluiría a mi admirado Salvador Prasel y a Danilo Kis. No pudo ser, es obvio, y me lo explicó Nonna Rosa, una anciana siempre sentada, jugando cartas o simplemente viendo la gente pasar, frente al palazzo que yo habitaba.
-Non è come quando sei venuto la prima volta -me dijo, en un gesto cómplice de su memoria, refiriéndose a que la primera vez que yo visité Via Arce quedé sorprendido porque de todas las ventanas salían banderolas y flores e incluso en la fachada de mi palazzo habían colgado un cartel gigantesco que decía "Sei la cosa più bella, ti amiamo".
Obviamente, no era mi llegada la que motivaba ninguna de esas manifestaciones. No era para tanto aunque hubo un momento en que lo dudé.
-È che la salernitana è stata promossa alla serie A -Nonna Rosa apareció por primera vez a mi lado y me lo explicó: simplemente que el equipo de fútbol de la ciudad había ascendido a primera división. Luego se presentaría y me diría que siempre podría contar con ella allí, frente a su casa, en una silla dispuesta al lado de la puerta.
Desde entonces Nonna Rosa se convirtió en mi intérprete de todo lo que sucedía alrededor del palazzo y de algunas cosas importantes de mi vida. Cuando yo salía me saludaba y me presentaba a sus amigas.
-Guarda come è bello. È venezuelano. E lavora come medico.
También me advertía del tiempo, si vendría el frío o el calor. Y relacionaba esta información con mi vestimenta: si era propiada o no. Cosa que yo le agradecía infinitamente.
Lo mejor de todo era su sonrisa y, sin lugar a dudas, comenzar a caminar por Via Arce luego de haberla saludado era un gesto de confirmación de la vida (una botta di vita), un augurio bonito y delicado, una bocanada deliciosa, telúrica y vital, que me permitía continuar hasta el Corso Vittorio Emanuele  para luego soñar desde el Lungomare que regresaba a Venezuela.
Por si fuera poco, su hijo era amigo de la familia que me albergaba y, cuando me tocó despedirme de Salerno, fue él quien me llevó a Fiumicino, consoló mis lágrimas y me dio consejos sabios para comenzar una nueva vida.
Una de las cosas que le mostré durante el trayecto fue una foto que me había hecho hacer por Armando Cerzosimo con motivo de una fiesta local. Era al final de Via Arce, en la Piazza Portarotese. Yo estaba sentado junto a su madre y vino un vendedor ambulante ofreciendo espejos y pañuelos. Nonna Rosa sonreía y Armando Cerzosimo disparó, encontrando así una de las mejores fotos de mi vida.
Hoy que de Salerno llega la noticia de su muerte -Nonna Rosa murió plácidamente, de vieja y sabia, a los noventa y tantos años, rodeada de nietos y bisnietos-  desaparece un ángulo de la foto, como si lo hubieran comido las hormigas, y mi recuerdo de Salerno continúa impregnándose de tristeza.
 
 
 
 

17 feb 2013

Haz el favor de no reconocerme, por favor




Hay gente que no debería reconocernos cuando vamos por la calle. Y gente que sí porque, desde los tiempos lejanos de La Entrada, el pueblo de las montañas en la infancia, a mí siempre me ha gustado caminar y ser reconocido entonces era también un asunto de seguridad , una suerte de garantía que en una época sin móviles -o sin dinero para comprar los que entonces carísimos se vendían- aseguraba el regreso a casa en caso de infortunio. Luego, cuando salí de La Entrada, caminar por el Carrer de Balmes en Barcelona o por Vía Arce en Salerno y que te saludara el vendedor de periódicos, el pescivendolo o la madre de Silvio era una forma de integración y, en el caso italiano, la posibilidad de respirar más allá de la familia política que, siempre lo digo, no sé por qué la llaman así si no es familia ni política.
-Claro, como eres un perfecto desconocido, te gusta que te conozcan - es lo que más de una vez me ha dicho el más exitoso de mis amigos.
Nunca he podido responderle y quizás tenga razón. Lo que nunca le he contado es que, como él, yo también he querido ser invisible en alguna ocasión y no ser reconocido. Recuerdo el día en que empeñé una cadena de oro para salir, para poder salir con la mujer más bella del hospital en que hacía las prácticas de la carrera. Se ve que le di conversación al comprador de oro roto, éste se quedó con mi cara y, cuando dos días después el destino (¿El destino? Imposible, seguro era un acto fallido) quiso que yo pasara frente a su pequeño local acompañado por la mujer maravilla, el hombre me llamó, como yo fingía no escucharlo se plantó delante de mí y luego de abrazarme me dijo que se había equivocado en la tasación y que, cuando quisiera, podía pasar por el local a recoger no sé cuántos bolívares.
También he vivido lo otro. En alguna ocasión he sido yo el comprador de oro y he visto en la cara de los pacientes un deseo, el de no ser reconocido fuera de ambiente hospitalario, que obviamente he respetado. No se trata en este caso de las personas, del reconocimiento interpersonal, sino más bien de la patología y su estigma, de la asociación que el médico pueda hacer entre una persona -paciente, sí, pero también ciudadano- y el estigma que rodea la patología que padece. En la década pasada, me sucedió con algún paciente psiquiátrico. Hace unas semanas, con una enfermedad sexual en aparente desuso, la gonorrea.
Ahora que el cuartiento ha empezado a oler a hospital, no puedo dejar de recordar una escena contemplada por mí en el siglo pasado en un ambulatorio catalán. De la cuidadora de un paciente, un compañero de trabajo aportó, de manera inevitable, la información de que por años había trabajado en una whiskería.
-¿Whisquequé? -pregunté sin saber que se trataba de un bar de putas.
Al rato, la señora entró en el consultorio para terminar de referirme los antecedentes de su pareja. Ella tampoco pudo evitarlo y comenzó a hablar con cierta confianza.
-Es que yo los conozco a todos. A usted no porque se ve que es de fuera. Pero a todos los otros sí. A éste -dijo señalando al que había venido con el cuento de la whiskería- lo conozco desde que era un muchacho. Y a él también -dijo señalando esta vez al enfermero que me acompañaba, un hombre muy serio, conocido en el ambulatorio por su pulcritud, los hábitos higiénicos que practicaba y divulgaba y la seriedad con que vivía el asunto familiar.
-Señora, ¿qué dice? Yo a usted no la conozco - protestó enérgicamente el enfermero.
-Claro que sí -insistió la mujer en la continuación de una escena en la que yo había desaparecido y era tan sólo un espectador.
-Que no señora, yo a usted no la conozco -volvió a protestar el enfermero avanzando hacia ella, casi amenazadoramente. En todo caso, con demasiado vigor para tratarse de un acto inocente.
-Está bien, no te conozco -retrocedió la mujer.
Le había sucedido tarde en la vida, pero en ese momento acababa de comprender que hay gente que no quiere y no debe ser reconocida.

28 ene 2013

La furgoneta Volkswagen

 
a mi amiga Rosa Ch, que siempre pide otro cuartiento
 
La primera vez que la vi, la furgoneta irrumpió en el patio abierto de la casa materna. Era roja y blanca, más bien roja y crema, sumamente ruidosa, y de su interior salieron dos muchachos morenos de los que mi madre dijo que eran jipis. Él tendría unos treinta años y ella veintidós o veintitrés. En todo caso a mí, que entonces tenía séis o siete años, me parecieron muy mayores, casi ancianos, aunque ella no tanto: vestía unos bluyines recortados a media pierna  y el nudo con que cerraba abajo la blusa de algodón parecía más bien un bigote alrededor de su ombligo. Jipis o no, saludaron a mi madre y le pidieron permiso para pasar la noche allí, en el patio de la casa, protegidos sólo por su furgoneta y nuestro árbol prodigioso, un mamón de unos treinta metros de altura que era la envidia de todo el vecindario. Mi madre extrañamente aceptó y, a partir de ese momento, contemplamos el milagro. La furgoneta se transformó en casa. Las ventanas se abrieron, la puerta se hizo toldo y, lo más maravilloso, el techo se extendió, como si fuese un acordeón y, según nos dijo mi madre, a quien se lo había dicho un vecino, en su prolongación instantánea nació una habitación o por lo menos una cama.
-Allí duermen - me dijo mi hermana mientras los espiábamos desde la ventana del salón de los pianos. Es que no queríamos ir a dormir, pretendíamos ver durante toda la noche la furgoneta maravillosa que permanentemente emitía una música lenta, más bien discreta, algunas risitas y, como negarlo, movimientos basculantes que, sin saber de qué se trataba, me produjeron mi primera erección.
Al día siguiente se marcharon a primera hora y, según mi madre, habían dejado sin flores las plantas de campana, una especie de Datura, con la que habíamos marcado el perímetro del terreno.
No volví a ver un vehículo similar hasta la adolescencia cuando en las madrugadas del Colegio Calasanz Occhipinti llegaba transportado por su padre en un camión que había transformado en motor home. Los compañeros de entonces, la mayoría unos hijos de puta, se burlaban de él y, cuando las burlas eran insostenibles, Occhipinti lograba convencer a su padre para que lo llevara caminando o en un vehículo más pequeño que también tenían.
Nunca me gustó el motor home de Occhipinti, pero me agradaba verlo porque me permitía recordar la furgoneta Volkswagen de mi infancia y la morena fabulosa que hacía de copiloto.
-Cuando trabaje -dije alguna vez, según Víctor Zenzola, mi amigo de siempre- quiero tener una así.
Eso dije y nunca se supo si me refería a la furgoneta o a la morena.
Hace unos años, un amigo de Ceuta, el gran Emilio Chinchilla, me mostró su furgoneta Volkswagen. Ésta  era verde y él tambien en ocasiones la usaba para ir al trabajo. Me gustó mucho a pesar de que tenía más de cuatrocientos mil kilómetros encima y volví a pensar en la posibilidad de alguna vez comprarme una. Visité alguna página web, pregunté precios y, al rato, desestimé el proyecto, sobretodo porque la verdad es que no me gusta mucho manejar  y, de haber tenido el dinero para comprarla y haberme atrevido, la habría tenido como pieza de museo y ésa era y es una opción carente de sentido.
Pero la furgoneta Volkswagen ha vuelto milagrosamente a casa, esta vez gracias al deseo de mi hijo que la pidió como regalo de navidad en una caja de piezas de Lego. La única objeción era que Alessandro tiene sólo 9 años y Lego recomienda tener al menos 16.
-Pero tú me ayudas a montarla, papá. Entre los dos tenemos 51 años.
Claro que acepté, pero en el fondo no me sentía del todo capaz. El asunto Lego no siempre se me ha dado con facilidad y hubo incluso una ocasión en que no tenía en buen concepto a los adultos que se dedicaban a juntar sus piezas.
Si había dudas, Alessandro las disolvió y en la última semana de diciembre, permanentemente juntos, Alessandro y yo pasamos decenas de horas organizando las piezas, siguiendo paso a paso las instrucciones y ensamblando muy poco a poco la furgoneta de nuestros sueños.
 
 
 
El 2 de enero terminamos el montaje y mi niño me dio un abrazo gigantesco:
-Es un regalo doble, papá: el primero la furgoneta y el segundo haberla montado contigo.
Yo respondi a su abrazo.
-Es también un regalo para mí, Alessandro -dije mientras recordaba la primera que vi una furgoneta así en mi vida, treinta y cinco años atrás, en el patio de aquella casa de La Entrada.
 
 

4 ene 2013

Hugo Chávez: la enfermedad en campaña

 
 
 
Politólogos, militares, periodistas, políticos y obispos se cansan de especular sobre la enfermedad y la posible fecha de muerte de Hugo Chávez Frías. Murió durante la cuarta operación, dijeron los periodistas, en la segunda semana de diciembre, pero resucitó porque debía morir el 17 como Simón Bolívar y con gobernadores apenas elegidos. No pudo morir, no hubo acuerdo ese día y lo enchufaron entonces, pensando desenchufar la noticia de su muerte el día de Navidad en una Caracas inundada de sueño y alcohol. Era una maniobra de militares y políticos, pero tampoco funcionó y entonces apareció el primero de enero: mejor entonces, más alcohol, menos zozobra. Ese día, pasaron mañana, mediodía, tarde y noche sin que se produjera ninguna eventualidad y ahora el obispo anuncia el 10 de enero como la fecha posible, no se sabe de qué.
Mientras tanto -siempre a través de la boca de políticos, periodistas, sacerdotes y politólogos- los ciudadanos aprenden nuevos significados de expresiones médicas de siempre. "Insuficiencia respiratoria" puede significar dos días, aunque es necesario recordar que "células cancerígenas" en la boca de Fidel Castro ha significado hasta ahora dieciséis o dieciocho meses. Se construye así un nuevo glosario médico. "Traqueostomía" es una eventualidad que le da más chance a Maduro, pero "ano artificial" -no se sabe como ni por qué- parece anunciar un mandato de Dios en forma de Cabello.
Hablan todos menos lo que debían hablar, pero parece que lo hacen con miedo. Miedo a la enfermedad, miedo a la palabra cáncer como si estuviéramos en medio de un ensayo de Susan Sontag. Miedo a que todo sea mentira y el 10 de enero, en lugar de un ataúd rodeado de militares, aparezca en Caracas un ex-militar vengativo diciendo "tú me mataste, tú también me mataste y ahora yo te voy a joder". Esta historia médica en boca de militares, políticos y periodistas parece más bien una novela de suspenso o la cuarta entrega de El Padrino. Si hablamos de cine, es necesario decir que La Habana una vez más se propone como escenario ideal: con intriga, secretismo, palmeras doncellas y espías que de la CIA corren al Pentágono para decir que con Maduro es posible el diálogo.
Pero el asunto vuelve a ser que hablan todos menos los que debían hablar. La palabra cáncer se desfigura, las células malignas se multiplican, la infección respiratoria agoniza y el sufrimiento duele más cuando son usados con fines políticos para aparecer, desparecer, postergar, negociar o mentir. Es que, insisto, hablan todos menos los que debían hablar.
En este ejercicio de intrusismo, el "suelo pélvico", las "vértebras metastizadas" se han convertido en publicidad electoral. Se leen como días de vida, pero significan votos para uno o para otro. A través de estos tumores, políticos y militares consolidan sus opciones. Mientras tanto, la oposición calla o habla tímidamente, como si la cosa no tuviera que ver con ellos. Parece haber miedo a que el cáncer se contagie si la palabra maldita entra o sale de la boca. Así lo hicieron durante la campaña para las elecciones de octubre y diciembre y así lo hacen ahora. Mientras tanto, los tumores crecen o desaparecen y el ABC anuncia que el paciente está en coma inducido.
Esta historia clínica virtual es terrible, caótica. Parece más bien un cajón de sastre. La anamnesis la hizo Fidel Castro hace casi dos años cuando le explicó a Chávez -fue su deseo, qué horror- la naturaleza de su enfermedad. La enfermedad actual y los antecedentes corrieron a cargo del periodista Nelsón Bocaranda Sardi. La exploración física la divulgó el propio paciente. Y ahora están a cargo de la historia Nicolás Maduro desde La Habana, el Ministro Villegas en cadena nacional de radio y televisión y el yerno ministro a través de Tweeter. El único médico que de vez en cuando aparece es uno de apellido Marquina que da informes desde Miami o Bogotá, más en plan de chisme que de cualquier otra cosa.
En un ejercicio tan desmesurado de fantasía e intrusismo, la enfermedad puede traer dolor, muerte y sufrimiento, pero igual no es real. Falta una bata blanca, falta una puta bata blanca que nombre la enfermedad desde la medicina. Que venga un médico, coño. No importa que sea cubano, ruso, brasileño, español o venezolano. Que venga un médico de una buena vez. Para que ayude a vivir o a morir al paciente. O para que cierre esta historia médica que así, a la vista de todos, ya no tiene ningún sentido.

20 dic 2012

CASTRADO POR LA NAVIDAD

 
 
 
 
"De qué color es la piel de una mujer que recién ha hecho el amor".  Con ese verso de Oficio puro, Víctor Valera Mora, el mágico poeta venezolano, me convirtió no sólo en seguidor de su obra sino en declamador, noctámbulo y susurrante, de su poesía. Igual que el capítulo 7 de Rayuela, en una época bastaba repetir en un tono adecuado esas quince palabras para que un milagro ocurriese y la mujer más bella del mundo mostrase su disposición a resolver la ecuación y responder con su piel la pregunta. Hoy, sin embargo, no son de esa naturaleza mi duda ni mi necesidad. Recuerdo al Chino Valera Mora -sus ojos andinos, achinados, empujaron su nombre al olvido y en Venezuela bastaba decir el Chino Valera para recordarle- porque necesito su fórmula literaria: ¿qué pasa con A después de B? Hoy, A no es la piel de una mujer. Y B no es el amor. Perdóname, chino, pero estoy recordando tu poema de Amanecí de bala para preguntar qué pasa en la vida de un hombre si en una sola semana tiene que asistir a dos conciertos navideños de naturaleza escolar. Pues, si las preguntas del chino -Oficio puro contiene al menos veinte preguntas sobre la mujer apenas amada- tienen respuestas múltiples, posibles y no, felices e  infelices, mi duda de hoy tiene una sola, sumamente clara y del todo verosímil respuesta. Después de dos conciertos navideños, las mujeres mienten y dicen que se les sale la lágrima: asunto de ellas. Pero a nosotros los padres, a pesar de todo el cariño del mundo, del amor profesado y por profesar, del progreso de los niños en las artes vinculadas al escenario, a pesar de todo eso, dos conciertos en una semana sólo pueden ser equivalentes a la administración intravenosa de un kilogramo de estrógenos y de seiscientos cincuenta miligramos de progesterona. Adiós a la virilidad, la hombría y la testosterona. Sin ningún tipo de miedo, pero tampoco sin ningún deseo de ignorarlo, después de una experiencia semejante es necesario admitir que se ha sufrido una castración real, absolutamente real, nada virtual.
Un compañero de fatigas, que tiene en ocasiones la irreverencia del Chino y es por eso seguramente el culpable de que yo haya comenzado este cuartiento con la oración del mago de Valera, este compañero de torturas, a la salida del segundo concierto, ha resumido el asunto con palabras mucho más sencillas:
-Es que si veo ahora una publicidad de toallas sanitarias, en una semana me duele la cabeza y me pongo a lavar los platos.
-¿Y qué más? -le preguntó la madre de sus hijos creyendo que iba a continuar hablando de tareas hogareñas.
-Nada, nada, que seguro también me baja la menstruación.
 

18 dic 2012

Abrazo pintado, inevitable


Inevitable
un abrazo pintado
entre nosotros
una marca en la pared
allá en el fondo
una palabra bonita
escrita a manera de leyenda
mientras nuestros dedos se cruzan
inevitable inevitable inevitable
igual que la luz
inevitable como el calor
porque seguro nos conocimos en otro siglo
refugiados en una cabina telefónica
junto a un coche de caballos
¿recuerdas?
por eso este abrazo
inevitable
pintado en la pared
entre tus ojos y los míos
un abrazo y dos besos
inevitables
hoy al salmorejo y siempre

14 dic 2012

Ludoteca & Night club



 
 



¿Puede un espacio físico albergar una barbería en las mañanas, un consultorio médico en las tardes y un burdel en las noches? Los dos primeros sí: apenas basta infringir unas pocas leyes. El tercero quizás: con un poco de inventiva, algo más de atrevimiento y, seguramente, mucho insomnio. Me resulta en todo caso exquisito el argumento este de la polisemia espacial. Así lo diría mi hijo quien luego de un mandato escolar se pasa las tardes descubriendo polisemias. Con él descubrí el otro día que la ludoteca donde solíamos acudir cuando a él todavía le gustaban los parques de bolas también es un night club. Se trata de un invento genial de mis vecinos. Un galpón dividido en dos. Del lado del mar el parque de bolas, las mesitas infantiles y una gran pantalla. Del lado contrario, el night club: mesas adultas, tubo de baile, mucho neón y todo lo necesario para que se pueda decir con propiedad que es un night club. En el centro, una barra circular dividida en dos: un lado hacia la ludoteca, el otro para el night club. Esto sucede sin contravenir ningún mandato porque al parecer los horarios de cada una de las actividades apenas son colindantes. En las tardes, las bolas. En las noches, en bolas. Sin embargo, a mí siempre me extrañó que la barra infantil estuviese tan bien surtida. Tanto alcohol fuerte, demasiadas variedades, muchas añadas. Mi hijo con sus nueve años encontró la respuesta:
-No me extrañaría que algunos del night club pudieran pasar a la ludoteca.
No le respondí inmediatamente. Supe disimular mi sorpresa y esperé: algo aprendí de aquella época en que compartía la mitad de mis días con psicólogos clínicos. Luego, sí, no pude evitarlo y se lo pregunté.
-Y, ¿cómo lo sabes?
-Porque nosotros, cuando yo era pequeño, a veces nos pasábamos al night club -me respondió con una tranquilidad pasmosa, la suya de siempre, como quien se despierta luego de la siesta y se dispone a leer un librito de Erving Goffman.
 
 

4 dic 2012

PANTAFILIA

Con ellos tres, fui obligado a compartir veinticuatro horas alrededor de dos camas, la de ellos y la de mi hija. Todo el tiempo tuvieron el televisor encendido, jugaba cada uno con su celular y, además, uno de ellos sostenía un iPad.
Sin saber por qué recordé a dos psiquiatras (la de farmacología y el de historia de la psiquiatría) durante la residencia en Caracas. Propiciaban encuentros públicos, de cara a los residentes, e intercambiaban libros y películas. Con el tiempo habían adquirido fama de intelectuales, pero una vez durante un intercambio rápido la película se deslizó entre las manos de ella y cayó al suelo: Superman 2.
En la última hora de la convivencia obligada, caminé hacia una de las cinco pantallas. Para que el cuartiento tenga sentido, eso pensé, el adicto deberá estar haciendo una virguería, leyendo un artículo especializado, comunicándose con quién sabe qué instancia.
Me acerqué al padre de familia, le toqué el hombro fingiendo un saludo. Aproveche su extrañeza para meter un ojo en la pantalla que sostenía entre las manos: jugaba a romper pompas de jabón con una escopeta.

21 nov 2012

POMPAS FÚNEBRES


Mi suegra, qué duda cabe, era una mujer especial, pero murió en un momento en que, hablando de dinero, no estábamos en las mejores condiciones. Por eso tuvimos que recurrir a la funeraria más barata.
Los agentes fueron con nosotros siempre muy amables y, debo decirlo, el servicio prestado en todo momento no pareció distinguirse del que prestaban las otras funerarias.
En este tipo de cosas, como en todo, siempre hay categorías, pero mientras nos preparábamos para cremarla no eché en falta ningún detalle relevante. Algún amigo me había dicho que tuviera cuidado, que aquí siempre quieren joderlo a uno por extranjero y que en el negocio de las funerarias, donde todo es posible, así dijo, era mucho más que probable que me quisieran meter gato por liebre.
Yo estuve pendiente en todo momento y lo que vi más bien me dejó sorprendido por la pulcritud y el esmero con que los agentes lo hacían todo. Cuando hubo que sacar el cadáver de la casa, se pusieron guantes desechables y usaron mascarillas. Cuando fue necesario elegir el ataúd, nos permitieron escoger uno que en principio estaba fuera del presupuesto inicial. La sala que nos asignaron era bastante confortable: tenía cuatro sofás, aire acondicionado regulable, un libro de condolencias con un cd de música gregoriana en la cara interna de la contraportada, máquina de café y surtidor de agua. Nos resultó bonita, incluso acogedora. Las flores eran naturales y no había razones objetivas para pensar que fuesen recicladas. Como vieron que Raquel lloraba, nos regalaron un libro sobre el duelo escrito por la dueña de la funeraria. La escritura era impecable, al menos a mi entender, y los conceptos que más frecuentemente se leían estaban relacionados con la seriedad y la ética. Aceptaron que yo pagase incialmente sólo el cuarenta por ciento y, luego, al final del mes, el resto. Hubo momentos en que me sentí más abrigado por ellos que por los amigos que vinieron a presentarle sus respetos a mi suegra.
Llegando el final, se me acercó la dueña de la funeraria, la misma del libro, y me preguntó si queríamos responso o misa. Yo le dije que misa porque mi suegra siempre fue muy creyente y si en vida iba a misa todas las tardes me parecía justo que ya muerta tuviera una misa completa.
La mujer aceptó.
Si ustedes quieren misa, será misa.
No sé por qué, pero en ese momento recordé que antes, en la noche, uno de los agentes me había dicho que los curas de la parroquia siempre ponían problemas para venir a a la funeraria porque preferían que la ceremonia se relizase en la parroquia, pero que ellos ya habían resuelto el problema.
Me olvidé inmediatamente del asunto porque Raquel me llamó para que le diera un calmante y al rato ya se acercaba el momento de la misa y la cremación y todos comenzábamos a sentirnos peor vi que los hombres de la funeraria se dirigían hacia la sala de ceremonias.
Ya viene la cosa dijo Raquel refiriéndose a que ya se acercaban la misa y la cremación.
No te preocupes intenté tranquilizarla y salí del salón con la intención de buscar a los agentes y recordarles que luego necesitaría el certificado de defunción internacional.
Estaban, como había supuesto, en la sala de ceremonias. Cambiaban junto a un hombre obeso y disneíco la disposición de los muebles para que mirasen hacia el crucifijo y no hacia la ventana del horno crematorio. El desarreglo del hombre obeso, sudoroso y con un hematoma en la frente, desentonaba un poco con la capilla e incluso con los agentes, que iban de traje, como siempre.
Yo me quedé viéndolos desde la puerta y ellos, afanados, no me veían o no les importaba que yo los viera. Uno de los agentes le preguntó algo al obeso y éste le respondió en tono grosero.
¿Qué quieres que te diga? Yo aquí soy un empleado, igual que tú.
¿No será ese el cura? Eso fue lo que pensé mientras me retiraba discretamente y, aunque me respondí que era imposible, a los dos minutos me tuve que arrepentir porque, cuando nos hicieron pasar a la sala de ceremonias, allí estaba él, sudoroso todavía, gordo, gordísimo, vestido de sótana y detrás del pequeño altar. No pienses mal, coño, me dije a sabiendas que la paranoia es mi problema de siempre.
No pienses mal, me dije y me concentré en pensarlo. No pienses mal. Así, sólo así, pude concentrarme en nuestro dolor por la muerte de mi suegra y, a pesar de que desde hacía muchos años, no asistía a una misa, recordar el rito y responder era el único que lo hacía a las oraciones.
El hombre obeso me veía a mí directamente y, de una u otra manera, pudimos concentrarnos él, yo y la dueña de la funeraria que hacía de monaguillo para ofrecerle a mi suegra una misa decente.
A los dos días, la dueña de la funeraria vino a cobrarme el resto del servicio y no pude evitar preguntarle por él.
Murió, ¿sabes? Ayer mismo, de un infarto. Parece que tenía un problema de coagulación.
Lo lamento mucho —la noticia no me sorprendía: algo de la muerte había entrevisto yo en su disnea y en su gordura—. Pero, ¿era cura?
La mujer me dirigió una mirada especial —no sé por qué, en ese momento pensé que me propondría sexo—y buscó donde sentarse. Lo hizo en una de las sillas alrededor de la mesa del comedor y me invitó a sentarme junto a ella.
Pues no, realmente no. Alguna vez estuvo en el seminario y ahora a nosostros nos hará mucha falta uno como él —dijo sin siquiera mirarme antes de hacerme su verdadera oferta—. ¿Quieres el trabajo?
Acepté, claro que acepté. Ya lo había dicho, en aquellos momentos, hablando de dinero, no estámos en las mejores condiciones.