Un asesino solo puede ser un asesino aunque quiera ser otras
cosas. Una vez irrespetado el derecho a la vida de los otros, el asesino puede intentar
ser un padre ejemplar, un parlamentario excelente o un hábil negociador, pero nada
de eso importa ni debe hacerlo. Es un asesino y de él recordaremos el rostro de
sus víctimas y de los hijos de sus víctimas. Todo palidece ante los cadáveres
que dejó diseminados, los cuerpos destrozados, las viudas, los huérfanos. Es lo
que pasa con el asesino Josu Ternera: después de la explosión de Zaragoza, nada
de lo que haya hecho antes ni después puede redimirlo. Ni siquiera la enfermedad
importante. Sus dos cánceres, si acaso son ciertos, no alivian el dolor
sembrado. Que no haya podido conocer a sus nietos tampoco. Para él la situación
tiene un lado positivo: poco importan también sus delitos menores. El que
parece ser el último es la creación de un personaje doblemente literario para sobrevivir en su
huida. En la última estación de esta, el terrorista asesino se inventó al escritor
venezolano Bruno Martí y decidió esconderse detrás de su falta de estímulos creativos para vivir con tranquilidad en los Alpes franceses. No es casual la
escogencia: son cientos los escritores venezolanos que actualmente viven fuera
de Venezuela. Además, en unos años en que hasta los periódicos carecen de papel, Venezuela es uno de los pocos países del mundo en que los escritores pueden ser personas
absolutamente desconocidas y aunque escriban permanentemente carecen de
bibliografía. No se editan libros, desaparecen los periódicos y las editoriales
de fuera apenas publican unos pocos.
Josu Ternera lo sabe y se aprovechaba de ello. Creando a Bruno Martí (un
escritor que no existe y por lo tanto carece de publicaciones, pero que si
existiera, aun escribiendo todos los días, igual Google desconocería) se burla
de una literatura que obviamente le importa un comino pero (comino mediante) se
aprovecha de ella. No es tonto el Ternera, nunca lo fue a pesar de sus crímenes.
Por si fuera poco, en la génesis de su último delito, el asesino políglota se
permitió un guiño: llamar Bruno (moreno, en italiano) a su personaje. Si fuese
una persona normal, incluso un delincuente menor, lo dejaría pasar. Siendo el
asesino que nunca dejará de ser, invoca sin nauseas el vómito en escopetazo.
Ni cuentos ni artículos. Tampoco articuentos o cuentartículos. Se trata de cuartientos.
20 may 2019
29 abr 2019
El interventor
Hace 25 años
conocí al escritor mexicano Juan José Arreola. Hablaba para un grupo reducido
y, joven de mí, me pareció que había bebido. Ahora no podría asegurarlo y daría
por válidas las posibilidades de que sus palabras rápidas como balas, que yo pretendí
regadas con vino, sencillamente formasen parte de un discurso habitualmente
maníaco, acelerado, o que entonces ya empezasen a manifestarse en él los
síntomas de alguna neuropatía. Las tres posibilidades son válidas y dudar sobre
ellas ha sido vicio mío rumiado y solo a veces escrito a lo largo de estos años
pero pierden toda importancia cada vez que me topo con «El guardagujas».
No hay cuento más bonito y sencillo, como un bocadillo que relleno con solo una
hoja de lechuga se apodera de la boca del comensal. Fundamental, delirante no
por locura sino por obviedad, por sencillo y obvio. En sus páginas Arreola
construye un manto de palabras para que el minúsculo guardagujas convenza al
pasajero con prisas por llegar a T de la conveniencia de alquilar una
habitación cerca de la estación. Ningún otro escritor hubiera podido escribir
ese cuento, quizá solo Orham Pamuk, pero cincuenta años después y varios miles de
kilómetros al Este. Ahora ya no existen guardagujas. Lo que ellos hacían con
las manos, desviar las agujas de los rieles para cambiar el recorrido de los
trenes, lo hacen ahora computadoras y máquinas. Es una pena porque la palabra
es bellísima. No pasa lo mismo en otros idiomas. En italiano al guardagujas se
le llamaba simplemente deviatore. En
inglés, switchman. La belleza es del
español y del valenciano. O quizá simplemente de Arreola. Imagino que no
existiendo el oficio el cuento ya no podría escribirse o que en caso de
estricta necesidad se llamaría el interventor. Ese oficio sí existe aunque
también desaparecerá con el tiempo. Lo desempeñan mayormente hombres, vestidos
con trajes planchados y casi siempre repeinados, que en el tren caminan entre
un asiento y otro haciendo gala de equilibrio y revisando los títulos de viaje
de los pasajeros. Llevan máquinas para leer billetes y también aceptan billetes
o monedas. Tienen que dar todo tipo de explicaciones. Hay uno que me saluda
siempre con afecto. Un día me preguntó en que trabajaba y le hablé de libros y pacientes.
Le gustaron mis asuntos y progresivamente me contó los suyos. Le agobiaba que
pronto le cambiarían a una línea en que debía hacer de altavoz, de interventor
altavoz. “¿Qué significa?”, le pregunte. “Es sencillo, como los trenes no tienen
sistema de sonido, yo debo ir entre uno y otro vagón anunciando el nombre de
las estaciones y el final del recorrido. De todos los interventores que han
revisado mis billetes es el único que no usa gomina y más bien va despeinado. Habría
sido un buen personaje para Arreola, pero habría tenido que nacer ochenta años
antes y doce mil kilómetros al Oeste. Claro, en esa situación quizá él no
habría sido interventor, sino simplemente guardagujas. Qué palabra tan bonita.
19 abr 2019
Viernes Santo: estriptís en cercanías
Empiezo a escribir, a intentar escribir en el tren a partir de una línea que reposa en el cuaderno de notas desde hace dos o tres semanas. Aunque tengan veneno sus espinas una rosa no es psicópata. Es un tren solitario por la hora y la festividad. Quisiera seguir escribiendo. Realmente no tengo idea del recorrido que pueda tener esta rosa: quizá una descripción de sus pétalos y hojas, de su tallo que se contorsiona para pinchar a quien pasa a su lado. Pero los vigilantes de seguridad hablan entre sí y decido
verles. Entre ambos suman cuarenta uñas y casi cien años. Tienen calvas, cicatrices, arrugas, ojeras y barrigas prominentes. De
improviso el que está más cerca de mí le pide al otro que le haga una foto.
Pienso inicialmente que, orgulloso de su uniforme, quiere una foto para
mostrársela a los hijos. En principio no tiene nada de malo. Yo más de una vez
me he hecho una foto en el hospital: reconozco que me gustan los selfies lleno de ojeras en las noches en que creo que es imposible continuar. Pero lo de este vigilante de seguridad es otra cosa. Ahora quiere una
foto con las gafas de sol, a las siete de la mañana. Luego una foto sin el
chaleco de seguridad. Ahora una con la porra entre las manos y el bote de gas (¿paralizante?) en el suelo. Habiendo solo pagado por el transporte, asisto a una sesión de estriptís patrocinada por la empresa española de trenes. La
situación es absurda y bonita al mismo tiempo. Por un lado apetece sacar el móvil y hacerle una foto. Sería interesante que eso le gustase y que, motivado por la posibilidad de más fotos, se empeñase todavía más en esto de quitarse y ponerse accesorios. Pero lo más probable es que no: que no le guste mi foto (suya y de su compañero) y se aproxime a mí intentando quitarme el móvil. Yo tendría que recordarle mis derechos y, bla bla bla mediante, me quedaría con el móvil y la foto. Podría pasar que no se diera cuenta de mí ni de mis actos, mucho menos de mis dudas. Él está tan concentrado en su performance que realmente resulta simpático verle, tan grandote e ingenuo, tan narciso, y no es plan advertirle que (alguien podría pensar que) está haciendo algo inadecuado. El estriptís de todas maneras está a punto de terminar, ha terminado ya. Un pasajero insomne en el otro extremo del vagón se niega a mostrar el título de viaje al revisor porque seguramente no lo tiene. Los dos vigilantes de seguridad acuden rápidamente y yo, gracias a ellos, a partir de una línea floral que carecía de adónde, hoy viernes santo, he podido
escribir un cuartiento sobre la vanidad. Humana es, sin duda alguna.
23 feb 2019
Disparen arepas
Ya era difícil pensar que la guerra fría del siglo XX tendría una reedición portátil en el siglo XXI. Quién lo iba a decir después de Gorbachov, tantos glásnost y George Bush, tamaña Perestroika y Obama. Mucho más difícil resultaba imaginar que esta nueva guerra fría y portátil se escenificaría en Venezuela. Alineados de un lado millones de venezolanos sufrientes, hambrientos e hipertensos sin remedio (por medicina) y del otro un grupo de narcotraficantes (gordinflones e hipertensos a pesar de las toneladas de amlodipino), secundados estos últimos por militares corruptos, intelectuales nostálgicos y personeros (¿estoy hablando del psiquiatra genocida y de su hermana?) que buscan vendetta y, cueste lo que cueste, reivindicación familiar con zapatos marca Gucci. Quién lo iba a decir. Nuestras montañas y sabanas en la primera plana de los periódicos de todo el mundo sin que la noticia tuviese que ver con el Miss Venezuela ni con algún campeón mundial de boxeo o con las novelas de José Balza que tanto gustaban a Cortázar. No, no se trata de ninguna maravilla. Además de hambre, hay miedo y tensión. Temor a que pueda se pueda estar cocinando una tragedia. De un lado están los americanos que por primera vez en mucho tiempo y a pesar del miedo (asco) que nos da Trump parecen abrazar una causa justa: es su dinero, son también sus tropas, los nacionalizados primero seguramente, pero igual de marines. Del otro los mercenarios rusos que en primera instancia paga Putin: su encargo no es resistir ni nada menos, tan solo disparar, sobrevivir y, si la cosa se pone dura, sacar con vida o matar (para convertirlos en mártires) a Nicolás Maduro, al psiquiatra genocida (se llama Jorge Rodríguez), a su hermana y al fiscal Saab.
La escena está montada. La izquierda europea ha alquilado palco con sombra y sostiene binoculares con olor a absenta. La derecha más de lo mismo. Entre rusos y americanos estamos los venezolanos pidiendo que no disparen misiles, que no detonen bombas ni expandan gases. Que por favor nada de eso. Que da un poco de asco a lo que hemos llegado pero que es necesario que Maduro se vaya. Que Venezuela no aguanta más. Que quién lo iba a decir. Que si hay que disparar que disparen arepas, rellenas con hamburguesas y mantequilla de cacahuetes o con arenques y rebanadas de pelmeni. Que a nadie se le ocurra pedir morcilla porque, eso sí se sabe, la sangre tiene un solo pozo del que salir y ese pozo, Venezuela, ya ha dado mucha sangre en los últimos veinte años. Pero que se vaya Maduro de una buena vez. Que no se les vaya a olvidar entre tanto concierto y algarabía. Que lo importante es que se vaya Maduro.
.
20 feb 2019
Hacer pan, comer arepas
Por haber hablado de levaduras en voz alta hace una semana, dos personas me han preguntado si de verdad hago pan. La segunda de ellas incluso me pidió que de ser cierta la posibilidad le vendiera una pieza. Dije que sí a la primera pregunta y, obviamente, no a la segunda.
El asunto es que tengo
una larga relación con harinas y masas. Creo que esta proviene fundamentalmente de las arepas ya que crecí viendo cómo una mujer hermosa se
despertaba todos los días muy temprano y, luego de llamarnos,
presentaba en la mesa ocho maravillas tostadas con las que prácticamente aprendimos a hablar (1).
La madre también hacía los
domingos tres o cuatro hogazas de pan integral y, ocasionalmente, cuando la
tribu lo pedía, pizzas y pan de jamón. Así transcurrió la infancia, entre una y
otra levitación, que las de la casa no solo eran químicas ya que en una
ocasión, luego de rezar cinco rosarios seguidos, mi hermano y yo vimos cómo el tío más santo se separaba de la cama aproximándose
cada vez más al techo para luego caer de forma brusca porque una de nuestras
bocas maravilladas dejó escapar la palabra coño.
Pero el impulso definitivo proviene del momento en que se atravesó en mi camino El
taller blanco de Eugenio Montejo. No fue necesario que viniera Sean Penn para que las palabras que describían la panadería familiar, como si se tratara del mundo dando vueltas, me estimulasen a
iniciar una guerra en que las granadas provocaban explosiones de harina y los
misiles eran gigantescas barras de pan macizo, indestructible.
La técnica que me faltaba la adquirí en Sardegna. Fueron dos años junto al mar, en el
segundo piso de una panadería. A las cinco de la mañana el horno comenzaba a
despedir olores y era necesario despertarse. Si bajaba, el panadero me regalaba
un cruasán a cambio de escucharle hablar sobre sus masas. Si no bajaba, igual
no podía dormir porque, con el horno encendido, el buen hombre silbaba en la
puerta trasera de su panadería. Por eso bajaba, para que no silbara. Por eso
hago pan miércoles y domingo, pero no lo vendo.
(1): La arepa no es solo pan de maíz. Es un acto de amor. Caricia materna, arepitas de manteca, caricia que enseña a acariciar.
Hundir los dedos en la masa. Nada más suave, nada más presente, nada más evanescente.
La masa es cuerpo que se toca y se penetra, que se intenta asir y, aunque rodea las manos, desaparece.
La masa es un amor que parece imposible pero que la insistencia de pretenderla arepa convierte en pelota.
Nalga y mejilla, cachetes para acariciar dándole palmaditas. Círculo perfecto, la masa entre las manos, sin ni siquiera una estría, con poros que imitan la piel, la piel de la arepa.
Arepa humana, ni santa ni levita. Se sostiene sobre el acero y el fuego. No se derrite pero emana vapor, como cuerpo en la cama.
25 ene 2019
Nicolás Maduro o Juan Guaidó: ¿qué nos ha enseñado la ficción?
He de reconocerlo desde el
inicio. Poco sé de política, nada. Cuando creo que un candidato puede ganar,
seguramente porque simplemente lo deseo (que gane), mi candidato pierde. Así ha
pasado siempre y seguramente seguirá pasando. Tampoco logro ver la jugada
maestra que puede cambiar el curso de la historia. No la vi en Chávez cuando
después de salir de la cárcel en 1997 recorría los caminos de Venezuela para
multiplicar su discurso resentido. Sinceramente creí que eso no iba a llegar a
nada. Tampoco lo vi hace cuatro semanas cuando los medios de comunicación, a
raíz de su llegada a la presidencia de la Asamblea Nacional comenzaron a
nombrar a Juan Guaidó. Me resulta perniciosa mi ceguera. Después de cuarenta
años leyendo todo discurso político que me ha caído entre manos y sin nunca haber
dejado de seguir la situación, muy pocas veces acierto. Creyente como soy en la
academia, sé que la causa fundamental es que no soy politólogo ni especialista
en ciencias sociales. Esa condición, o esa falta de condición, me hace verlo
todo desde el deseo. Lo otro porque, sin haber hecho nunca política de mediano
o alto nivel (las escaramuzas universitarias obviamente no cuentan), lo que
creo saber de política lo sé a través de las noticias, las crónicas y la ficción
(novelas, cine, serie) que consumo permanentemente. Como todos, como casi
todos. Y porque soy un claro especimen del siglo pasado. Sin posibilidad de
duda. Por eso no vi venir a Chávez, que era más del siglo XXI. Por eso no
entendí de qué se trataba el asunto de Guaidó, quien ahora que me intento
acoplar al XXI es más (él no, sino la forma en que llega al poder y el
enfrentamiento entre Rusia y Estados Unidos que propicia) del siglo XX.
Sin embargo, a pesar de ello, defiendo
mi derecho a especular, sobre todo porque Venezuela actualmente se encuentra en
una situación en la que de hacer solo se puede dos cosas: esperar y especular.
Pienso en Venezuela y, como todos, solo tengo dudas y miedo. ¿Qué puede pasar
en un país con dos presidentes, uno reconocido por Estados Unidos, otro por
Cuba y Rusia? ¿Qué va a pasar con Guaidó? ¿Qué va a pasar con Nicolás Maduro?
En una semana, ¿cuál de los dos vivirá?, ¿quién será el presidente único si
acaso será uno de ellos?, ¿quién habrá muerto o huido del país? Desde el deseo
de cambio que me anima, pensando en el bienestar de mi familia, mis amigos y
conocidos, con la esperanza de que cese la tragedia que conocemos como
diáspora, casi rezando un rosario para que en las farmacias de Venezuela
vuelvan a vender antihipertensivos y que para comprar pan no haya que oficiar
un Te Deum y hacer un curso intensivo de geopolítica, por todo ello y muchas más
cosas, espero que la opción de Guaidó crezca y se fortalezca, que gane más
apoyos a nivel internacional, que su discurso sea firme y, en la medida de lo
posible, conciliador.
Para que eso pase, a pesar del apoyo que militares y jueces en las últimas horas han dado a Nicolás Maduro, solo puedo imaginar un escenario de negociación. Todos ellos, sonrientes en la foto de hoy alrededor del sindicalista salsero, de largos bigotes, están negociando con las autoridades americanas. La mayoría, lo sabemos bien, son personas inteligentes (qué duda cabe) pero de escasos escrúpulos. Lamento decirlo, pero son malandros: basta escucharlos, verlos, leerlos, revisar sus expedientes (el del Presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Maikel Moreno Pérez, ruborizaría a Michael Corleone). Son la corte malandra que ampara y rodea a Nicolás Maduro. Él cuenta con ellos para derrotar a Guaidó. Pero todos y cada uno de ellos están actualmente negociando con los emisarios de Donald Trump. Piden inmunidad, que los dejen entrar en Estados Unidos, que no embarquen sus cuentas, que les permitan conservar las propiedades en Miami o cambiarlas por apartamentos en México, pero que los hijos puedan seguir estudiando en Madrid o Davos. Así de simple. De eso depende el futuro de Guaidó, de Nicolás Maduro, de Venezuela, de lo que Estados Unidos decida que va a hacer con sus deseos. Estos van a ser trasladados, en carpetas de papel o de bites, en las próximas horas o días, a la mesa de Donald Trump. De lo que él decida y concilie con Putin en la lejana Rusia depende que la solución
venezolana sea un baño de sangre o una transición pacífica. Así de sencillo.
Alrededor de una mesa, como si se tratara de una escena de El aprendiz.
Caramba, quién iba a pensar que esos capítulos al borde del vómito eran clases magistrales de alta política.
Caramba, quién iba a pensar que esos capítulos al borde del vómito eran clases magistrales de alta política.
24 dic 2018
Liturgia venezolana, "El niño criollo"
Lo escuché por primera vez en una iglesia rodeado de niños que, como tiene que ser, luego serían profesores, vendedores, agricultores y, por qué no, políticos y malandros. Era un aguinaldo, un villancico, en el que el Niño Jesús se parecía mucho a nosotros: "Si la Virgen fuera andina / y San José de los llanos / el niño Jesús sería / un niño venezolano". Ahora sé que su letra, formada mayormente por octosílabos, fue creada por Rosario Marciano y que la música (cuatro, furruco, tambor y maracas) la incorporó Luis Morales Bance. Pero entonces, en la novena de misas que nos acercaba a la Navidad y que en Venezuela se conoce como misas de aguinaldo, con los cohetes que encendían las catequistas retumbándome en los oídos y la boca deseosa de desayunar pan de jamón y la media hallaca que me tocaba por estatura y necesidad, entonces solo era capaz de reconocer por instinto una virtud rompedora que acercaba el rito religioso a la vida ya que permitía cantar en la iglesia un aguinaldo que también sonaba en la radio y se bailaba en la televisión. "Tendría los ojos negritos / quién sabe si aguarapados / y la cara tostadita / del sol de por estos lados". A esa irreverencia habría que añadirle ahora la clarividencia de haber avizorado desde la Venezuela pletórica de los años 60 una realidad que lamentablemente ahora nos toca de cerca. Y es que, para quienes hemos crecido entendiendo que la Virgen María y su marido, el carpintero José, eran una pareja de migrantes necesitados, a lo largo de los años, el Niño Jesús ha sido canario y llegó en cayuco a Venezuela entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Luego fue español y sus padres huían de la Guerra Civil. "Por cuna tendría un chinchorro / chiquito y muy bien tejido / y la Virgen mecería / al Niño Jesús dormido". Cinco años después, fue croata e italiano. Luego, colombiano y peruano. Pasaron varias décadas y volvió a ser croata y kosovar aunque simplemente le decían balcánico. En esos mismos años sus padres habían sido comunistas, provenían de Cuba y, más viviente que nunca, el pesebre intentaba pisar la costa de Florida. Ha sido también marroquí intentando caer desde una alambrada en Melilla y sirio caminando con sus padres hacia Alemania. "Él crecería en la montaña / cabalgaría por los llanos / cantándole a las estrellas / con su cuatrico en la mano". Que el Niño Jesús tenga tu nacionalidad es un privilegio que, a pesar de la letra de Marciano y la alegría con que hace cuarenta años cantábamos su aguinaldo, todo el mundo quiere postergar y quizá muchos hubieran deseado que este año no fuera nuestro pero lamentablemente es lo que nos ha tocado y María y José, ella andina y él de los llanos, este año han caminado por debajo del puente Simón Bolívar. Así han llegado a Colombia y de allí a Perú y a Ecuador. Quizá a Chile y Argentina, huyendo de la pobreza, escapando del dolor. Pero también han salido en cayuco hacia las Antillas y hoy María puede estar en un calabozo de Curazao o de Trinidad. O después de pisar el mosaico de Jesús Soto en el Aeropuerto de Maiquetía el pesebre que hoy todos somos como país castigado y migrante recibimos la Navidad en Madrid, en Londrés o en París y el Niño Jesús hoy nace sin hambre pero con la tristeza de no poder sonreírle a sus abuelos. También sigue, multiplicado por millones, viviendo en Venezuela. Allí está siendo engendrado, allí nace, allí incluso muere a cada segundo por falta de antibióticos y vacunas un pobre Niño Jesús desnutrido, un niño criollo que somos todos cuando sabemos de él y lo sentimos tan cerca ya que nace en nuestro dolor.

A él, a sus "ojos aguarapados", al sol inclemente que está a punto de recibir, le pedimos amor, le rogamos cambio y esperanza.
19 dic 2018
El tiempo literario
Aunque
no respete su carácter standard y altere su duración a través de palabras,
ideas y líneas, el texto literario puede incluir las unidades de medidas que se
le asignan al tiempo. Así, en relatos, novelas y ensayos, incluso en poemas,
escribimos segundos y minutos a pesar de que sabemos que, en la literatura, el
tiempo viaja en una dimensión especial, absolutamente ajena a la física.
Sin
posibilidad de dudas, el tiempo es otra cosa en literatura. No tiene por qué
ser necesariamente más lento aunque los asuntos literarios mayormente germinan
y se incuban muy lentamente. Pero en ocasiones, la literatura es velocísima.
Rápida como un rayo. Por encontrar analogías, el tiempo literario se parece más
bien al tiempo amoroso en las redes sociales. Rápido y lento. A veces
rapidísimo, a veces lentísimo. En ocasiones inexistente.
Por
ello un tocado puede demorar ochenta páginas en deshacerse si quien narra y
describe es un novelista francés del siglo XIX o un haiku en apenas tres líneas
puede contener una vida completa e integrar en ella generaciones pasadas y
venideras. Ni siquiera se trata de sustituir las unidades de medida por líneas
o páginas. Es otra cosa. El tiempo literario es anárquico. No acepta las reglas
de ninguna academia, ni de artes ni de ciencias. No solo pasa dentro de los
textos sino también con sus hacedores. Así, un joven escritor puede tener
ochenta años y las dos caderas con prótesis si apenas ha publicado uno o dos
libros o si su producción sigue siendo fresca.
En el caso contrario, un hombre de cincuenta años puede ser un escritor anciano
desde hace veinte si ya ha publicado varios libros relevantes y su escritura leída
en silencio chirría como un puente oxidado, artrósico. Hay también casos de
personas que han empleado toda su vida en escribir un solo poema. Un poema de
cinco o seis versos. Cincuenta o sesenta años invertidas en ordenar en el
espacio cuarenta palabras que un robot podría leer en un minuto pero que para
comprenderlo a cabalidad podría necesitar dos o tres generaciones.
Es el
tiempo literario. Una de las pocas cosas que respeta es el orden de las
estaciones. A mí en invierno se me parece más a una manta, que aprieta y libera
donde y cuando quiere. En verano, no lo sé: como cada año cambia, falta todavía
tiempo, salud y escritura para verlo. Lo único seguro sigue siendo que no se
mide con reloj ni contador de palabras, sino simplemente leyendo y escribiendo.
10 dic 2018
Paganini
Desde pequeño adoro escuchar música clásica. Porque era el sonido natural de la casa en que crecí: mi tía o mi hermana tocando el piano y mi madre rascando el dial del radio de tres bandas hasta encontrar algún acorde de su Beethoven preferido. Luego descubrí un tocadiscos y, junto a él, dos vinilos que desde entonces me han acompañado: el Concierto Nº 4 para violín y orquesta de Nicolo Paganini y el Concierto en Mí menor de Mendelssohn. Por ellos, cuando debí escoger un instrumento en la Escuela de Música, escogí el violín y no el piano. Y por ellos y por la ruidosa vulgaridad del maestro Sienkewicks también lo dejé: sencillamente comprendí que nunca podría tocar la música que tanto me gustaba y que tenía más sentido seguir escuchándola. Eso es lo que he hecho desde entonces, hasta el punto de que no entiendo cómo estos vinilos todavía dan tanto de si y se siguen escuchando. Paganini y Mendelssohn. Con los años, he convertido el dúo en trío agregándole a Tartini, El Trino del Diablo. Los escucho una y otra vez, cada vez que puedo. Pero mi preferido es sin duda Paganini y su concierto Nº 4. No solo lo he escuchado muchísimas veces sino que nunca he dejado de sentir en él un juego amoroso entre el violín y la orquesta. Es, de hecho, la única pieza musical de mi vida en que, emocionado, me permito erigirme en director musical imaginario y con mi mano izquierda, a veces armada con un bolígrafo, en otras con una tijera de podar, inyectarle ritmo al violín de Arthur Grumiaux. Lo sigo escuchando en el vinilo original: una primera edición, registrada pocos días después de su reestreno en París, con la orquesta dirigida por Franco Gallini.
Esta es también una historia interesante, rocambolesca, que como la licuefacción de la sangre, se puede creer o no pero que es mejor creer. El concierto fue presentado por primera vez en Paris, en 1831, pero luego se perdió hasta que en 1936 un descendiente de Nicolo Paganini vendió un baúl con partituras manuscritas, una de las cuales advertía, en la caligrafía de su hijo Achille, que se trataba del Concierto Nº 4. Esta partitura llegó a las manos del coleccionista Natale Gallini quien vio que faltaba la parte correspondiente al solo del violín y, determinado, no descansó hasta encontrarla, entre unas partituras de un paisano suyo, Giovanni Bottesini. Si este pasaje resulta extraño y demasiado endogámico, el que viene lo será más todavía. Con el rompecabezas ya completado y, en ocasión del trigésimo quinto cumpleaños de su hijo Franco, Natale Gallini le obsequió a este la partitura, permitiendo así que Franco dirigiera a Arthur Grumiaux y a la Orquesta de Conciertos Lamourex el 7 de noviembre de 1954, interpretando en Paris el Concierto Nº 4 de Nicolo Paganini.
He escuchado otras versiones quizá más completas del mismo concierto, pero he decidido quedarme con la original y también creer el circuito gracias al que fue hallada la pieza. Escucharlo es uno de mis momentos preferidos y muchas veces he pensado que si alguna vez me llegase a encontrar en el paredón aquel, el de la muerte anunciada, y me fuese concedido un deseo, pediría volver a escucharlo. Eso sí, mucho cuidado: es necesario advertir que este concierto me gusta tanto que podría liberarme de mis heridas y, escuchándolo todavía, encontrar fuerzas para escribir otros cuartientos.
20 nov 2018
Aprender y vivir
Por haber vivido siempre al amparo de
la literatura (comulgando en ella, confiando en ella, habiendo sido rescatado
innumerables veces por ella) cuando hablo de sus potencias deletreo las
palabras vida, goce y sufrimiento. Sigue siendo cierto: leyendo y escribiendo
me he convertido en persona y me he hecho mayor; me he enamorado y he aprendido
a seguir queriendo; me he multiplicado en hijos y amigos; he visto alguna vez
mi nombre escrito en letras gigantes y otras recogiendo la mierda de los
pájaros; he sido juez un día y por muchos años también condenado a morir cada
noche para despertar luego como si nada hubiera pasado; he sobrevivido angustias
profundas y, como si fueran veneno, también he aprendido a cambiarlas de mano
para no beberlas. Gracias, señora. Muchísimas gracias.
Esta potencia de vivir es tan grande
y parece abarcarlo todo tantas veces que ocasionalmente olvido otra
importantísima: es que leyendo y escribiendo no solo se vive sino que se aprende
a vivir. No es en absoluto una perogrullada porque no es lo mismo vivir que
aprender a vivir.
Intento explicarme. Quien lee y
escribe literatura adquiere progresivamente una inteligencia que siendo en
origen literaria se hace vital. Hablo de una inteligencia de sentimientos y
hechos: poesía y narrativa.
No se trata solo de oler y recordar
lo que olíamos cómo nos ha enseñado Proust, de delirar como Vila Matas dentro
de laberintos de autores y ficciones, de seducir, robar y maldecir como
Casanova o de caminar recogiendo piedritas y lanzándolas a las nubes como
García Márquez. Se trata de que, una vez leídas y escritas, se ven las cosas
venir y se puede organizar lo que queda por capítulos. Algo así como que si los
olivos no florecen en primavera no habrá aceite en invierno. Gran cosa, puede
decir alguno, eso también se hace con el Calendario
Zaragozano, viendo El tiempo en
la uno o con una aplicación en el móvil.
La maravilla literaria es que no solo
se trata de eso. Quien lee y escribe sabe interpretar más rápido que nadie la
sonrisa de una mujer, avizora en sus ojos el amor o el odio, intuye qué han
comido los ancianos de la plaza luego de escucharles tres chistes, le basta con
ver el final de las películas para saber el color de los calcetines de todos
los protagonistas, podría incluso predecir el número que con más felicidad
cantarán en diciembre los niños de San Ildefonso.
No exagero, no. Quien escribe no lo
hace porque ha aprendido a vivir y, en la medida que transcurre la vida, sabe
que la literatura es una escuela de la que preferiría nunca egresar.
8 nov 2018
Tarde redonda con espinas
Comienzo leyendo Demencia Precoz, de Teófilo Tortolero. Era un poeta de la Valencia en que crecí y su libro, que más que de medicina está impregnado de cuerpo y enfermedad, fue prologado por José Solanes, psiquiatra de Antonin Artaud y de mi tío Fernando. La lectura es maravillosa aunque rápida. La interrumpo cuando empiezo a pensar que todos mis empeños poéticos de la infancia solo pretendían emularle. "Si comienzo a morir esta tarde / caliéntame con fiebre / de tu buena compañía". Con los ojos cerrados recuerdo la ocasión en que le conocí. Yo tenía 20 años y Reinaldo Pérez So ya había pisoteado (calpestato, en italiano, expresa mejor lo que de verdad hizo) mis poemas y oraciones. Yo ya escribía cuentos y nos habían dado un premio: a Teófilo en poesía, a mí en narrativa. Es mentira que fuese un hombre rural, pero los hechos de que viviese en Nirgua, que estuviese enfermo, a punto de morir, y que su libro premiado llevase por título La última tierra me sacan del sofá y me conducen al patio. Comienzo podando la buganvilla (trinitaria, no sé por qué, la llamábamos en La Entrada) y a pesar de los guantes me pincho los dedos recogiendo las ramas. Cuando termino reviso las plantas que me han traído del vivero. Hay un mango. Parece imposible pero en España ya han domesticado sus fibras y semillas. Ya pasó con las papas y el tomate. Ahora le toca al mango y al aguacate. Obviamente lo elijo de primero para plantarlo. La tierra está blanda. Lo agradezco porque, aunque pasé las tardes de mi infancia cavando agujeros para enterrar perros muertos y plantar arboles, han pasado muchos años desde entonces y mi espalda no es la misma. Empieza a ser obvio. La ruralidad siempre ha sido mía y hubo un momento de esta tarde en que se la atribuí a Teófilo. Su poesía me ha permitido recordarla y este mango quizá dará frutos el año próximo. Vaya milagro. Para celebrarlo abro una botella de ron nicaragüense. Pienso en Daniel Ortega. Lo maldigo y vuelvo a Teófilo. "Cuando la última tierra sea un terrón / sin amo/ la cola de un caballo tirado en el barro / por su dueño loco / y los candados vuelen de sus nidos …". Con ese poema en el siglo pasado me enamoré cinco veces. Nunca dije que era mío, pero tampoco que no lo era, y solo una vez me descubrieron.
4 nov 2018
Insomnio, fundamentalmente en la noche
La mujer que en la noche acude a urgencias para curar su insomnio encuentra en las ojeras del médico que la atiende una reproducción de su agonía. Son simplemente otros dos ojos, pero sus párpados pesados y la bolsa de carne fofa y oscura sobre los pómulos le resultan tan conocidos que comienza a llorar. Casi todos los dolores aumentan con la oscuridad y el frío, pero ninguno duele más que el insomnio, incluso el ajeno. "Deberían escribirlo con hache, con hache mayúscula", dice ella. "No lo hacen porque mienten. Todos, lingüistas y demógrafos, todos mienten", piensa él, pero nada dice. Se limita a escuchar y se atreve a pensar que de haber podido conciliar el sueño le habrían despertado para atender este aviso. Uno y otro tienen deudas y dolores, aman, odian y se confunden digitando las letras para demostrar que son personas y no robots. Apenas son dos aunque parezcan muchos, como si los estudiantes de la mañana ya hubiesen llegado al hospital o nunca se hubiesen ido de él. También, dependiendo del ángulo, podrían parecer uno, apenas uno, solamente una masa informe y fragmentada que quiere dormir. Un fragmento que quiere y no puede y otro que no puede ni debe por lo que no importa si quiere. Pero igual quiere. Lo que pasa es que por no poder ni querer durante toda la noche rumia y piensa. Juntos hacen un círculo perfecto a fuer de imperfecciones. Ella habla y él escucha. Ella pide consejos y él los da o al menos juega a darlos." ¿Y si los siguiese él también?", se pregunta en silencio. Es verdad que no debe dormir, pero al menos podría tranquilizarse. Con ella está funcionando y ya está dispuesta a irse, a intentarlo otra vez. Quizá también con él funcione. Por eso, cuando ella sale con el informe en la mano, se acerca a su asiento todavía caliente y se deja caer. Juega a ser un paciente imposible porque no ha dado datos ni llamado a la enfermera. Nadie vendrá a atenderle, lo sabe muy bien, pero algo de terapéutico ha de tener esta silla rígida. De hecho comienza a sentirse mejor. Apenas lo nota, la puerta se abre y se asoma la paciente, mira hacia la silla vacía, la que hasta hace un rato ocupaba él, e inmediatamente entiende la situación. "¿Necesitas algo?, le pregunta. "Puedo ayudarte". Él recupera la compostura y, como si no la hubiera escuchado, le pregunta qué quiere. "Es que he olvidado las llaves del coche". Juntos las buscan hasta encontrarlas detrás del ordenador. Ella se marcha sin despedirse y él camina hacia su habitación, inquieto solo de pensar que por un momento consideró la posibilidad de aceptar la ayuda que le ofrecían.
22 oct 2018
¿Qué significa simpatizar con PODEMOS?
No tiene sentido negarlo. Gracias a las redes sociales y a su aparente irreverencia, los líderes del movimiento político español PODEMOS, parecen cercanos. Publicas un artículo y, como si nada, te aparece un comentario de Carolina Bescansa, de Pablo Iglesias o del miyagi Monedero. Son amigos de un amigo que es profesor de la universidad. Cuatro señoras juegan al parchís y a una se le ocurre comenzar a twittear con Iñigo Errejón. No problem, Iñigo inmediatamente responde y si no fuera por la hora parece que flirtea. Ellos visten como tú, pareciera que beben la misma cerveza que tú, que van a la misma librería, que odian al barbero como tú cuando eras feliz e indocumentado. Por eso (y por su descontento, claro está) una macedonia de independentistas, progres, ninis, estudiantes de tercera licenciatura, defensores del bien, becarios ochocientos euristas a pesar del doctorado y los cuatro idiomas, desconsolados melómanos cansados de escuchar a Joaquín Sabina y de sentir en su propia piel las injusticias de la trilogía TMM (Trump, Macron, Merkel) constituyen su espectro electoral, votan por ellos y son la vaselina que lubrica las llamadas telefónicas de Pablo Iglesias a La Moncloa.
Inicialmente conmovía tanta ingenuidad. "Ya caerán, ya se darán cuenta", decía Atlás, el perro de mi vecino, hace cinco y ocho años cuando el movimiento emergía. Pero ya no. Ahora genera rabia e incluso asco.
Es tan obvio que avergüenza tener que explicarlo. Sin embargo, lo intentaremos. Quien chatea con Monedero, le sonríe a Errejón o piensa que Pablo Iglesias es su alma gemela, al hacerlo está acostándose en la cama con José Luis Rodríguez Zapatero, Nicolás Maduro, Hugo Chávez y Fidel Castro. ¿Es que no le da un pelín de asco? Al reírse de sus chistes y de sus salidas de tono, usted está aplaudiendo a Tarek William Saab y celebrando con champán el "suicidio" de Fernando Albial precipitado desde el décimo piso del SEBIN caraqueño hace apenas dos semanas. Cada like a Errejón o cada mensaje en Instagram a Pablo Iglesias equivale a una muerte por hipertensión no tratada en una casa de Venezuela, a un paciente con VIH que no tiene terapia antirretroviral para controlar sus linfocitos, a una madre que en las calles de Caracas busca comida para sus hijos en las bolsas de la basura o a cinco jóvenes que se marchan del país caminando porque se cansaron de no comer y que luego una mafia innombrable termina convirtiendo en prostitutas.
La próxima vez, antes de reír cualquier ocurrencia que le parezca cercana de los líderes de PODEMOS, pídales que le cuenten de los saraos que hace diez años Hugo Chávez les montaba en La Florida caraqueña, de los hoteles en que los alojaba, de los programas políticos que para él construyeron y de los millones de dólares con que recompensó su trabajo y patrocinó el comienzo de sus actividades. Exíjales que muestren la factura telefónica de los últimos diez años, que expliquen qué oscuro negocio, qué peludo placer, lleva a Rodríguez Zapatero cada dos semanas a Caracas y de qué forma todos los días Pablo Iglesias presiona a Pedro Sánchez para que se suavicen las medidas contra dictadura de Nicolás Maduro.
Cuestiónese al menos. Si usted lo hace, quizá yo deje de llorar y maldecir, quizá contemple la posibilidad de respetarle nuevamente.
Etiquetas:
¿Qué significa simpatizar con PODEMOS?. Pablo Iglesias,
cuartientos de Slavko Zupcic,
Hugo Chávez,
Iñigo Errejón,
Nicolás Maduro,
Rodríguez Zapatero,
Slavko Zupcic
9 oct 2018
El bucle amoroso de la portabilidad telefónica
Vodafone me hizo una oferta que,
imbécil de mí, escuché. Era la portabilidad: una especie de divorcio sin
consecuencias, una migración a un mundo mejor y más barato. Movistar me la
explicó desde el cariño y me arrepentí. No tenía sentido. Le agradecí incluso
que me indicara la forma de deshacer el entuerto. En eso estuve durante por lo
menos 72 horas. Llamaba a Vodafone para cancelar la portabilidad y luego
Movistar me llamaba para decir que no les constaba que el divorcio hubiese sido
anulado. Vuelta a llamar y vuelta a ser llamado. Horas y horas. Al final igual Vodafone
consumó mi divorcio con Movistar, sin importar mi negativa explícita ni el número
de referencia de todas las cancelaciones que había hecho. A partir de entonces me quedé sin línea,
pendiente de ser retroportado a Movistar. Nada de Guatemala a Guatepeor. Más
que la migración a un mundo ventajoso y de menores costes, se trataba del
abandono de un pasajero en altamar.
Cansado de nadar, sin ver
posibilidad de orilla, sintiendo que el tiempo pasaba y Movistar no se ocupaba
del asunto, compré una tarjeta de Lebara. No me arrepiento. Es lo mejor que he
tenido en mucho tiempo, sobre todo por lo económico y porque tenía muy buenas
tarifas para llamar al extranjero. Lo malo era que tenía que vivir con otro
número y, por si fuera poco, como si estuvieran de acuerdo y lo supieran todo,
Vodafone atacó la nueva línea con seductoras ofertas.
Mientras las escuchaba, vi pasar,
absolutamente despreocupado, un usuario de Twenti. Consciente de mi envidia, no
lo pude evitar y recordé una ranchera de Miguel Aceves Mejía: algo así como “Ay,
Dios, cuándo me darás lo mío pa’ ya no desear lo ajeno”. Decidí ir a una tienda
y sentí vértigo de solo ver las opciones que todavía no había frecuentado:
Yoigo, Jazztel, Orange, Euskaltel, Simyo, Lowy, Amena y Pepephone.
Di mi número de telefono en
algunas de ellas y comenzaron a llamar. El vértigo trascendió mi cuerpo y
alcanzó el aparato, que quedó sin batería. Solo entonces comprendí que nunca me
había aprendido el pin de Lebara. Puto pin. De tanto tener no tenía otro recurso que
insistir con la retroportabilidad a Movistar. En ello estoy: algo así como
pedir que me vuelvan a querer, decir que he sido engañado, que me había
arrepentido pero que Vodafone no quiso escucharme y se esforzó para que yo
fuera un número más en su cuenta, pero que quiero y necesito volver. Todo eso,
como en el siglo pasado, desde un teléfono de cabina, el único en quince
kilómetros a la redonda.
Etiquetas:
bucle amoroso,
cuartientos,
cuartientos de Slavko Zupcic,
el bucle amoroso de la portabilidad telefónica,
Jazztel,
lebara,
movistar,
Pepephone,
portabilidad telefónica,
Vodafone
30 sept 2018
Dos veces Slavko
"Doctor, somos tocayos".
No le respondo inmediatamente. Me falta la costumbre y toda la vida he aprendido a llevar mi nombre como cruz, a mirarlo desde la acera de enfrente, a deletrearlo como si fuera una presentación (farmacológica o comercial, da igual) de medicamento y con el tiempo, pero muy poco a poco, a quererlo.
Fundamentalmente sé (y durante la infancia lo lamenté muy mucho) que no me llamo Juan ni José, tampoco Santiago ni Carlos. Evidentemente es la misma situación de quien me habla.
"¿Te llamas Slavko?", le pregunto con incredulidad, como un marciano en la tierra le preguntaría a otro si viene de Marte, si acaba de llegar. Es también una forma de preguntarle cómo lo lleva.
"Bien", me responde y entre nuestros ojos se escribe una historia sobre la migración de los nombres. El mío desde Zagreb hasta La Guaira en los hombros de mi padre después de la segunda guerra.
"Eran otros tiempos", me dice.
El suyo desde Sarajevo hasta Madrid en medio de la guerra de los Balcanes. Ya han pasado 25 años.
Juntos recordamos a los tocayos célebres: Slavko Barbaric, el cura que se empoderó de la Virgen de Medjugorje, y cómo no, el niño partisano de los dibujos animados hace más de sesenta años: Slavko, el amigo de Mirko.
Podríamos hablar más. Yo le podría hablar de la biografía que le he inventado a mi padre. Podría preguntarle por su vida, si sabe quién es Salvador Prasel o Izet Sarajlic. Si se ha estremecido leyendo La enciclopedia de los muertos de Danilo Kis, si se emociona como yo cuando ve el Mar Adriático o cuando Croacia le mete dos goles a la Argentina de Messi y Maradona.
Podría podría pero el curso vital, sus heridas, las mías, y el encuadre hospitalario no lo permiten.
Nos despedimos con un apretón de manos. Todos los pacientes deberían ser iguales, pero es imposible.
Comienzo a caminar hacia la estación. Sonrío. No estoy solo. En esta provincia no soy el único que se llama Slavko. Haber haber, ya sé por lo menos de dos.
Comienzo a caminar hacia la estación. Sonrío. No estoy solo. En esta provincia no soy el único que se llama Slavko. Haber haber, ya sé por lo menos de dos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)