7 jun. 2018

Azulejos rosas de la casa verde




Cuando José Luis supo que Vargas Llosa visitaría la fábrica en apenas una semana, se apartó del horno, se despojó de guantes y cascos y empezó a saltar de alegría. Era el encargado de la sección, con veinte horneros a su cargo, y en ese momento estaba junto a la entrada de la Nasa, el séptimo de diez hornos, llamado así por los trabajadores debido a su color blanco y su aspecto de cohete espacial. Había venido a decírselo el jefe de turno.
―Lo anunciaron en la reunión de esta tarde. Estaban todos, el jefe de producción, recursos humanos y la gerencia. Vargas Llosa vendrá el jueves próximo y dicen que escribirá un artículo sobre nosotros. Hay que tenerlo todo niquelado.
Realmente no era una noticia sorprendente. Desde el inicio de su relación con la Preysler, Vargas Llosa se había convertido también él en una especie de imagen de la empresa. Acompañaba a su novia en todos los actos, aparecía en los reportajes e incluso se decía, aunque sin prueba alguna, que por hacerlo él también recibía dinero de la azulejera. Si ya lo habían hecho todos los famosos que le daban imagen a la empresa, tarde o temprano Vargas Llosa también tenía visitarnos. Eso era lo que estaba a punto de suceder.
Pero sin importar que fuese o no una sorpresa, no dejaba de ser un motivo de alegría. La posibilidad de verlo de cerca, de estrechar una de sus manos o de hacerse firmar un libro era el motivo por el que José Luis saltaba junto al horno dejando de escrutar a través de la pantalla del ordenador la temperatura a la que se cocían las piezas sobre la cinta transportadora.
Él siempre había sido un admirador ferviente de la obra de Vargas Llosa. Cuando nadie en toda la provincia de Castellón sabía quién era, mucho antes del Nobel y de su relación con la Preysler, ya José Luis lo había convertido en su escritor preferido y repartía sus libros entre los compañeros de trabajo. José Luis era un excelente encargado. Ésa era la característica más importante de su vida, pero lo que más resaltaba, su particularidad, el detalle íntimo que lo mejor lo describía era que admiraba profundamente a Mario Vargas Llosa. Había leído todos sus libros y siempre los citaba. Desde Los Cachorros hasta Memorias de la chica mala, pasando por el Katie y el hipopótamo y la tesis doctoral sobre García Márquez. Lo había leído todo e incluso conocía detalles secretos de su biografía. Difícilmente había en todo el Levante una persona que conociese y admirase más a Mario Vargas Llosa que José Luis. Ni escritores ni profesores universitarios. Mucho menos trabajadores de azulejeras, jefes de turno, jefes de producción o gerentes.
Por eso los compañeros le pedíamos libros de Vargas Llosa en préstamo y él nos los daba. A mí me prestó La fiesta del Chivo. Lo leí en aproximadamente tres o cuatro semanas. Aunque el libro es muy bueno, con el horario que tenemos no es fácil sacar tiempo para leer. Yo normalmente lo hago antes de dormir pero, como estoy tan cansado, a la media hora me rindo.
―Entonces tendremos que hacer algo especial para cuando venga. Algo muy bueno. Ya se nos ocurrirá ―le dijo José Luis al jefe de turno cuando logró tranquilizarse.
―Claro, hombre. Pero ahora ve y controla ―respondió éste señalándole al mecánico que estaba a punto de abrir la escotilla del octavo horno. ―Cuidado éste provoca un incendio y luego nos echan a los dos.
Seguidamente escribió en su libreta: “Vargas Llosa: José Luis quiere organizar algo. Planteárselo al jefe de producción y éste que lo comunique a la Gerencia”.



Dos años atrás, José Luis había conocido a la China. No es que la China se pareciese a la Preysler. Es que era igualita, clavada. Los mismos ojos, la misma boca, la cinturita pequeña. Cuando comenzó a trabajar con nosotros, todos nos dimos cuenta de ello e incluso alguno dijo que quizá eran parientes y que por eso la China había logrado enganchar en plena crisis.
En ese momento de la discusión, José Luis fue el que intervino y lo explicó:
―Tiempo al tiempo. Si fuese pariente de la Preysler no iba a enganchar en la empresa como clasificadora. Diez horas de pie seis días a la semana.
En clasificación, el noventa por ciento son mujeres y, como hay que estar tanto tiempo de pie, se les hinchan las piernas y les brotan varices.
―Tienes razón ―admití, también un poco para darle cuerda y que nos dijera más cosas.
―Lo que sí es verdad es que una abuela suya nació en Filipinas
Allí inmediatamente se supo todo: estaban saliendo. Era la única manera de explicar que José Luis supiera tantas cosas sobre ella. O estaban saliendo o José Luis estaba interesado en que eso sucediera. Por eso también la habían contratado. No es que eso suela ocurrir en la empresa: aquí van más bien con el rollo de la transparencia. Pero si hay que darle un trabajo a alguien, a igualdad de méritos, mejor un conocido que un desconocido, como en todas partes.
―Me parece fenomenal ―fue lo que dije y aproveché para recordarle a José Luis que me trajese al día siguiente el ejemplar de Pantaleón y las visitadoras que me había prometido.
Cuando terminé el libro y se lo entregué, ya José Luis estaba formalmente liado con la China. De hecho todos hablaban de ella como si fuera su pareja e incluso la había convertido a su credo: la China también era devota de Vargas Llosa.
―En tres semanas ésta se ha leído ya cinco novelas, ¿verdad, China?
Inmediatamente, la China comenzó a enumerarlas:
―Sí. La Guerra del fin del mundo, La ciudad y los perros, La casa verde y Los Cachorros.
―¿Y La tía Julia y el escribidor? –le pregunto José Luis, seguro de que le había entregado el libro en la segunda cena.
―Voy por la mitad, todavía no la he terminado.
―Pues ésa es la mejor.
Así era José Luis. Más que un encargado parecía un escritor peruano.
―Qué raro que no te has enamorado de una peruana ―nos burlábamos de él.
―Es que encontré a La China ―se justificaba y nosotros asentíamos. “No hay nada más bonito que el amor”, dice una pegatina que está colocada junto a la máquina del café, pero si tú tienes que trabajar sesenta horas a la semana lo mejor que te puede pasar es que tengas a alguien que te quiera fijo y no tengas que estártelo buscándolo por ahí día sí y día no.
Meses después, cuando se supo que Mario Vargas Llosa se había separado de su mujer y se había enamorado de la Preysler (a mí me lo dijo mi mujer, que lo leyó en una revista de la peluquería), lo primero que hice fue llamarlo. Eran demasiadas las coincidencias. Por un lado él y su admiración por Vargas Llosa: con el tiempo incluso se le parecía físicamente. Y por el otro,  la China, que era clavadita a la Preysler. Ambos además trabajando en la empresa de la que la Preysler era imagen.
Él lo recibió con buen humor:
―Pues entonces dirán que somos una réplica viva. La diferencia es que Don Mario nunca trabajará para nosotros.
Visto lo visto, se podía decir que se había equivocado.



Fue de José Luis la idea de que los trabajadores nos reuniésemos con Vargas Llosa durante su visita a la fábrica. La idea del dueño era que simplemente pasease por las instalaciones y que luego fuese a comer en un restaurante de Castellón, pero José Luis insistió.
―Hacerlo así no tiene sentido. Don Mario es un hombre al que siempre le ha gustado el contacto con la realidad. Seguramente estará feliz de poder reunirse con nosotros.
Los encargados se negaron inicialmente a escucharlo, pero José Luis tuvo otra idea buena.
―No digan ni que sí ni que no, consúltenlo con su agente literario.
Pues al agente le gustó y a José Luis lo llamaron para que acudiera a una reunión en recursos humanos.
―Podemos hacer una reunión informal con quince o veinte de nosotros. Que él pronuncie algunas palabras y luego nosotros le preguntamos algunas cosas o le damos libros para que los autografíe.
Hasta allí todo iba bien pero, producto de la admiración y del deseo de que todo saliera bien, José Luis cometió el error de poner en evidencia a su novia.
―La China puede entregarle unas flores.
Él no lo dijo por la preferencia que obviamente tenía con la China sino porque siendo una de las últimas clasificadoras en ser contratada todavía no tenía las piernas brotadas de varices. No era posible pensar que las otras clasificadoras o uno de los chicos se acercaría a Vargas Llosa con un ramo de flores entre las manos. Sólo podía ser la China, pero apenas lo dijo vio cómo la mirada del jefe de recursos humanos y los tres gerentes se cruzaron y sintió, comenzó a sentir que se había equivocado.
―¿Qué China, José Luis? ¿Quién es la China? ―le preguntó el jefe de producción, con la aparente intención de ayudarle.
―La clasificadora, Inés Escamilla, contratada hace dos años si no me equivoco ―respondió José Luis y mientras lo decía vio cómo el de recursos humanos tecleaba en el ordenador.
―¿Es ésta? ―recursos humanos giró la pantalla no sólo hacia José Luis sino también hacia los gerentes y el jefe de producción.
―Sí, ella misma.
―Se parece mucho a la Preysler ―dijo uno de los gerentes.
El jefe de producción intentó ayudar:
―Es que uno de los abuelos es filipino.
―Demasiadas coincidencias ―dijo el otro gerente.
Por la forma en que recursos humanos comenzó a tamborilear con los dedos de la mano derecha sobre la alfombrilla del mouse José Luis supo que algo malo iba a pasar. No se lo dijeron inmediatamente pero José Luis intuía que los jefes habían comenzado a juzgar inadecuado el parecido que la China tenía con la Preysler.
Regresó a trabajar y luego de la pausa de la comida lo llamó el jefe de producción y se lo dijo.
―Por ahora vamos a despedir a la China, José Luis. La señora Preysler es muy delicada y si se da cuenta del parecido se puede ofender. No podemos correr ese riesgo.
José Luis intentó salvarla.
―Pero no es necesario. Que no participe en el acto con Vargas Llosa y ya basta.
―Lo lamento. Recursos humanos ya se ha pronunciado. Por ahora que se quede en paro y luego la volvemos a contratar.



Una rabia infinita que incluso le impidió responder al jefe de producción fue lo primero que sintió José Luis al escucharle. Regresó a su sección y, mientras desde el ordenador controlaba la temperatura de los hornos y viéndolos a través de las cámaras se cercioraba de la presencia junto a sus respectivos aparatos de los horneros, pensó en la posibilidad de renunciar. Así se acabarían todos los problemas y quizá incluso él y la China podrían hacer un viaje de placer. No era ésta una posibilidad fácilmente desdeñable. Apetecía incluso. Pero también era necesario considerar que su edad y la crisis no eran la combinación ideal para, al regreso del viaje, iniciar luego la búsqueda de empleo. Si se dejaba llevar por el calentón y renunciaba él también, quizá luego tendría que dar por acabada su vida laboral y no era eso lo que deseaba. Además, se perdería la visita de Vargas Llosa.
Esa tarde transcurrió sin ninguna incidencia. Quizá los horneros, sabedores de su malestar, se esforzaron en que todo marchara como la seda. Quizá fue un asunto de simple casualidad. Era una de esas tardes en que el de encargado es un puesto de trabajo prescindible. Pero lo importante es que no tuvo que salir de la cabina para nada y así tuvo tiempo y posibilidad de diseñar un plan que dejándolo a él en la empresa le permitiría recibir a Vargas Llosa y, si todo iba bien, si funcionaban todos los engranajes, la China regresaría a la empresa y todo volvería a ser como antes.
Lo único que debía hacer era llamar al jefe de producción y ofrecerle disculpas por su reacción. Ese no iba a ser el problema. Ya se enterarían en la empresa de con quién se habían metido.
―Héctor, perdona.
―Dime, José Luis.
―Te llamo por lo de antes, creo que no supe reaccionar adecuadamente.
―No te preocupes, yo sé que el tema es importante.
―Lo es, sin duda alguna. Pero nada puede ser más importante que la empresa.
―Tienes razón.


Vargas Llosa vino a la fábrica el cuarto viernes de abril. Lo hizo, cómo no, acompañado por la Preysler. Una limosina blanca los trajo hasta la puerta de la nave donde los esperaba una alfombra azul. Ella vestía un taller color salmón con zapatos rojos. Estaba bellísima, impecablemente maquillada. Él llevaba traje azul oscuro, camisa más clara y corbata granate. Entre la limosina, la alfombra, la elegancia de ella, el porte distinguido de él y el séquito de gerentes y jefes, todos también vestidos de traje, parecía que alguien estaba a punto de casarse. Solo unos ojos bien entrenados habrían notado en él un detalle diferente, impropio de una boda: los zapatos no eran de suela rígida, sino de caucho. Se veía que venía con ánimo de patear la fábrica. Quería caminar, hundirse en las entrañas del monstruo. Tenía sentido. Estas fábricas son maravillosas: un engendro de ingenio, eficacia y diseño industrial. Para quien no lo ha vivido, ver los silos altísimos, las inyectoras de tinta, los hornos infinitos, observar cómo de una paletada de arena creamos una superficie rígida que no sólo es bella sino que además le da nobleza a los suelos y, recubriendo las paredes, brinda protección contra la intemperie, para quien no lo vive todos los días como nosotros, esto es un milagro que vale la pena contemplar. Eso era lo que pretendía  y quizá ese paseo generaría luego un artículo en el periódico o, por qué no, el capítulo de una novela.
Los gerentes lo habían preparado todo con precisión. Una vez dentro de la nave, todos pasaron a las oficinas donde los esperaba un piscolabis. Por las risas que se escuchaban, intuíamos que había un clima distendido. El dueño pronunció unas palabras y luego llegó el turno de Vargas Llosa. Su discurso duró unos cinco minutos y, cuando terminó, la ovación fue clamorosa.
―¿Quién dijo miedo? ―fue lo que dijo Vargas Llosa cuando se abrieron las puertas de las oficinas y él salió acompañado por el jefe de producción.
Venía hacia nosotros. Ahora sí se encontraba con fuerzas para patear la fábrica y hundir la mirada en sus rincones impolutos, exentos de telarañas.
Ella en cambio permaneció en las oficinas, acompañada por el dueño, los gerentes y sus hijas.
Vargas Llosa inició con el jefe de producción y los jefes de turno el recorrido de fabricación de los azulejos. Primero los depósitos de arcilla. Llevaba casco de seguridad y en los silos se puso la mascarilla y las gafas de seguridad que le tendió uno de los jefes. Luego la sala de moldes, el laboratorio y el espacio de diseño. De allí marcharon hacia las prensas y finalmente, luego de cuarenta minutos, llegaron a los hornos. Allí los esperaba José Luis, que lo saludó sobriamente y le explicó el funcionamiento de la Nasa.
Después la comitiva, a la que se había incorporado José Luis, se dirigió a la sala de descanso de los trabajadores y fue allí donde nos hicimos firmar los libros que José Luis nos había entregado. El dueño había preguntado si sería necesario comprar ejemplares nuevos, pero José Luis se había negado.
―No es necesario. Para un autor, es reconfortante ver que su libro ha sido leído. Yo traigo los míos. Tengo treinta o cuarenta de Vargas Llosa, serán suficientes.
Aunque era obvio que luego sería él quien se quedaría con los autógrafos, ninguno protestó porque era justo que quien durante años nos había prestado los libros de Vargas Llosa continuase siendo su poseedor.
Después de la firma y, como sorpresa final, apareció una tarta gigantesca que no había hecho ningún repostero sino un artista fallero de Burriana. Esa sorpresa era el plan que había preparado José Luis. Tenía forma de libro a punto de abrirse y en la portada se leía Pantaleón y las visitadoras. Vargas Llosa reía de alegría pura y José Luis lo invitó a terminar de abrirlo.
―¿Cómo?
Los jefes de producción también estaban maravillados.
―Pulsando este botón.
Vargas Llosa cogió el extremo del cable que le entregaba José Luis. Pulsó el botón y del fondo del libro emergió la figura de una mujer bellísima que traía entre sus manos un ejemplar de la primera edición de Pantaleón y las visitadoras.
Mientras todos, jefes incluidos, aplaudíamos, Vargas Llosa le firmaba el libro y José Luis les hacía la foto.
Los jefes no la habían reconocido. Porque no llevaba uniforme sino un vestido tan descubierto como elegante. Por el maquillaje. Y por el clima que se había formado. Pero la mujer que salía de la falla era la China.
Esa era el proyecto de José Luis. Garantizarse que la China conociese a Don Mario y, por si fuera poco, quedarse con la foto de ella sentada en las piernas de él mientras le firmaba el libro. Si los gerentes no cumplían su palabra de reenganchar a la China, él usaría la foto para chantajear a Vargas Llosa y, a través de él, a la empresa.
―¿Y si no funciona? ―me había atrevido a preguntarle dos días atrás mientras veíamos cómo el maestro fallero pintaba las letras de la portada.
―Pues nada, renuncio y escribo un relato contando todo el asunto.
―¿Un relato? ¿Y cuál sería el título?
―”Azulejos rosas de la casa verde” ―dijo José Luis muy seriamente y tuvimos que salir de la nave porque nos estábamos partiendo de la risa.
     

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