30 jun. 2018

El mundial es un concurso de cuentos




Lo reconozco, este fin de semana me voy a hinchar de ver partidos de fútbol. Los voy a ver todos, uno por uno. Quizá incluso, televisor permitiendo, intente retroceder el cable para ver varias veces la misma jugada. Por eso demoraré frente al aparato mucho más tiempo que la suma de minutos de todos los partidos. No será ese el problema, ya lo he dicho: haré un ejercicio absolutamente televidente y futbolístico de mi fin de semana. Pero que nadie piense que lo haré por compromiso deportivo, identidad nacional o como gesto de emancipación ante el control que de los aparatos electrónicos hacen en casa mis propios hijos. Nada que ver. Tampoco estilo escuela de machos: full cerveza, sudor masculino a tope y aceitunas negras y también verdes deslizándose por el gaznate. Nada de eso, mi señor. Lo haré, como he hecho la mayor parte de cosas en mi vida, por afán literario, por puro afán literario. Que no se horrorice la peña y nadie se atreva a pensar que estoy fardando, que simplemente quiero ver los partidos y, para no reconocer que lo hago por interés deportivo,  meto la literatura en el medio. Nada que ver. Estoy hablando absolutamente en serio y quienes me conocen bien, amigos, compañeros de trabajo e incluso los lectores escrupulosos ya me han escuchado pronunciarme al respecto. El asunto es que esto del fútbol, FIFA y mundiales incluidos, es un asunto literario. No me refiero a las ideas que por años han rumiado Eduardo Galeano, Vila Matas o mi querido Iván Thays. Ellos se han limitado a plantear el asunto desde la emoción. Aman un equipo de fútbol, una selección, y expresan con palabras y lágrimas el movimiento de sus vísceras. Yo estoy hablando de un asunto profesional, de escritura pura. El fútbol es un asunto de dinero, de mucho dinero, y por tanto cada cosa que pasa alrededor de un evento como el mundial, todo aquello que sucede dentro y fuera de la cancha, ha sido previamente planificado, obedece a un guion previamente escrito que no permitirá que nada se escape y que mantendrá a buen resguardo el dinero de esa entelequia que llaman los mercados. Así, han sido diseñadas con antelación (por brillantes escritores contratados ex-profeso por Putin e Infantino)  cada drama vivido por las selecciones nacionales, cada puesta en escena de futbolistas retirados y, obviamente, cada gol y recontragol (con VAR o sin él) que se añada al marcador. Créame usted, por favor, que le estoy diciendo algo en lo que realmente creo. Nada de esto es casual, nada nunca lo ha sido. Cada selección es un cuento, escrito por un escritor mercenario. El despido de Lopetegui fue el capítulo de una novela pagada por el Real Madrid. Los fallos de De Gea algo parecido en cuanto a que también es novela, pero el dinero en este caso viene del Reino Unido. Si a Maradona lo dejan caer y precipitarse  en el próximo partido es verdad que no se perderá mucho, pero lo importante es que su desguace será el final de un texto literario. Así la victoria o la derrota de cada una de las selecciones que en las próximas horas deciden su destino. Son cuentos, relatos, que juegan a enfrentarse entre sí a pesar de que los jueces ya tienen en sus manos el texto ganador. Por eso es que veré todos los partidos de hoy y también todos los de mañana. Por literatura, porque quiero aprender de los maestros. Porque voy a vigilar sus recursos. Estaré atento de sus anáforas y elipsis, controlaré sus hipérboles y metonimias, criticaré la tautología. Mientras eso haga también disfrutaré de los goles y las paradas. Quizá incluso me tome alguna cerveza. Mucho más todavía, no descarto alzarme y aplaudir, ponerme a gritar como cuando no sabía ninguna de las verdades que ahora me han sido reveladas, y seguir disfrutando de la literatura, celebrando con el ganador del concurso, llorando con todos los perdedores.

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