15 ene 2014

Revolución de la amistad según facebook



Si hace veinte años una persona de nuestro entorno decía que era amigo de Jacques Chirac (esto por nombrar una figura del pasado), había sólo tres posibilidades: era verdad (había estudiado con él en La Sorbona), se trataba de un chiste o estábamos frente a un mitómano. En el escenario actual, si alguien alardea de una relación semejante (el equivalente seguramente sería un futbolista y esto para CUARTIENTOS no es bueno ni malo), el noventa por ciento de las posibilidades apuntarían a que se trata de una relación iniciada y consolidada a través de las redes sociales. Éste es el mayor aporte de la revolución de la amistad propiciada por facebook: ahora podemos sentirnos cercanos a personas que antes ni siquiera podíamos mirar o rozar. Mucho más que cercanos. Les solicitamos amistad y nos la dan, somos sus amigos.
Otro cambio tiene que ver con las relaciones que ya existían. Comenzaremos por las buenas. El amigo buenazo, el compadre de toda la vida. Ha habido un momento de estos años en nos hemos solicitado amistad a través de facebook. A veces incluso nos hemos llamado telefónicamente antes de hacerlo, haciendo preparativos, como si se tratara de alguna otra pedida. Una vez solicitada, quien recibe la solicitud la valora y, claro que sí, acepta, pero a partir de allí la relación cambiará, para bien o para mal, nos enteraremos mutuamente de cosas buenas y malas, uno verá que el otro se relaciona con personas con las que habían jurado nunca más hablar, el otro lo descubrirá en la fiesta de los enemigos, etcétera, etcétera. Continuamos ahora con las relaciones olvidadas, existentes pero ya olvidadas. La muchacha con la que saliste hace treinta años, que nunca mas viste y que ahora es una señora pomposa: chácata, hace dos meses te solicitó amistad por facebook y aceptaste. El compañero de clases de primaria que ahora llena la red de recuerdos en  los que tú eras el que se cagaba en los pantalones: te lo ha pedido, es tu amigo de facebook. Finalizamos con las malas relaciones, los enemigos de toda la vida. Aquel compañero de la facultad que se follaba a tu novia y te retaba luego a pelear, como si fuera necesario hacer la cosa más humillante, ¿lo recuerdas? Claro que no, luego de odiarlo, de quitarle el saludo, con los años había pasado a un rincón oscuro de la memoria y ni siquiera lo recordabas. Pues ahora te ha pedido amistad por facebook y, luego de valorar la situación, no porque ahora seas mejor ni porque le estés agradecido de que finalmente te haya quitado de encima aquella víbora, sino simplemente porque gracias a facebook la amistad es otra cosa, pues ahora has aceptado ser su amigo.
Visto lo visto, la amistad gracias a facebook es ahora una forma de relación mucho más amplia de lo que nunca había sido: incluye amigos y enemigos, conocidos y desconocidos, recuerdos permanentes y olvidos que se pretendían para siempre, mirones, espías de la CIA, celebridades, ex-parejas, parejas, compañeros de metro y autobús, connacionales, colegas, compañeros de trabajo que buscan destruirte, compañeros de trabajo que no, odontólogos que alguna vez hurgaron en tu boca, profesionales ávidos de publicitarse, ex-compañeros de colegio, compañeros de colegio de los hijos, padres de los compañeros y todo tipo de seres con ojos o sin ellos que sean capaces de obtener una identidad en el invento. Es, para bien o para mal, la forma de relación más amplia y menos significativa que ahora existe.

8 ene 2014

Elogio de las mujeres cuando hacen deporte al aire libre (resumen de una tertulia hospitalaria)


Woman-running by Okal

A través de la ventana del bar todos vimos a una mujer corriendo (con ánimo deportivo) junto a la verja del hospital y el residente de ginecología comenzó cantar las virtudes del deporte al aire libre:
-Es conveniente practicarlo antes y después del parto.
La residente de segundo año de ORL, sin embargo, desaconsejó realizarlo con audífonos.
-La incidencia del trauma acústico asociado a los audífonos es mucho mayor de lo que ...
El R3 de traumatología trajo a colación otro tipo de traumas asociado también a los audífonos.
-Están corriendo y escuchando música y no se dan cuenta de lo que pasa alrededor, ni siquiera de los obstáculos del camino. Ayer me tocó operar una fractura trimaleolar de ...
Sin embargo, no tuvo problemas a la hora de alabar el deporte físico sin audífonos.
-Es bellísimo verlas correr. Parecen ángeles.
El endocrinólogo, incrédulo siempre, no estaba de acuerdo:
-O demonios, corren demasiado.
El R4 de cardiología lo corrigió:
-Corren lo suficiente y, además, no hay ninguna duda de que es cardiosaludable.
El representante de la unidad de cuidados intensivos lo ayudó:
-Veinte, treinta minutos tres veces a la semana. Es lo ideal para continuar siendo sanos.
El internista callaba, pero su silencio era más afirmativo que negativo. Igual el preventivista. 
El residente de oncología insistió en hablar de la belleza:
-Están buenísimas. Las piernas, el culo, las tetas -era capaz de seguir hablando así toda la tarde, pero recordó otro asunto, el de los olores-. Además, corren y corren, pero no sudan y siempre huelen bien. Es como si se pusieran perfume antes de salir a correr.
El asunto comenzó a gustarme y, finalmente, intervine:
-Eso es verdad. Cuando a veces salgo a correr, huelo el perfume y luego me quedo viendo sus piernas y sus brazos.
-¿Cómo que te las quedas viendo? -me preguntó el endocrinólogo.
-Es que me superan, coño. ¿No habías dicho tú que corren demasiado?

7 ene 2014

El grito del paciente psiquiátrico


No puede gustar a nadie el grito que nace de la desesperación y pretende ahuyentar con sus decibelios una fuerza que el paciente vive como enemiga.
-Quiero matar al psiquiatra- recuerdo que gritaba un paciente en El Peñón de Baruta y las enfermeras me llamaron, para que me matara de una buena vez o para que yo lo contuviera farmacológicamente.
Estos gritos, repetitivos, incansables, no suelen preocuparse por la disfonía sucesiva. Así, en caso de que no hubiera contención alguna o si la usada no funciona, un paciente puede estar gritando horas y horas:
-La psiquiatra es una puta. La psiquiatra es una puta.
O amenazando:
-Los voy a matar a todos. A todos. A todos.
En ocasiones es el paciente psicótico, pero también el maníaco. En otras ocasiones, es el trastorno de personalidad, mitad psicopático, intoxicado, mitad border.
-Te voy a violar, a ti y a ti, hijo de puta. Negro de mierda.
Sus gritos desesperan y, fundamentalmente, en familiares e incluso en algunos trabajadores hospitalarios, generan impotencia. Ésta, que nace de la gravedad de la situación pero también de la ignorancia, es la que a veces obliga a sonreír: una lectura aunque inadecuada cariñosa, en clave de humor, de la situación del paciente.
El médico, el psiquiatra, no ríe o sólo lo hace si novicio. Valora fuerza, peso, contenido, efectos adversos, los relaciona con la dosis a administrar. Pero a él también le resultará inevitable relacionar lo que escucha con lo propio, aquello que arrastra y vive como persona.
Sucedió frente a mí hace algunos años en un hospital valenciano en que se usaban mucho los diminutivos y, por tanto, la palabra "miqueta". A mí, ese día, me habían postergado el cumplimiento de una promesa humana, personal ("Tendrás que esperar una miqueta"), y me habían aumentado las horas de trabajo ("No te preocupes, es sólo una miqueta"). Al rato llegó un paciente agitado que no entendía mucho valenciano y, luego de escuchar a los residentes decir que para cambiarlo de camilla habría que inmovilizarlo una  miqueta, comenzó a gritar indefinidamente.
-A la mierda las miquetas. A la mierda las miquetas. A la mierda las miquetas.
No sólo reí sino que también le di la razón.
-A la mierda las miquetas -me dije a mí mismo sin que le fuera posible a nadie el oírme-. A la mierda las miquetas

31 dic 2013

¿Para que sirve un CUARTIENTO? Uno


Era una discusión banal, pero en ella mi hijo sintió vulnerados sus derechos.
-Oye -me amenazó-, si sigues así, te voy a escribir un cuartiento

29 dic 2013

As-salaam alaykum


Del día en que me tocó por suerte entrevistar a Joan Brossa (1919-1998), una de las cosas que más y mejor recuerdo es la referencia que hizo a Leopoldo Fregolí (1867-1936), el transformista italiano que da nombre al síndrome de Fregoli, y que él mismo -estoy hablando de Brossa- de haber sido transformista, para diferenciarse del artista admirado, se habría hecho llamar Fregoli-no.



Eso fue en el siglo pasado y yo en éste uso su treta para escaparme de los pacientes que pretenden asignarme gentilicio.
-¿Es usted cubano?
-Cuba-no
-¿Dominicano?
-Dominica-no.
Su inquietud es sana, pero no siempre es posible ni intuitivamente conveniente (por lo de la neutralidad terapéutica quizá) una respuesta. Mucho menos una explicación detallada:
-Yo nací en tal parte. Mi padre era de aquella otra. Mis abuelos de allá. Pero atravieso las aduanas con un pasaporte que poco tiene que ver con los lugares que he nombrado.




En los últimos años -por la barba, por los años, porque al menos dos veces al día voy a la estación de trenes o por Mohammed, mi barbero- me abordan en la calle o en la estación hombres y mujeres que podrían ser del Magreb, quizá de Marruecos.
-As-salaam alaykum- me saludan antes de hacerme en árabe un planteamiento que no comprendo.
Es una situación difícil de la que sólo puedo escapar gracias a Joan Brossa:
-Marroquí no -les digo y para que no quede ninguna duda muevo el dedo índice de la mano derecha de uno a otro lado. -As-salaam alaykum.

22 dic 2013

Para cuando en el aeropuerto un vigilante te explore profundamente

En el aeropuerto, el vigilante me somete a una revisión exhaustiva, inusual en mi vida de viajero en todo caso. Me aliena un poco, pero no protesto porque en principio fueron los remaches metálicos de mi pantalón los culpables de que el arco detector de metales comenzara a cantar. Además, conozco de antemano la respuesta ("Yo estoy haciendo mi trabajo") y me resultará todavía más fastidiosa que la palpación inguinal bilateral.
Inicialmente, pienso en el racismo. Este vigilante hijo de puta no puede ver una persona que sea diferente a él porque en seguida piensa que lleva o trae lo que él seguramente desea consumir. Eso lo pienso mientras me pongo las botas y el cinturón, pero mi hijo, el mayor, me lo advierte.
-Estás hablando solo, papá, y el cinturón te lo estás metiendo por el lado equivocado.
Ciclo inmediatamente y abordo la situación desde el lado médico. Nosotros los médicos también tocamos y, por si fuera poco, estamos convencidos de que mientras más tocamos el paciente más nos lo agradece. Quizás no sea así aunque en este momento me resulta difícil dudar de la efectividad y eficacia diagnósticas de la palpación abdominal o de la exploración de rodillas. Para beneficiarse de ellas, es necesario acercarse, tocar, abordar esa otredad que es el cuerpo del paciente y se acepta el procedimiento, tanto de parte del médico como del paciente, porque se entiende que, a diferencia del cacheo policial hay un provecho mutuo. Hay, sin embargo, colegas que exageran. Recuerdo una compañera que se ufanaba de realizar una por una todas las exploraciones del reconocimiento médico laboral. 
-Es que yo no dejo nada sin hacer y si escribo que los miembros inferiores están en buenas condiciones es que he explorado una por una todas sus articulaciones.
Esto en principio no tiene ni tenía nada de particular ya que así debe ser y hacerse, pero el tono marcial de sus indicaciones y la repetición de ciertas maniobras le otorgaba al asunto una deformación alienante por lo que en una ocasión cuando le tocó valorar a un traumatólogo brillante y amigo, como me topé con su rubor a la salida de la consulta y cometí el error de preguntarle cómo estaba, éste no pudo evitar el decírmelo:
-Mal, a esta mujer lo único que le faltó fue hacerme un tacto rectal.
Si ella lo hubiera escuchado lo habría entendido como un elogio y quizás lo habría citado nuevamente para hacérselo ya que este hombre tenía entonces más de cuarenta y cinco años y es de todos sabidos que la próstata ...
Mientras recuerdo a mi colega óseo ya estoy desayunando con los niños en el bar y las maniobras exploratorias del vigilante han perdido la mayor parte de su gravedad. Me río incluso del asunto. Por eso, en el momento de ir al baño, lo advierto:
-Si demoro mucho, es que me he encontrado al vigilante y le he pedido que termine el masaje.

18 dic 2013

Tu sujetador tus calcetines


Para entender qué significaba el mensaje recibido ("Tienes mi sujetador y mis calcetines") el médico de guardia tuvo que recordar, entre fractura de rótula izquierda y abdominalgia inespecífica, que desde hacía tres meses salía con Raquel, que seguía creyendo que Raquel estaba buenísima, que tenía una mochila para las guardias, que la noche anterior a las guardias preparaba un juego de calzoncillos y calcetines, que quizás lo suyo con Raquel tenía todavía un largo recorrido, que colocaba calcetines y calzoncillos sobre el galán para recogerlos en la mañana antes de partir y meterlos en la mochila, que Raquel se quedaba ciertas noches en el apartamento, que a veces ella también colocaba sobre el galán su sujetador y sus calcetines, que esa mañana se había despertado con cinco minutos de retraso y lo había hecho todo muy de prisa, que la prisa es una mala compañía, que cuando se despertaba no encendía la luz para no despertar a Raquel y que seguramente en lugar de coger su juego había cogido el de Raquel. Todo para darse cuenta que después de una guardia de veinticuatro horas, luego de ducharse, no podría cambiarse de calcetines ni de calzoncillos porque los había dejado sobre el galán, a sesenta centímetros de sus cuarenta y siete kilos.

12 dic 2013

Diana y Mandela


Más de quince años después de la muerte de la primera esposa de Carlitos, viendo a la gente llorar por Mandela, vuelvo a descubrir que esto de las exequias televisadas me da grima, asco y arrechera. Lo sé, cada vez soy un hombre más anticuado, pero es que no le encuentro sentido a estos melodramas colectivos en que personas que cobran por ello (periodistas, celebridades y políticos) fingen llorar y haciéndolo logran que las personas normales lloren realmente. Podría también hablar de la muerte de Chávez, pero no lo hago para que no digan que aquí estamos otra vez los escritores venezolanos oliéndonos el ombligo. O de la muerte de Juan Pablo II, pero pretendo evitar los reproches maternos. Además, al asunto católico le concedo la gracia de la resurrección, evidenciada en la muerte papal a través de la elección del nuevo papa. De todas maneras es más de lo mismo, un ejercicio catártico que no lleva a ninguna parte. Se parece un poco a la alegría deportiva. Imbecilidades todas. Ganó Nadal, el Real Madrid o el Barcelona, Magallanes en Venezuela. Pero al menos ésos son eventos que despiertan ánimos positivos, generan la vivencia de una victoria que quizás cada uno de nosotros nunca podrá tener por vía natural. No pasa lo mismo con la muerte, que la tenemos garantizada.
Son los deudos los que lloran a sus muertos. Los deudos reales. Las personas que los quisieron o los odiaron, pero con los que tuvieron contacto y relación. Ése es un sentimiento verdadero. Este otro es una representación caricaturesca del dolor. Hacer un funeral multitudinario para realizar minicumbres de estado, para que Obama salude a Castro y se cepille a la ministra danesa (o viceversa) o para que los sudafricanos muestren al mundo un falso intérprete del lenguaje de los sordos es un ejercicio de estupidez. Habrá, lo sé, quien se siente atraído por el asunto e incluso se conmueve. Luego irá a la librería y comprará toda la colección de premios planetas. Lo lamento, compadre. Lo lamento mucho. Para evitar su dolor, en voluntades anticipadas, las celebridades deberían pedir exequias privadas y silenciosas.
Ésa es una buena idea que recomiendo sinceramente. Si Google le ofrece más de mil resultados cuando usted teclea su nombre lo mejor que puede hacer es un poco de psicoterapia. Apenas dos o tres horas de diván le ayudarán a comprender que la mejor manera de partir es hacerlo en silencio.

7 nov 2013

Elogio de los bancos

 

Actualmente y casi para todos, resulta inevitable asociar la palabra banco a un pecado bíblico, un engaño, un dolor de cabeza mal curado, una factura pendiente, una carrera constante entre un monopatín oxidado y un Lamborghini recién salido del taller.
En mi caso, sin ir más lejos, hoy me tocó comunicarme telefónicamente con mi agencia. Inicialmente hablé con una señora que, eso sentí, me maltrataba.
-Ustedes, los clientes, créeis que... -decía usando ese odioso plural que siempre me hiere-. Veré lo que puedo hacer.
Le hice notar lo incorrecto de su actitud y, luego, escribí una nota de reclamación en la página web del banco. Fue una nota calmada en la que protestaba el tono perdonavidas de la empleada.
Al rato llamó la directora.
-No es para disculparla -me dijo- pero esta mujer ha estado sometida a mucha presión porque yo he tenido una niña y ella ha estado sola allí, acompañada por un sindicalista que no hace nada.
Felicité a una y disculpé a la otra, de alguna manera, aunque no terminé de entender la referencia sindical.
A los cinco minutos la directora volvió a llamar. Nuevamente gentil, pero ahora con una trampa en la boca. La escuché y no prometí nada.
Luego de despedirme fui al parque y me senté en uno de los bancos a los quiere referirse el título de este cuartiento. Son los primeros a los que se refiere el diccionario. Son los primeros que hemos conocido. A ellos representa la palabra banco. Éste es de concreto, pero también los he conocido de madera y de hierro, con o sin respaldo. Cómodos en su perfecta incomodidad, concebidos para cavilar unos minutos, leer quince páginas o robar un beso. Obviamente, yo he hecho muchas más cosas. Sobre ellos he escrito y leído, he comido, he dormido. Incluso en una ocasión -era la primera juventud, hace más de veinte años- me tocó amar y pude hacerlo.
Estos bancos que te ofrecen alivio son una maravilla y se merecen un elogio en forma de cuartiento.
Sentado en uno de ellos, suspiro y recuerdo un paciente moribundo que fue director de un importante banco de V. Antes de despedirse, el hombre se empeñó en regalarme un consejo:
-Doctor, quizá es lo último que digo, pero hágame caso, nunca crea que un bancario puede ser su amigo.
Lo tendré en cuenta si vuelve a sonar el teléfono. No asentiré y diré muy pocas cosas. Lo que no puedo garantizar es si la directora se dará cuenta que desde hace unos minutos soy rico.  No me he ganado la lotería todavía pero, sentado en este banco casi perfecto, acabo de salvar una palabra.
 

3 nov 2013

Otro encuentro feliz en la medritura


La medritura es un oficio que se ejerce con el conocimiento, la experiencia, los sentidos, la imaginación pero, clave, para su ejercicio es fundamental haber estado frente a un paciente.
Así como no hay escritura sin texto ni crimen sin cadáver, no puede haber medritura sin paciente. Independientemente de que uno de los resultados de su ejercicio sea un texto, la medritura no se construye a partir de él, sino a partir del paciente.

El encuentro entre el medritor y su paciente podría ser abordado desde la perpectiva que la tradición médica conoce como relación médico-paciente: el paciente acude a la consulta solicitando un servicio que el medritor presta gracias a su saber entablando ambos una relación en la que cada uno tiene haberes y deberes.

O desde la transferencia-contratransferencia freudiana. Al paciente le son transferidos parte de los haberes del medritor y el medritor ha de valorar lo que el paciente hace que evoque.
Si el psicoanálisis considera que para la valoración y uso adecuado de la contratransferencia es necesario el análisis previo del psicoanalista, en el caso del medritor es necesaria la escritura.

El medritor no ha de ser neutral, como se le solicita en ocasiones al analista. Lo que el análisis llama neutralidad terapeútica, en la medritura significa la posesión de dos apéndices auriculares (dos orejas) que siempre juegan a favor del paciente y permiten que este se revele y desvele en la consulta como persona.

He aquí una diferencia fundamental. La medritura no encuentra pacientes, encuentra personas. Y las personas pueden tener un problema médico, pero tienen también un oficio, aficiones, anécdotas.

Todos los pacientes son personas, pero también es cierto que en ocasiones no todos están, no tienen por qué estar dispuestos a ser hurgados como tales. De la misma forma en que a un paciente en coma no se le puede pedir que interrelacione con su entorno, a un paciente que sólo pretende del médico la solución de un problema (una herida en el dorso de la mano por ejemplo) y que no está dispuesto a otra cosa no se le puede pedir que sea un paciente de la medritura.

Un encuentro interesante es el del medritor con el lletraferit. Cabría suponer que es el encuentro más feliz de la medritura, pero no necesariamente tiene por qué serlo. El lletraferit puede ser una persona complicada y suele ser quien en la consulta del medritor al menos inicialmente resulta más arisco, menos propenso a revelarse como persona, mucho más como lletraferit. Suele haber, sin embargo, un instante en que la mirada de ambos es atravesada por un puente de reconocimiento o complicidad. "Me equivoco o tú eres un medritor", ésa puede ser la idea que atraviesa el pensamiento del lletraferit. A partir de allí es posible que alguno de los dos se le escape una referencia literaria y que, si el encuentro se repite, se desvelen el uno ante el otro con sus verdaderos intereses.

Conozco el caso de un médico que es medritor sin saberlo y, una vez que encontró un paciente lletraferit, terminó escribiendo con éste una novela.

Pero mayormente todo paciente significa un encuentro feliz para el medritor porque es una ventana a través de la cual contempla el mundo y la vida.

Mi encuentro más feliz de esta semana sucedió con un empresario que terminó la consulta regalándome una máxima:
-El dinero no es importante para tenerlo. Es tan solo importante para no necesitarlo.
En principio, para la medritura todo paciente es, puede ser, un encuentro feliz.

4 oct 2013

Una silla

 
La silla número cuatro se dañó hace tiempo. Fue comprada en M, pero la hicieron en H. No resistió ni siquiera una novela. También es verdad que yo con cada novela me demoro un montón. Quedaron separadas sus patas y su espalda, sin piernas y sin nada más. Yo las guardé en el trastero: "Algo haré con ellas", me dije como los viejos. "Algo haré". Y los amigos  me decían: "Tire eso, compadre. Deje de acumular cosas, basura".
Hace dos días, comencé a buscar una silla, una simple silla para sentarme un rato y descansar.
"Ahora, lo que necesito ahora es una silla", me dije a las cinco de la tarde.
Sillas libres no había. Todas estaban ocupadas. Sobre cada una dos libros o un juguete.
Bajé al trastero y cogí la espalda de la silla desmontada. Por la ventana vi un tronco viejo en el patio del vecino y se lo pedí. Luego cuatro tornillos y un cojín.
Lo dispuse todo en apenas dos o tres minutos.
"Ésta es mi silla, mi silla de hoy. La he inventado yo".

1 oct 2013

¿Acaso la narrativa es una especialidad médica?

 
(fotografía de J. Sánchez)
 
 
Por supuesto que sí, qué duda cabe, siempre que el especializando sea un medritor y la narrativa no sea su única especialidad. Si cumple estas condiciones, la narrativa incorpora una comprensión global de la historia de la enfermedad, profundiza en sus precedentes y visualiza sus consecuencias. Aun más, la capacidad narrativa de detenerse en lo aparentemente nimio multiplica el sentido de la medicina. Se me ocurre un ejemplo. Un hombre que llora todas las tardes desde hace 36 meses no es simplemente un distímico si el llanto es propiciado por su hijo -que hace sonar en el ordenador canciones de su infancia- ni mucho menos si el niño lo hace porque casi contemporáneamente con el llanto el padre ríe celebrando la ocurrencia.
¿Es posible entonces que muchos médicos sean medritores sin saberlo? Es posible, sí, y para asegurarlo habría que revisar sus historias médicas e indagar en sus aficciones.
Puestos ya en el tema, se me antoja casi natural una tercera pregunta: Y la poesía, ¿también es una especialidad médica? Seguramente sí. Aporta sensibilidad, mejora el trato con el paciente. Pero yo (yo mismo, yo del yo, el ello y el súper yo), yo casi no la ejerzo.
 
 


28 sept 2013

EXERESISDOLOROTOMÍA DEL ÚLTIMO PACIENTE

(un minuto antes del segundo de partir) me duele mucho me duele mucho más de lo que puedo resistir urge que mi sufrimiento sea calmado no puedo más que alguien me escuche que al menos me escuchen lo necesito por favor yo no conozco los horarios no lo sé no creo que sea mucha molestia tanto no cuesta nada es mi dolor mi sufrimiento y usted puede calmarlo sólo soy un paciente más y aunque veo que su teléfono parpadea sé que usted tiene tiempo para mí yo lo haría por usted seguro que sí yo lo haría si pudiera si estuviera en mí si yo fuera el médico es un asunto de humanidad de sentido el ayudarnos unos a otros cuando sea necesario que parpadee no importa en tanto yo no soy egoísta yo soy paciente y éste es su trabajo ayúdeme carajo escúcheme dígame si aún me queda mucho o poco si este dolor la pena va a pasar si podré ver a mis hijos nuevamente algún día es imprescindible para mí saber lo que va a pasar pero mucho más saber que usted está allí dispuesto a escuchar a calmar mi dolor sé que usted tendrá los suyos pero no importan ya le llegará el día todo llega hoy soy yo hoy es mi día y yo se lo agradezco mucho no se aflija no se ponga triste con mis palabras no escuche por favor su tren partir escúcheme a mí concéntrese en mi voz en su cabeza halle inténtelo la forma de hacerme mejorar y cabalgar nuevamente volar con todo lo fuerte que yo he sido en la vida volver a ser como antes recuerde que cualquier otro día usted puede ser el paciente.

25 sept 2013

¿Era Joan Baptista Campos un medritor?

 
Todavía no sé si es conveniente usar la palabra medritor para designar a otros colegas. Aunque el término nació en los dias de la presentación del libro Médicos taxistas, escritores y la consolidación del personaje Fausto Porai en una novela todavía inédita como una forma de representar la integración en el desempeño humano y profesional de lo que muchos piensan son dos escuelas diferentes, la literatura y la medicina, sé que muchos lo reducen a la posibilidad de ser médico entre los escritores y escritor entre los médicos. No es así, obviamente no es así. Mucho más todavía, no se trata de una fusión que ocurre por azar. Si bien en este siglo es posible e incluso conveniente fusionarlo todo, no es lo mismo fusionar la medicina y la literatura que hacerlo con la ingeniería y la literatura (¿la ingenietura?). ¿Por qué?, preguntará el lector interesado o quizás también el novicio. Porque la medicina, a pesar de las estadísticas, las comisiones de calidad y la tecnología, no se ha convertido y no sé bien si lo logrará  alguna vez en una ciencia apodíctica. ¿Por qué nuevamente? Porque se ocupa del cuerpo humano y de algo que aunque frecuente no deja de ser perverso en él, la enfermedad. Pero esto es necesario aprenderlo muy poco a poco y, mientras tanto, es posible que alguien utilice la medritura, la condición de medritor, como un dardo (envenenado, claro: si no, qué sentido tiene usar la palabra dardo).




Recordando lecturas me gustaría decir que William Carlos Williams era un medritor. Esa foto que Marta Aponte colgó en su facebook hace unas semanas, con el medritor frente a su escritorio (libros, un telefono de baquelita y el maletín médico) y aquel poema de la botella de cristal en el patio del hospital, esas dos cosas me permitirían pensarlo. Pero aunque lo he leído tanto desde hace mucho tiempo y creo conocerlo bien, no podría asegurarlo. Igual me sucede con Alfred Döblin, el autor de la monumental Berlin Alexanderplatz. Claro, dira el lector espabilado, este hombre, el cuartientólogo, pretende haber creado una nueva raza, la de los medritores, dice que el es un medritor y que William Carlos Williams y Alfred Döblin quizás también lo eran: ¿quién no va a querer tener algo en común con dos escritores asï?
Pues creo haber conocido otros medritores. Uno de ellos, Joan Baptista Campos (1961-2013). Lo conocí como médico de ambulancias siendo yo residente en la Urgencias del Hospital General de Castellon. No recuerdo el primer saludo, pero debieron ser dos o tres palabras serenas y la certera presentación de un paciente. El medico de ambulancia es un especialista en transporte precioso que salva, recoge y luego entrega la mercancia: un accidente cerebrovascular, una sobreingesta o un infarto cardiaco. Joan, sin embargo, hacía algo mas, acompañaba humanamente al paciente y sus cuidadores y cuando se suponía que había terminado su tarea no se limitaba a nombrar una enfermedad sino que transfería la responsabilidad humana adquirida frente a una persona y sus familiares. Así fue cómo terminamos hablando de literatura y, en alguna ocasión, intercambiamos nuestros libros. Nunca pude ir a las presentaciones a las que me invitó (los niños, los kilómetros, las presentaciones), pero sí leí dos libros suyos que me sobrecogieron, Aquesta estranya quietud y El regal en la mirada. Además, seguía su blog, La garfa del dies, y recuerdo la explicación que él, un hombre de El Grao (el puerto) de Castellón, me regaló sobre lo que significaba la palabra garfa: el género que el pescador lleva a casa todos los días al terminar la faena. En su poesía, en su blog, en las conversaciones sobre pacientes y medicina, siempre lo escuché hablar con la misma voz, la voz de la medritura.

 
 
Era, sí, un medritor y, cuando murió, en marzo de este mismo año, sentí un dolor especial. No sólo me dolía su muerte sino el fastidioso hecho de que, a pesar de compartir una ciudad y una profesión especial (la medritura), no había podido frecuentarlo más, escucharlo mejor, más lentamente, como Joan Baptista Campos, el medritor de El Grao, se lo merecía.