28 mar 2011

Coleccionista de Invizimals



Era Elvira Lindo quien en sus artículos dominicales llamaba "mi santo" a su escritor marido. En mi caso, "mi santa" es y no es Giuliana, la muchacha que cuida a mis niños, pero "mi santo" es Alessandro, mi hijo de siete años. Por él, gracias a él, soy seguramente una mejor persona y no mando al carajo a dos o tres personas de las que sigo pensando que son lo que son pero no me importa. Con él, he reaprendido a jugar fútbol, a ir en bici, a pasar las tardes sin hacer nada, a escuchar mi nombre sin sentirme aludido, a tolerar las piscinas, a disfrutar la compañía de los otros, a vivir pensando sin que parezca que pienso y una cantidad infinitas de cosas que (lo siento, lo sé) me mejoran, me ayudan y sobretodo me permiten una cuarentena decente. Es mi santo, pues. Y con él, de manera razonada, incluso he coleccionado cromos. Claro que de pequeño yo también los coleccionaba, pero les llamaba barajitas y nunca llegué a rellenar más de dos ventanas en una página. Recuerdo un álbum de animales, que mi madre toleraba por sus presuntas bondades pedagógicas, en el que llegué a poseer la barajita del armadillo. Alguno de fútbol, otro de aviones con mi compadre Zenzola y un amigo que luego se hizo aviador y ahora dirige despegues y aterrizajes en los aeropuertos de Venezuela. Pero nunca fui un coleccionista verdadero. Me gustaban, sí, los juegos de manos a través de los cuales los compañeros intercambiaban barajitas durante el recreo, pero nuca pude personificarlos: me limitaba a observar la audacia y el tesón de los verdaderos coleccionistas, a quienes siempre, al final de la temporada, era posible ver con los regalos que les mandaba la editorial. Con Alessandro, incluso he resarcido esa parte de mi vida. Él sí es un coleccionista y poco a poco, piano piano, ha incorporado destrezas para el intercambio. Hace dos años estuvo a punto de terminar un álbum de cromos futbolísticos y, gracias a su talento y a la generosidad de una cajera de El Corte Inglés, el año pasado terminó el de Bob, el imbécil esponja. En las últimas semanas, se ha ocupado de Los Invizimals, unos bichos monstruosos, invisibles al ojo humano que sólo se pueden ver a través del visor de la PSP. Alessandro me ha obligado a comprarle sobres en el quiosco del pueblo e incluso, cuando en Puzol se agotaron, encargárselos a Isidro en el Hospital. Ha sido bastante hábil intercambiando los repetidos en el colegio y, porque se lo merecía, la semana pasada me metí en la página web de Panini y pedí los dieciocho que le faltaban. Hoy han llegado a casa y, cuando había terminado de pegarlos, se lo dije con alegría y admiración:


-Caramba, Alessandro, yo nunca logré completar un álbum y tú ya llevas dos.


Alessandro no sólo me escuchó sino que vino hasta donde yo estaba a darme un abrazo.


-Papá, estos dos álbumes los hemos hecho entre los dos. Tú también eres un coleccionista.


Si mi santo lo dice, yo obedezco y asumo. Por ello, aviso a los colegas que pueda haber por allí que tengo repetidos varios Invizimals MAX, el 122, el 124 y el 129, los más difíciles de conseguir. También tengo la barajita del armadillo y una primera edición del Manual de Carreño. Interesados, hacer ofertas a través de este medio o a través del teléfono de Pizzas pizzas pizzas, en Valencia del Rey.

21 mar 2011

Aporía del escritor: un lector, qué importa que no sea ideal

Pero que tenga dientes, que no los tenga.
Que sea delgado o delgada, gordo o gorda.
Que tosa cuando se le meta una mosca en la boca, que nunca tosa.
Que visite a los muertos en la funeraria o en el cementerio.
O que nunca los visite y prefiera verlos en el hospital o incluso antes de caer enfermos.
Que sea neurótico o psicótico, incluso neuropsicótico.
Que ame las flores o que las odie porque es alérgico.
Que vaya en bicicleta o metro, en autobús o coche.
Que camine.
Que le guste el ron. Que sea abstemio.
Que alguna vez le hayan dicho que no.
Que diga sí casi siempre.
Que sea millonario o que tenga problemas con el banco.
Que esté en el paro o trabajando como un cosaco ya recuperado de la borrachera.
Que tenga hipóteca o se niegue a tenerla.
Que haya leído "El banquero anarquista" de Pessoa porque el director de su banco se lo regaló en navidad o que piense que un banquero nunca sería anarquista.
Que coma fruta, dulces, pan, carne, arroz o vegetales.
Pero que alguna vez haya deseado armar el cubo mágico (el de los cuadrito de colores, ése), no importa que lo haya logrado la vez primera. No importa, no.

12 mar 2011

Epitafio de un cuartiento

Aquí hubo un cuartiento. Era un cuartiento que comenzaba con un electricista y terminaba con una referencia a Pitol, al gran Sergio Pitol. No era bueno ni malo. Pero, puesto a elegir, quizás el mismo texto habría pedido ser malo. Resultón de ser posible. Eso era: un texto resultón, flojo y acomodado. Un texto más, otro así pero que al pincharlo producía incomodidad a su autor, Prurito y escozor sin saber por qué y sin ganas ni tiempo para averiguarlo. El problema pudo ser la ilustración, pero éste es, ya se ve, un claro intento exculpatorio. Es más probable que la culpa la haya tenido el desempeño fácil, onanista y precoz (no hablo ya de años sino de minutos) del escritor. Bien merecido tiene entonces su final. El muy cabrón. Por fastidioso. Por hacerme perder el tiempo. Por haberme privado de media hora de juego con mis hijos. Porque en esos minutos también pude haber salido con la bicicleta. O tumbarme en el sofa, no importa que esté roto. O sentarme en el jardín para que el polen terminase de asesinar mis mucosas. Por imbécil. Por huevón. Por eso lo destruí. Me metí en la cuenta e hice click en eliminar entrada. Así, zas, zas. Vete, cabrón. Pinche pierdetiempo. Puto cuartiento. Mucho más fácil que cuando había que sacar el papel de la máquina de escribir y tirarlo a la esquina. Simplemente chíqui chí. Y ya no estás. Pobre cuartiento. Tampoco era tan malo. A mí lo del santo al cielo realmente me gustaba. Y lo del ángel de la guarda. Pero ya no estás, cabrón. Ya te has ido. Ya no existes. Fuiste un cuartiento más y por tan solo 48 horas. O 36, no sé muy bien. Ya no queda nada de ti. En tu lugar vendrán otros, aunque no muchos, no te creas. Pero ya no estás tú. Imbécil, idiota, pesado. Cuartiento malo. Vete ya y no se te ocurra volver.

1 mar 2011

De la noche en que fui a una cena a la que no había sido invitado


No fue del todo así. O sólo lo fue en parte. Uno de los comensales, A, me había invitado a cenar pero, sin que yo me diera cuenta, su cena había sido engullida por la cena de otro amigo, B, que entonces se había convertido en el anfitrión. Es por eso que los días de postguardia son para ver películas malas, fisgonear en Internet o publicar un cuartiento, pero no para más, mucho menos si significa salir de casa. Algo de eso me habían recomendado C y D. Porque si hubiera sido cualquier otro día yo me habría dado cuenta inmediatamente del golpe de estado, habría inventado una excusa, un pretexto cualquiera, y no habría ido a cenar ni a nada. Tanto yo lo que quería era dormir y la posibilidad de meterme algo en la boca no estaba en mi lista de prioridades. Pero fui a cenar sin darme cuenta de que ya no existía el plan de A sino el de B. Y por lo de la postguardia no me daba cuenta de las indirectas:
(A es director de cine. B es escritor de telenovelas. C es comentarista deportivo de la televisión. D es cirujano).
-Pero, ¿vienes a cenar? -me preguntaba B insistentemente.
-Pues sí -yo entonces, lo juro, me refería a la cena de A.
-Es que sólo hemos reservado para quince y contigo serían dieciséis.
A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K ...
-Sí, sí, no hay problema -insistí medio adormilado, sin entender nada, seguro de que A me habría incluido en la reserva, preguntándome más bien quién sería ese incómodo no invitado que insistía en meterse en el grupo: ¿L?
Fui entonces a cenar y no me privé de nada. Cuando trajeron la carta de vinos, pedí el más caro: A no se enfada normalmente por esos asuntos. De los platos, el mejor, el más grande: A es generoso y si uno no acepta su generosidad se molesta un poco.
(A es ingeniero. B es propietario de una red de ludotecas. C es médico de urgencias. D es carpintero).
Las otras quince letras, A incluido, me miraban extrañados y yo pedía más y más, pensando que quizás sus miradas eran simplemente un efecto de la postguardia. Y, de alguna manera, eso eran: ellos no entendían cómo yo podía comportarme así en una cena a la que no había sido invitado y yo estaba seguro de que estaba en la cena de A.
A la hora de opinar, tampoco fui comedido. Hablé de todo: de hombres, de mujeres, de animales, niños, gobernantes e impuestos. Las letras todas me miraban como alucinados. Quizás estoy hablando mucho, pensé antes de callar un poco y empezar a masticar. Igual continuaban mirándome: qué extraño, es posible que tampoco ellos hayan dormido.
Con el postre, tampoco me pude contener y acepté nuevamente la generosidad de A.
(A tiene un vivero. B construye caminos para el gobierno. C bebe cerveza alemana. D lee periódicos deportivos)
Fue en el último acto, en el momento de pagar, cuando vi que A miraba a B, que a su vez sacaba los billetes lentamente, que me di cuenta de que allí sucedía algo muy raro y, por primera vez en toda la noche, empecé a sentirme incómodo, sin saber a ciencia cierta qué era lo que me incomodaba.
Me despedí del grupo y comencé a caminar rumbo al apartamento.
Cuando llegué a la esquina pensé que lo que me había incomodado tenía que ver con la política: D es anarquista radical (al menos así se presenta), pero ya en la escalera deseché la posibilidad: a mí no me importa la política.
(A vende una cosa. B te la lleva a tu casa. C hace algo para que comas. D es médico de urgencias).
Metí la llave de la cerradura y grité: Eureka. No porque la puerta se abriese, sino porque entonces estaba convencido de que la incomodidad estaba relacionada con los impuestos. A los cuatro minutos, mientras me cepillaba los dientes, aborté el camino: a mí los impuestos me importan un comino.
Apoyé la cabeza en la almohada y creí haberlo solucionado todo: fue lo de los perros, cuando hablaron mal de los perros. Así pude conciliar el sueño, pero cuando desperté, supe que tampoco ésa era la respuesta correcta: para bien o para mal, yo no tengo mascotas desde hace más de diez años.
(Ninguna de las anteriores es la respuesta correcta).
Entonces, ¿qué fue lo que pasó? ¿Por qué todavía me siento mal? Eso era lo que estaba preguntándome hasta hace unos minutos cuando me di cuenta que si A no había sido el anfitrión,yo me había colado en la cena de B.
Aclarada la duda, comencé finalmente a sentirme bien y, para que el día siguiera enderezándose, me dije en voz alta:
-Voy a escribir un cuartiento.
-¿Sobre qué?- me preguntó el vecino a través de la pared compartida.
-Sobre la primera huevonada que se me ocurra -le respondí o simplemente soñé que le respondía.

24 feb 2011

ÚLTIMA ENCÍCLICA PAPAL SOBRE EL CELIBATO

Curas del mundo. Venga. A casarse y reproducirse todos inmediatamente.
El verdadero celibato es el matrimonio con hijos.

17 feb 2011

La pasta de Giuliana (elogio de la comida doméstica)



No lo busqué. Ni siquiera pensé que podía suceder. Pero es así. Progresivamente, cada vez más, se ha ido convirtiendo en una verdad esencial, en una parte fundamental de mi vida. Lo mejor que me puede pasar en un día de trabajo o de fiesta es que Giuliana cocine en casa un pentolone de pasta y yo pueda aproximar mi plato a su periferia y servirme una porción discreta. Atrás quedaron los truenos, los tigres, los relámpagos, pero también el picadillo de pollo, mayonesa y manzanas que en la casa materna, en Valencia de Venezuela, llamábamos ensalada de gallina y que era hasta finales del siglo pasado mi plato preferido. Algo parecido ha pasado con la hallaca, imposible de comer adecuadamente en estos lares: falta la hoja de plátano, del plátano de Naguanagua, y si un milagro más aduanal que aéreotransportador lo permitiera, faltaría la atmósfera y quizás sobraría una lágrima, un chorro de ellas. Pero no son ésas las razones por las que la pasta, la pasta de Giuliana, se ha ido consolidando en mi lengua, mi cerebro y mi corazón. La pasta de Giuliana ha crecido por razones propias, con méritos labrados a pulso, a fuerza de batallas ganadas y perdidas con los afectos, los sabores y la nostalgia. Juntos hemos pateado infinidad de calles hasta conseguir la mejor olla, el pentolone, en la primera tienda. Amorosamente hemos experimentado y discutido sobre qué tomate usar, ante qué extraperlista conseguirlo, para finalmente decidir que el tomate al igual que el agua tenía que ser del lugar que nos diese el fuego. Lo único que no hemos alterado de la receta original es la pasta, que tiene que venir de Italia, aunque eso ya no es problema porque Barilla y De Cecco navegan desde hace años por todas las calles del mundo, inundadas de Lambrusco. Es así cómo en cualquier mediodía, justo antes de pensar en qué comer, basta una mirada de cuatro ojos para decidir sin ni siquiera una palabra que queremos comer un bel piatto di pasta col pomodoro. Sí, ¿por qué no? Y la pasta va saliendo del cielo de sus manos, rápida y lentamente, en apenas unos minutos en que la cocina se impregna del olor pesado del tomate y el aire se almidona porque en la otra hornilla hierve el agua y los hilos de pasta engordan y esperan el minuto del dente que se produce sesenta segundos antes de lo que marca la caja en la que han viajado y llegado a casa. Luego ambos se fusionan, pasta y tomate, como en un asunto malabar. Son las manos de la ilusionista Giuliana que uno no ve cómo pero hacen volar las ollas y el colador y presentan ante nuestros ojos atónitos el milagro del día. Ése es el momento en que yo aproximo mi plato y me sirvo una ración discreta a la que agrego apenas una cucharadita de parmigiano y que luego devoro lentamente como si cada movimiento masticatorio fuese una bendición que consagrase las nupcias tripartitas del alimento que llena mi boca. Han pasado tres minutos y en el plato no se ve ningún spaghetto. Entonces me bendigo por haberme servido una porción discreta y sé que puedo repetir. Caen en mi plato dos o tres cucharadones más de pasta nutritiva que ingresan consecutivamente en mi boca, esta vez de una manera más pausada en la que el tenedor elige uno por uno el spaghetto nadador. Finalmente, disparando contra todos los manuales de urbanidad (Adiós, Galateo. Good bye, Carreño) será necesario mojar un pedazo de pan en el tomate que habite todavía el fondo del plato: fare la scarpetta.
-Mira lo que está haciendo papá -comienzan entonces a alterarse los niños y envían miradas suplicantes a Giuliana que inmediatamente concede el deseo y luego comenzamos todos a barrer, convertido el pan en lengua poderosa, nuestros platos hasta dejarlos translúcidos, como si el mejor lavavajillas hubiera pasado por estas montañas.
Es un placer divino por delicioso y compartido, tan sencillo además, pero que sólo las manos de Giuliana permiten: la pasta de Giuliana.

15 feb 2011

UN'ALTRA VOLTA: PUTAS PEREGRINAS

Quizás por la falta de higiene, la especulación o la precariedad de los servicios que se ofrecen a su alrededor, San Giovanni Rotondo en el Sur de Italia ha dejado de ser el destino preferido de las putas italianas. No es que hayan dejado solo y sin feligreses al pobre Padre Pio, el santo de las manos llagadas, estigmatizadas, nacido en Pietrelcina. No, para nada. No. Todavía alguna lo visita, canta sus milagros, conserva su estampita e intenta eternizar el olor floral que desprende su cadáver. Pero seguramente tendrá más de treinta años. El resto, todas las otras que tenían menos de diez años cuando la caída del muro de Berlín, han dirigido su mirada hacia el Norte. Para nada sirven ya los santos del Sur. Sicilianos, lucanos, napolitanos, puglieses, calabreses. Esos santos no hacen milagros y ya no vale la pena encenderles ni siquiera la mitad de una vela. Ahora hay que ir a Roma, a Milano o quizás a Cerdeña. Eso es lo que en este momento tiene sentido, lo bello, lo trend. No se trata de un santo nuevo. Es viejo, nació apenas un año después de la muerte de Gardel. Vivió la Segunda Guerra y bebió la leche condensada que desde los aviones lanzaban los americanos en paquetes gigantescos. Podría estar demente. De Parkinson, Alzheimer o vascular, ¿por qué no? Pero igual hace milagros. Por eso las jóvenes putas colapsan las carreteras y los trenes de Italia en su afán de llegar a la meta. La estación de Roma Termini es un putiferio ya. El griterío allí es ensordecedor y no tiene nada de particular puesto que siempre lo ha sido. Lo único realmente diferente es que los lavabos han cambiado de olor. Si siempre han olido desenfadadamente a mierda, ahora huelen a perfumes de todo tipo: baratos y caros, buenos y malos, de buen gusto o desprovistos de él. Esa mezcla es lo que siempre se ha conocido como olor de putas. Huelen a puta, pues. Los lavabos de Roma Termini huelen a puta. Y los de la Estación Central de Milán también. Las jóvenes peregrinas están cambiando la vista aérea de Italia. Desde el cielo se ven como una línea que sin interrupciones comunica todas las ciudades y pueblos con Roma y desde allí sube a Milán y Cerdeña. Esas líneas no son otra cosa que una puta detrás de la otra. Si pudiéramos agrandar el objetivo se verían como puntos de diferentes colores. Son sus cabelleras. Predominan las morenas, pero las hay rubias y pelirrojas. Se ven puntos que vienen incluso de África. Son también jóvenes peregrinas. Conversas. Pero sobre todo jóvenes. Todas tienen menos de treinta y la mayoría menos de veinte. Las que tienen diecisiete conocen su ventaja. Serán las preferidas del santo. Todas llegarán a sus alrededores, pisarán alguna discoteca donde mientras se desnudan un apenas conocido les prometerá algo, caerán en las garras de un consigliere que se llevará el número de su móvil en la memoria, escucharán una y mil veces la promesa de ponerlas en contacto con él. Sentirán que están a punto de rozar sus vestiduras, de hincar los dientes en sus calzoncillos. Pero sólo las que tienen diecisiete años, no importa de dónde vengan, con quién hayan dormido la noche anterior, si se han lavado o no, si consumen drogas por vía nasal o simplemente la fuman, serán elegidas por un periodista sátiro. Don Emilio conoce los gustos del santo, sabe de sus dimensiones exactas, ha palpado su capacidad. Él es el controlador de esta caravana infinita. Él decide quién merece pasar y quién, lamentándolo mucho, se debe quedar o quizás regresar. En su despacho, antes del noticiero de las ocho, baila un dado de dos caras: ir a la casa del santo y meterse dentro de la caja mágica o quedarse viéndola en la propia casa para siempre, criticándola, sputtanando con las abuelas que igual siempre han votado Forza Italia esas piernas largas, esos escotes infinitos.
Si Don Emilio lo permite algunas podrán pasar. Veinte o veinticinco por noche, quizás por fin de semana. Entre ellas, las que mejor canten el himno del partido, las que sean más putas pero puedan fingir que no lo son tanto, las que toleren la compañía de jóvenes ministras de tetas marchitas por culpa de los celos, podrán meterse luego en la piscina y, postradas ante el santo, introducirle una pastillita de Viagra en la boca y dejarse luego penetrar mientras los amigos periodistas, algún cantante y las otras putas gritan «Bravo, bravo». A partir de ese momento su vida cambiará porque el milagro habrá sido concedido. Dependiendo de su talante podrán participar en Gran Hermano o ser luego diseñadoras, diputadas, ministras o simplemente famosas. Eso dependerá de ellas. El santo siempre estará dispuesto a ayudarlas, a tenderles una mano para así cambiarles la vida y llenar de piernas largas la senil Italia. Pero incluso si todo fuese mal, si tuviesen que regresar al pueblo y allí un camión las arrollara y luego en el hospital se las comieran las ratas, nunca, nunca podrán olvidar que en el momento de la despedida, el santo las besó y para nada discretamente les entregó un sobre con cinco mil euros y una tarjeta de letras doradas: «Cuando seas mayor de edad, vota Berlusconi».

2 feb 2011

Whisky escocés

Hijo de un psiquiatra prestigioso, como los vivitadores médicos solían empapelar con el nombre de sus productos los regalos que hacían, durante varios años creyó que Prozac era una marca de whisky.

26 ene 2011

El puro, el estetoscopio y el revólver






Un traumatólogo escrupuloso contrapone a la belleza médica y femenina del post anterior la estética masculina y antañona del "urólogo con barba, vozarrón y fumando un puro". ¿Cómo negarle de antemano parte de la razón si seguramente la tiene? Pero, puestos a pedir, ¿a quién prefiere usted en la consulta de urología? ¿A la doctora más bella o al señor del puro? Pues yo sinceramente no lo sé. Es que no suelo ir al urólogo, pero creo que cuando sea necesario no me importara muy mucho ni la posible belleza ni el vozarrón. Hembra o varón, que no fume, please, ya que es délito. Otra cosa es verlos como compañeros de trabajo en el hospital: seguramente hay uno de cada. Entonces no hay problema ni discusión. En el post de la belleza femenina, hablaremos de ella. De él, cuando toque escribir sobre el vozarrón y la belleza masculina si ésta tiene y el tema provoca. En este último texto, ojalá que no se me olvide recordar al Dr Zukerman. Era, quizá lo es todavía, internista en mi Valencia natal, la de Venezuela, y siempre llevaba un revólver consigo. No recuerdo que lo haya usado con ningún paciente. Éstos ni siquiera podían verlo, al revólver, pero cuando a Zukerman le tocaba lidiar con un residente burro se lo ofrecía, al residente, para culminar el suicidio que inducía con el gesto.



Era chulo y prepotente, aunque no fumaba, y yo no lo habría elegido como mi doctor en ninguna de las especialidades posibles, ni siquiera de anatomopatólogo. Alguna vez mi madre tuvo que ir a su consulta y todavía se queja del tiempo que pasaba hablando al teléfono. Otra vez supe por un comentario que hizo a una amiga común que había leído una novela mía. Es que en la vida hay cosas que uno no puede elegir y un lector es un lector, aunque saque a pasear su revólver al hospital.

23 ene 2011

AL SAM ALLEB


Trabaja en el hospital, claro que sí, la doctora más bella del hospital. Es dulce y buena. Y amable. Y generosa. También, si así quiere, puede ser todo lo contrario. Es, en fin, una mujer normal, pero absolutamente bella. Bellos son sus ojos, sus dientes, sus labios, sus piernas, su cabellera. Cuando era cirujana, hacía ocho guardias al mes y, si hablaba, de su boca salían quistes, suturas, cápsulas de pus, fragmentos de peritoneo y asas intestinales. Callada, era posible verlos en sus ojos: mirándola fijamente en sus córneas flotaban los tumores y las hemorroides. Su belleza no cambió ni se metastizó. Siguió siendo la doctora más bella. Pero se hizo internista y apretaba los dos tomos del Harrison contra su cuerpo. Qué decir de la forma en que el estetoscopio, la campana del estetoscopio, se movía tintineando de un lado a otro entre sus pechos. Entonces la historia clínica era generosa y se detenía en menudeces que en cualquier otro momento de la belleza hospitalaria ninguno habría percibido. Pasó el tiempo y esta misma mujer, la doctora más bella, se pasó a la psiquiatría. Los más ingenuos se acercaban a ella y le hablaban de traumas infantiles. Los que menos iban directamente al síntoma. Ella era clara, incisa y contundente, pero su belleza la convertía en un torrente de olanzapina. Con la mano derecha saludaba y con la izquierda transmitía un chorro de agomelatina. Cuando se aproximaba, los jóvenes médicos ciclaban a la manía. Cuando se marchaba, se hundían en la tristeza. Ella continuaba caminando y desde lejos sus piernas parecían inalcanzables, casi imposibles, pero luego giraba la cabeza y con una sonrisa prometía una revisión monográfica sobre la histeria para el siguiente encuentro. Visto lo visto, ninguno habría pensado en la posibilidad de que se hiciese radióloga, pero así fue. Desde la imagenología, la doctora más bella lo sabía todo, lo conocía todo. No había rincón del cuerpo humano que no hubiese sido visitado por su saber. Era entonces bella y altiva, seca y confiable. Su mirada era un scanner que hurgaba dentro del interconsultante y, sin disecarlo, lo cortaba para visualizarlo en trozos. Ante ella, los pasillos del hospital eran una playa nudista que ni siquiera la piel lograba cubrir. Ella, en cambio, gobernaba vestida de telas. Fue, sin lugar a dudas, una época dura de la belleza hospitalaria. La siguieron la neurología, la nefrología y la oftalmología. Luego, dos meses de urología (un contrato temporal) y tres de cardiología. El tiempo ha pasado y la doctora más bella sigue aquí, habitando el hospital. Últimamente, lo podemos decir, ha sufrido una mítosis y, ahora duplicada, ejerce en un pasillo de traumatóloga y en el otro de pediatra. Lactancia materna, fractura de cadera, rotura aquílea, varicela, vómitos, rotavirus y rubeola: ésos son los temas de los que todos en el hospital ahora queremos hablar.

7 ene 2011

Aquel colegio de mi año doce


En junio, el profesor de historia universal cerró el libro en la mitad de las cruzadas. La de educación sexual, en cambio, no pudo pasar del onanismo; el de castellano llegó con dificultades a la letra ele; y el de artística, siempre inclemente, detuvo el último interrogatorio mucho antes de Picasso, en La nave de los locos. Por el resultado, nefasto para mí, de esta evaluación, en mi casa se enteraron del incumplimiento del programa y decidieron cambiarme a otro colegio donde los profesores habían llegado a la segunda guerra, el frotismo, la eme y la lata de sopa de Warhol. En los años que me llevó ponerme a la par de mis nuevos compañeros, pensaba en aquellos antiguos y los imaginaba en un mundo sin dinamita, desconocedores absolutos de la pintura abstracta y, obviamente, masturbándose. Envidiaba, lo reconozco, algo de su situación: tendrían más tiempo para jugar y, al insultarse, no se llamarían Hitler ni Mussolini. Luego los fui olvidando, poco a poco, sin pensar que ahora volverían a aparecer. No se trata tan sólo del recuerdo, sino que, en el último año, uno de ellos llamó a mi teléfono, me agarró desprevenido y, al ofrecimiento de integrarme a un club de ex–alumnos, con la guardia baja, respondí dándole mis señas. No he ido a sus reuniones, no me siento preparado todavía, pero a través de sus e-mails me entero de los resultados. El que encontró mi teléfono e hizo la llamada es detective y escribe con naturales errores ortográficos. Otro permanentemente envía películas pornográficas: es publicista. Como en todos los clubes, hay administradores, traumatólogos, profesores e ingenieros. En éste, además, hay dos ex–presidiarios y tres curas. Eso contando el profesor de artística que también acude a las reuniones. Gracias a la cirugía plástica, parece que hubiera sido el alumno más pequeño del grupo y, delante de él, ninguno ha hecho referencia a Dorian Gray. Hace dos semanas organizaron una fiesta que terminaron a golpes luego de que el detective comunicara su decisión de convertirse en evangélico. Los católicos se quedaron en el local y los evangélicos se hicieron a la mar, con el pretexto de pescar camarones. Vi el video de esta reunión en un cibercafé mientras desplazaba mi cuerpo hacia la izquierda. Procuraba rozar una vecina estupenda.

31 dic 2010

ELOGIO DE ISIDRO, QUIOSQUERO DE MI HOSPITAL




¿Es posible vivir sin un buen quiosquero? Quizás sí, pero morir seguramente no. Un quiosquero, un buen quiosquero, te da los buenos días y, en su voz, percibes que han pasado otras veinticuatro horas. Se envejece día a día de su mano y, a partir de la naturalidad con que te vende las noticias del día, se entiende que nada (terremotos, bombas, rúpturas y decretos) nada importa si puedes ir otro día a depositar una moneda frente a sus ojos llevándote a cambio un manojo de papeles. Los papeles, las letras, nada valen. Vale el saludo y la fe de vida que el intercambio significa. Así ha sido mi vida de relación con los quiosqueros, con los buenos quiosqueros, desde el primer periódico que compré, a los doce años, en Naguanagua. Me lo entregó Domingo, a quien llamaban "El Turco". Ya desde el primer sábado comenzó a darme noticias de sí. Yo le daba un bolívar, él me entregaba El Nacional y, por si fuera poco, me contaba que en una ocasión había sido jefe del entonces alcalde de Valencia. Con él estuve por lo menos diez años. Luego llegó Leonardo, en Barcelona: hijo de italianos y nacido en Cantabria, hablaba con acento sureño, del Sur del Sur. "Es que mi familia tiene intereses en Argentina". Era muy solidario y, cuando se enteró de mis pretensiones literarias, intentaba presentarme como escritor ante una anciana editora que todos los días se me adelantaba en la compra de El País. De Salerno, en Italia, recuerdo a Ciro que me saludaba con un grito cada vez que yo pasaba frente a su quiosco, en Via Arce, comprase o no La Repubblica. Luego, cuando regresamos a Caracas: Anastasia, una anciana negra e inmensa que me vendía periódicos viejos e intentaba proponerse como una opción cada que vez que se enteraba que Giuliana había regresado a Italia. De nuevo en España, Reyes, en la ciudad de las ciencias: amable y convincente, hasta el punto de colarme la Biblioteca Completa del Psicoanalisis. Ahora tengo a Isidro, en el Hospital General de Castellón. Irónico y distímico, cada vez que le pregunto cómo está, responde casi sin mover los labios: "Mal". "Qué bien", es la respuesta que sé que espera y a veces se la doy. Isidro es gordo, melenudo y barbudo. Habla poco, pero sé que sabe de música, literatura, política y, fundamentalmente, de excepticismo, que en él es una mezcla de conocimiento, partido político y religión. Cuando me ha visto agobiado durante alguna guardia, se ha hecho pagar el periódico pero no la chocolatina: "Es un regalo, para que mejores". Ése no es, ni mucho menos, el límite de su generosidad. El otro día he sabido que a un mutuo amigo, traumatólogo escrupuloso, le permite que se lleve sin pagar las novedades literarias del estante giratorio. El traumatólogo los lee sin mancharlos y a los cinco días los regresa impolutos. "Tú también te los puedes llevar, si prometes cuidarlos". No sé si aceptaré, porque a veces leyendo se me escapan algunos líquidos, pero lo pensaré. Si finalmente acepto, aquí lo juro, acuñaré el término isidriano y, en su honor, en honor de Isidro, colgaré un post: "Elogio de Isidro, quiosquero de mi hospital".

12 dic 2010

La primera gran enfermedad de Michael Corleone


A El Padrino —el hijo mestizo de Mario Puzo y Francis Ford Coppola— se le quiere o no, pero casi siempre se le quiere. Al le(v)erlo, se conversa con Marlon Brando el día de la boda de Costanza y, seguramente, gracias a la música de Nino Rota, pero también a la dialéctica del Don, se le ofrece lealtad y luego no se falla.

Michael "Pacino" Corleone


De allí nace la preocupación por la salud de sus hijos, especialmente del pequeño Michael, a quien fácilmente hubieran podido apodar Pacino: Michael "Pacino" Corleone. No es hoy el día de hablar de la Diabetes Mellitus que lo asalta en la tercera entrega de la película y lo obliga a recibir azúcares cardenalicios mientras busca un apoyo papabile en El Vaticano. Tampoco de la apoplejía que lo fulmina en los últimos fotogramas de esa misma entrega. Mucho menos de la culpa que lo persigue después de haber ordenado la muerte primero de su cuñado Carlo Rizzi y después de su propio hermano Freddo. En referencia a esto último, será necesario pedirle a la psiquiatría una licencia literaria. Porque si alguna vez alguien se atreve a diagnosticarle un trastorno de personalidad a Michael Corleone —ánimo, compadre: Michael murió, de su hijo Anthony es muy poco lo que se sabe actualmente y su heredero Vincent "García" Mancini actualmente canta boleros y busca fondos para financiar sus películas— este trastorno, al ser estructural, sería la primera gran enfermedad de Michael. El ánimo de este cuartiento es más bien referirse al traumatismo facial producido por el impacto del "enorme puño" derecho del Capitán McCluskey en su "mandíbula". Lo recuerdan bien el lector y el espectador: el lectador. Luego de que los hombres de Sollozzo disparasen sus pistolas de juguete sobre el cuerpo de Don Vito Corleone, éste es llevado al Hospital Francés. Allí, en la primera visita que le hace, el joven Michael ve a su padre desprotegido e intuye que Sollozzo —¿no sería mejor decir Barzini?— nuevamente intentará matarle. Por ello convence a la enfermera de cambiarlo de habitación y sale a las afueras del hospital, donde encuentra al yerno-ayudante del panadero Nazorine. Cuando pasa el primer vehículo —es posible que en su interior vaya Sollozzo; si no, igual da, dos o tres de sus matones— las manos del yernodante tiemblan, las de Michael Corleone no. Cuando llega el segundo, nadie tiene derecho a patalear. De él baja el gigantesco McCluskey y, luego de un intercambio de palabras con Michael, ordena a sus subalternos que inmovilicen al futuro padrino y lanza un puñetazo que Michael intenta esquivar infructuosamente. Don Mario Puzo lo cuenta así, con la facilidad que le caracteriza y que traduce para nosotros Ángel Arnau: "... pero el puño se estrelló contra su mandíbula. Le dio la impresión de que había estallado una granada dentro de su cabeza. De su boca empezó a salir sangre, y escupió algunos dientes". Luego llegaron los hombres de una agencia de detectives respaldados por el abogado de Clemenza y, una vez garantizada la seguridad del Don, Michael decide ser humano: pierde el conocimiento y es llevado al hospital donde le soldarán la mandíbula y se dará cuenta que ha perdido "cuatro dientes del lado izquierdo de la boca".
Al día siguiente, a pesar del dolor en la hemicara izquierda, Michael mata a Sollozzo y a McCluskey y luego abandona New York: parte rumbo a Sicilia, donde el Doctor Taza —"quizás el peor médico de Sicilia"— al ver que los huesos han soldado mal dando a su rostro un aspecto siniestro" se ofrece a operarle y, como Michael rechaza la oferta, se limita a prescribirle unas pildoras calmantes.
Deformidad, dolor —cada vez más frecuente e intenso— y rinorrea eran los síntomas de los que se lamentaba Michael y el Doctor Taza le explica "que por debajo del ojo pasa un nervio muy delicado, del que a su vez emanan una serie de nervios secundarios". También , en ocasión de la primera visita a la casa de Apollonia, atiende la petición de Michael:
"¿Tiene usted algo para evitar que de mi nariz salgan mocos continuamente? Sospecho que a la muchacha no le gustará verme sonar sin parar."
No exagera Michael. De hecho, tres días atrás, cuando en la película pisa por primera vez Corleone, lo hace sosteniendo en la mano izquierda un pañuelo blanco que constantemente lleva a la nariz,
"Te daré unas gotas antes de que vayas a verla. Tu cara quedará un poco adormecida, pero no te preocupes; no creo que vayas a besar a la muchacha enseguida. De todos modos, el efecto será pasajero."
Tres o cuatro años después, algunas páginas antes de la muerte de Don Vito, será el Doctor Jules Segal quien interceda ante algún amigo cirujano para que solucione el problema. El Doctor Segal —el mismo que diagnostica y comprueba la solución quirúrgica del colpocele de Lucy Mancini (la madre de Vincent), el que comprueba que la disfonía de Jonny Fontane se debe simplemente a verrugas y no a un proceso maligno— en una de las reuniones en que se decide el futuro de Las Vegas examina la mandíbula de Michael:
"Buen trabajo. Ha quedado perfectamente. ¿Y cómo está su nariz?"
"Muy bien", respondió Michael. "Gracias por su colaboración".
Desde la medicina, el asunto que los Doctores Taza y Segal ven sencillo se complica un poco y permite, al menos, la escritura de este cuartiento. La sintomatología descrita insistentemente por Puzo —rinorrea, dolor y deformidad— puede ser, sí, consecuencia de un impacto importante en la región facial, pero más hacia el pómulo, no en la mandíbula. Más propio del traumatismo mandibular sería una alteración de la articulación temporomandibular con la consecuente mala oclusión, además de dolor, tumefacción y sialorrea. Ayuda también que en la película el impacto va dirigido directamente al pómulo izquierdo de Michael. Sin embargo, esto no significaría mucho porque el abogado que luego viene a socorrerlo es el mismo Tom Hagen y, en el libro quien acude es el abogado de Clemenza. Si las evidencias clínicas y la película tuviesen razón y el traumatismo fuese superior, en el pómulo izquierdo, las posibilidades diagnósticas son dos. La de peor pronóstico: un golpe en el pómulo que por transmisión de la onda de presión afecte la lámina cribosa del etmoides y cause por tanto una pequeña fractura —fisura es un eufemismo del que gustan mucho los pacientes— en la base del cráneo: una fístula naso sinusal. Si hubiese sido así, el líquido nasal que obliga a Michael Corleone a llevar siempre un pañuelito en las manos no se llamaría rinorrea sino rinolicuorrea, porque contiene líquido céfalo raquídeo, y la solución habría debido ser más rápida porque sino una meningitis habría impedido la boda de Michael con Apollonia en Corleone.La otra posibilidad, la preferida de este cuartiento, es una fractura malar que produciría deformidad por pérdida de proyección de la eminencia malar y pérdida de la linealidad inferior de la órbita, además de afectación del nervio infraorbitario y una posible afectación de la glandula lacrimal, que se encuentra en la parte externa del techo de la órbita. Se parece más a la explicación de Doctor Taza. Se trata, en todo caso, o podía haberse tratado, ya que la medicina nunca es segura al cien por ciento, mucho menos si al paciente solo se le conoce a través de una buena descripción literaria o gracias a una excelente interpretación actoral, de una fractura facial del tercio medio (malar y/o maxilar). Pero, ¿por qué en el libro que leemos y releemos insisten en hablarnos de la mandíbula? Sólo la mano de un gigante podría abarcar la mandíbula de Michael y también su pómulo, prácticamente toda la hemicara izquierda. O que le hubiese dado dos golpes. Pero en la novela sólo se habla de un golpe y, además, si el golpe fue en la mandíbula, ¿por qué en la película Al Pacino lo recibe en el pómulo?


Mario Puzo


A grandes males, grandes remedios. Ésa es la solución terapeútica de las abuelas: grandes remedios, que pueden ser los más simples, pero que con su radicalidad eliminan toda posibilidad de discusión. Para terminar este cuartiento, es imprescindible confrontar la traducción al castellano realizada por Ángel Arnau, que habla de mandíbula, con el original inglés by Mario Puzo. Mario, Don Mario, nos ayudará a salir de este atolladero. Y, en efecto, lo hace: donde Ángel Arnau traduce mandíbula Don Mario ha escrito cheekbone, que el autor del cuartiento lo recuerda, pero por si acaso busca en el diccionario, significa pómulo. PÓMULO, así grandote. O sea que la primera gran enfermedad de Michael Corleone fue una fractura facial del tercio medio. Luego en esta obra maravillosa —mitad libro, dos tercios películas: una pelibra sin lugar a dudas— vendrían las demás.

4 dic 2010

Historia médica de un espantapájaros

a Maite Civera, Félix Zirio, Daniela Balescu e Idoia Reynoso,
urgencias
.

Varón de aproximadamente treinta y cinco años que, tras ser hallado tirado en la Calle de Enmedio, en el centro de la ciudad, ha sido trasladado por ambulancia a este centro hospitalario en ausencia de signos vitales. Viste camiseta de mangas largas y pantalón azul desmontable. Calza zapatillas negras y lleva gorra roja con el logotipo de un club de tennis, además de gafas de jardinería. A su llegada, no se realiza exploración electrocardiográfica por estar ocupado el equipo correspondiente en otra consulta. Sucede lo mismo con la temperatura y la tensión arterial. Imposible acceder a información de tipo anagráfico ya que el paciente en cuestión no lleva consigo ningún documento y no responde a estímulos verbales.
Mal estado general. Inconsciente. Imposible valorar orientación. Glasgow tres. Trauma score revisado cero.
El rostro se encuentra vendado posiblemente por traumatismo atendido con anterioridad y la imagen que se observa detrás de las gafas podría corresponder a una gran dilatación pupilar, producto de administración de sustancias psicotrópicas.
No se evidencian movimientos respiratorios y, colocado frente a las fosas nasales, el espejo no se empaña.
Tórax en quilla en el que se palpa una malla cuadriculada sin que sea posible acceder a arcos costales.
No se escuchan ruidos cardiacos ni en el lado izquierdo ni en el derecho.
Abdomen depresible siendo necesario advertir que, debido a que no se pudo separar la camiseta del pantalón, estas valoraciones se han hecho a través de la ropa.
Miembros inferiores sin edema aunque rígidos.
El personal de enfermería refiere que le resulta imposible acceder a vía venosa y el residente de medicina intensiva refiere no poder hacer la intubación endotraqueal.
Se intenta administrar adrenalina infructuosamente y, cuando finalmente se dispone del electrocardiógrafo y las enfermeras empiezan a colocar los electrodos, se recibe comunicación de las azafatas de admisión advirtiendo que un niño de nombre Joan F. ha perdido su espantapájaros en la misma calle en que fue encontrado el paciente.
Se suspende entonces el protocolo de paciente vital que se había iniciado y se realiza este informe a petición del jefe de servicio.

25 nov 2010

Happy happy new year. Valencia, Venezuela.

¿Qué cosa son, qué danza macabra intentan representar esas dos carrozas fúnebres que corren a toda velocidad por la Avenida Bolívar de Valencia, a veces adelante la de carrocería negra, a veces la gris? Son las tres de las mañana del 1° de enero y yo, que he salido a la calle a pensar en mi hijo recién nacido o quizás a ver los últimos destellos de los fuegos artificiales, me encuentro con dos carrozas que parecen competir en la noche valenciana a lo largo de la avenida más concurrida, a esta hora sólo transitada por borrachos, putas y equivocados de todo tipo.
Imbécil de mí, en lugar de preguntarme cuál de las dos carrozas ganará y llegará primero a la redoma de Guaparo si es que acaso ésta es la meta, la primera interrogante que pasa por mi mente es si las carrozas estarán llenas o vacías, si esos ataúdes que pareciera se asoman a través del cristal de la parte posterior contendrán o no algún cuerpo inanimado.
La cursilería navideña momentáneamente me hace ver en esta situación una caricatura grotesca de la muerte y la resurrección: la muerte que atraviesa a doscientos kilómetros por hora una avenida más o menos desierta y el hombre que sale a la calle a recordar el rostro de su hijo recién nacido. Menos mal que inmediatamente me repongo, dejo de ver en las carrozas que ya deben estar a punto de estrellarse contra la redoma de Guaparo ninguna cosa que no sea dos carrozas a punto de estrellarse contra la redoma de Guaparo, detengo el carro y le pregunto a un vendedor ambulante de cervezas de qué se trata:
—¿Tiene mucho tiempo fuera, señor? —me repregunta él.
—No, pero ... —miento descaradamente sabedor de que una confesión de ese tipo puede fácilmente costarme la vida o la cartera.
—Entonces es que sale muy poco porque esto tiene pasando casi tres años.
—¿Sí? —le digo como abriendo el chorro de su información mientras con la mano derecha le extiendo un billete de cinco en signo y señal de que me tomaré al menos una cerveza y él no perderá su tiempo.
—En efecto, son los de la funeraria Arismendi contra los de la Salón. Hacen esta competencia todos los viernes a la una. A veces ganan unos, a veces los otros, pero todos en la ciudad apostamos.
Mientras habla, las carrozas regresan, esta vez en sentido contrario, de norte a sur. Y la gris lleva por lo menos veinte metros de ventaja.
—Es que la carrera termina en la Avenida Cedeño, donde están haciendo los trabajos del metro. ¿No ve que por allí es que quedan las funerarias? La que va ganando es la de la funeraria Arismendi. Yo le aposté veinte bolívares. La maneja Alfonso y a mí me han dicho que él no toma los treinta y uno.
—Pero, ¿y el resultado? ¿Cómo se entera uno del resultado? —le pregunto impaciente, todavía con media botella de cerveza en la mano izquierda.
—Lo dicen por Radio América a las tres y media.
—Y los los los los ... —tartamudeo, lo hago a propósito porque sé que ésta es mi pregunta fuerte y porque ya estoy a punto de partir —los ataúdes, ¿van llenos o están vacíos?
—Por favor. ¿Cómo se le puede ocurrir? Claro que van llenos. Si no qué sentido tendría.