20 feb 2019

Hacer pan, comer arepas


Por haber hablado de levaduras en voz alta hace una semana, dos personas me han preguntado si de verdad hago pan. La segunda de ellas incluso me pidió que de ser cierta la posibilidad le vendiera una pieza. Dije que sí a la primera pregunta y, obviamente, no a la segunda. 



El asunto es que tengo una larga relación con harinas y masas. Creo que esta proviene fundamentalmente de las arepas ya que crecí viendo cómo una mujer hermosa se despertaba todos los días muy temprano y, luego de llamarnos, presentaba en la mesa ocho maravillas tostadas con las que prácticamente aprendimos a hablar (1). 
La madre también hacía los domingos tres o cuatro hogazas de pan integral y, ocasionalmente, cuando la tribu lo pedía, pizzas y pan de jamón. Así transcurrió la infancia, entre una y otra levitación, que las de la casa no solo eran químicas ya que en una ocasión, luego de rezar cinco rosarios seguidos, mi hermano y yo vimos cómo el tío más santo se separaba de la cama aproximándose cada vez más al techo para luego caer de forma brusca porque una de nuestras bocas maravilladas dejó escapar la palabra coño.
Pero el impulso definitivo proviene del momento en que se atravesó en mi camino El taller blanco de Eugenio Montejo. No fue necesario que viniera Sean Penn para que las palabras que describían la panadería familiar, como si se tratara del mundo dando vueltas, me estimulasen a iniciar una guerra en que las granadas provocaban explosiones de harina y los misiles eran gigantescas barras de pan macizo, indestructible.
La técnica que me faltaba la adquirí en Sardegna. Fueron dos años junto al mar, en el segundo piso de una panadería. A las cinco de la mañana el horno comenzaba a despedir olores y era necesario despertarse. Si bajaba, el panadero me regalaba un cruasán a cambio de escucharle hablar sobre sus masas. Si no bajaba, igual no podía dormir porque, con el horno encendido, el buen hombre silbaba en la puerta trasera de su panadería. Por eso bajaba, para que no silbara. Por eso hago pan miércoles y domingo, pero no lo vendo.



(1): La arepa no es solo pan de maíz. Es un acto de amor. Caricia materna, arepitas de manteca, caricia que enseña a acariciar. 

Hundir los dedos en la masa. Nada más suave, nada más presente, nada más evanescente. 
La masa es cuerpo que se toca y se penetra, que se intenta asir y, aunque rodea las manos, desaparece. 
La masa es un amor que parece imposible pero que la insistencia de pretenderla arepa convierte en pelota. 
Nalga y mejilla, cachetes para acariciar dándole palmaditas. Círculo perfecto, la masa entre las manos, sin ni siquiera una estría, con poros que imitan la piel, la piel de la arepa.
Arepa humana, ni santa ni levita. Se sostiene sobre el acero y el fuego. No se derrite pero emana vapor, como cuerpo en la cama.






25 ene 2019

Nicolás Maduro o Juan Guaidó: ¿qué nos ha enseñado la ficción?




He de reconocerlo desde el inicio. Poco sé de política, nada. Cuando creo que un candidato puede ganar, seguramente porque simplemente lo deseo (que gane), mi candidato pierde. Así ha pasado siempre y seguramente seguirá pasando. Tampoco logro ver la jugada maestra que puede cambiar el curso de la historia. No la vi en Chávez cuando después de salir de la cárcel en 1997 recorría los caminos de Venezuela para multiplicar su discurso resentido. Sinceramente creí que eso no iba a llegar a nada. Tampoco lo vi hace cuatro semanas cuando los medios de comunicación, a raíz de su llegada a la presidencia de la Asamblea Nacional comenzaron a nombrar a Juan Guaidó. Me resulta perniciosa mi ceguera. Después de cuarenta años leyendo todo discurso político que me ha caído entre manos y sin nunca haber dejado de seguir la situación, muy pocas veces acierto. Creyente como soy en la academia, sé que la causa fundamental es que no soy politólogo ni especialista en ciencias sociales. Esa condición, o esa falta de condición, me hace verlo todo desde el deseo. Lo otro porque, sin haber hecho nunca política de mediano o alto nivel (las escaramuzas universitarias obviamente no cuentan), lo que creo saber de política lo sé a través de las noticias, las crónicas y la ficción (novelas, cine, serie) que consumo permanentemente. Como todos, como casi todos. Y porque soy un claro especimen del siglo pasado. Sin posibilidad de duda. Por eso no vi venir a Chávez, que era más del siglo XXI. Por eso no entendí de qué se trataba el asunto de Guaidó, quien ahora que me intento acoplar al XXI es más (él no, sino la forma en que llega al poder y el enfrentamiento entre Rusia y Estados Unidos que propicia) del siglo XX.
Sin embargo, a pesar de ello, defiendo mi derecho a especular, sobre todo porque Venezuela actualmente se encuentra en una situación en la que de hacer solo se puede dos cosas: esperar y especular. Pienso en Venezuela y, como todos, solo tengo dudas y miedo. ¿Qué puede pasar en un país con dos presidentes, uno reconocido por Estados Unidos, otro por Cuba y Rusia? ¿Qué va a pasar con Guaidó? ¿Qué va a pasar con Nicolás Maduro? En una semana, ¿cuál de los dos vivirá?, ¿quién será el presidente único si acaso será uno de ellos?, ¿quién habrá muerto o huido del país? Desde el deseo de cambio que me anima, pensando en el bienestar de mi familia, mis amigos y conocidos, con la esperanza de que cese la tragedia que conocemos como diáspora, casi rezando un rosario para que en las farmacias de Venezuela vuelvan a vender antihipertensivos y que para comprar pan no haya que oficiar un Te Deum y hacer un curso intensivo de geopolítica, por todo ello y muchas más cosas, espero que la opción de Guaidó crezca y se fortalezca, que gane más apoyos a nivel internacional, que su discurso sea firme y, en la medida de lo posible, conciliador.
Para que eso pase, a pesar del apoyo que militares y jueces en las últimas horas han dado a Nicolás Maduro, solo puedo imaginar un escenario de negociación. Todos ellos, sonrientes en la foto de hoy alrededor del sindicalista salsero, de largos bigotes, están negociando con las autoridades americanas. La mayoría, lo sabemos bien, son personas inteligentes (qué duda cabe) pero de escasos escrúpulos. Lamento decirlo, pero son malandros: basta escucharlos, verlos, leerlos, revisar sus expedientes (el del Presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Maikel Moreno Pérez, ruborizaría a Michael Corleone). Son la corte malandra que ampara y rodea a Nicolás Maduro. Él cuenta con ellos para derrotar a Guaidó. Pero todos y cada uno de ellos están actualmente negociando con los emisarios de Donald Trump. Piden inmunidad, que los dejen entrar en Estados Unidos, que no embarquen sus cuentas, que les permitan conservar las propiedades en Miami o cambiarlas por apartamentos en México, pero que los hijos puedan seguir estudiando en Madrid o Davos. Así de simple. De eso depende el futuro de Guaidó, de Nicolás Maduro, de Venezuela, de lo que Estados Unidos decida que va a hacer con sus deseos. Estos van a ser trasladados, en carpetas de papel o de bites, en las próximas horas o días, a la mesa de Donald Trump. De lo que él decida y concilie con Putin en la lejana Rusia depende que la solución venezolana sea un baño de sangre o una transición pacífica. Así de sencillo. Alrededor de una mesa, como si se tratara de una escena de El aprendiz. 
Caramba, quién iba a pensar que esos capítulos al borde del vómito eran clases magistrales de alta política.


24 dic 2018

Liturgia venezolana, "El niño criollo"


Lo escuché por primera vez en una iglesia rodeado de niños que, como tiene que ser, luego serían profesores, vendedores, agricultores y, por qué no, políticos y malandros. Era un aguinaldo, un villancico, en el que el Niño Jesús se parecía mucho a nosotros: "Si la Virgen fuera andina / y San José de los llanos / el niño Jesús sería / un niño venezolano". Ahora sé que su letra, formada mayormente por octosílabos, fue creada por Rosario Marciano y que la música (cuatro, furruco, tambor y maracas) la incorporó Luis Morales Bance. Pero entonces, en la novena de misas que nos acercaba a la Navidad y que en Venezuela se conoce como misas de aguinaldo, con los cohetes que encendían las catequistas retumbándome en los oídos y la boca deseosa de desayunar pan de jamón y la media hallaca que me tocaba por estatura y necesidad, entonces solo era capaz de reconocer por instinto una virtud rompedora que acercaba el rito religioso a la vida ya que permitía cantar en la iglesia un aguinaldo que también sonaba en la radio y se bailaba en la televisión. "Tendría los ojos negritos / quién sabe si aguarapados / y la cara tostadita / del sol de por estos lados". A esa irreverencia habría que añadirle ahora la clarividencia de haber avizorado desde la Venezuela pletórica de los años 60 una realidad que lamentablemente ahora nos toca de cerca. Y es que, para quienes hemos crecido entendiendo que la Virgen María y su marido, el carpintero José, eran una pareja de migrantes necesitados, a lo largo de los años, el Niño Jesús ha sido canario y llegó en cayuco a Venezuela entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Luego fue español y sus padres huían de la Guerra Civil. "Por cuna tendría un chinchorro / chiquito y muy bien tejido / y la Virgen mecería / al Niño Jesús dormido". Cinco años después, fue croata e italiano. Luego, colombiano y peruano. Pasaron varias décadas y volvió a ser croata y kosovar aunque simplemente le decían balcánico. En esos mismos años sus padres habían sido comunistas, provenían de Cuba y, más viviente que nunca, el pesebre intentaba pisar la costa de Florida. Ha sido también marroquí intentando caer desde una alambrada en Melilla y sirio caminando con sus padres hacia Alemania. "Él crecería en la montaña / cabalgaría por los llanos / cantándole a las estrellas / con su cuatrico en la mano". Que el Niño Jesús tenga tu nacionalidad es un privilegio que, a pesar de la letra de Marciano y la alegría con que hace cuarenta años cantábamos su aguinaldo, todo el mundo quiere postergar y quizá muchos hubieran deseado que este año no fuera nuestro pero lamentablemente es lo que nos ha tocado y María y José, ella andina y él de los llanos, este año han caminado por debajo del puente Simón Bolívar. Así han llegado a Colombia y de allí a Perú y a Ecuador. Quizá a Chile y Argentina, huyendo de la pobreza, escapando del dolor. Pero también han salido en cayuco hacia las Antillas y hoy María puede estar en un calabozo de Curazao o de Trinidad. O después de pisar el mosaico de Jesús Soto en el Aeropuerto de Maiquetía el pesebre que hoy todos somos como país castigado y migrante recibimos la Navidad en Madrid, en Londrés o en París y el Niño Jesús hoy nace sin hambre pero con la tristeza de no poder sonreírle a sus abuelos. También sigue, multiplicado por millones, viviendo en Venezuela. Allí está siendo engendrado, allí nace, allí incluso muere a cada segundo por falta de antibióticos y vacunas un pobre Niño Jesús desnutrido, un niño criollo que somos todos cuando sabemos de él y lo sentimos tan cerca ya que nace en nuestro dolor. 



A él, a sus "ojos aguarapados", al sol inclemente que está a punto de recibir, le pedimos amor, le rogamos cambio y esperanza.

19 dic 2018

El tiempo literario




Aunque no respete su carácter standard y altere su duración a través de palabras, ideas y líneas, el texto literario puede incluir las unidades de medidas que se le asignan al tiempo. Así, en relatos, novelas y ensayos, incluso en poemas, escribimos segundos y minutos a pesar de que sabemos que, en la literatura, el tiempo viaja en una dimensión especial, absolutamente ajena a la física.
Sin posibilidad de dudas, el tiempo es otra cosa en literatura. No tiene por qué ser necesariamente más lento aunque los asuntos literarios mayormente germinan y se incuban muy lentamente. Pero en ocasiones, la literatura es velocísima. Rápida como un rayo. Por encontrar analogías, el tiempo literario se parece más bien al tiempo amoroso en las redes sociales. Rápido y lento. A veces rapidísimo, a veces lentísimo. En ocasiones inexistente.
Por ello un tocado puede demorar ochenta páginas en deshacerse si quien narra y describe es un novelista francés del siglo XIX o un haiku en apenas tres líneas puede contener una vida completa e integrar en ella generaciones pasadas y venideras. Ni siquiera se trata de sustituir las unidades de medida por líneas o páginas. Es otra cosa. El tiempo literario es anárquico. No acepta las reglas de ninguna academia, ni de artes ni de ciencias. No solo pasa dentro de los textos sino también con sus hacedores. Así, un joven escritor puede tener ochenta años y las dos caderas con prótesis si apenas ha publicado uno o dos libros o si su producción sigue siendo fresca.  En el caso contrario, un hombre de cincuenta años puede ser un escritor anciano desde hace veinte si ya ha publicado varios libros relevantes y su escritura leída en silencio chirría como un puente oxidado, artrósico. Hay también casos de personas que han empleado toda su vida en escribir un solo poema. Un poema de cinco o seis versos. Cincuenta o sesenta años invertidas en ordenar en el espacio cuarenta palabras que un robot podría leer en un minuto pero que para comprenderlo a cabalidad podría necesitar dos o tres generaciones.
Es el tiempo literario. Una de las pocas cosas que respeta es el orden de las estaciones. A mí en invierno se me parece más a una manta, que aprieta y libera donde y cuando quiere. En verano, no lo sé: como cada año cambia, falta todavía tiempo, salud y escritura para verlo. Lo único seguro sigue siendo que no se mide con reloj ni contador de palabras, sino simplemente leyendo y escribiendo.

10 dic 2018

Paganini



Desde pequeño adoro escuchar música clásica. Porque era el sonido natural de la casa en que crecí: mi tía o mi hermana tocando el piano y mi madre rascando el dial del radio de tres bandas hasta encontrar algún acorde de su Beethoven preferido. Luego descubrí un tocadiscos y, junto a él, dos vinilos que desde entonces me han acompañado: el Concierto Nº 4 para violín y orquesta de Nicolo Paganini y el Concierto en Mí menor de Mendelssohn. Por ellos, cuando debí escoger un instrumento en la Escuela de Música, escogí el violín y no el piano. Y por ellos y por la ruidosa vulgaridad del maestro Sienkewicks también lo dejé: sencillamente comprendí que nunca podría tocar la música que tanto me gustaba y que tenía más sentido seguir escuchándola. Eso es lo que he hecho desde entonces, hasta el punto de que no entiendo cómo estos vinilos todavía dan tanto de si y se siguen escuchando. Paganini y Mendelssohn. Con los años, he convertido el dúo en trío agregándole a Tartini, El Trino del Diablo. Los escucho una y otra vez, cada vez que puedo. Pero mi preferido es sin duda Paganini y su concierto Nº 4. No solo lo he escuchado muchísimas veces sino que nunca he dejado de sentir en él un juego amoroso entre el violín y la orquesta. Es, de hecho, la única pieza musical de mi vida en que, emocionado, me permito erigirme en director musical imaginario y con mi mano izquierda, a veces armada con un bolígrafo, en otras con una tijera de podar, inyectarle ritmo al violín de Arthur Grumiaux. Lo sigo escuchando en el vinilo original: una primera edición, registrada pocos días después de su reestreno en París, con la orquesta dirigida por Franco Gallini.



Esta es también una historia interesante, rocambolesca, que como la licuefacción de la sangre, se puede creer o no pero que es mejor creer. El concierto fue presentado por primera vez en Paris, en 1831, pero luego se perdió hasta que en 1936 un descendiente de Nicolo Paganini vendió un baúl con partituras manuscritas, una de las cuales advertía, en la caligrafía de su hijo Achille, que se trataba del Concierto Nº 4. Esta partitura llegó a las manos del coleccionista Natale Gallini quien vio que faltaba la parte correspondiente al solo del violín y, determinado, no descansó hasta encontrarla, entre unas partituras de un paisano suyo, Giovanni Bottesini. Si este pasaje resulta extraño y demasiado endogámico, el que viene lo será más todavía. Con el rompecabezas ya completado y, en ocasión del trigésimo quinto cumpleaños de su hijo Franco, Natale Gallini le obsequió a este la partitura, permitiendo así que Franco dirigiera a Arthur Grumiaux y a la Orquesta de Conciertos Lamourex el 7 de noviembre de 1954, interpretando en Paris el Concierto Nº 4 de Nicolo Paganini.


He escuchado otras versiones quizá más completas del mismo concierto, pero he decidido quedarme con la original y también creer el circuito gracias al que fue hallada la pieza. Escucharlo es uno de mis momentos preferidos y muchas veces he pensado que si alguna vez me llegase a encontrar en el paredón aquel, el de la muerte anunciada, y me fuese concedido un deseo, pediría volver a escucharlo. Eso sí, mucho cuidado: es necesario advertir que este concierto me gusta tanto que podría liberarme de mis heridas y, escuchándolo todavía, encontrar fuerzas para escribir otros cuartientos.

20 nov 2018

Aprender y vivir




Por haber vivido siempre al amparo de la literatura (comulgando en ella, confiando en ella, habiendo sido rescatado innumerables veces por ella) cuando hablo de sus potencias deletreo las palabras vida, goce y sufrimiento. Sigue siendo cierto: leyendo y escribiendo me he convertido en persona y me he hecho mayor; me he enamorado y he aprendido a seguir queriendo; me he multiplicado en hijos y amigos; he visto alguna vez mi nombre escrito en letras gigantes y otras recogiendo la mierda de los pájaros; he sido juez un día y por muchos años también condenado a morir cada noche para despertar luego como si nada hubiera pasado; he sobrevivido angustias profundas y, como si fueran veneno, también he aprendido a cambiarlas de mano para no beberlas. Gracias, señora. Muchísimas gracias.

Esta potencia de vivir es tan grande y parece abarcarlo todo tantas veces que ocasionalmente olvido otra importantísima: es que leyendo y escribiendo no solo se vive sino que se aprende a vivir. No es en absoluto una perogrullada porque no es lo mismo vivir que aprender a vivir.

Intento explicarme. Quien lee y escribe literatura adquiere progresivamente una inteligencia que siendo en origen literaria se hace vital. Hablo de una inteligencia de sentimientos y hechos: poesía y narrativa. 
No se trata solo de oler y recordar lo que olíamos cómo nos ha enseñado Proust, de delirar como Vila Matas dentro de laberintos de autores y ficciones, de seducir, robar y maldecir como Casanova o de caminar recogiendo piedritas y lanzándolas a las nubes como García Márquez. Se trata de que, una vez leídas y escritas, se ven las cosas venir y se puede organizar lo que queda por capítulos. Algo así como que si los olivos no florecen en primavera no habrá aceite en invierno. Gran cosa, puede decir alguno, eso también se hace con el Calendario Zaragozano, viendo El tiempo en la uno o con una aplicación en el móvil.

La maravilla literaria es que no solo se trata de eso. Quien lee y escribe sabe interpretar más rápido que nadie la sonrisa de una mujer, avizora en sus ojos el amor o el odio, intuye qué han comido los ancianos de la plaza luego de escucharles tres chistes, le basta con ver el final de las películas para saber el color de los calcetines de todos los protagonistas, podría incluso predecir el número que con más felicidad cantarán en diciembre los niños de San Ildefonso.

No exagero, no. Quien escribe no lo hace porque ha aprendido a vivir y, en la medida que transcurre la vida, sabe que la literatura es una escuela de la que preferiría nunca egresar.

8 nov 2018

Tarde redonda con espinas



Comienzo leyendo Demencia Precoz, de Teófilo Tortolero. Era un poeta de la Valencia en que crecí  y su libro, que más que  de medicina está impregnado de cuerpo y enfermedad, fue prologado por José Solanes, psiquiatra de Antonin Artaud y de mi tío Fernando. La lectura es maravillosa aunque rápida. La interrumpo cuando empiezo a pensar que todos mis empeños poéticos de la infancia solo pretendían emularle. "Si comienzo a morir esta tarde / caliéntame con fiebre / de tu buena compañía". Con los ojos cerrados recuerdo la ocasión en que le conocí. Yo tenía 20 años y Reinaldo Pérez So ya había pisoteado (calpestato, en italiano, expresa mejor lo que de verdad hizo)  mis poemas y oraciones. Yo ya escribía cuentos y nos habían dado un premio: a Teófilo en poesía, a mí en narrativa. Es mentira que fuese un hombre rural, pero los hechos de que viviese en Nirgua, que estuviese enfermo, a punto de morir, y que su libro premiado llevase por título La última tierra me sacan del sofá y me conducen al patio. Comienzo podando la buganvilla (trinitaria, no sé por qué, la llamábamos en La Entrada) y a pesar de los guantes me pincho los dedos recogiendo las ramas. Cuando termino reviso las plantas que me han traído del vivero. Hay un mango. Parece imposible pero en España ya han domesticado sus fibras y semillas. Ya pasó con las papas y el tomate. Ahora le toca al mango y al aguacate. Obviamente lo elijo de primero para plantarlo. La tierra está blanda. Lo agradezco porque, aunque pasé las tardes de mi infancia cavando agujeros para enterrar perros muertos  y plantar arboles, han pasado muchos años desde entonces y mi espalda no es la misma. Empieza a ser obvio. La ruralidad siempre ha sido mía y hubo un momento de esta tarde en que se la atribuí a Teófilo. Su poesía me ha permitido recordarla y este mango quizá dará frutos el año próximo. Vaya milagro. Para celebrarlo abro una botella de ron nicaragüense. Pienso en Daniel Ortega. Lo maldigo y vuelvo a Teófilo. "Cuando la última tierra sea un terrón / sin amo/ la cola de un caballo tirado en el barro / por su dueño loco / y los candados vuelen de sus nidos …". Con ese poema en el siglo pasado me enamoré cinco veces. Nunca dije que era mío, pero tampoco que no lo era, y solo una vez me descubrieron.

4 nov 2018

Insomnio, fundamentalmente en la noche


La mujer que en la noche acude a urgencias para curar su insomnio encuentra en las ojeras del médico que la atiende una reproducción de su agonía. Son simplemente otros dos ojos, pero sus párpados pesados y la bolsa de carne fofa y oscura sobre los pómulos le resultan tan conocidos que comienza a llorar. Casi todos los dolores aumentan con la oscuridad y el frío, pero ninguno duele más que el insomnio, incluso el ajeno. "Deberían escribirlo con hache, con hache mayúscula", dice ella. "No lo hacen porque mienten. Todos, lingüistas y demógrafos, todos mienten", piensa él, pero nada dice. Se limita a escuchar y se atreve a pensar que de haber podido conciliar el sueño le habrían despertado para atender este aviso. Uno y otro tienen deudas y dolores, aman, odian y se confunden digitando las letras para demostrar que son personas y no robots. Apenas son dos aunque parezcan muchos, como si los estudiantes de la mañana ya hubiesen llegado al hospital o nunca se hubiesen ido de él. También, dependiendo del ángulo, podrían parecer uno, apenas uno, solamente una masa informe y fragmentada que quiere dormir. Un fragmento que quiere y no puede y otro que no puede ni debe por lo que no importa si quiere. Pero igual quiere. Lo que pasa es que por no poder ni querer durante toda la noche rumia y piensa. Juntos hacen un círculo perfecto a fuer de imperfecciones. Ella habla y él escucha. Ella pide consejos y él los da o al menos juega a darlos." ¿Y si los siguiese él también?", se pregunta en silencio. Es verdad que no debe dormir, pero al menos podría tranquilizarse. Con ella está funcionando y ya está dispuesta a irse, a intentarlo otra vez. Quizá también con él funcione. Por eso, cuando ella sale con el informe en la mano, se acerca a su asiento todavía caliente y se deja caer. Juega a ser un paciente imposible porque no ha dado datos ni llamado a la enfermera. Nadie vendrá a atenderle, lo sabe muy bien, pero algo de terapéutico ha de tener esta silla rígida. De hecho comienza a sentirse mejor. Apenas lo nota, la puerta se abre y se asoma la paciente, mira hacia la silla vacía, la que hasta hace un rato ocupaba él, e inmediatamente entiende la situación. "¿Necesitas algo?, le pregunta. "Puedo ayudarte". Él recupera la compostura y, como si no la hubiera escuchado, le pregunta qué quiere. "Es que he olvidado las llaves del coche". Juntos las buscan hasta encontrarlas detrás del ordenador. Ella se marcha sin despedirse y él camina hacia su habitación, inquieto solo de pensar que por un momento consideró la posibilidad de aceptar la ayuda que le ofrecían.


22 oct 2018

¿Qué significa simpatizar con PODEMOS?



No tiene sentido negarlo. Gracias a las redes sociales y a su aparente irreverencia, los líderes del movimiento político español PODEMOS, parecen cercanos. Publicas un artículo y, como si nada, te aparece un comentario de Carolina Bescansa, de Pablo Iglesias o del miyagi Monedero. Son amigos de un amigo que es profesor de la universidad. Cuatro señoras juegan al parchís y a una se le ocurre comenzar a twittear con Iñigo Errejón. No problem, Iñigo inmediatamente responde y si no fuera por la hora parece que flirtea. Ellos visten como tú, pareciera que beben la misma cerveza que tú, que van a la misma librería, que odian al barbero como tú cuando eras feliz e indocumentado. Por eso (y por su descontento, claro está) una macedonia de independentistas, progres, ninis, estudiantes de tercera licenciatura, defensores del bien, becarios ochocientos euristas a pesar del doctorado y los cuatro idiomas, desconsolados melómanos cansados de escuchar a Joaquín Sabina y de sentir en su propia piel las injusticias de la trilogía TMM (Trump, Macron, Merkel) constituyen su espectro electoral, votan por ellos y son la vaselina que lubrica las llamadas telefónicas de Pablo Iglesias a La Moncloa.
Inicialmente conmovía tanta ingenuidad. "Ya caerán, ya se darán cuenta", decía Atlás, el perro de mi vecino, hace cinco y ocho años cuando el movimiento emergía. Pero ya no. Ahora genera rabia e incluso asco.
Es tan obvio que avergüenza tener que explicarlo. Sin embargo, lo intentaremos. Quien chatea con Monedero, le sonríe a Errejón o piensa que Pablo Iglesias es su alma gemela, al hacerlo está acostándose en la cama con José Luis Rodríguez Zapatero, Nicolás Maduro, Hugo Chávez  y Fidel Castro. ¿Es que no le da un pelín de asco?  Al reírse de sus chistes y de sus salidas de tono, usted está aplaudiendo a Tarek William Saab y celebrando con champán el "suicidio" de Fernando Albial precipitado desde el décimo piso del SEBIN caraqueño hace apenas dos semanas. Cada like a Errejón o cada mensaje en Instagram a Pablo Iglesias equivale a una muerte por hipertensión no tratada en una casa de Venezuela, a un paciente con VIH que no tiene terapia antirretroviral para controlar sus linfocitos, a una madre que en las calles de Caracas busca comida para sus hijos en las bolsas de la basura o a cinco jóvenes que se marchan del país caminando porque se cansaron de no comer y que luego una mafia innombrable termina convirtiendo en prostitutas.
La próxima vez, antes de reír cualquier ocurrencia que le parezca cercana de los líderes de PODEMOS, pídales que le cuenten de los saraos que hace diez años Hugo Chávez les montaba en La Florida caraqueña, de los hoteles en que los alojaba, de los programas políticos que para él construyeron y de los millones de dólares con que recompensó su trabajo y patrocinó el comienzo de sus actividades. Exíjales que muestren la factura telefónica de los últimos diez años, que expliquen qué oscuro negocio, qué peludo placer, lleva a Rodríguez Zapatero cada dos semanas a Caracas y de qué forma todos los días Pablo Iglesias presiona a Pedro Sánchez para que se suavicen las medidas contra dictadura de Nicolás Maduro.
Cuestiónese al menos. Si usted lo hace, quizá yo deje de llorar y maldecir, quizá contemple la posibilidad de respetarle nuevamente.

9 oct 2018

El bucle amoroso de la portabilidad telefónica




Vodafone me hizo una oferta que, imbécil de mí, escuché. Era la portabilidad: una especie de divorcio sin consecuencias, una migración a un mundo mejor y más barato. Movistar me la explicó desde el cariño y me arrepentí. No tenía sentido. Le agradecí incluso que me indicara la forma de deshacer el entuerto. En eso estuve durante por lo menos 72 horas. Llamaba a Vodafone para cancelar la portabilidad y luego Movistar me llamaba para decir que no les constaba que el divorcio hubiese sido anulado. Vuelta a llamar y vuelta a ser llamado. Horas y horas. Al final igual Vodafone consumó mi divorcio con Movistar, sin importar mi negativa explícita ni el número de referencia de todas las cancelaciones que había hecho.  A partir de entonces me quedé sin línea, pendiente de ser retroportado a Movistar. Nada de Guatemala a Guatepeor. Más que la migración a un mundo ventajoso y de menores costes, se trataba del abandono de un pasajero en altamar. 
Cansado de nadar, sin ver posibilidad de orilla, sintiendo que el tiempo pasaba y Movistar no se ocupaba del asunto, compré una tarjeta de Lebara. No me arrepiento. Es lo mejor que he tenido en mucho tiempo, sobre todo por lo económico y porque tenía muy buenas tarifas para llamar al extranjero. Lo malo era que tenía que vivir con otro número y, por si fuera poco, como si estuvieran de acuerdo y lo supieran todo, Vodafone atacó la nueva línea con seductoras ofertas.
Mientras las escuchaba, vi pasar, absolutamente despreocupado, un usuario de Twenti. Consciente de mi envidia, no lo pude evitar y recordé una ranchera de Miguel Aceves Mejía: algo así como “Ay, Dios, cuándo me darás lo mío pa’ ya no desear lo ajeno”. Decidí ir a una tienda y sentí vértigo de solo ver las opciones que todavía no había frecuentado: Yoigo, Jazztel, Orange, Euskaltel, Simyo, Lowy, Amena y Pepephone.
Di mi número de telefono en algunas de ellas y comenzaron a llamar. El vértigo trascendió mi cuerpo y alcanzó el aparato, que quedó sin batería. Solo entonces comprendí que nunca me había aprendido el pin de Lebara. Puto pin.  De tanto tener no tenía otro recurso que insistir con la retroportabilidad a Movistar. En ello estoy: algo así como pedir que me vuelvan a querer, decir que he sido engañado, que me había arrepentido pero que Vodafone no quiso escucharme y se esforzó para que yo fuera un número más en su cuenta, pero que quiero y necesito volver. Todo eso, como en el siglo pasado, desde un teléfono de cabina, el único en quince kilómetros a la redonda.

30 sept 2018

Dos veces Slavko



En la puerta del hospital, informe en mano, me espera el acompañante del  último paciente. 
"Doctor, somos tocayos".
No le respondo inmediatamente. Me falta la costumbre y toda la vida he aprendido a llevar mi nombre como cruz, a mirarlo desde la acera de enfrente, a deletrearlo como si fuera una presentación (farmacológica o comercial, da igual) de medicamento y con el tiempo, pero muy poco a poco, a quererlo.
Fundamentalmente sé (y durante la infancia lo lamenté muy mucho) que no me llamo Juan ni José, tampoco Santiago ni Carlos. Evidentemente es la misma situación de quien me habla.
"¿Te llamas Slavko?", le pregunto con incredulidad, como un marciano en la tierra le preguntaría a otro si viene de Marte, si acaba de llegar. Es también una forma de preguntarle cómo lo lleva.
"Bien", me responde y entre nuestros ojos se escribe una historia sobre la migración de los nombres. El mío desde Zagreb hasta La Guaira en los hombros de mi padre después de la segunda guerra.
"Eran otros tiempos", me dice.
El suyo desde Sarajevo hasta Madrid en medio de la guerra de los Balcanes. Ya han pasado 25 años.
Juntos recordamos a los tocayos célebres: Slavko Barbaric, el cura que se empoderó de la Virgen de Medjugorje, y cómo no, el niño partisano de los dibujos animados hace más de sesenta años: Slavko, el amigo de Mirko.
Podríamos hablar más. Yo le podría hablar de la biografía que le he inventado a mi padre. Podría preguntarle por su vida, si sabe quién es Salvador Prasel o Izet Sarajlic. Si se ha estremecido leyendo La enciclopedia de los muertos de Danilo Kis, si se emociona como yo cuando ve el Mar Adriático o cuando Croacia le mete dos goles a la Argentina de Messi y Maradona.
Podría podría pero el curso vital, sus heridas, las mías, y el encuadre hospitalario no lo permiten.
Nos despedimos con un apretón de manos. Todos los pacientes deberían ser iguales, pero es imposible.
Comienzo a caminar hacia la estación. Sonrío. No estoy solo. En esta provincia no soy el único que se llama Slavko. Haber haber, ya sé por lo menos de dos.

27 sept 2018

Reivindicación de Turkey



Cuando Enrique Vila Matas publicó Bartleby y compañía (Anagrama, 2000), quienes inmediatamente empezamos a adorar ese libro leímos otra vez a Herman Melville para encontrarnos con el escribiente Bartleby. Presentado por Vila Matas, relacionado con los escritores de obra amputada, que habían dejado de escribir o que nunca lo habían hecho, el escribiente Bartleby se antojaba encantador. La oración "preferiría no hacerlo" vinculada con el no escribir, que en realidad es la exageración extendida a lo largo de toda la vida del miedo matutino que impregna la vida de la mayoría de los escritores,  resulta(ba) atractiva y engancha(ba), fundamentalmente porque a partir de ella Vila Matas había construido un libro precioso. Fue por eso y no por otra cosa que empezamos a querer a Bartleby. También es verdad que antes de Vila Matas está el propio texto de Melville y la edición que de este hizo Bruguera: cubierta diseñada por Mario Eskenazy, prólogo y traducción de Jorge Luis Borges. Por todo ello comenzaron a proliferar libros que citaban a Vila Matas y nombraban a Bartleby, editoriales y librerías bellísimas que usaban su nombre como bandera, empresas que obviamente Bartleby habría preferido no acometer.


Bartleby en verdad es un personaje que carece de encanto. Inmóvil, pálido, desolado y morigerado desde el primer momento en que aparece en el relato. Fue contratado para influir positivamente en los dos copistas que ya trabajaban en el despacho: Turkey y Snipers, el primero de arrebatado carácter matutino, el segundo fogoso y ocupado en trapicheos. Durante los primeros dos días desempeña sus funciones de manera extraordinaria, pero ya al tercer día, cuando se le pide confrontar copia y original con su jefe-narrador pronuncia su inevitable "preferiría no hacerlo". A partir de allí, la repite ante toda propuesta que se le formula. Gris y pálido, por hacer, no hace nada. No habla, no participa, no copia. Incluso al final del relato se niega a renunciar y dejar de dormir durante las noches en el despacho. Pasivo y agresivo, obliga al abogado agregado a la Suprema Corte de New York a mudarse, dejando a Bartleby como mueble olvidado en un rincón. Para imaginárselo en la actualidad, habría que recordar a un huésped incómodo que permanece eternamente sentado en la mesa de la cocina, no saluda a los niños y, sobre todo, se niega abandonar la casa en el tercero, el cuarto y el trigésimo día. Aunque es inglés, como el relato sucede en New York, habría que diagnosticarlo con el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders): rasgos evitativos y esquizotípicos de personalidad. Más importante es que universalmente sería, ha sido y es un personaje incómodo, un amanuense silencioso e inútil, raro, gris, a quien solo el carácter pacífico y carente de ambición de su abogado-jefe-narrador puede encontrar interés.



Por si fuera poco, contrapuesto a Bartleby, en ese mismo relato de Melville hay un personaje fascinante. Se trata de Turkey, un copista también inglés que resplandece en las mañanas pero que se va apagando progresivamente a partir de las doce. Este declinar hace que en las tardes se descuide al mojar la pluma en el tintero y manche originales y copias llegando a mortificar a compañeros y jefe. Es, qué duda cabe, un personaje incómodo, pero florido, productivo. Una especie de Sancho Panza eficaz durante cuatro horas. "Sus trajes parecían grasientos y olían a comida. En verano usaba pantalones grandes y bolsudos. Sus sacos eran execrables; el sombrero no se podía tocar... Una vez humedeció con la lengua un bizcocho de jengibre y los estampó como sello en un título hipotecario".
Obviamente cada escritor elige el personaje que quiere. Y en el relato de Melville, Vila Matas eligió a Bartleby. Yo, sin posibilidad de duda, solo por el bizcocho de jengibre y la hipomanía matutina habría elegido a Turkey. Es mi personaje favorito de todo el relato. Si a partir de ahora veo en el Levante que habito una panadería, una tienda de jardinería o una carnicería que lleve su nombre, prometo ser cliente fiel. 

23 sept 2018

Hospital




De vez en cuando aparece en la consulta un paciente que dice odiar a los médicos y que rechaza todo lo que tiene que ver con el ambiente hospitalario. Habría que esforzarse para encontrar alguna diferencia con el profesional que lo atiende. Tiene manos y pies. Puede también ser depositario de carisma y estudios. No siempre viene obligado, lo que resulta paradójico. Pero igual aprovecha la primera oportunidad que se le presenta para despotricar del entorno al que nos sentimos especialmente vinculados desde las prácticas de la facultad; un edificio, un discurso, para muchos un sistema, con el que hemos construido una relación de pertenencia. Habla del hospital y es como si hablara de nosotros mismos. Así de profunda y lacerante sentimos la herida. Dice que incluso a lo lejos le disgusta: es por el color de las paredes. Construye al decirlo una paleta infinita que va del blanco al azul pasando por el verde y el gris ya que salvo el rojo y el negro colores los ha habido todos. Pero también por la arquitectura particular: desde fuera el hospital parece un cajón, así dice, pero dentro resulta que es un laberinto. Continúa con el olor. En su memoria se mezclan, como si se tratase de la pócima de la bruja, gotas de alcohol, iodo, asafétida, sangre, orín y lejía. Su recuerdo no considera que la mercromina, igual que los dinosaurios, está desapareciendo. Es lo que hay. Habla también de nuestras ropas. Dice que odia la bata blanca, que le produce rechazo y, escudándose en algún texto divulgativo, incluso enfermedad. Habla desde la memoria porque el médico que le atiende viste casaca y, hoy por un error del ropero, de color azul. ¿Cuánto de E.R. y Hospital Central hay en el discurso que esgrime y multiplica? Mucho quizá. ¿Y de las fobias de Tony Soprano? También, igual que quizá parte de la culpa la tienen las novelas de A. J. Cronin o algún artículo de tono médico de Juanjo Millás o de Manuel Vicent. Pero nosotros inevitablemente intuimos que la mayor parte de su rechazo viene de dos temas estigmatizados, la enfermedad y la muerte. Dos temas que hemos hecho nuestros cuando son ajenos, de los que nos hemos apoderado a través de un sistema que permite que los manejemos con guantes, pinzas y ordenador. Por eso y por la técnica adquirida con la formación y el trabajo al médico no le hacen tanto daño. Pero a este paciente sí. Cuando se marcha deja como duda si acaso hubo una experiencia primigenia: una primera visita al hospital en la infancia, la enfermedad o la muerte de un ser querido. Esa vivencia que quizá a nuestro paciente alejó de la clorhexidina a alguno de nosotros, al médico que le ha atendido por ejemplo, le sirvió de acicate para acudir a la facultad y hacer luego del hospital su casa. Esa es la única diferencia.

14 sept 2018

Cuartientos por encargo



Nada de miedo, Cuartientos no pretende multiplicarse en franquicias: estos textos no son productos sino perceptos y entre sus ingredientes no hay salsas, minerales ni telas, elementos que se han demostrado imprescindibles en el tema del franquiciado. Cuartientos tampoco se convertirá en un programa de radio al que los oyentes puedan llamar pidiendo sus canciones. Esto a pesar de que Radio Cuartientos es un excelente título para relato o novela. No repartiremos (ni el blog ni yo) pizzas ni paellas a domicilio. No por nada sino simplemente porque blog no cocina y servidor nunca lo ha hecho para más de cuatro. Lo que pasa es que ha habido un parón, en parte por el verano pero también por el otoño, y los lectores de Cuartientos reclaman su dosis. Quien lo explicitó por primera vez fue mi madre a través del teléfono: "No has escrito nada últimamente" En uno de esos bucles que solo es posible rizar cuando hay mucho sentimiento me hice un ovillo explicándole que publicar en Cuartientos era solo una pequeña parte del escribir y que bla-bla-bla-bla-bla. "El asunto es que no estás publicando nada en las últimas semanas", concluyó ella y cambió de tema sin posibilidad de protesta. Luego, el vecino con el que comparto las hojas de una falsa pimienta. Barrió su lado y en lugar de llevarse su parte la amontonó junto a mi parcela. "¿Y que pasa con Cuartientos?", me dijo cuando intenté acercarme para preguntarle si le ocurría algo. "Nada, nada. Es que estoy corrigiendo unos relatos", le respondí mientras, avergonzado, recogía sus hojas y las juntaba con las mías. Así fue hasta ayer, dos o tres reproches a la semana. Hoy, he podido notar, los lectores han depurado su técnica.. Simplemente me proponen temas: como si se tratara de un período de infertilidad creativa me rocían con las hormonas de su imaginación. Comenzó al cerrar la consulta, al final de la mañana. El primero fue Félix, el administrador de la clínica: un hombre que en diez años nunca ha hecho nada más que saludarme, en el ascensor comenzó a contarme su vida toda y luego, frente a admisiones, la de la mitad de sus representados. No terminaba de digerir tanta información y entré en la frutería, quizá buscando un laxante. Era el turno de Khalid: en diez minutos me contó el año más rocambolesco de su vida, repleto de sustancias, aduanas y piernas bonitas. Caminé como pude hasta la estación y, mientras esperaba el tren, el vigilante me abordó. Pensé que se trataba del abono a punto de caducar, pero no. El hombre también lee Cuartientos. "¿Tú eres el escritor, verdad?". Acto seguido, empezó a hablar de su pasión por las motos. Las donaciones en general me gustaban pero eran tantas que para metabolizarlas decidí refugiarme en el sofá. Sonó el teléfono. Era Bárbara, mi gran compañera de la facultad. Sin ton ni son, sin que nunca hubiéramos hablado de nada parecido, comenzó a referirme detalles del encuentro amoroso con un actor catalán, tan desconocido él para mí como yo para él seguramente. La escuché con atención. Cuando me pidió que registrase bien los detalles, comencé a amuñuñar una hoja de papel para que creyese que los estaba escribiendo con pluma sobre el escritorio de madera. Cuando terminó, vine corriendo a la cama a escribir este cuartiento simplemente para decir que el blog ha vuelto, que estoy escribiendo y que poco a poco iré perpetrando los cuartientos que mis lectores tengan a bien encargarme pero, eso sí, uno por uno, por favor.

10 sept 2018

Toro o "trainer"




A pesar de lo viva que es la fiesta del toro en la provincia reconozco no haberla vivido como tal. Sin embargo, por residencia y resiliencia, me toca ver la multitud a lo lejos. Los veo y no los escucho. Es que están muy lejos y ni siquiera abro la ventana. Los veo simplemente. Hace veinte años vestían de blanco, llevaban pañuelos rojos y algún sombrero. Parecía, por culpa del polvo en la ventana y la precariedad novicia de mis ojos, un cuadro de Sorolla pasado por aguarrás. En ocasiones se veía un cuerpo volar. Cuando caía, a pesar de que no había escuchado ruido hasta entonces, sentía el silencio y luego, siempre a través de la ventana, podía percibir el alivio o el espanto, grito o suspiro. Al día siguiente la radio enumeraba las costillas que se había roto el hombre y refería si había habido o no traumatismo craneal. El diagnóstico se comentaba en la panadería, en el trabajo, en el jardín, con los vecinos.
Después llegó el chándal. Estaba en todas partes, también detrás del toro, delante y a los lados. En esa época tampoco veía el animal. Solo la masa de tejidos acrílicos caminar hacia delante y atrás, hacia los lados. Dejó de parecerse a Sorolla y, negro sobre blanco, más bien me hacía recordar a Miquel Barceló, alguna cúpula bancaria apenas pintada. Por si acaso aprendí a limpiar las ventanas y empecé a ir al oftalmólogo. Igual. Lo que se veía era un conglomerado de telas oscuras y brillantes que iban y venían. Pensé en alguna ocasión que el toro bien podría ser yo, yo mismo, o que él y yo veíamos lo mismo. Más razones para no abrir la ventana a pesar de respetar las costumbres de mis vecinos y mi disposición a atenderles en caso de que mis servicios fuesen requeridos.
Ahora todo ha cambiado. Lo que veo es una marejada de colores. Rojo, amarillo, azul celeste, negro y blanco. Verde fosfito. Ropas estrechas. Mallas y zapatillas de running. Antes de la salida del toro, parece que está a punto de correrse una maratón. Y es que quienes acuden a la fiesta lo hacen con la misma ropa con que acuden al gimnasio, a la volta a peu, a los 10 K, a la maratón y tres cuartos. Algo de razón llevan: vestir así es más cómodo y seguro, quizá también resulta fashion. Cuando el toro sale, la masa se mueve hacia delante y atrás, a la izquierda y a la derecha. Suben y bajan frente a mis ojos. Dos pasitos p’alante y uno p’atrás. No puedo creer lo que veo. Quizá el cristal está empañado, quizá la miopía ha aumentado. Ellos lo distorsionan todo. Pero no, es la verdad. Está pasando a lo lejos, allá junto a la plaza en la plaza. Es una clase de cross fit o una sesión de zumba. Los clientes del gimnasio se mueven a tope. Y el toro, señores, por culpa de la vestimenta de los aficionados, el toro es el monitor. Sus ojos y sus cuernos hoy dirigen el entrenamiento colectivo.