29 sept 2012

CUARTIENTO DEL PRIMO BURLÓN

La familia política ―¿por qué familia, por qué política?― me ha regalado un primo que tiene por virtud el burlarse de todo. Su pertenencia a la familia también se ha efectuado por la vía política y estoy seguro de que cada uno de sus comentarios los hace con la mejor de las intenciones. Tan sólo quiere reírse un poco y propiciar que los otros también lo hagan realzando un detalle inicialmente imperceptible, pero clave, de cada uno de los otros miembros del grupo familiar, consanguíneos o no.
Así, lo he visto más de una vez burlarse de un primo que baila flamenco.
―Mira cómo baila. Jo, qué gracioso.
En este apartado, es necesario reconocer su generosidad. De este primo flamenco podía haber hecho comentarios mucho más mordaces que lo habrían destruido, pero realzar el baile es si se quiere un comentario tan sutil que no le permitiría al primo víctima ni siquiera molestarse e incluso lo obligaría a reír junto al primo burlón.
De una tía anciana que padece una especie de demencia con esclerodermia podía haberse burlado por su tacañería, pero obvió este detalle, demasiado evidente, y simplemente apuntó un detalle.
―Aquí la podéis ver, no se mueve. Pase lo que pase, siempre permanece impasible.
Del apellido de la familia que nos une, Mitidieri, lo traduce al italiano y cada vez que lo ve sobre una hoja lo dice:
―Mitos de ayer. Aquí lo dice.
La familia, que tuvo un pasado interesante y ahora tiene un presente por decir algo duro, lo escucha con dolor, pero no puede hacer nada. Es el primo burlón. Y, además, cada vez es más rico. La risa, la burla y seguramente su trabajo lo han enriquecido.
El otro día, durante una celebración familiar, de la que veíamos el video, me escogió como víctima.
Quienes me conocen saben que siempre he tenido tendencia a la barriguita. Además, tengo una escoliosis leve y un poco de culo por algún ancestro africano. Esa combinación la he llevado lo mejor posible durante toda mi vida, pero en ocasiones me sucede que se me escapa el pantalón y, obviamente, lo tengo que subir. Pues eso fue lo que hice durante la celebración. Un movimiento de cadera, otro de culo y, zas, el pantalón ya estaba arriba.
En el video el detalle era casi imperceptible, pero el primo que se burla de todo detuvo la reproducción, retrocedió y luego revisitó mi escoliosis a cámara lenta.
Allí estaba yo, mirando a la izquierda y a la derecha, llevándome las manos a la cintura, moviendo el culo hacia uno y oto lado y luego, descaradamente, con una vulgaridad insólita en mis movimientos, ajustándome el pantalón la cintura. Obviamente, no podía faltar su voz de profesor de pueblo comentando mis movimientos:
―Aquí podéis ver el sutil movimiento del tío Slavko. Imperceptible, ¿verdad? Pues ahora mírenlo lentamente.
A partir de ese día, supe que algún día le escribiría un cuartiento, no para vengarme ni nada de eso, sino simplemente para realzar esa cualidad suya, de burlarse de todo lo que le rodea, su sacrosanta virtud.
Agrego, además, un detalle, quizás imperceptible para él y para quienes le rodeamos y lo hemos aprendido a querer. Cuando termina la burla, siempre hay un momento en que se lleva la mano derecha primero a los genitales y luego a la nariz. Es demasiado asqueroso, pero es mi primo burlón. Otro de los personajes de mi familia política. Insisto: ¿por qué familia, por qué política?

12 sept 2012

El dedo de la palabra




Hay un dedo que según mi hija merece ser llamado el dedo de la palabra. Realmente —como ella se refiere al tercer dedo de cada mano, el dedo medio de toda la vida— hay dos: uno en cada mano. Los señala así, con la palabra "palabra" como parte final de un camino de eufemismos. La "palabra" en este caso es una palabra mala, equivalente a grosería, y el dedo de la palabra entonces también podría ser llamado el dedo de la grosería. En los últimos diez días lo he sujetado entre mis manos en varias ocasiones. La primera el sábado, cuando vi a dos conocidos escritores españoles en un programa de televisión haciendo de tertulianos, que significa hablar de todo, pero fundamentalmente mucho y en voz alta, atropellando a los demás. Es verdad que todos tenemos que ganarnos la vida y que Cela y Umbral también mataron tigres en la televisión, pero ganarse el Nadal y el Municipal de Torrelodones para terminar hablando en televisión sobre una concejal que se masturba frente a su teléfono es sencillamente una directa invocación al dedo de la palabra. Contenido como estaba entre mis manos, el dedo mismo empezó a hablar, a despotricar en contra de los colegas escritores del siglo XXI, incluido yo mismo. ¿Escritores de qué? De miniartículos díscolos que se publican en las redes sociales, facebook por nombrar alguna, o en un blog como éste. Es(t)os miniartículos son una cagada y, seguramente, ningún escritor los firmaría en una revista seria. O escritores de tweets. Si el miniartículo es una cagada, el tweet es una flatulencia, sencillamente porque el mundo no necesita saber qué piensa a cada instante ninguna persona, por conocida o por escritora que sea. Yo, que soy cuartientólogo, pido disculpas a mis amigos por lo que estoy escribiendo, pero sencillamente repito el dictado del dedo, el dedo de la palabra. Este elemento se volvió a alzar hace apenas dos días, ante la ausencia repetida de un trabajador doméstico. Esta vez no pude contenerlo. El dedo de la palabra saltó a la mesa y, de manera autónoma, sin necesidad de que yo le dictase nada, comenzó a escribir: "No te diré nada al respecto. Simplemente lo que tú mismo dirías como cliente en cualquier situación de la vida cuando te sientes estafado o la persona que se ha comprometido a algo contigo no te cumple. Eso, dítelo tú mismo, escúchalo de tu propia boca". Pobre dedo de la palabra, últimamente tan irascible, así de irritable. Se enfada mucho también cuando le toca ir con mi cuerpo al colegio de los niños. Este es un colegio peculiar y el más tonto puede ser presidente del consejo. ¿Presidente de qué, de qué consejo? Del consejo del dedo de la palabra. O cuando encuentra al vecino al que le molestan las ramas de los árboles que nacen en nuestro patio y pretende que yo vaya a cortárselas. La última vez que se encontraron, el vecino y el dedo, el primero pretendía hablar con la muchacha que cuida a mis niños y el dedo de la palabra volvió a desatarse y otra vez habló, incontenible.
Giuliana, ven. Deja de hablar con ese hombre no vaya a ser que te haga una solicitud obscena, como limpiarle el jardín o hacerle la cama.
No se lo reproché. Nada le dije. Últimamente mi dedo y yo vamos absolutamente de acuerdo.

6 sept 2012

PELIBRO


Un libro es un objeto vacío que uno (escritor), a través de los días (años y décadas según mi ritmo) llena con sus manos, sus ideas, un proyecto y, fundamental, una pizca de sentimientos.
En ocasiones, el objeto en cuestión sufre una multiplicación que no se llama mitosis ni meiosis sino edición. Esta reproducción puede ser asistida por especialistas que se conocen como editores pero también por uno (escritor) mismo.
Así, el libro llega a dos (lector) que mayormente lo ve como un objeto vacío que llena con su tiempo, sus manos, sus ideas, un proyecto de lectura y, en ocasiones, sus sentimientos.
Si el objeto se llena nuevamente, es lindo, es un momento lindo. Si las manos de uno y otro se encuentran, es hermoso. Si las ideas se rozan, es magnífico. No se podría pedir más. Si acaso que se encuentren también los sentimientos
pero eso
es demasiado
peligroso.

7 jul 2012

CUARTIENTO DE SERENA



Me gusta esta mujer.
Tanta vulgaridad que le han atribuido, tanta foto mostrando sus nalgas, sus cicatrices, y a mí me resulta elegante: bella y adolorida.
Lo siento en sus gestos, que los comentaristas califican de teatrales: con cada golpe le duelen la espalda y las rodillas, se le encharcan los pulmones. Será que tengo tiempo sin ir al teatro, pero a mí me parece que esta mujer sufre, que llora en silencio, que traga sus lágrimas escondiendo (incluso) el gesto deglutorio.
Es un asunto de cartílago y pulmones. A ella le cuesta respirar y yo resollo junto a ella.
Una sola pierna suya sostendría este hospital. Una sola pierna. Y bajo su pecho podrían construirse varios ambulatorios: cuatro de un lado y cinco del otro.

Serena es fuerte y bella. Poderosa cuando quiere.
Está llena, repleta, de impulsos contenidos.
Pobre del que a su lado esté cuando abra la válvula de escape.
Quizás eso suceda cuando gane el próximo gran premio o cuando vuelva a ser la número uno.
Allí seguramente se dejará llevar por la alegría y gritará improperios a los periodistas.
Pero, ahora que sufre. en este momento en que tiene dolor y contiene sus impulsos, resulta bella y distinguida, cubriéndose las piernas con la toalla, espantando la cámara de tanto ignorarla.


Cámara absurda, que pretende un primer plano de sus nalgas. Serena es una madre: de sus uñas pintadas, de aquella pelota inalcanzable, de cada quejido que suelta resoplando. Una madre soltera, silenciosa, trabajando y silenciosa, que tan sólo necesita un abrazo. Un abrazo que la escuche. Un abrazo donde llorar. Uno que restañe su corazón y sus heridas.

22 jun 2012

Vibonati, de Vicente Gerbasi




-¿Le gustan las estatuas? -me preguntó navaja en mano el barbero salernitano, Renato Ciliberti, luego de decir que él era quien todos los miércoles ajustaba la barba de Alsonso Gato.
-Las de militares no -respondí distraído-. Tampoco las de escritores y curas.
-Es que en Vibonati hay una de Vicente Gerbasi.
Vibonati, Vi-bo-na-ti. ¿En qué dirección de mi vida sus mujeres recogían las sábanas tendidas entre dos balcones, con los ojos cerrados porque escuchaban a Mario Lanza cantar O sole mio? ¿Dónde resonaba la voz de sus aldeanos el día de la vendimia? ¿Donde se estrechaban sus manos manchadas antes de iniciar la caza de un leopardo imposible? ¿Dónde esperaban el tren de un viaje infinito? ¿Dónde se agolpaban antes de trepar la escalerilla del barco que les permitiría convivir alguna vez con las figuras de Viviano Vargas, en Canoabo de Venezuela? ¿Dónde, dónde?
-Frente al Golfo de Policastro, exactamente frente al Golfo de Policastro -repitió Ciliberti, creyendo quizás que adivinaba mis pensamientos.
Otra vez se equivocaba el barbero. Alfonso Gatto había muerto en 1976 y, en mi caso, no se trataba de saber las coordenadas en el mapa italiano del pueblo donde nacieron los padres de Vicente Gerbasi, tampoco escuchar que para llegar allí desde Salerno debía tomar un tren hasta Sapri y luego buscar, en el horario de la compañía de autobuses Lamanna, las ocho letras de su nombre: Vibonati, Vibonati, Vi-bo-na-ti. Apenas pretendía hurgar en mi memoria, con los ojos cerrados y la loción alcoholada ardiendo en las mejillas, hasta encontrar el lugar en que la pequeña aldea viñatera del Sur de Italia había abierto por primera vez las puertas de sus casas ante mis ojos, invitándome a pasar y hundirme en sus «volcanes adustos», «sus selvas hechizadas».
Nada logré recordar hasta el momento del día siguiente en que el autobús al que había subido en Sapri -uno de esos autobuses que no se detienen ni continúan sino que simplemente giran, dan la vuelta y regresan como si hubieran llegado a un destino inconcebible- me escupió en Vibonati en compañía de una anciana vestida de negro y las gallinas que no había logrado vender en Maratea. Mientras veía a la anciana y deseaba que dejase de mirarme para caminar tranquilo o tomarle una foto a las gallinas, lo recordé: casi veinte años atrás, junto a mi gigantesca profesora de literatura venezolana en el bachillerato escolapio, llorando los dos luego de leer Mi padre, el inmigrante, escondiéndonos para no ser víctimas de las burlas de Manzo o del mismísimo cura Manolo. Allí, luego de repetir mil veces -como si fuera un miércoles de ceniza- el único verso del último canto, el primero del primero y del segundo, «Venimos de la noche y hacia la noche vamos», yo pregunté por la noche y ella dijo que la noche era Vibonati, Vi-bo-na-ti. La noche y la calle.
-Signora, ¿es verdad que aquí hay una estatua de Vicente Gerbasi? -le pregunté finalmente a la anciana de las gallinas.
-¿De quién? -repreguntó ella mientras las gallinas revoloteaban dentro del saco-. No, la única estatua que hay en Vibonati es ésa del Padre Pío -señaló la piedra pintada de bronce de este Garibaldi del siglo XX que los italianos colocan ahora en todas sus plazas.
Frente al Padre Pío, me persigné y empecé a calcular las dimensiones de un pueblo en el que ya -a la una de la tarde del primer sábado de mayo, con los dos únicos negocios cerrados- se habían ido las uvas y los panini y, a través de las ventanas, los vecinos se preguntaban qué hace el extranjero que no nos deja comer en paz, por qué un extraño tiene que venir un sábado a la hora del almuerzo a un pueblo donde nadie viene y comenzar a amargarnos la tarde antes del partido de fútbol.
Los llamé o soñe que los llamaba, uno por uno. Tocaba sus puertas. Les preguntaba por la estatua. Sediento, bebía el agua de la fuente. Pero ninguno sabía nada.
-No, no, la única estatua de Vibonati es la del Padre Pío que le mostró la señora -decían y volvían a decir mientras señalaban a la anciana de las gallinas.
Yo me limité a recordar Casa Natal, el cuento de López Ortega que relaciono con todos mis fracasos: un padre lleva a sus hijos a conocer la casa en que ha nacido y, luego de horas de viaje, comprueban que donde debía estar la casa no hay nada o, peor aún, un estacionamiento. ¿Cómo había podido desaparecer el busto? ¿No se trataría más bien de un engaño de Ciliberti? Barbero charlatán, igual ni siquiera sabe quién es Alfonso Gatto. En eso estaba, maldiciéndolo, cuando un grupo de tifosi de la Salernitana se apiadó de mí.
-¿Gerbasi? Sí. Quizas se trate del acto que hicieron hace como cinco años en el Comune.
-Seis o siete, más o menos. Vino el embajador venezolano y el vice-presidente del senado -agregué yo a punto de llegar a un acuerdo.
-Está allí, adentro -dijó el menos joven sonríendo, presintiendo mi Casa Natal, mientras señalaba la reja encadenada de una alcaldía que más bien parecía una escuela pérezjimenista.
Fui hasta la reja. Quizás detrás de ella había un patio y, en el centro, la estatua de Vicente con una taza de café en la mano izquierda. Pero no, no detrás de la reja, allí sólo había una escalera, la cartelera de los matrimonios y dos afiches de las últimas elecciones.
-¿Y la iglesia? ¿Dónde queda la iglesia? -pregunté pensando en una bilocación imposible o en el patio de la lejana iglesia de mi infancia: algunas matas de mango y los bancos durísimos que había donado la familia Dao.
-Su -dijeron ellos y señalaron la cuesta.
Decidí caminar hasta alcanzarla. Emprendí la subida infinita y, como la única persona en invitarme a comer fue la loca del pueblo, le dije que no, muchas gracias, preferiría no hacerlo, como si fuera Bartleby.
Frente a la iglesia, me detuve para ver el mar. Era hermoso, pero no valía el viaje hasta Vibonati. De todas maneras, comencé a hacer fotos. Para sentirme como un turista o para aprender a hacer fotos.
Iba por la cuarta o la quinta cuando una voz se atravesó entre el objetivo y la plaza:
-¿Qué hace?
Era la sacristana que, sorprendida, no podía entender que alguien le hiciera fotos a los tejados de Vibonati.
Le conté mi desgracia y ella prometió ayudarme: su hermana era secretaria del Comune y, si yo la esperaba, descendería conmigo, me abriría las puertas de la alcaldía, subiría en mi compañía hasta el primer piso y, en un rincón, entre dos carteleras y una caja de resmas de papel dispuesta en el suelo, me mostraría el busto -así lo dijo varias veces, el busto, el busto- de Vicente Gerbasi.
-La única estatua que hay en Vibonati es la del Padre Pío.

12 jun 2012

PANTALETAS DE SAL, ZANCUDOS DE VIENTO

Pantaleta es la voz que en mi barrio se usa(ba) para designar la ropa íntima femenina. Pantaleta, pan-ta-le-ta. Aunque recuerdo que las niñas educadas también podían llamarla blúmer, que era más bien un eufemismo a pronunciar antes o después de pedir un batido de fresas, carísimo entonces. Me refiero pues a una palabra equivalente a la braga española o la mutanda italiana. Si el cuartiento debiese transitar esos caminos bonitos, haría una primera parada en la pantaleta señorial, la grandota, gigantesca, que colgada en un balcón bien podría parecer una bolsa de mercado. Otra en la recortada, que reconstruye los glúteos. Y todavía una más en la brevísima (la bebísima) que desaparece dentro del mundo que contiene. Pero nada de nada, quien escribe es el tío Slavko y no se va a meter hoy en esas honduras. Además, voy a ser sincero. Con los años y, fundamentalmente, esta extranjeridad perpetua, el vocablo pantaleta se ha transformado entre mis neuronas. Es ahora mucho más continente que contenido. Deserotizadas, esas cuatro sílabas han ido perdiendo pelos y olores y han ganado sonido. Pan-ta-le-ta. Suena, sí, a las mujeres de la casa de un niño que creció entre mujeres. Pantaletas de madre, de hermana, de tía. Pero evoca una trascendencia culinaria. Pan-ta-le-ta. Regresionado a lo oral, la palabra (mezcla de pastel y tartaleta) llena mi lengua de sabores. Pienso más bien en una especie de empanada de maíz rellena de carne, una empanadita frita o, ¿por qué no?, asada y de trigo como las empanadas chilenas que en Bárbula me instigaban a escapar de las clases de fisiopatología. Esta pantaleta de hoy viene rellena de jamón, trae tomate. Es fresca y buena, deliciosa, escarchada de sal.
Algo parecido pasa con la palabra zancudo. Zancudo es el mosquito caribeño, afilado, punzante y terrible. Los había patas blancas, largos y recortados. Los odiaba en mi infancia de La Entrada y, por su culpa -estaban en todas partes, atraídos por los mangos que se podrían en el jardín de la iglesia- aprendí a dormir feto otra vez cubierto absolutamente por la sábana. Con el tiempo, la otredad y los insecticidas, esas tres sílabas han perdido también parte de su significado. Queda de ellos la música, pero también han mutado sus sonidos y ahora suenan en clave de sol. Si era terrible su silbido en la infancia -que no dejaba dormir, que mortificaba y se escondía detrás de las orejas- ahora lo recuerdo como música de un instrumento de viento. Se funde, se confunde su do permanente con los mejores acordes que he escuchado nunca: algo de Mendelssohn, mucho de Bach. Debería entonces ser de cuerda, pero hoy se me antoja de viento la música de la palabra zancudo. Nada que ver con el mosquito, el zancudo en este cuartiento es un instrumento de viento junto a la boca de un músico somnoliento que hoy al mediodía degustó una pantaleta de sal.

2 jun 2012

DEFENDIENDO A BUFFON




a Giuliana Mitidieri, perché anche il calcio le piace

Se escandalizan los tifosi porque el gigante Gianluigi, después de haber defendido la honestidad de los jugadores italianos, ha sido retratado enviándole dos millones de dólares al propietario de un gárito. Ya Monti, el presidente de los impuestos y la abolición del bunga bunga, había hablado de la posibilidad de suspender el campeonato italiano. Eso fue lo que hizo saltar a Buffon, mucho más rápido de reflejos que en los últimos partidos con la Juve en los que se jugó la copa varias veces fingiendo caídas y traspiés. "Somos honestos", dijo varias veces, desautorizando al anciano tecnócrata. Ahora aparece hundido en la masa hasta los hombros y su propio seleccionador habla de la posibilidad de que Italia se retire de la Eurocopa. Los tifosi reaccionan en masa porque se toman el asunto en serio. Buffon scherza (bufonea) y dice que él puede gastarse su dinero en lo que le dé la gana. Tiene razón, pero los tifosi (jueces, fiscales y policías incluidos) le reclaman que lo haya hecho apostando, quizás contra su propio equipo.
Realmente no termino de entender lo que pasa. ¿Por qué se escandalizan? ¿Por qué esta Europa que Novalis pretendía cristiana se toma tan en serio el deporte de los millonarios que renuncian a jugar con las manos y le dan patadas a una esfera de material sintético?  ¿Acaso tiene sentido hablar de ética en un asunto que -al igual que la prostitución, el circo y tantas otras cosas- nació para divertir, para`permitir que el tiempo pasase y disminuir el número de bostezos por minuto? Peor todavía, ¿de dónde surge la pretensión de pedir lecciones de ética a unos individuos que han sido apartados desde temprana edad de la escuela y de sus familias, que son mayormente analfabetos y que nunca han sido ilustrados con una noción de ella?
Por eso es que yo defiendo a Gianluigi Buffon. Es absolutamente inocente. Es un futbolista y, como tal, es un jugador: del balón, de naipes, de cartas o de cuanta virguería inventen los garitos. Seguramente envió sus ahorros de un mes al propietario del gárito y eso no tiene nada de particular. Pecado hubiera sido si lo hubiese hecho Claudio Magris o Umberto Eco. Éstos no son jugadores y han ido a la escuela, no sólo como alumnos sino también profesores.
Obviamente aquí si hay un culpable es esa entelequia que los medios llaman sociedad para no asumir la primera persona del plural. Los culpables somos nosotros, pero mucho más aquéllos entre nososros que han pretendido ver en el asunto algo más que un juego y le han dado realce a las figuras, acciones e incluso palabras de estos niñatos tramposos e iletrados, ágiles, bandidos e inocentes, que viajan por el mundo empujando balones, intentando engañar a árbitros y expectadores. jugando su asunto, sudando y, obviamente, apostando, perdiendo y ganando, vincendo.

20 may 2012

Las muchachas de Rabat

De Rabat, adonde fui a contar la versión biográfica que me ha regalado Fausto Porai, he traido:
1 Una tetera de cobre que pienso incorporar a una escultura.
2 Una tetera de plata que he colocado sobre el brasero encontrado junto a la basura de los vecinos.
3 Cuatro pares de babuchas que quizas nunca usaremos por culpa del conocido sindrome babucha-talón.
4 El conocimiento de la entrañable Clara Usón. Juntos paseamos por la Medina de Rabat. Ella bebía zumos de naranja y yo compraba babuchas y teteras. Ella pedía usar el servicio en todos los bares y yo bebía te de menta.
5 El reencuentro con Ricardo Sumalavia y Jorge Volpi: todo perece, pero la amistad literaria menos.
La hija del Este, la novela de Clara Usón. Ambiciosa, cautivadora, valiente. No sólo es un tema que me gusta. A veces pienso que es un libro que hubiera deseado escribir, pero confieso que nunca tendré tan largo aliento, tanto atrevimiento.
7 La breve conversación con Ana Vásquez, llena de referencias napolitanas.
8 El recuerdo de Don Julio Samsó en conversación con Federico Arbós.
9 Y este video en el que una actriz prodigiosa, a los dos minutos y quince segundos, improvisa vertiginosa y brevemente alrededor de Médicos taxistas, escritores.



 
Post-scriptum: al llegar al pueblo (mi pueblo, Puzol), el kioskero (nada que ver con mi maravilloso Isidro) me dice que no puedo comprar el periódico si no me llevo la pelicula. No los compré y ni siquiera protesté. Ya no me apasionan las hojas de reclamaciones y, además, sabía que tarde o temprano le mentaría la madre en un cuartiento.

4 may 2012

El violento catecismo

Por vivir en un país fundamentalmente católico, estar en mayo y tener un hijo de ocho años, me ha tocado repasar en estos días algunas páginas del catecismo, no visitado por mí desde hacía más de treinta años.
Debo reconocer que para llegar a esta situación han pasado dos cosas fundamentales.
La primera. Hace dos años, mi hijo espontáneamente pidió ir a catequesis y manifestó su deseo de tomar la primera comunión.
-¿Estás seguro? Recuerda que tú no comes jamón. Quizás eso significa que luego querrás hacerte musulmán.
-He dicho que quiero tomar la comunión.
-Pues te arrepentirás.
-¿Qué dices?
- Que el arrepentimiento es una virtud cristiana. Nada más.
La segunda. Que durante dos años hemos ido todos los viernes al catecismo, pero que al no haber sido estos viernes muy provechosos, en el último, a la hora de salida, la catequista más anciana se acercó a la terraza en que yo bebía una cerveza con algunos amigos y me increpó delante de todo el mundo.
-Si sus hijos -hablaba en plural pero yo sabía que la cosa iba conmigo aunque sólo uno de mis niños va a la catequesis- no se aprenden las oraciones, no firmaremos el certificado y no podrán tomar la comunión. Es culpa vuestra porque en la casa es donde ...
No dije nada, me llevé la botella a la boca -quizás no debí hacerlo, ¿verdad?- y me dispuse a soportar las burlas de Javier, el único acompañante cuyo descendiente no va a catequesis.
Sus burlas duraron una hora y hubieran durado mucho más de haber sabido que el encargado de reforzar el precario conocimiento sobre el asunto católico que ha adquirido mi hijo en estos dos años iba a ser yo, yo mismo.
Pues en eso me he ocupado en las últimas tardes.
Comenzamos con el Padrenuestro ya que las lagunas eran elementales.
-Vamos, pequeño, después de "nuestro pan de cada día", debes pedir perdón por nuestras ofensas.
-Pero, ¿qué ofensas, papá? Si yo no ofendo a nadie.
Luego el yo confieso. Me sentí estúpido intentando obligar a mi hijo a confesar que ha "pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión".
-¿De verdad tengo que decir esto de "por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa"?
-Bueno, mejor que no. Vamos a pasar entonces a los mandamientos.
Peor todavía. Ojalá Moisés nunca hubiera encontrado las dichosas tablas. "No matarás". "No robarás". "No tolerarás pensamientos impuros". Todo tan violento, lleno de pornografía, repleto de escenas primarias este catecismo que inocula el germen del pecado para luego castigarlo con la culpa y  después fingir que lo perdona, pornógrafo misericordioso.
Pues que Dios y la vida no me lo tomen mucho en cuenta, pero creo que el certificado nos lo van a negar.
Menos mal que mayo es también el mes de las bodas. Seguro que a alguna nos invitarán.


29 abr 2012

Del ejercicio amoroso: el perolet i la tapaoreta

Ahora que le ha dado por escribir poesía -es mentira que sea ahora, publicó un libro de poemas cuando niño- lleva varios días acumulando imágenes para un poema amoroso que pensaba convertir en cuartiento. Lucha contra la trigonometría, contra las leyes de la trigonometría. Ésa era la pasta madre de una imagen que quería construir a partir de una cama de hipotenusa imposible. Pero también contra la traumatología y la rehabilitación. Esta última no por especialidad médica necesaria, que seguramente lo es, sino para no regodearse con la rima, con la rimía.
Cuartientos finalmente se ha salvado de semejante texto gracias a un paciente que en la útltima guardia le ha regalado la mejor definición posible para la actividad amorosa:
-Tot perolet té la seua tapaoreta.
No cree ahora que sea necesario traducir la expresión ni escribir el poema.

16 abr 2012

Reconstrucción de La Entrada

La Entrada no era el inicio de nada

Apenas mi vida
comenzaba
y no veía salida

Era un pueblo hermoso y triste




Una iglesia
con campana
que hice
sonar tantas veces
a las cinco y treinta
del domingo

Las montañas
verdes imposibles

Una cruz blanca
en las tardes de lluvia
se movía
de un lado a otro
con cabillas desnudas
oxidadas

Una anciana poetisa se maquillaba antes de recibir invitados que olían a whiskey
la bebida oficial del pueblo después del cocuy y la cerveza

Otras ancianas maquillaban sus tardes con cuentos que vivían como chismes

La más audaz sostenía siempre un espejo
para ver pasar sin ser vista a los muchachos que se besaban

Siete borrachos tumbados junto a un árbol caído celebraban los días y las noches

Los adolescentes paseaban sus animales
preferiblemente burras
antes de convertirse en malandros
malandros
chamo candela
malandros
y comenzar a robar gallinas




Yo escribía
y caminaba

Acumulaba libretas
escuchaba chismes
bebía agua del río y sevenup
que entonces me sabía a cerveza
soñaba que era novio de la muchacha más bella
veía los animales pasar
pero fundamentalmente escribía
y caminaba




Era feliz
era absolutamente feliz
y la muchacha más bella me dijo que también soñaba conmigo




Pude seguir siéndolo
feliz
de aquella forma
seguro
pero pedí ser expulsado del paraíso
y nunca volví
nunca volví a La Entrada




Desde entonces la reproduzco
siempre
en cada pueblo de montaña
dejo la mochila
los trastos
el ordenador con las novelas
como si quisiera quedarme
o volver



Y los anfitriones me llaman
por correo
me envían lo olvidado
advierten que La Entrada sólo hay una
que nunca
volverá
a ser.

11 abr 2012

Escuela de árboles de navidad

La escuela inicia
lecciones en enero
y sus alumnos
han de estar cubiertos
por la nieve
en los primeros meses

El calendario
no conoce fiestas
ni santos
ni celebraciones
de ningún tipo

Algo parecido
sucede con el horario
de veinticuatro horas
todos los días
de la semana


Cuando mi niña pasa
y los ve
los alumnos
asisten
a una lección
de tolerancia

Hoy
son la nieve
y la ventisca
mañana
las bolas
las guirlandas
y las figuritas made in China


Por eso ella pregunta
¿acaso ésto es
una escuela de árboles
de navidad?


Así es, Letizia
estos árboles estudian
para mañana adornar
e ilusionar la vida
de algunos niños
así nomás

Pero
¿verdad que son bellas
estas aulas de clases?
Demasiado, ¿verdad?

Tus ojos
que las han visto
y creado
como escuela
concedan
que el año
escolar
no termine nunca
y estos árboles
se queden así
repitientes eternos
para siempre
en nuestra memoria
tus ojos mágicos
tu mirada fundacional

4 abr 2012

LA DUDA: ELOGIO DEL SIGLO PASADO

Camino, hablo, escribo, envejezco y amo como un hombre del siglo pasado y, por si fuera poco, nací en los alrededores de la visita lunar. Debo ser, soy entonces, sin que sea posible la duda, un hombre del siglo pasado y, admito, lo vivo y digo con orgullo. Además, el tiempo y las canas me han hecho amigo de las anécdotas, las pequeñas historias, los recuerdos. Y cuando han pasado más de diez, once o doce años del hecho lo digo sin ambages: "Fue en el siglo pasado". El interlocutor mayormente muestra su sorpresa. "¿El siglo pasado?". Pues sí, el siglo pasado, ahí mismo, en la vuelta de la esquina, pero caminando hacia atrás. De allí vengo y mayormente venimos. Mi siglo, como el de Günter Grass. Con sus guerras, incluyendo la fría. Con sus bombas. Con sus genios. Con sus pintores. Con sus novelas. Con la luna como aspiración, visita falsa o verdadera. Ese siglo, el mío, me gusta cada vez más. Mucho, muy mucho. Y no es un asunto de nostalgia. Jamás de los jamases. Por nada del mundo aceptaría tener veinticinco años nuevamente. Pero privilegio la motivación aunque sea positivista a la puta desesperanza, Einstein a Steve Jobs, Muhammad Ali a Cristiano Ronaldo, la OPEP a Al Qaeda, un radioaficcionado hipotecándose para comunicarse con el mundo a una multitud escribiendo huevadas en facebook simplemente porque resulta demasiado fácil hacerlo.
Reconozco que lo ideal sería integrar una noción con la otra y encenderle una vela con la mano izquierda a Einstein y con la derecha otra a Steve Jobs. Y así sucesivamente. Una actitud semejante sería altamente recomendable para una persona de mi edad que, necesariamente, ha de vivir a caballo entre estos dos burros, pero el intentarlo resulta cada vez más difícil. Sobretodo porque no se trata de que uno sea mejor que el otro. Ni que todo tiempo pasado fue mejor. Ni que el futuro beneficia. Nada de nada. Se trata de una elección personal. A mí, personal y particularmente, me gustaba el teléfono con cable. Pues ya prácticamente no existe. Me gustaban las cabinas públicas que usaba para hablar con las novias. Pues no existen tampoco. Me gustaba escribir cartas y llevarlas al correo. Pues hacerlo casi constituiría una conducta extraña. Me gustaban los mapas, abrirlos cuan largos eran y detenerme a escrutarlos bajo las farolas. Otra conducta extraña. Me gustaba llegar a los pueblos y preguntarle al primer vecino qué debía hacer para llegar a tal parte. Otra cosa imposible. Adoraba los libros familiares de recetas de cocina. Más raro todavía. Pero fundamentalmente me gustaba generar una duda y tener que esperar para satisfacerla. Así la duda crecía. Pues eso tampoco sería posible ahora porque aunque se pretendiera, al apenas mencionar la duda, el primer amigo bienintencionado se creería en el deber de ayudar, abriría un dispositivo electrónico e inmediatamente sepultaría la duda con el resultado de un partido de fútbol, el significado de la palabra "escíbalo" o la temperatura que el primero de enero hacía en Madagascar.
Esa duda, la posibilidad de incubarla, de llevarla conmigo un tiempo, hacerla crecer, convertirla en una excursión a la biblioteca, en la compra de un libro, la visita real a un museo o un viaje es lo que más me gustaba de mi siglo, el pasado. La duda era su sino, su maravilla. La duda y el viaje en avión. En aquella época, nadie lo recuerda ya, el viaje aéreo era un acto distin... Pero, ¿para qué voy a escribir más? Introduzca las palabras "siglo" y "pasado" en el buscador más cercano e inmediatamente podrá recordar cómo se vivía en el siglo XX.

9 mar 2012

TÍMIDO ABRAZO


¿Qué ciudad será necesario bombardear
para acercarnos?
¿Dónde habrá que cavar
la zanja
hacia dónde la dirigiremos?

Que mientan los demógrafos
los bancos, los taxistas y las panaderías,
pero los ojos no.

Que nunca mientan
no importa lo que diga el gobierno de Gibraltar
y el abrazo prometido
mucho más siendo tímido
venga a nos
se multiplique
y favorezca
la dulce realidad.

4 mar 2012

RECETA DE LA AUTÉNTICA PIZZA MARGHERITA

(para dos adultos y dos niños comedores: uno per quattro, quattro per uno)
Ve al súpermercado y compra harina de trigo, mozzarella, tomate y levadura de panadería. Olvídate de los polvos, no sirven para nada. Al llegar a casa, luego de lavarte las manos, vierte aproximadamente medio kilo de harina en un tazón. Agrégale una pizca de sal, un poquito menos de azúcar y la mitad de la levadura indicada para hacer pan. Mezcla los ingredientes con el tenedor y mete en el microondas un vaso de agua hasta entibiarla. Agrega al agua un chorrito de aceite de oliva y, lentamente, mientras continúas mezclando con el tenedor, añade el líquido a la harina y los otros ingredientes. No le metas la mano porque la harina no está preparada todavía y, si lo haces, te costará un poco más de trabajo limpiarte luego. Insiste con el tenedor hasta que veas que la masa va adquiriendo consistencia. Ahora sí, ya puedes meterle mano, ayudándote siempre con la harina. Disfruta ese momento, no importa que te canses: es la secuencia más hermosa de la pizza hecha en casa. Continúa. Dale vueltas, haz una pelota gigantesca, aplástala contra la mesa. Construye ahora una torre. Destrúyela. Así durante varios minutos. Habrás terminado con la masa cuando sientas que ella es absolutamente homogénea y no se queda pegada ni de tus manos, ni de la mesa ni del tazón. Es una masa autónoma entonces, independiente, cree que tiene vida propia. Pues va a ser que no. Divídela en cinco trozos, cinco pelotas de masa, cinco masitas que haz de conservar en envases herméticos, de ser posible individuales.
Lávate las manos. Toma una pausa, busca a Pino Daniele y comienza a escuchar: "Napul'è", "Na tazzulella di caffe" y "Je so pazzo". Muy bien. Ya puedes hacer el tomate. Abre la lata. Vierte su contenido en una cacerola pequeña que primero has mojado con un poquito de aceite. Agrégale media cebolla llorona, tres hojitas de albahaca, sal al gusto y déjalos a fuego lento durante veinticinco minutos.
Vuelve a lavarte las manos y, todavía escuchando a Pino Daniele, comienza a leer Cristo si è fermato a Eboli, de Carlo Levi Si lo tienes en italiano, léelo no importa que no lo entiendas del todo. Si no, ni modo, en la versión española: igual no es fácil entender que exista un lugar del mundo a menos de trescientos kiómetros de Roma donde Cristo decidió no continuar su camino. Lee, lee, escucha, disfruta, pero no te olvides del tomate. Cuando te toque ir a apagar la cocina, aprovecha para cortar la mozzarella en trocitos pequeños.
Continúa leyendo y escuchando. Una hora de Pino Daniele y Carlo Levi juntos equivale a una semana de vida en el sur de Italia. Continúa. Te habrás cansado a las dos horas más o menos. Entonces prepárate un martini, dale un sorbo, enciende el horno a la máxima potencia y extiende las bolas de masa. Hazlo con las manos sobre una superficie bañada de harina. Sólo si no puedes, usa el rodillo. Dale a cada bola el tamaño y la forma de un long play de los de antes y, colocándolas en sus bandejas respectivas, déjalas reposar un poco.
Cuando el horno ya está todo lo caliente posible, aplasta un poco el primer disco de masa, píntalo de tomate, vístelo de mozarella, salpícalo de sal, chorréalo apenas con un poquito de aceite y métela (ha cambiado de género, ya es una pizza) en el horno.
Sácala a los 7 minutos aproximadamente, cuando veas que la mozzarella está haciendo burbujitas. Si ha venido buena en ese momento Pino Daniele estará cantando por quinta vez "Je so pazzo". Buon appetito.