7 feb 2012

Contra la tecnología infantil

Puta nintendo
perra wii
más que perra play
(at the station)
consola pesepe dor
ésta es la puerta
por aquí hay que salir
ya en este momento
ahora mismo
que me duelen los ojos
y se me tuercen las orejas.
Play out.
Nin fuera.
Wiiscosa.
Pesepera.


(Esta oración, que fue concebida bajo el ámparo de las diosas Pres bicia y Lumbal gia, es válida para las generaciones actuales y las que tengan a bien venir próximamente, sin que importen los apéndices nominativos punto coma o número, el tamaño ni el número de dimensiones a que permitan acceso)


2 feb 2012

El desaparecido


No se trató de un acto de magia ni de ilusionismo. Tampoco fue víctima de secuestro alguno.

Simplemente dejó de llamarles por teléfono y no respondió una carta y dos e-mails.

A partir de entonces, ya había desaparecido.

Era como estar muerto.

Ellos, sus amigos, obviamente, lo ayudaron a sentirse así.

Si se topaba con alguno, en un centro comercial o en una parada de autobús, lo miraba como si hubiera visto alguien que se le parecía mucho.

Si sus textos aparecían en una revista, eran leídos y publicados como si se tratara de un homenaje que bien podía ser póstumo.

Si su carro chocaba o aparecía como robado en las páginas del periódico, hablaban de la edición del día como de un periódico viejo.

Supo de uno que, en el cementerio, estuvo preguntando por su tumba. Le recomendaron ir a la morgue o a la facultad de medicina: «Cátedra de anatomía, sala de disecciones».

Una ex–novia (Ana Conda) preguntó en el aeropuerto, en la estación de trenes.

Un ex–compañero de clases lo buscaba entre los mendigos de la ciudad. Fue quien más se acercó a lo que en verdad pasaba porque la situación económica era crítica: las editoriales habían dejado de depositar los derechos, que siempre fueron exiguos, y en una ocasión que intentó cobrar un cheque que se había hecho a sí mismo las sirenas sonaron y alguien amenazó con llamar la policía.

Él nunca hizo nada por cambiar la situación y, como cada vez estaba más delgado, es posible decir sin faltar a la verdad que a partir del momento en que desapareció de la vida de sus amigos fue desapareciendo.














El desaparecido. Fotografía de Uncor Netto Diama Rena. Reproducción autorizada por el autor.

27 ene 2012

PREGUNTAS DE GÁBOR



El futuro no es nuestro ha sido presentado ayer en Hungría. Éstas son 3 + 1 preguntas, con sus respuestas, formuladas por Gábor Kester, quien ha traducido y defendido esta versión húngara del proyecto de Diego Trelles Paz.


1. Slavko, han pasado tres años desde que la primera edición impresa de El futuro no es nuestro se publicó en Argentina. ¿Qué opinas, ha cambiado la situación o el futuro sigue sin ser nuestro?
Nunca lo será. Lo del futuro no es nuestro nació en un evento celebrado en Bogotá en el año 2007. Estaba Daniel Morzinsky haciendo una fotografía de un grupo que todavía se llama Bogota 39 y preguntó hacia dónde apuntaba el futuro de la literatura latinoamericana y todos señalaron en direcciones diferentes. Así aparecen en la foto que mortalizó (sic) Morzinsky. Yo una excusa la tengo: antes de la pregunta de Morzinsky, había bebido dos cervezas y, en el momento en que todos respondieron, el del clic de la foto, yo aparezco caminando hacia el baño del restaurante, uno de los más importantes de Bogotá.
2. Un lector húngaro no tiene mucha oportunidad de obtener una visión general de la vida literaria en América Latina. ¿Hay diálogo entre escritores y lectores? ¿Existe esa alianza germinal que Diego menciona en el prólogo? Si ha habido cambios, ¿quién o qué los produjo?

Seguramente por vicio y deformación, o por precariedad, no termino de entender la importancia del diálogo entre escritores y lectores. El escritor tiene y lanza su voz, la lanza como soliloquio y y algún lector la escoge y coge, como si viniera de ninguna parte. ¿Para qué mas? Todo lo otro es un asunto tecnocrático de editores y libreros. Sobre Latinoamérica, estoy convencido de que como escritor venezolano que creció a cincuenta kilómetros del Mar Caribe y que actualmente vive a tres kilómetros del Mediterráneo puedo no tener nada que ver con un escritor argentino o con uno que deforme las teclas del ordenador a mi lado. Hay un espejismo que desde España siento europeo y es el de creer que por hablar la misma lengua venezolanos, cubanos, argentinos y chilenos son la misma cosa lterariamente hablando.  Quien así lo crea que los invite a comer para que vea que no tienen que ver unos con otros. Diego Trelles, el promotor de esta divertida idea de El Futuro no es nuestro lo ha hecho y el resultado ha sido mucho más que interesante. La publicación del libro en al menos cinco países latinoamericanos es un logro importante. Implica un cambio, que sin lugar a dudas tiene que ver con las tecnologías que ahora manejamos. Salvando las distancias, Trelles ha hecho de Balcells, pero ahora todos éramos muchos más y como si se tratara de una película de Wenders estábamos tan lejos y tan cerca.


3. Al fin la antología nos ofrece un pedacito de la literatura contemporánea latinoamericana. Pero el mundo editorial húngaro tiene muchas y grandes deudas, el público húngaro conoce muy pocos autores de las generaciones que seguían a los del boom y os precedían a vosotros. ¿Podrías recomendarnos unos cuantos de Venezuela? Y, ¿por qué ellos?
Cuando yo empecé a pensar que podía alguna vez terminar siendo un escritor vi un programa de televisión en que un joven estudiante de literatura se ganaba un millón de bolívares (entonces era una fortuna) respondiendo preguntas sobre literatura venezolana. Quise ser entonces un escritor venezolano, formar parte del asunto literario del país. Me convencí de que se trataba de un proceso, de un gran muro en el que cada escritor aportaba el ladrillo de su obra. En esa época mis autores preferidos eran, de la primera mitad del siglo XX, José Rafael Pocaterra (por valenciano, por narrador ágil, por escritor comprometido y por "Memorias de un venezolano en la decadencia") y, de la segunda mitad, Jose Balza (por estilista, experimental y por los relatos de "La mujer de espaldas"). Sigo pensando que son grandes escritores, pero ya no me interesa tanto el asunto de la literatura venezolana. Igual los leo siempre, pero no por venezolanos, sino porque son dos de los autores que más me gustan. Añadiría otros, que se encuentran en el arco cronológico que dibuja la pregunta. Antonio López Ortega (porque más de una vez me he encontrado plagiando el desenlace de su breve cuento "Casa natal"), Ednodio Quintero (porque en un taller que junto a Sergio Pitol dictó en Barquisimeto en 1994 me regaló el derecho de considerarme su discípulo) y, tres años más anciano que yo, Juan Carlos Méndez Guédez (por "El libro de Ester", porque en los útimos diez años ha montado en Madrid una verdadera industria narrativa y porque es mi amigo).


+1. Slavko, naciste en Valencia, Venezuela, pero desde hace muchos años, si tu biografía no me engaña, vives en la Valencia de España. ¿Qué diferencias ves entre las oportunidades para escritores en los dos países? Para llegar al éxito, ¿se puede seguir el mismo camino en Venezuela que en España?

Mi bivalencianidad es producto del azar. Los dispositivos móviles (estilo Blackberry y otras cochinadas parecidas) me ubican siempre "cerca de Valencia". en los primeros años de mi vida en un pueblito que se llama La Entrada y que está ubicado a doce kilómetros de la Valencia venezolana y ahora en Puzol, a veinte kilómetros de la española. Aquí llegué de manera azarosa persiguiendo a Giuliana y a mis hijos. No hubo ninguna deliberación literaria al respecto. No podía haberla porque, además, estoy convencido de que oportunidades para los escritores no hay en ninguna parte. Hablando de azar, es algo muy parecido a la lotería. ¿dónde es más fácil ganar la lotería, en España o en Venezuela? Imposible responder. La lotería es una mierda siempre. Y la literatura también aunque además de suerte también requiera talento. Pero a mí la literatura me gusta y la lotería no. Conozco un personaje (aparece en mi último libro de relatos -Médicos taxistas, escritores- donde por cierto está incluido el relato de la antología) que se hace llamar "el peor escritor del mundo" y estaría absolutamente de acuerdo conmigo.
-¿Éxito literario? Si me llego a enterar que el éxito es posible en literatura me retiro. Yo estoy metido en esto porque quiero sufrir, porque me gusta llorar y escribir que lloro para luego, cuando los editores y los lectores me maltraten, llorar sobre lo que he escrito.
Se llama Fausto Porai, es un masoquista, el pobre, enfermo como tú y como yo.

13 ene 2012

POLÍTICO NO DEL TODO

A la enfermera que le pega a los niños que no pueden tragar pastillas hay que decirle:
Que a los niños no se les pega. Por ninguna razón.
Que es necesario controlarse.
Que una pastilla puede resultar gorda, muy gorda de tragar.
Que cuando el niño no la traga comienza a disolverse en su boca.
Que el sabor suele ser desagradable.
Que quizá por eso el niño la escupió sobre las sábanas.
Que a los niños no se les pega, por ninguna razón.
Que la suciedad de la sábana carece de trascendencia.
Que lo importante es la salud del niño.
Que su gesto seguramente está relacionado con alguna otra cosa.
Que es posible que ella tenga problemas en su casa.
Que todos podemos, que todos debemos, en ciertas ocasiones llorar.
Que la situación con su marido puede mejorar.
Que también puede empeorar.
Que lo importante es que ella mantenga la calma.
Que recuerde que a los niños no se les pega, por ninguna razón.
Que mejore.
Que ella deberá asumir sus responsabilidades.
Que ojalá todo mejore.
Que luego hablaremos del asunto.
Pero que en una próxima ocasión, en la casa o en el trabajo, evite comportarse como una hija de la gran puta.

5 ene 2012

FE DE VIDA

Por dejar
la ventana abierta
esta casa
ha quedado fría
para siempre
y sus paredes lloran
cada vez
más
incluso
con los besos
del cine

Falta
la
fuerza
hay un dolor
y la respiración
no llega a su fin
reservando el derecho
a morir
el morir también
un día
por cualquier cosa

Ay, Dios mío, decía mi tía
¿qué va a ser de nosotros sin ella?

Ay, hermana
si otra vez pudieras
si debieras partir
cierra puertas y ventanas
saluda al menos
por favor.



28 dic 2011

El hijo



El hijo camina
y crecen
sus huesos
sus cabellos
cambia los dientes
sonríe
aprende a decir
sobaco
hueco
axila
se ruboriza
cuando ve escenas de amor
en la tele
niega que ame
a la niña más bella
de su clase
y quizás sea cierto
porque miente poco
el hijo
mi hijo mayor

nada más reconfortante
que su abrazo

18 dic 2011

CUARTIENTO DE NAVIDAD

Que te den todo lo que te han prometido.
Que te traten bonito. Que te vaya mejor.
Que no te toque trabajar en los días señalados y, si te toca, que te puedas conectar a la red para leer Cuartientos.
Que no te obliguen a cenar en compañía de la familia política. Y si lo hacen que te expliquen por qué. ¿Por qué la llaman familia, por qué política, si no es ni lo uno ni lo otro?
Que tengas huéspedes agradables en casa o un anfitrión generoso.
Que los niñitos te quieran.
Que te regalen lo que de verdad deseas o que no te regalen nada.
Que a nadie se le ocurra contar delante de ellos que una vez te disfrazaste de Papa Noel.
Que te inviten a comer una hallaca y puedas hacer en casa tu propio pan de jamón.
Que el vino sea tinto.
Que no te fotografíen borracho ni desnudo y, si lo hacen, que no cuelguen las fotos en ninguna parte.
Que no tengas que conectarte mucho a facebook.
Que recibas una llamada bonita e inesperada.
Que te deseen feliz navidad en tu lengua o con una voz bonita.
Que veas una flor. Mucho mejor si la planta crece en tu balcón.
Que te toque la lotería o que te des cuenta que la lotería ya te ha tocado.
Que te den un beso, pequeño o grande, un beso sincero.
Que se te escape una lágrima. Y una sonrisa.
Que comas y no te preocupes por engordar.
Que esta navidad sea intensa e interna, que ocurra dentro de ti. Que la máquina de coser no se dañe.


Mecanismos belén. Fotografía de Javier Roy. Reproducción autorizada por el autor.

2 dic 2011

BARBIE, la novelita



Parece que fue ayer, pero ya han pasado dieciséis años de la publicación de Barbie por Memorias de Altagracia, la pequeña gran editorial de Israel Centeno y Graciela Bonnet. Era el siglo pasado: Chávez estaba en la cárcel o acababa de salir de ella, los carros se alimentaban de gasolina y Óscar Palacios intentaba convencerme de que aprendiera a navegar en Internet.
Acompañado de Israel y Juan Carlos Méndez Guédez, presenté la novelita en la Feria del Libro de Caracas. Era yo y no quisiera volver a serlo, porque ése fue un año de mierda, de mucha mierda, que fracturó mi vida y estuvo a punto de dejarme sin arreglo ni compostura posibles.
Lo recuerdo, sí, lo recuerdo muy bien. Cuando me invitaban a alguna lectura, yo sacaba mi librito y comenzaba:
-Bla bla, chaca chaca.
No habían pasado ni siquiera sesenta segundos e inmediatamente se me atravesaba la parte más procaz del libro. Igual la leía. 
-Barbie, putica linda, qué bien te ves con las piernas amputadas. Barbie lesbiana, bella, tú que sólo sirves para masturbar ...
Así las viejitas se horrorizaban. E incluso algún muy joven escritor.
-Eso no es literatura. La literatura venezolana debe ser... Chaca chaca, bla bla.
Evidentemente, alguien, ellos o yo, estaba en el lugar equivocado. Seguramente yo.
En todo caso, no fue por eso que dejé de leerla. Simplemente vinieron otros textos, algunos más procaces, y yo, ocupado en el asunto de suturarme las heridas y escayolarme el cerebro, dejé de asistir a lecturas.
Luego, en 2006, la generosidad de Víctor Bravo permitió que la novelita saliera junto a otras dos novelas, Círculo croata y Pésame mucho, en un volumen: 3 novelas. Claro que sí, en ese momento volví a releerla en silencio, buscando gazapos.
Hoy, nada es casual, la he encontrado de nuevo, metida en una página web que monté cuando vivía en Salerno y fingia ante los ojos de mi suegra y la barbie (por decir algo) de su hermana que escribía la tesis doctoral. Alguna vez había intentado leerla, pero el exceso de publicidad lo impedía. Hoy, en una primera lectura que hice a través de un servidor más seguro que el de la casa, no he visto publicidad ninguna y pensaba invitar a los amigos de cuartientos a visitarla. Pero, ahora en la casa, la publicidad ha vuelto a la novelita. Si ya era difícil sin publicidad, con mensajes que te invitan a bajar de peso, a volar en aereolíneas estrechas o a calcular tu índice de masa corporal, pues ahora lo es un poco más.
 

Post-scriptum (por Alfonso M: M de Morfinómano, Mujeriego y Materialista). Barbie, bípeda multiforme. Si no tienes whisky, no toleras la publicidad y no quieres meterte en una historia de santos, huesos y ministros del gobierno de Ante Pavelich, pero quieres leer Barbie, te quedan dos posibilidades todavía: intentar comprar el ejemplar que presuntamente firmó Enrique Vila Matas haciéndose pasar por Zupcic (nunca llegó a sus manos, seguramente todavía está a la venta) o simplemente esperar una próxima edición. Próxima, muy próxima.



22 nov 2011

Asamblea los martes


INSÓLITOS JUEGOS AMOR SERVICIO UNO NECESITA. Que el papa vendrá en marzo y dará una bendición frente al servicio, eso era lo que decía la carta que se leyó en la asamblea del miércoles. Fue el último punto tratado. Obviamente, antes hicimos la presentación de los participantes. Primero el doctor, que para eso es el que manda. «Yo soy Ismael, psiquiatra del servicio». Él pasó el derecho de palabra a la izquierda y esta vez le tocó seguirlo a Pedro, de los deprimidos. Después de éste, Jesús y Zambumbia, deprimidos también. Como siempre, ellos apenas dijeron sus nombres y, en seguida, comenzaron a mirar el suelo. Luego, vinieron los bipolares. Óscar, que era el que estaba más excitado, se lanzó con un discurso que el Doctor Ismael tuvo que parar. «Luego nos podrás contar todas tus cosas, Óscar. No te preocupes. Por ahora, sólo debes decir tu nombre».  

15 nov 2011

El mejor vino del mundo

Confeccionar listas y clasificaciones parece ser cosa de humanos, no sólo de obsesivos. El problema es que si se elabora una lista, algo o alguien la encabezará y ese primato, esa "pole position", lo convertirá en la mejor cosa de... O, si se trata de una antilista, en la peor. Hablemos más bien de las mejores. En una época, me tocó vivir en la misma calle de un restaurante que se llamaba a sí mismo el mejor restaurante del mundo.
Cuando daba mi dirección, si el interlocutor conocía la ciudad, decía inmediatamente:
-Ah, en esa calle está el mejor restaurante del mundo.
La primera vez me quedé mirándolo sin saber a qué se refería:
-¿Qué?
-El mejor restaurante del mundo, el que está dos puertas más allá de la panadería.
-Ah.
Creí que se trataba de una broma hasta que varias semanas después vi el letrero luminoso sobre la puerta: "El mejor restaurante del mundo".
Una vez me atreví a entrar. Reconozco que fui intrépido y pedí un plato arriesgado para el hijo menor de una familia con dispepsia: solomillo de ternera a la pimienta verde. Demasiado verde, verdísima. No pude mirar un plato durante varios días. Entonces comenzó mi dependencia del omeprazol.
Ésa es tan sólo una forma de ser la mejor cosa del mundo. Hay, seguro, otras y, para terminar, comentaré una.
El otro día estaba en Santiago de Chile. No me suele pasar, pero ese día de verdad estaba en Santiago de Chile. Se trataba de una cena ministerial en un lugar estupendo. Yo conversaba con Jacinta y de repente se acercó un colega chileno. No daré su nombre porque mi primera novia me enseñó que en este tipo de situaciones se habla del pecado, no del pecador, pero sobre todo porque no lo recuerdo. El asunto es que el escritor del patio se acercó con ánimo de saludar, pero una botella de vino tinto que estaba en el centro de la mesa lo distrajo de su propósito:
-¿Acaso has visto lo que tienes delante de tus ojos? ¿Cómo han podido poner esto aquí? ¿Quieres que la abra?
Por supuesto le dije que sí, pero juro que no esperaba que sacara un sacacorchos de uno de los bolsillos de la chaqueta. Así no más, como quien frente a un micrófono se dispone a leer un discurso. Inmediatamente abrió la botella, escanció tres copas y, sin tregua ni pausa, sin respiración ninguna que el vino no tiene pulmones, eso fue lo que dijo, empezamos a beber.
Era, lo juro, el mejor vino que había bebido nunca. Bueno, buenísimo, sustancioso. El mejor vino del mundo.
-¿Qué vino era? ¿Cómo se llama? ¿Cuál es su denominación de origen: la marca, el nombre, el título? -me preguntan los amigos cada vez que refiero el encuentro.
Pues no lo sé, realmente no lo sé. Mientras lo bebía, no pude hacer otra cosa que paladearlo. Además, no volví a ver la botella. No sé cómo pero desapareció. Sólo sé que lo bebí en Santiago de Chile, el 3 de noviembre de este mismo año, a siete calles de la Estación Mapocho. ¿Servirá para elaborar alguna lista?

9 nov 2011

Las cuatro hermanas

Cuando vi por primera vez el letrero varado sobre una construcción en progreso en la España próspera de hace cuatro o cinco años, pensé que ese nombre sólo podía ser el de un burdel: "Las cuatro hermanas". Pensaba en uno al estilo de Álvaro Mutis en el que las putas, en lugar de disfrazarse de aeromozas, mentían diciendo que eran hermanas y así vendían al cliente la posibilidad de poseer una familia completa. La ministra que más manda (mi mujer, pues: la profesora más querida) en cambio me dijo que nuevamente se trataba de una tontería, de un desvarío, de otro de mis desatinos.
-Ya verás, seguramente es un hotel, nada que ver con tus obsesiones.
-Yo no digo que no sea un hotel, querida, pero ya verás que está lleno de putas.
-Cállate ya y arregla de una vez el portón que está roto.
El tiempo pareció darle la razón. al menos inicialmente, porque cuando terminaron las obras e inauguraron el negocio sólo se publicitaban como hotel.
-Pero seguro es un burdel.
-Pues no lo parece, es un hotel.
Claro, siempre quedaba la posibilidad de visitarlo y comprobar, pero habría perdido un cuartiento y al menos entonces no parecía tener mucho sentido reservar un hotel a cinco kilómetros de la casa.
A los meses, debajo del letrero principal, colocaron uno más quequeño: "Se alquilan habitaciones para siesta".
-¿Viste que es un burdel? - fui y le dije a la ministra.
-Para siestas, allí no dice nada de putas. Todo el mundo hace siestas, al menos en el Mediterráneo.
-Entonces es un matadero, porque eso de siestas ...
-Nada que ver, muchacho: allí sólo dice siestas.
A los seis meses vino otro cambio. Junto a la estructura original, apareció una torre gigante, coronada por un cartel: "Paris, Club".
-¿Has visto que es un burdel?
La ministra no dijo nada hasta que los del burdel empezaron a llenar las ventanillas del carro con invitaciones: tarjeticas impresas con culos, tetas y labios que suplicaban una visita.
Realmente ni siquiera entonces dijo nada, pero su silencio era una manera de asentir y yo me cansé del tema: era un burdel y ya, no tenía sentido discutir por algo tan obvio.
Hoy, sin embargo, al pasar por la carretera, he visto otro cambio. Debajo de las habitaciones para siestas, han puesto otro letrero que invita a un menú de precio popular. La inventiva incesante de este empresario seguramente apremiado merece otro enfoque y quizás incluso una visita.
-Es una estructura de servicios públicos, seguramente vinculada a la caridad. Nada de burdel ni nada. Comer por ese precio. ¿Puedo?

28 oct 2011

PAPILLON'S WAY


EL EXTRAÑO CASO DEL ESCRITOR VENEZOLANO ENRIQUE CHARRIERE

(foto tomada de Letralia, 2006)

Escapista perseverante y malogrado, un verdadero anti-Houdini, después de nueve intentos de fuga, once años de presidio y casi quinientas páginas de novela, en 1944 Henri Charriere (1906-1973) logró huir de la Isla del Diablo en una balsa de cocos y llegar a Venezuela en compañía de otros cuatro delincuentes. Aunque su carrera de presidiario escapista comenzó en el momento de 1932 en que un tribunal parisino lo condenó a cadena perpetua por un crimen que en sus dos libros —Papillon (1969) y Banco (1972)— asegura no haber cometido, su vida de escritor se inició en el momento en que —ya que la balsa de cocos sólo había servido para llegar a Georgetown, desde donde saldrían nuevamente en una embarcación menos precaria pero cuya vela estaba hecha de jirones de camisas, pantalones y chaquetas— él y sus compañeros de travesía debieron elegir un destino hacia donde dirigir los retazos de su vela: el Golfo de Paria, en Venezuela, o Trinidad, la isla de Naipaul.
Desastroso comienzo. Después de una discusión concienzuda, en la que fueron consideradas las relaciones de ambos países con Francia y la forma en que éstas habían cambiado con motivo de la guerra en curso, los cinco fugitivos decidieron esperar la luz del día. Para ello, arriaron la vela y ataron la embarcación a lo que parecía ser una boya flotante. La boya resultó ser una mina, pero de eso sólo se darían cuenta en la mañana siguiente luego de la advertencia que les hiciera un guardacostas venezolano.
Atado a esa mina flotante, que hubiera terminado con su carrera de escapista anti-Houdini sin permitirle iniciar la de escritor, el destino de Henri Charriere lucía absolutamente diferente de lo que conocemos actualmente: se trataba de un hombre fuerte y noble, con muchas habilidades manuales, que había ocupado los últimos años de su vida en intentar huir para vengarse de quienes lo habían condenado a un presidio injusto y en vigilar los dos estuches contentivos de dinero que cada mañana debía introducirse a través del ano. Que se sepa sólo había leído un libro, El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, y nunca leería algún otro. En todo caso, el mismo hombre que les advirtiera sobre la naturaleza mortífera de la boya les aconsejó, como si se tratara de Rainer María Rilke en Cartas a un joven poeta, el destino a elegir:
Vayan a Venezuela, serán bien tratados, se los aseguro.
Horas después, Henri Charriere y sus compañeros llegaron a Irapa, en Venezuela. Luego de algunos días de descanso y atención médica, fueron trasladados a la prisión de El Dorado, donde el milagro comenzó a ser notorio. No se trata de que allí escribiera sus primeras páginas sino que por primera vez Henri Charriere —conocido desde su primera juventud como Papillon por la mariposa que se había hecho tatuar en el cuello— no pensaba evadirse. Había dejado de ser un escapista y comenzaba a buscar un oficio productivo, sin saber que esta búsqueda incesante lo terminaría convirtiendo en escritor.
A partir de su salida de El Dorado, ya en las páginas de Banco, Henri Charriere se convirtió, gracias a la influencia de Rita, su mujer, en un antecesor de Maqroll El Gaviero. Le quitó y agregó algunas letras a su nombre: Enrique. Fue minero en Guayana, vendió la rifa de un Cadillac que no era suyo ni de ninguno de sus amigos en Caracas, trabajó como cocinero y hostelero en Maracaibo. Quizás fue dueño de un burdel, ya que —según él mismo confiesa— en su hotel se alojaba un grupo de putas francesas e italianas. Fue apresado en dos ocasiones —una por haber desvalijado un Monte de Piedad fuera de Venezuela y otra por un robo que parece no haber cometido— y se instaló en Ciudad Bolívar. En 1956, le fue concedida la nacionalidad venezolana y pudo viajar para encontrarse con su familia en Barcelona de España. A su regreso, compró algunos bares en Caracas, entre ellos el Gran Café de Sabana Grande, pescó langostinos que exportaba diariamente a Miami, buscó cobre electrolítico en Oriente y, en 1967, ya prescrita su condena, viajó a Francia.
Ese mismo año leyó en El Nacional la noticia de la muerte de Albertine Sarrazin y compró su novela, El Astrágalo. Fue esta lectura la que la que impulsó al novelista que había en él desde hacía veintitrés años —bajo la premisa de que si Albertine Sarrazin con su hueso dañado, el astrágalo que causaba su cojera, había vendido tantas copias, ¿cuántas no vendería él que por ocho veces no había aceptado convertirse en Houdini?— a escribir su propia novela. Primero infructuosamente con ayuda de un magnetófono de quinientos dólares. Luego directamente, bolígrafo sobre cuaderno, en el despacho de su último bar, el Scotch.
En dos meses y medio escribió su odisea y cuatro mecanógrafas que por sus nacionalidades —una rusa, una yugoslava, una alemana y otra de Martinica— bien podrían haber formado parte del staff de secretarias de la ONU la transcribieron en ocho semanas a cambio de tres mil quinientos dólares. Resultado: cuatro mil dólares y seiscientas veinte páginas que un escritor francés le prometió corregir sin que Enrique Charriere aceptara ya que ni a él ni a su mujer les gustó el capítulo edulcorado que éste había enviado como prueba. Enrique Charriere ya quería merecer la contraportada de sus libros y luchaba por ello. Llegada la hora de hacer saber a todos que era un escritor, intentaba hacerlo en un estado puro y salvaje que justificara la advertencia del director editorial —«Charriere no escribe, habla. O mejor aún, escribe como habla»— y colocara su novela en los remates de libros de todo el mundo.
Luego de una azarosa búsqueda, que más que una ronda de conocimiento de las editoriales francesas de la época parece un periplo por varias islas del Caribe rodeado de malhechores fugitivos, en enero de 1969 firmó un contrato con Robert Laffont y, el 19 de mayo del mismo año, Papillon comenzó a ser vendido en las librerías francesas. Este libro, al igual que Banco, está dedicado «al pueblo venezolano, a sus humildes pescadores del golfo de Paria, a todos, intelectuales, militares y otros que me dieron la posibilidad de revivir».
Es obvio o nosotros queremos que así lo sea. En esas palabras, el escritor se refiere al momento de 1944 en que, dándole dos metros de ventaja a Dustin Hoffman, dejó de ser Papillon, el escapista anti-Houdini, y se convirtió en Enrique Charriere, el escritor venezolano.


24 oct 2011

MaraVillas de Italia


Casi todos los recuerdos que conservo del año que me tocó vivir en Italia están vinculados a la comida a pesar de que yo en esa época creía que me dedicaba exclusivamente al trabajo. Había tenido mucha suerte, eso decían mis amigos, y un equipo de fútbol de la Basilicata me había contratado como médico deportivo. No voy a hablar del Cristo de Carlo Levi aunque mucho lo leí en esos días, pero tampoco de la pasta, los latticini, la buena carne ni los dulces exquisitos.
Quiero recordar en estas líneas dos maravillas que me permitió conocer Armando, el propietario del equipo, en cuya casa debía comer todos los domingos.
La primera: "la pesca col vino".




Mientras comíamos, después de la pasta y antes del segundo plato, zio Armando sacaba una botella de vino de su propia cosecha, retiraba el corcho y la ponía a respirar. Cuando las berenjenas y la carne ya habían desaparecido, llenaba las copas hasta la mitad y comenzaba a quitarle la cáscara a dos melocotones amarillos en un gesto repleto de respeto y cariño, por lo que yo tenía que abortar cualquier intento de higiénico reproche.
Vedi, si fa cosi —decía mientras hacía caer trozos de melocotón en cada copa—. Adesso, devi aspettare: due, tre, quattro minuti. Mientras el tiempo pasaba, probábamos los dulces que iban llegando a la mesa. Ya al final, antes del café —en verdad habían pasado, veinte o treinta minutos— cada uno cogía una cucharilla y empezábamos a sacar y comer los trozos de melocotón
Enriquecido, el melocotón había ganado al menos dos meses más colgado del árbol de la vida y se convertía de golpe y porrazo en el sabor más corposo de toda la comida. Lo masticábanos lentamente como si fuese la carne de un animal noble y a cada rato zio Armando interrumpía su rito deglutorio para cantar las maravillas de la fruta local.
Madonna mia, come è buona questa pesca.
Luego atacábamos el vino. Era como venir de vuelta, deconstruyendo el sabor del melocotón, también el del vino, convirtiéndolos a los dos en uva dulce pero con un toque ligeramente amargo y a nosotros en armadores de un barco ebrio, como un poema de Teófilo Tortolero.
Ti piace, vero?
Claro que sí, me gustaba muchísimo. Así, el rito podía multilplicarse por dos o tres.





—Pure oggi abbiamo mangiato —interrumpía la nonna y señalaba el café.
Sì, pure oggi abbiamo mangiato — repetía alguna voz en el fondo, quizás en la cocina.
Finalmente, era zio Armando quien cerraba cualquier intento de discusión y levantaba la sesión pronunciando las palabras mágicas de cada domingo:
Tarallucci e vino.
Ésa es la segunda maravilla a la quería referirme hoy. Tarallucci e vino. Los taralli —una suerte de rosquilleta torcida, pero mucho más sólida y especiada— mojados en vino. No se trataba de una nueva invitación a la comida, sino de que zio Armando usaba la expresión para señalar que todo había transcurrido bien, felizmente.
Se refería a una felicidad máxima, terrenal y sublime al mismo tiempo, la del goce de estar en la mesa conversando en familia y comer tarallucci e vino mientras el tiempo pasa, el tarallo se ablanda y el vino humedece sus poros y nuestras papilas.
Tarallucci e vino. Si los delanteros no se hubieran lesionado, el equipo no habría descendido a la Serie C y yo me habría quedado en sus sabores para siempre.


18 oct 2011

LIBROS USADOS: BARBIE, POR ENRIQUE VILA MATAS



No sé si lo volvería a hacer, pero en el año 2000, yo hubiera dado mi mano derecha por estrechar la de Enrique Vila Matas. Había leído la mayoría de sus libros y tenía sobre la mesa de noche un ejemplar de Bartleby y compañía. Incrédulo de que ese invento hubiera sido posible, lo abría cada treinta minutos y, en cada línea, me detenía para sonreír, pensando que ya había leído la siguiente, que sabía hacia dónde iba Enrique y que por eso era que cada vez me gustaba más y más el libro.
¿Cómo saber entonces si fui yo quien la ofreció o si el periódico para el que eventualmente colaboraba en Caracas me lo pidió? El asunto es que, gracias a los favores de un amigo, conseguí el número telefónico de Vila Matas y lo llamé pidiéndole una entrevista para El Nacional. Cuando finalmente aceptó, salté -debería escribir "caí"- de alegría y me fracturé el escafoides de la mano derecha: "Fx de escafoides derecho", escribió el médico de la Universidad Autónoma de Barcelona.
El encuentro terminó en la Librería Central, pero no comenzó allí, porque me recuerdo esperando junto a él la salida de los niños de Colegio Italiano, cerca de Paseo de Gracia.
Al final de la entrevista, que incluyó una comida en la que yo no pude comer mucho porque tenía la mano derecha escayolada, le di a firmar un ejemplar de Bartleby ... y, no pude evitarlo, le entregué un ejemplar de Barbie, una noveleta que yo había escrito cinco años atrás y que Israel Centeno había publicado en Caracas.
Hubiera querido dedicársela, pero no podía. Lo recuerdo todo muy bien: cuando le entregué con la mano izquierda el libro, Vila Matas lo sopesó y, abanicando sus treinta hojitas, hizo referencia a lo pequeños que podían resultar algunos libros publicados en Latinoamérica.
Ese encuentro me hizo más devoto de Enrique y me ayudó a tener una relación más completa con su obra. Luego, incluso, creo que en una ocasión cambiamos algún mail y, en otra, un saludo con ocasión de un viaje suyo a Venezuela, donde debía ser jurado del premio Rómulo Gallegos.
Lo había olvidado todo hasta hace dos días que me puse a hurgar en una página de libros usados en Internet: los libros usados son un género que siempre me ha gustado y que, como se ve, no he dejado de frecuentar.
Entre las cosas que encontré había un ejemplar de la novela Barbie "dedicado por su autor", yo, yo mismo, "a Enrique Vila Matas".
Alguien podría pensar que me disgustó el encuentro y seguramente se equivoca. Siempre he amado los remates de libros y prefiero encontrar un libro mío allí que en una librería glamurosa aunque esto último nunca me ha sucedido. Me encantó el encuentro y, de hecho, he comprado el ejemplar, que en estos momentos se desplaza hacia mi casa desde Madrid.
Lo único que deseo aclarar es que yo nunca dediqué un ejemplar de ese libro a Vila Matas, que cuando se lo di ni siquiera lo firmé. No podía, soy diestro y entonces tenía la mano derecha escayolada.
¿Quién lo hizo entonces? Quizá lo sepa dentro de poco, cuando el libro llegué a mi atalaya en Puzol, junto a Valencia.
Por si acaso, el primer sospechoso es Enrique, Enrique Vila Matas.

12 oct 2011

Cien razones que convierten a El Padrino en la mejor novela del mundo

(Después de la Biblia, El Quijote, la Constitución Italiana y Berlin Alexanderplatz)




  1 - Porque sí.
  4 - Porque la leí por primera vez a los trece años.
  9 - Porque en ese momento sentí que me salía demasiado barata: le robé a mi madre un libro, Historia de la mafia, y se lo cambié a Salas Bustillos por un ejemplar sin tapas de la novela de Puzo.
 12 - Porque desde entonces la he leído u hojeado al menos una vez cada año
 19 - Porque todavía me excita leer las páginas donde Puzo narra el primer encuentro entre Michael Corleone y Apollonia.
 24 - Porque aprendí a cocinar la pasta con la receta de Clemenza.
 32 - Porque de vez en cuando me sucede el encontrarme en una situación en que podría hacer una oferta irrechazable.
 33 - Porque la mejor novela también tiene que enseñarte a defenderte.
 35 - Porque fue a través del libro que le cogí cariño a las películas.
 39 - Porque nunca he entendido a quienes dicen que las películas son muy mucho mejores que la novela.
 42 - Porque en una época cada vez que la mujer que amaba me dejaba sólo sus páginas refugiaban mis planes de venganza.
 47 - Porque todo es personal, como decía Don Vito.
 51 - Porque la mejor novela debe ser lo suficientemente gruesa como para sostener tu cama en caso de que falle una pata, pero nunca tan gorda como para hacerte dormir y que tus ronquidos arruinen una por una las cuatro patas de tu cama.
 62 - Porque Puzo me resulta mucho más simpático que Coppola.
 67 - Porque conviene saber a los trece años que el hombre más malo del mundo es Luca Brassi para así no estigmatizar al gordito Salomón que maltrataba a sus compañeros simplemente porque quería ser Presidente del Colegio de Médicos.
 69 - Porque por años estuve buscando pistolas detrás de la cisterna de los retretes en las pizzerías.
 74 - Porque a pesar de su disgusto esta novela fue el primer tema de conversación que abordé con Giuliana.
 81 - Porque si entonces no se hubiera disgustado quizás no tendríamos ahora dos hijos.
 88 - Porque es un libro que se puede leer muchas veces.
 89 - Porque el mejor libro no tiene por qué ser perfecto.
 92 - Porque me gusta saber que es un libro prodigioso y que los demás sepan que yo lo sé.
 99 - Porque si hubiera que agregarle algo sólo le añadiría la música de Nino Rota.
100 - Porque sí.