Ni cuentos ni artículos. Tampoco articuentos o cuentartículos. Se trata de cuartientos.
22 nov 2011
Asamblea los martes
15 nov 2011
El mejor vino del mundo
9 nov 2011
Las cuatro hermanas
28 oct 2011
PAPILLON'S WAY
24 oct 2011
MaraVillas de Italia
Quiero recordar en estas líneas dos maravillas que me permitió conocer Armando, el propietario del equipo, en cuya casa debía comer todos los domingos.
La primera: "la pesca col vino".
—Vedi, si fa cosi —decía mientras hacía caer trozos de melocotón en cada copa—. Adesso, devi aspettare: due, tre, quattro minuti. Mientras el tiempo pasaba, probábamos los dulces que iban llegando a la mesa. Ya al final, antes del café —en verdad habían pasado, veinte o treinta minutos— cada uno cogía una cucharilla y empezábamos a sacar y comer los trozos de melocotón
Enriquecido, el melocotón había ganado al menos dos meses más colgado del árbol de la vida y se convertía de golpe y porrazo en el sabor más corposo de toda la comida. Lo masticábanos lentamente como si fuese la carne de un animal noble y a cada rato zio Armando interrumpía su rito deglutorio para cantar las maravillas de la fruta local.
—Madonna mia, come è buona questa pesca.
Luego atacábamos el vino. Era como venir de vuelta, deconstruyendo el sabor del melocotón, también el del vino, convirtiéndolos a los dos en uva dulce pero con un toque ligeramente amargo y a nosotros en armadores de un barco ebrio, como un poema de Teófilo Tortolero.
—Ti piace, vero?
Claro que sí, me gustaba muchísimo. Así, el rito podía multilplicarse por dos o tres.

—Sì, pure oggi abbiamo mangiato — repetía alguna voz en el fondo, quizás en la cocina.
Finalmente, era zio Armando quien cerraba cualquier intento de discusión y levantaba la sesión pronunciando las palabras mágicas de cada domingo:
—Tarallucci e vino.
Ésa es la segunda maravilla a la quería referirme hoy. Tarallucci e vino. Los taralli —una suerte de rosquilleta torcida, pero mucho más sólida y especiada— mojados en vino. No se trataba de una nueva invitación a la comida, sino de que zio Armando usaba la expresión para señalar que todo había transcurrido bien, felizmente.
Se refería a una felicidad máxima, terrenal y sublime al mismo tiempo, la del goce de estar en la mesa conversando en familia y comer tarallucci e vino mientras el tiempo pasa, el tarallo se ablanda y el vino humedece sus poros y nuestras papilas.
Tarallucci e vino. Si los delanteros no se hubieran lesionado, el equipo no habría descendido a la Serie C y yo me habría quedado en sus sabores para siempre.
18 oct 2011
LIBROS USADOS: BARBIE, POR ENRIQUE VILA MATAS
12 oct 2011
Cien razones que convierten a El Padrino en la mejor novela del mundo
21 sept 2011
CUMPLEAÑOS
Recuerdo los treinta rodeado de amigos en Barcelona, la promesa incumplida de hacer una gran fiesta para los cuarenta y, especialmente, dos de esos días: el de cumplir veinte y el más reciente, los cuarenta y uno.
A los veinte, como todo el mundo quería cumplir veinticinco y no tenía nada preparado. Por si fuera poco, ese mismo día mi tío Pablo protagonizó una pequeña desgracia familiar y las mujeres de la familia corrieron en su auxilio. Eso significó que, a pesar de ser el día de mi cumpleaños, me quedé absolutamente solo durante toda la tarde y parte de la noche. Menos mal que a las cinco de la tarde sonó el timbre: era Gustavo, mi amigo de entonces y de siempre, el padrino de mi hija Letizia. Me hizo compañía, grata y amable, durante más de dos horas. Nos recuerdo sentados junto a la casa y frente a la montaña, hablando de cualquier cosa, celebrando sin saber qué celebrábamos, pasando el tiempo sin pensar que construíamos un momento bonito, fundamental e insuperable de la vida.
El cumpleaños más reciente fue hace muy poco. Empezó a comienzos de mes cuando vi la plantilla de guardias en el hospital. Día veinte, ¿médico de guardia?: Slavko Corazón de Jesús Zupcic Rivas. Guardia el día de mi cumpleaños. Lo asumí sin rechistar: un poco fatalista, otro realista. Además, guardia cambiada, seguramente mala. Mejor no hacerlo. La noche anterior, mis hijos me dijeron que no importaba. Y la guardia comenzó buena. Sólo me quejé en un momento durante la tarde. Hablaba con mi madre al teléfono y le dije que nadie me había cantado las mañanitas. Es una costumbre de la casa materna, de cuando éramos cuatro, que yo pretendo prolongar con mis hijos, pero como salí temprano de la casa mientras todos dormían esta vez había sido imposible. Era entonces un cumpleaños sin mañanitas y me hacían falta, pero no tanto porque estaba bien, muy bien. Trabajé un poco, otro, y cuando la guardia se relajó respondí algunos mensajes. Luego, a las doce y media, me fui a la habitación, a leer el periódico, y me quedé dormido. Al rato sonó el teléfono: era el supervisor que anunciaba un paciente. Me alcé sin quejarme y me asomé al pasillo. Pensaba entrar directamente a la consulta, pero el supervisor me hizo saber con sus gestos que el paciente estaba en la sala de espera. Fui hasta allí. Al apenas entrar, los vi a todos, los enfermeros y celadores con quienes había trabajado durante el día sosteniendo una torta de chocolate y una guitarra imposible. No lo podía creer entonces y todavía me cuesta. De sus bocas y de sus manos salían los acordes de una canción que he escuchado casi cuarenta y un veces en mi vida: las mañanitas, las mañanitas del Rey David. Los abracé uno por uno y, acariciando con la lengua un trozo de torta, terminé de pasar un cumpleaños bello y extraño, seguramente especial.
18 sept 2011
Cuando muere un vecino
De todas maneras es necesario reconocer que todo ha sido muy aseado. No ha habido gritos ni llantos. No he visto carros fúnebres ni mujeres de luto. Mucho menos afiches en la calle anunciando el deceso como he visto hacer en Grecia y en Italia.
Simplemente un vecino muerto y un jardinero que me lo ha dicho cuando intentaba contratar sus servicios.
Ahora ya lo sé todo: que ha muerto, que la casa está en venta, que en los últimos días había estado muy mal. Incluso he hablado con su viuda. Me he puesto a la orden. No sé para qué. Imagino que para algo que tenga que ver con la casa: regar las plantas, darle la llave al agente de la inmobiliaria, esas cosas.
Hoy nuevamente había ruidos en su casa. Estaban los hijos y los nietos. Y, cuando salimos a tirar la basura, vimos junto a la puerta del garage algunos libros y dos televisores. Estaban allí para que alguien los cogiera, pero no me atreví. Pienso en los libros. Si alguno vale la pena, llegará a un negocio de libros usados y quizás allí lo encuentre. Pagando, claro. Como tiene que ser.
13 sept 2011
TODOS LOS DÍAS EL TREN
Somos los médicos de tres hospitales, fundamentalmete. Allá el internista. Más allá el nefrólogo, algún psiquiatra. Muchos residentes y ningún traumatólogo ni cirujano, que siempre tienen prisas y prefieren la gasolina.
El resto del pasaje son empleados de tribunales, educadores y algún vecino, paciente o acusado, que debe curarse o defenderse.
El otro día, en el momento de llegar al destino, uno de los acusados se desmayó. Se veía que no era nada muy grave, más actuación que cualquier otra cosa. Y, además, el que se detuviera llegaba tarde a la sesión.
Todos los médicos desaparecimos. Nos escurrimos por las puertas del vagón, silenciososamente.
Así, el paciente fue atendido por sus abogados.
9 sept 2011
MÉDICOS FRUSTRADOS
Otro modelo es el cuidador informal: alguna vez pretendió estudiar medicina o quizás no, pero de tanto cuidar a su pariente cree que lo sabe todo sobre la enfermedad y cada vez que se encuentra frente a un médico (especialmente si se trata de un especimen joven) intenta apabullarlo con su saber y su maltrato. El paciente también puede ser un médico frustrado e incluso el mismo médico: este último en la fase formativa y al final de la carrera fundamentalmente. De estos últimos recuerdo un oftalmólogo que justificaba su desidia en la convicción, adquirida al terminar la universidad, de que nunca ganaría el Nobel de medicina.

Cuando eso suceda, que sucederá pronto, volveremos a leer el Fausto de Goethe: refiriéndose al médico decía "no quisiera tal vida un perro". Es una verdad absoluta y, aunque no es así en el planteamiento original, el de Goethe, seguramente ahora ese desdén estaría relacionado con las noches sin domir, la presión asistencial, las secreciones y la batalla mayormente perdida frente a la muerte. Pues aunque parezca imposible la vida del médico frustrado es mucho peor.
20 ago 2011
ENCUENTRA EL AMOR: LEE CUARTIENTOS
14 ago 2011
Dos (cuar)tientos
COMIDA MATERNA
Como una niña sin padres, que ha ganado recientemente la primitiva, la joven doctora va y viene, mueve las piernas, se agita y grita, reclama, ordena, camina y atiende, siente que puede curarlo todo, hacerlo todo, destruirlo todo.
Nada le es ajeno, tampoco indiferente. Es niña, es doctora, es primitiva y hace apenas dos días, convirtiéndose en especialista de urgencias, ha ganado la lotería.
Incluso cuando en la mitad de una guardia entra al baño y enciende la luz, una ambulancia la persigue generándole miedo, mucho miedo.
Por eso corre y grita, se agita y maltrata.
La joven doctora.
5 ago 2011
Colector de eses

-Es necesario recoger las heces -indiqué como médico de urgencias mientras atendía una diarrea. Al rato los vi -eran padre e hijo- en el patio del hospital atrapando volutas de humo en una bolsa de plástico.
El padre fumaba y el hijo intentaba atrapar las volutas más delgadas.
-Atrapamos las eses -me dijo el padre sonriendo luego de apagar el cigarrillo.
-No se trata de eso -le respondí seriamente.
-No me diga que había que atrapar las ces: hemos desechado tantas.
-Oíga. Está hablando con un médico -dije impostando la voz como si fuera el gran F. -Usted sabe muy bien que dije heces, no eses.
Entonces vi que el niño sonreía: con los dientes y con los ojos. Seguramente la fiebre ya había bajado.
-O buscar setas -dije sonriendo yo también, pensando que su mejoría bien merecía un cambio de tono. -Recuerde que ayer llovió.
1 ago 2011
Campamento de verano: esto es fútbol

Poco a poco fui aprendiendo los equipos, sus camisetas, sus jugadores, sus particularidades de juego cuando éstas existían, el puesto conseguido por el equipo en la clasificación, en tal año y en el otro. Llegué incluso a interpretar el mercado de verano e identificar sus consecuencias. Pero, mucho más importante, al menos para mí, creí comprender que el fútbol se trataba de un dibujo en que el balón, empujado o no por los pies de los jugadores, era la punta del lápiz y que era ella, la punta del lápiz, no el balón mismo, mucho menos el pie o la cabeza del jugador, la que lograba el gol al traspasar la raya blanca de la portería.
Como si esto no fuera suficiente, cuando Alessandro, mi hijo mayor, cumplió tres años le regalaron dos balones de fútbol y fue necesario patearlos frente a él primero en el corredor de la casa, luego en la calle y finalmente en el patio del colegio, a la hora de recogerlo. Más todavía: después del balón, los cromos: cada septiembre de los últimos cinco años hemos comprado el álbum de la liga y en una ocasión apenas nos faltó un cromo para acabarlo.
Nunca pensé que esto podría ir a más hasta que en mayo de este mismo año la italiana que cuida a mis hijos (Giuliana, mi novia de toda la vida) me comentó que Alessandro quería ir en el verano a un campamento de fútbol. Me pareció natural y, aunque no era necesario porque ya ellos así lo habían decidido, bendije el proyecto.
Por ello, todas las tardes de la primera quincena de julio me tocó recoger a mi hijo en un antiguo campo de naranjas que hace siete años fue convertido en academia de fútbol. Ël siempre se mostró entusiasta, pero desde el primer día lo vi un poco aplanado.
-¿Qué has hecho hoy? -le pregunté después del abrazo.
-Fútbol. Mucho fútbol.
-¿Todo el tiempo?
-Sí, todo el tiempo.
No insistí, pero al día siguiente, aprovechando la libranza de una guardia, estuve rondando la academia en horas de la mañana. Era de manera absoluta un campamento de fútbol, sólo de fútbol. Cuando los niños no estaban entrenando en el campo, escuchaban una clase teórica o veían una película siempre temática: el balón rodando sobre la hierba empujado por el cuerpo sin manos de los jugadores. Fútbol al cien por ciento. Incluso en los descansos o durante las comidas a través de los altavoces transmitían canciones a tema donde todas las rimas, gracias a Shakira fundamentalmente, buscaban el gol.
En las tardes, venían los padres y la organización ponía a los niños a jugar. Los padres obviamente hablaban de fútbol, sólo de fútbol, aunque en ocasiones también parecía que hablaban de traumatología:
-Dale fuerte. Abajo, Rómpelo.
Esas palabras iban acompañadas de un brillo oftálmico que mi imaginación relacionaba con la parte más tangible de lo intangible: la hipoteca a pagar, el futuro, los nietos. Había allí, era obvio, mucho más que el descerebrado plan de divertir a los niños durante las vacaciones. En esas miradas había un proyecto, una forma de vida, un sueño quizás.
Los entrenadores, no podía ser de otra manera, participaban del asunto y en ocasiones se acercaban a los padres más ávidos alimentando su ilusión:
-El muchacho promete, ya verás.
Mayormente se limitaban a hablar con los niños, a gritarles a veces.
-Venga. Si te han hecho gol, ve a por el balón y prométete que la próxima vez no te lo meterán.
Ëse era el entrenador de porteros a quien, puedo jurarlo, en una ocasión le escuché decir la mitad del título de este cuartiento:
-Agacha el culo, esto es fútbol.
Pero fue el decano de los entrenadores, un buen hombre sin lugar a dudas, quien me ayudó finalmente a entender de qué cosa se trata el fútbol.
-El balón es parte de tu cuerpo -les decía a cada rato a sus niños, ninguno mayor de diez años, ninguno menor de siete.
-El balón es parte de tu cuerpo. Y va a ser así por el resto de tu vida -les gritaba mientras los padres sonreían y pensaban en cómo pedirle un préstamo al banco para que los niños se quedaran en la academia luego del verano y de la academia saltaran a las escuelas de fútbol de los grandes equipos y de éstas al estrellato.
Eso es lo que hay y finalmente lo entiendo. Nada de poesía estilo Valdano ni de filosofía Guardiola. El fútbol es una gran empresa -lo intuía, la fábula del lápiz era demasiado bonita- en que luego de captar a los niños valiéndose de las redondeces del balón, de su parecido a una manzana podría decirse, les aplanan el cerebro, les impiden el uso de las manos, amputándoselas casi a pesar de la importancia de ellas para la especie humana, y como les han quitado una parte del cuerpo le dan otra: el balón.
Asi nace el dibujo que vemos en el campo de fútbol y mayormente en la pantalla del televisor. Pues no vale la pena y la Sociedad Protectora de los Niños (¿existe?), o la de los animales, debería protestarlo.




