28 ene 2013

La furgoneta Volkswagen

 
a mi amiga Rosa Ch, que siempre pide otro cuartiento
 
La primera vez que la vi, la furgoneta irrumpió en el patio abierto de la casa materna. Era roja y blanca, más bien roja y crema, sumamente ruidosa, y de su interior salieron dos muchachos morenos de los que mi madre dijo que eran jipis. Él tendría unos treinta años y ella veintidós o veintitrés. En todo caso a mí, que entonces tenía séis o siete años, me parecieron muy mayores, casi ancianos, aunque ella no tanto: vestía unos bluyines recortados a media pierna  y el nudo con que cerraba abajo la blusa de algodón parecía más bien un bigote alrededor de su ombligo. Jipis o no, saludaron a mi madre y le pidieron permiso para pasar la noche allí, en el patio de la casa, protegidos sólo por su furgoneta y nuestro árbol prodigioso, un mamón de unos treinta metros de altura que era la envidia de todo el vecindario. Mi madre extrañamente aceptó y, a partir de ese momento, contemplamos el milagro. La furgoneta se transformó en casa. Las ventanas se abrieron, la puerta se hizo toldo y, lo más maravilloso, el techo se extendió, como si fuese un acordeón y, según nos dijo mi madre, a quien se lo había dicho un vecino, en su prolongación instantánea nació una habitación o por lo menos una cama.
-Allí duermen - me dijo mi hermana mientras los espiábamos desde la ventana del salón de los pianos. Es que no queríamos ir a dormir, pretendíamos ver durante toda la noche la furgoneta maravillosa que permanentemente emitía una música lenta, más bien discreta, algunas risitas y, como negarlo, movimientos basculantes que, sin saber de qué se trataba, me produjeron mi primera erección.
Al día siguiente se marcharon a primera hora y, según mi madre, habían dejado sin flores las plantas de campana, una especie de Datura, con la que habíamos marcado el perímetro del terreno.
No volví a ver un vehículo similar hasta la adolescencia cuando en las madrugadas del Colegio Calasanz Occhipinti llegaba transportado por su padre en un camión que había transformado en motor home. Los compañeros de entonces, la mayoría unos hijos de puta, se burlaban de él y, cuando las burlas eran insostenibles, Occhipinti lograba convencer a su padre para que lo llevara caminando o en un vehículo más pequeño que también tenían.
Nunca me gustó el motor home de Occhipinti, pero me agradaba verlo porque me permitía recordar la furgoneta Volkswagen de mi infancia y la morena fabulosa que hacía de copiloto.
-Cuando trabaje -dije alguna vez, según Víctor Zenzola, mi amigo de siempre- quiero tener una así.
Eso dije y nunca se supo si me refería a la furgoneta o a la morena.
Hace unos años, un amigo de Ceuta, el gran Emilio Chinchilla, me mostró su furgoneta Volkswagen. Ésta  era verde y él tambien en ocasiones la usaba para ir al trabajo. Me gustó mucho a pesar de que tenía más de cuatrocientos mil kilómetros encima y volví a pensar en la posibilidad de alguna vez comprarme una. Visité alguna página web, pregunté precios y, al rato, desestimé el proyecto, sobretodo porque la verdad es que no me gusta mucho manejar  y, de haber tenido el dinero para comprarla y haberme atrevido, la habría tenido como pieza de museo y ésa era y es una opción carente de sentido.
Pero la furgoneta Volkswagen ha vuelto milagrosamente a casa, esta vez gracias al deseo de mi hijo que la pidió como regalo de navidad en una caja de piezas de Lego. La única objeción era que Alessandro tiene sólo 9 años y Lego recomienda tener al menos 16.
-Pero tú me ayudas a montarla, papá. Entre los dos tenemos 51 años.
Claro que acepté, pero en el fondo no me sentía del todo capaz. El asunto Lego no siempre se me ha dado con facilidad y hubo incluso una ocasión en que no tenía en buen concepto a los adultos que se dedicaban a juntar sus piezas.
Si había dudas, Alessandro las disolvió y en la última semana de diciembre, permanentemente juntos, Alessandro y yo pasamos decenas de horas organizando las piezas, siguiendo paso a paso las instrucciones y ensamblando muy poco a poco la furgoneta de nuestros sueños.
 
 
 
El 2 de enero terminamos el montaje y mi niño me dio un abrazo gigantesco:
-Es un regalo doble, papá: el primero la furgoneta y el segundo haberla montado contigo.
Yo respondi a su abrazo.
-Es también un regalo para mí, Alessandro -dije mientras recordaba la primera que vi una furgoneta así en mi vida, treinta y cinco años atrás, en el patio de aquella casa de La Entrada.
 
 

4 ene 2013

Hugo Chávez: la enfermedad en campaña

 
 
 
Politólogos, militares, periodistas, políticos y obispos se cansan de especular sobre la enfermedad y la posible fecha de muerte de Hugo Chávez Frías. Murió durante la cuarta operación, dijeron los periodistas, en la segunda semana de diciembre, pero resucitó porque debía morir el 17 como Simón Bolívar y con gobernadores apenas elegidos. No pudo morir, no hubo acuerdo ese día y lo enchufaron entonces, pensando desenchufar la noticia de su muerte el día de Navidad en una Caracas inundada de sueño y alcohol. Era una maniobra de militares y políticos, pero tampoco funcionó y entonces apareció el primero de enero: mejor entonces, más alcohol, menos zozobra. Ese día, pasaron mañana, mediodía, tarde y noche sin que se produjera ninguna eventualidad y ahora el obispo anuncia el 10 de enero como la fecha posible, no se sabe de qué.
Mientras tanto -siempre a través de la boca de políticos, periodistas, sacerdotes y politólogos- los ciudadanos aprenden nuevos significados de expresiones médicas de siempre. "Insuficiencia respiratoria" puede significar dos días, aunque es necesario recordar que "células cancerígenas" en la boca de Fidel Castro ha significado hasta ahora dieciséis o dieciocho meses. Se construye así un nuevo glosario médico. "Traqueostomía" es una eventualidad que le da más chance a Maduro, pero "ano artificial" -no se sabe como ni por qué- parece anunciar un mandato de Dios en forma de Cabello.
Hablan todos menos lo que debían hablar, pero parece que lo hacen con miedo. Miedo a la enfermedad, miedo a la palabra cáncer como si estuviéramos en medio de un ensayo de Susan Sontag. Miedo a que todo sea mentira y el 10 de enero, en lugar de un ataúd rodeado de militares, aparezca en Caracas un ex-militar vengativo diciendo "tú me mataste, tú también me mataste y ahora yo te voy a joder". Esta historia médica en boca de militares, políticos y periodistas parece más bien una novela de suspenso o la cuarta entrega de El Padrino. Si hablamos de cine, es necesario decir que La Habana una vez más se propone como escenario ideal: con intriga, secretismo, palmeras doncellas y espías que de la CIA corren al Pentágono para decir que con Maduro es posible el diálogo.
Pero el asunto vuelve a ser que hablan todos menos los que debían hablar. La palabra cáncer se desfigura, las células malignas se multiplican, la infección respiratoria agoniza y el sufrimiento duele más cuando son usados con fines políticos para aparecer, desparecer, postergar, negociar o mentir. Es que, insisto, hablan todos menos los que debían hablar.
En este ejercicio de intrusismo, el "suelo pélvico", las "vértebras metastizadas" se han convertido en publicidad electoral. Se leen como días de vida, pero significan votos para uno o para otro. A través de estos tumores, políticos y militares consolidan sus opciones. Mientras tanto, la oposición calla o habla tímidamente, como si la cosa no tuviera que ver con ellos. Parece haber miedo a que el cáncer se contagie si la palabra maldita entra o sale de la boca. Así lo hicieron durante la campaña para las elecciones de octubre y diciembre y así lo hacen ahora. Mientras tanto, los tumores crecen o desaparecen y el ABC anuncia que el paciente está en coma inducido.
Esta historia clínica virtual es terrible, caótica. Parece más bien un cajón de sastre. La anamnesis la hizo Fidel Castro hace casi dos años cuando le explicó a Chávez -fue su deseo, qué horror- la naturaleza de su enfermedad. La enfermedad actual y los antecedentes corrieron a cargo del periodista Nelsón Bocaranda Sardi. La exploración física la divulgó el propio paciente. Y ahora están a cargo de la historia Nicolás Maduro desde La Habana, el Ministro Villegas en cadena nacional de radio y televisión y el yerno ministro a través de Tweeter. El único médico que de vez en cuando aparece es uno de apellido Marquina que da informes desde Miami o Bogotá, más en plan de chisme que de cualquier otra cosa.
En un ejercicio tan desmesurado de fantasía e intrusismo, la enfermedad puede traer dolor, muerte y sufrimiento, pero igual no es real. Falta una bata blanca, falta una puta bata blanca que nombre la enfermedad desde la medicina. Que venga un médico, coño. No importa que sea cubano, ruso, brasileño, español o venezolano. Que venga un médico de una buena vez. Para que ayude a vivir o a morir al paciente. O para que cierre esta historia médica que así, a la vista de todos, ya no tiene ningún sentido.

20 dic 2012

CASTRADO POR LA NAVIDAD

 
 
 
 
"De qué color es la piel de una mujer que recién ha hecho el amor".  Con ese verso de Oficio puro, Víctor Valera Mora, el mágico poeta venezolano, me convirtió no sólo en seguidor de su obra sino en declamador, noctámbulo y susurrante, de su poesía. Igual que el capítulo 7 de Rayuela, en una época bastaba repetir en un tono adecuado esas quince palabras para que un milagro ocurriese y la mujer más bella del mundo mostrase su disposición a resolver la ecuación y responder con su piel la pregunta. Hoy, sin embargo, no son de esa naturaleza mi duda ni mi necesidad. Recuerdo al Chino Valera Mora -sus ojos andinos, achinados, empujaron su nombre al olvido y en Venezuela bastaba decir el Chino Valera para recordarle- porque necesito su fórmula literaria: ¿qué pasa con A después de B? Hoy, A no es la piel de una mujer. Y B no es el amor. Perdóname, chino, pero estoy recordando tu poema de Amanecí de bala para preguntar qué pasa en la vida de un hombre si en una sola semana tiene que asistir a dos conciertos navideños de naturaleza escolar. Pues, si las preguntas del chino -Oficio puro contiene al menos veinte preguntas sobre la mujer apenas amada- tienen respuestas múltiples, posibles y no, felices e  infelices, mi duda de hoy tiene una sola, sumamente clara y del todo verosímil respuesta. Después de dos conciertos navideños, las mujeres mienten y dicen que se les sale la lágrima: asunto de ellas. Pero a nosotros los padres, a pesar de todo el cariño del mundo, del amor profesado y por profesar, del progreso de los niños en las artes vinculadas al escenario, a pesar de todo eso, dos conciertos en una semana sólo pueden ser equivalentes a la administración intravenosa de un kilogramo de estrógenos y de seiscientos cincuenta miligramos de progesterona. Adiós a la virilidad, la hombría y la testosterona. Sin ningún tipo de miedo, pero tampoco sin ningún deseo de ignorarlo, después de una experiencia semejante es necesario admitir que se ha sufrido una castración real, absolutamente real, nada virtual.
Un compañero de fatigas, que tiene en ocasiones la irreverencia del Chino y es por eso seguramente el culpable de que yo haya comenzado este cuartiento con la oración del mago de Valera, este compañero de torturas, a la salida del segundo concierto, ha resumido el asunto con palabras mucho más sencillas:
-Es que si veo ahora una publicidad de toallas sanitarias, en una semana me duele la cabeza y me pongo a lavar los platos.
-¿Y qué más? -le preguntó la madre de sus hijos creyendo que iba a continuar hablando de tareas hogareñas.
-Nada, nada, que seguro también me baja la menstruación.
 

18 dic 2012

Abrazo pintado, inevitable


Inevitable
un abrazo pintado
entre nosotros
una marca en la pared
allá en el fondo
una palabra bonita
escrita a manera de leyenda
mientras nuestros dedos se cruzan
inevitable inevitable inevitable
igual que la luz
inevitable como el calor
porque seguro nos conocimos en otro siglo
refugiados en una cabina telefónica
junto a un coche de caballos
¿recuerdas?
por eso este abrazo
inevitable
pintado en la pared
entre tus ojos y los míos
un abrazo y dos besos
inevitables
hoy al salmorejo y siempre

14 dic 2012

Ludoteca & Night club



 
 



¿Puede un espacio físico albergar una barbería en las mañanas, un consultorio médico en las tardes y un burdel en las noches? Los dos primeros sí: apenas basta infringir unas pocas leyes. El tercero quizás: con un poco de inventiva, algo más de atrevimiento y, seguramente, mucho insomnio. Me resulta en todo caso exquisito el argumento este de la polisemia espacial. Así lo diría mi hijo quien luego de un mandato escolar se pasa las tardes descubriendo polisemias. Con él descubrí el otro día que la ludoteca donde solíamos acudir cuando a él todavía le gustaban los parques de bolas también es un night club. Se trata de un invento genial de mis vecinos. Un galpón dividido en dos. Del lado del mar el parque de bolas, las mesitas infantiles y una gran pantalla. Del lado contrario, el night club: mesas adultas, tubo de baile, mucho neón y todo lo necesario para que se pueda decir con propiedad que es un night club. En el centro, una barra circular dividida en dos: un lado hacia la ludoteca, el otro para el night club. Esto sucede sin contravenir ningún mandato porque al parecer los horarios de cada una de las actividades apenas son colindantes. En las tardes, las bolas. En las noches, en bolas. Sin embargo, a mí siempre me extrañó que la barra infantil estuviese tan bien surtida. Tanto alcohol fuerte, demasiadas variedades, muchas añadas. Mi hijo con sus nueve años encontró la respuesta:
-No me extrañaría que algunos del night club pudieran pasar a la ludoteca.
No le respondí inmediatamente. Supe disimular mi sorpresa y esperé: algo aprendí de aquella época en que compartía la mitad de mis días con psicólogos clínicos. Luego, sí, no pude evitarlo y se lo pregunté.
-Y, ¿cómo lo sabes?
-Porque nosotros, cuando yo era pequeño, a veces nos pasábamos al night club -me respondió con una tranquilidad pasmosa, la suya de siempre, como quien se despierta luego de la siesta y se dispone a leer un librito de Erving Goffman.
 
 

4 dic 2012

PANTAFILIA

Con ellos tres, fui obligado a compartir veinticuatro horas alrededor de dos camas, la de ellos y la de mi hija. Todo el tiempo tuvieron el televisor encendido, jugaba cada uno con su celular y, además, uno de ellos sostenía un iPad.
Sin saber por qué recordé a dos psiquiatras (la de farmacología y el de historia de la psiquiatría) durante la residencia en Caracas. Propiciaban encuentros públicos, de cara a los residentes, e intercambiaban libros y películas. Con el tiempo habían adquirido fama de intelectuales, pero una vez durante un intercambio rápido la película se deslizó entre las manos de ella y cayó al suelo: Superman 2.
En la última hora de la convivencia obligada, caminé hacia una de las cinco pantallas. Para que el cuartiento tenga sentido, eso pensé, el adicto deberá estar haciendo una virguería, leyendo un artículo especializado, comunicándose con quién sabe qué instancia.
Me acerqué al padre de familia, le toqué el hombro fingiendo un saludo. Aproveche su extrañeza para meter un ojo en la pantalla que sostenía entre las manos: jugaba a romper pompas de jabón con una escopeta.

21 nov 2012

POMPAS FÚNEBRES


Mi suegra, qué duda cabe, era una mujer especial, pero murió en un momento en que, hablando de dinero, no estábamos en las mejores condiciones. Por eso tuvimos que recurrir a la funeraria más barata.
Los agentes fueron con nosotros siempre muy amables y, debo decirlo, el servicio prestado en todo momento no pareció distinguirse del que prestaban las otras funerarias.
En este tipo de cosas, como en todo, siempre hay categorías, pero mientras nos preparábamos para cremarla no eché en falta ningún detalle relevante. Algún amigo me había dicho que tuviera cuidado, que aquí siempre quieren joderlo a uno por extranjero y que en el negocio de las funerarias, donde todo es posible, así dijo, era mucho más que probable que me quisieran meter gato por liebre.
Yo estuve pendiente en todo momento y lo que vi más bien me dejó sorprendido por la pulcritud y el esmero con que los agentes lo hacían todo. Cuando hubo que sacar el cadáver de la casa, se pusieron guantes desechables y usaron mascarillas. Cuando fue necesario elegir el ataúd, nos permitieron escoger uno que en principio estaba fuera del presupuesto inicial. La sala que nos asignaron era bastante confortable: tenía cuatro sofás, aire acondicionado regulable, un libro de condolencias con un cd de música gregoriana en la cara interna de la contraportada, máquina de café y surtidor de agua. Nos resultó bonita, incluso acogedora. Las flores eran naturales y no había razones objetivas para pensar que fuesen recicladas. Como vieron que Raquel lloraba, nos regalaron un libro sobre el duelo escrito por la dueña de la funeraria. La escritura era impecable, al menos a mi entender, y los conceptos que más frecuentemente se leían estaban relacionados con la seriedad y la ética. Aceptaron que yo pagase incialmente sólo el cuarenta por ciento y, luego, al final del mes, el resto. Hubo momentos en que me sentí más abrigado por ellos que por los amigos que vinieron a presentarle sus respetos a mi suegra.
Llegando el final, se me acercó la dueña de la funeraria, la misma del libro, y me preguntó si queríamos responso o misa. Yo le dije que misa porque mi suegra siempre fue muy creyente y si en vida iba a misa todas las tardes me parecía justo que ya muerta tuviera una misa completa.
La mujer aceptó.
Si ustedes quieren misa, será misa.
No sé por qué, pero en ese momento recordé que antes, en la noche, uno de los agentes me había dicho que los curas de la parroquia siempre ponían problemas para venir a a la funeraria porque preferían que la ceremonia se relizase en la parroquia, pero que ellos ya habían resuelto el problema.
Me olvidé inmediatamente del asunto porque Raquel me llamó para que le diera un calmante y al rato ya se acercaba el momento de la misa y la cremación y todos comenzábamos a sentirnos peor vi que los hombres de la funeraria se dirigían hacia la sala de ceremonias.
Ya viene la cosa dijo Raquel refiriéndose a que ya se acercaban la misa y la cremación.
No te preocupes intenté tranquilizarla y salí del salón con la intención de buscar a los agentes y recordarles que luego necesitaría el certificado de defunción internacional.
Estaban, como había supuesto, en la sala de ceremonias. Cambiaban junto a un hombre obeso y disneíco la disposición de los muebles para que mirasen hacia el crucifijo y no hacia la ventana del horno crematorio. El desarreglo del hombre obeso, sudoroso y con un hematoma en la frente, desentonaba un poco con la capilla e incluso con los agentes, que iban de traje, como siempre.
Yo me quedé viéndolos desde la puerta y ellos, afanados, no me veían o no les importaba que yo los viera. Uno de los agentes le preguntó algo al obeso y éste le respondió en tono grosero.
¿Qué quieres que te diga? Yo aquí soy un empleado, igual que tú.
¿No será ese el cura? Eso fue lo que pensé mientras me retiraba discretamente y, aunque me respondí que era imposible, a los dos minutos me tuve que arrepentir porque, cuando nos hicieron pasar a la sala de ceremonias, allí estaba él, sudoroso todavía, gordo, gordísimo, vestido de sótana y detrás del pequeño altar. No pienses mal, coño, me dije a sabiendas que la paranoia es mi problema de siempre.
No pienses mal, me dije y me concentré en pensarlo. No pienses mal. Así, sólo así, pude concentrarme en nuestro dolor por la muerte de mi suegra y, a pesar de que desde hacía muchos años, no asistía a una misa, recordar el rito y responder era el único que lo hacía a las oraciones.
El hombre obeso me veía a mí directamente y, de una u otra manera, pudimos concentrarnos él, yo y la dueña de la funeraria que hacía de monaguillo para ofrecerle a mi suegra una misa decente.
A los dos días, la dueña de la funeraria vino a cobrarme el resto del servicio y no pude evitar preguntarle por él.
Murió, ¿sabes? Ayer mismo, de un infarto. Parece que tenía un problema de coagulación.
Lo lamento mucho —la noticia no me sorprendía: algo de la muerte había entrevisto yo en su disnea y en su gordura—. Pero, ¿era cura?
La mujer me dirigió una mirada especial —no sé por qué, en ese momento pensé que me propondría sexo—y buscó donde sentarse. Lo hizo en una de las sillas alrededor de la mesa del comedor y me invitó a sentarme junto a ella.
Pues no, realmente no. Alguna vez estuvo en el seminario y ahora a nosostros nos hará mucha falta uno como él —dijo sin siquiera mirarme antes de hacerme su verdadera oferta—. ¿Quieres el trabajo?
Acepté, claro que acepté. Ya lo había dicho, en aquellos momentos, hablando de dinero, no estámos en las mejores condiciones.

13 nov 2012

Ahora que seguramente desaparecerán los abrazos

Comenzamos ya en el siglo pasado, cuando aprendimos a escribir en las computadoras y dejamos de luchar por abrirnos espacio en el escritorio porque podíamos trabajar con los codos pegados al tórax. Sin saberlo ni pretenderlo iniciamos la abolición del hombro, fundamentalmente la abolición de la abducción, el movimiento que -exagerado- permitiría que lleváramos los codos a la altura de las orejas. De eso se dieron cuenta los diseñadores de muebles y aviones y comenzaron a diseñar mesas, sillas y poltronas aéreas cada vez más estrechas. Nadie dijo nada porque todos pensaron en sacarle provecho a la idea. Así, los restauradores multiplicaron sus ingresos y convirtieron en realidad la voz popular ("Donde comen dos comen tres"); las líneas aéreas casi duplicaron la capacidad de sus aviones ("Las llamaremos low-cost", dijo un publicista avispado, "pero progresivamente los vuelos costarán lo mismo"); las funerarias apostaron por modelos más estilizados de ataúdes; e incluso los jerarcas de la iglesia pensaron que podrían comprimir el alma y así sentar más feligreses en los bancos frente al altar. En los últimos años, ha desaparecido el mapa. La adorada carta geográfica, que ni siquiera abduciendo los hombros en su máxima capacidad y extendiendo los codos de ambos brazos, que ni siquiera así era posible alcanzar en su plenitud, nuestro mapa de toda la vida ha desparecido y abrir uno en una ciudad turística equivale a ponerse en la frente un letrero de retrógrado y negligente. Pues, como si eso fuera poco, ahora están desapareciendo los periódicos impresos. Ya los habían convertido en tabloides. No es suficiente todavía y antes de que pasen uno o dos años ellos tampoco existirán. Es un asunto más que obvio y la gente que lo presiente y prácticamente sabe se preocupa por los kioskeros. ¿Qué harán ahora los kioskeros de toda la vida? ¿Qué productos venderán si no podrán ofrecernos periódicos con noticias atrasadas? Pues yo también me preocupo por ellos aunque en el fondo estoy seguro que de alguna manera ellos lograrán resolver su situación. Alguna cosa venderán, con algún producto o intercambio llenarán sus espacios repletos de kas. Por eso no son ellos los que más me preocupan. Mucho más me preocupa la segura desaparición de los abrazos. Si se termina aboliendo la abducción de los hombros, si continúa la abominable cultura de eliminar este movimiento, si lo diseñadores continúan inventando productos que permiten prescindir de él, los abrazos que conocemos e intercambiamos actualmente también desaparecerán. Me refiero a los abrazos que se dan con todo el cuerpo, para los cuales es necesario abrir completamente los brazos, abducir los hombros y extender inicialmente los codos, para después flexionarlos alrededor del cuello o de la cintura de la persona abrazada. Estos abrazos, así como lo he escrito, estos abrazos desaparecerán y serán sustituidos por los abrazos políticos. Léanlo bien, he escrito políticos. Lo he hecho para referirme a los saludos que suelen prodigarse en las cumbres presidenciales y eventos parecidos. Se trata de una cadena de movimientos bastante estraña, en la que el hombro está abolido y los estadistas acercan sus cuerpos y, uno frente al otro, intercambian movimientos de antebrazos y manos, con los codos pegados a la caja torácica. Pues yo esos saludos no los quiero dar ni recibir. Eso para mí no es un abrazo. Y, como he comprendido que el mundo actual tiende a ellos, cada vez que veo un mapa o un periódico aunque tabloide lo compro, incluso duplicado. Algo tengo que hacer para continuar abduciendo mis hombros. 

10 nov 2012

Amigo, si estás en Miami

 
 

 
Sudaquia, la criatura que en Estados Unidos han generado María Angélica García y Asdrúbal Hernández, ha publicado en una edición conjunta Barbie y Círculo croata.
Putitas bonitas, son dos novelitas que a mí me siguen gustando. Una más desgraciada que la otra, pero novelitas buenas todavía. Pobres muchachas mías. Barbie fue publicada por primera vez en 1995 por iniciativa de Israel Centeno. Había sido escrita con el objetivo de borrar de mi vida a una novia psicópata, la única que había tenido hasta entonces. Recuerdo que alguna vez leí junto a Sergio Pitol un fragmento de su versión primigenia y el genio de Domar a la divina garza me hizo ver que en ocasiones la nombraba Barbie y otras con el nombre de la susodicha. Corregí el error y, borracho como una cuba, pude presentarla en la Feria del Libro de Caracas, en 1995. Al finalizar el acto, Israel me acompañó a la estación de metro más cercana. Gracias, Israel. Muchas más, porque luego, al entrar en el vagón, la encontré, a la psicópata, sentada junto a mí y ofreciéndose para compartir la noche conmigo. Entonces aproveché la oportunidad y le leí el último párrafo del primer capítulo:
"Barbie, putica linda, qué bien te ves con las piernas amputadas. Barbie lesbiana, bella, tú que sólo sirves para masturbar ...".
La susodicha salió corriendo horrorizada y si hubiera podido se habría tirado sobre los rieles para ser aplastada por el vagón y el cargamento de Barbie que éste afortunadamente contenía.
La escritura de Círculo croata, en cambio, me acompañó durante veinte años años: cinco páginas por año si la progresión de la literatura fuese aritmética. Veinte años inventando la historia fabulosa de un padre para luego de su publicación -Círculo croata fue publicada por primera vez en 2006 en el volumen Tres novelas, por gentileza de Víctor Bravo y Ediciones El otro&elmismo- terminar descubriendo a través de facebook que ... Es, a pesar de eso, una buena novela y, después de su lectura, varios amigos le cambiaron el nombre a mi Valencia primigenia y, en vez de llamarla Valencia del Rey, la llaman Valencia de San Desiderio.
Todo esto viene a cuento porque el volumen de Sudaquia, Barbie/Círculo croata, será presentado junto a los libros de Héctor Torres, Francisco Massiani, Armando Luigi e Israel Centeno entre otros, en la Feria del Libro de Miami del 14 al 16 de noviembre.
Yo no podré estar, pero lo he comprado a través de Amazon. Cuando llegue mi ejemplar el lunes 12 brindaré por mis editores de Sudaquia frente a un tarro de buena Nutella.
 
 
 

3 nov 2012

PASTORAL

Cuando hablamos
milagrosamente transcurren
los siglos los milenios
viajamos de ciudad en ciudad
vuela un alcornoque sobre un mar de palabras
se detiene en el aire
y un joven piloto saluda
haciendo ondear una bandera perlada.
¿Será una sábana?, pregunto
y percibo un brillo en tus ojos
una duda secreta una angustia.
¿Acaso delira?, pienso que piensas.
¿Fabula o miente?
Si entonces tus párpados vuelan
bien pueden piloto y alcornoque precipitar
hasta el fondo allá en la vida.
Podría incluso callar
dejarlos suspendidos en el aire
hacerlos caer
dejarlos suspendidos en el aire
pero solos no encontrarán consuelo
sino la dura realidad
y tus ojos continúan tiritando.
Para vivir este momento es que hablo yo
para sentir ese temblor en tu mirada.



30 oct 2012

El bochinche de Chandler

Luego de una mañana de trabajo y una tarde dedicada al cuidado extraescolar de mis dos bichitos, leo en El largo adiós de Raymond Chandler (traducción de José Antonio Lara) la palabra bochinche. Podría cerrar el libro ya y morirme de risa, pero me gusta Marlowe y el rostro de Bogart que Planeta decidió ponerle en la portada. Entonces elijo recordar cómo conseguí el libro. Mi vecina desocupa la casa y gentilmente me ha permitido husmear en la biblioteca de su difunto marido y coger lo que quisiese. Treinta y siete libros me he traído. Es como si los hubiese empujado para que llegasen de la biblioteca de mis vecinos a la mía. Treinta y siete buenos libros, puedo jurarlo y, si fuera necesario, incluso advertir que tengo experiencia en esto. No en lo de vaciar la biblioteca de mis vecinos, sino en lo de valorar libros de segunda mano. Así se confunden los libros del antiguo vecino con los míos, multiplicando su vida, que parecía finita, añadiéndole dioptrías a mi presbicia. Sus libros se juntan con los míos. Yo leo sus libros. Hablo con sus libros. Me río con sus libros. Y hablé tan poco con él. La vida es extraña, sin lugar a dudas, y yo pensaba que nunca accedería a un espacio tan íntimo. Husmear en sus libros, traérmelos a casa, leer sobre ellos. Donde antes sólo había un saludo frío y quizá algún problema burocrático por una confusión de direcciones, ahora hay una lectura compartida. Este hombre quizás leyó El largo adiós durante una sesión de diálisis y yo lo releo veinticinco años después en una noche fría junto a mi niña que duerme y ronca. Allí es donde encuentro la palabra bochinche, al inicio de un ronquido de Letizia. Él ya no lo puede saber, pero yo sí. Gracias a su viuda, gracias a la gentileza de su viuda, yo me siento menos ajeno al antiguo propietario de este libro, me acerco a él.
Hay otras maneras de llegar a lo mismo, lo sé. Cuento la primera que se me ocurre. Sé que en la ciudad que habito hay un diseñador de interiores que dice que las bibliotecas no se estilan ahora, que ya no se usan. Obliga entonces a sus clientes a deshacerse de ellas y éstos lo hacen. Mandan los libros a una segunda casa, de playa o de montaña, o directamente a la basura. Así también podría haber conseguido un ejemplar de Pastoral Americana, la novela de Roth que ojearé hoy, pero no es lo mismo. Nada que ver. Es un camino absurdo también, pero feo y perverso, como una enfermedad.
Lo que permitió que yo encontrase hoy la palabra bochinche en un libro de Chandler fue un milagro. Un dulce milagro ocurrido gracias a Chandler, a José Antonio Lara,  a Marlowe-Bogart, a mi gentil vecina y a Emepe, la amiga que le dijo a mi vecina que a mí me podrían interesar sus libros. Un milagro ocurrido ante mis ojos, tan cerca de mí, en los libros que ahora compartimos mi vecino y yo. 

20 oct 2012

Nonna Maria


era
qué duda cabe
una mujer esencial
mi suegra
sólo una vez alzó la voz
pedía que nos fuéramos a dormir
igual cocinaba muy poco
pero la pasta stufata
y el gató de patatas
le quedaban mundiales
veía series de detectives
leía las novelas de Agatha Christie
y siempre estaba pendiente
de cumplir
bodas, cumpleaños, bautizos y defunciones
allí estaba ella
una llamada suya
monosilábica
me enseñaba a hablar italiano
y ratificaba nuestro armisticio
que no sé por qué
desde el primer día
nos vimos y coincidimos
fue un asunto de casualidades
pudimos incluso convivir
cuando escribía la tesis
a media mañana
ella abría la puerta de mi despacho
sostenía una taza de café
le gustaba que trabajara
que siguiera trabajando
nunca me hubiera dado una manzanilla
igual luego se hacía la tonta
y me tocaba lavar los platos
pero la pasábamos bien
luego de comer
yo me sentaba a su lado
ella veía La Signora in Giallo
y yo leía el periódico
o algún libro
nos acompañábamos
esperando la hija
ella tan discreta
me reconocía en los días
en que no reconocía a nadie
y sonreía cuando yo le cantaba
canciones que nunca he sabido realmente
o acariciaba sus mejillas
sólo antes de morir
pude escuchar su respiración
pero los niños pidieron comer
y cuando regresé
así de esencial
ya se había ido

16 oct 2012

El salto pornográfico

Verlo caer es, sin lugar a dudas, una secuencia pornográfica. No porque a lo lejos pareciera una cápsula microfálica, sino porque simplemente no tiene sentido hablar de ciencia y positivismo (¿existe todavía?), mucho menos vender como una hazaña el despropósito anencefálico de un individuo que busca infructuosamente la muerte invertida, al menos según la estética cristiana, tirándose muerto de miedo desde más allá de los cielos para aparecer luego vivo en un desierto de Norteamérica. Si quería suicidarse lo hubiera podido hacer más fácil bebiéndose dos litros de la pócima de taurina que lo patrocina, pero sin cámaras ni telescopios, sino encerrado a llave en el baño de un burdel o leyendo una novela ganadora del Premio Planeta. Fracasó en su intento de morir y ahora lo venden como un héroe y quieren convertirlo en novio de Barbie. No lo nombraré ni mutiplicaré su foto. Hacerlo sería divulgar una escena primaria, como hacen los periodistas españoles cuando hablan de economía o los políticos latinoamericanos que se refieren públicamente a sus enfermedades. Salto puto y pornográfico. Bull shit.

29 sept 2012

CUARTIENTO DEL PRIMO BURLÓN

La familia política ―¿por qué familia, por qué política?― me ha regalado un primo que tiene por virtud el burlarse de todo. Su pertenencia a la familia también se ha efectuado por la vía política y estoy seguro de que cada uno de sus comentarios los hace con la mejor de las intenciones. Tan sólo quiere reírse un poco y propiciar que los otros también lo hagan realzando un detalle inicialmente imperceptible, pero clave, de cada uno de los otros miembros del grupo familiar, consanguíneos o no.
Así, lo he visto más de una vez burlarse de un primo que baila flamenco.
―Mira cómo baila. Jo, qué gracioso.
En este apartado, es necesario reconocer su generosidad. De este primo flamenco podía haber hecho comentarios mucho más mordaces que lo habrían destruido, pero realzar el baile es si se quiere un comentario tan sutil que no le permitiría al primo víctima ni siquiera molestarse e incluso lo obligaría a reír junto al primo burlón.
De una tía anciana que padece una especie de demencia con esclerodermia podía haberse burlado por su tacañería, pero obvió este detalle, demasiado evidente, y simplemente apuntó un detalle.
―Aquí la podéis ver, no se mueve. Pase lo que pase, siempre permanece impasible.
Del apellido de la familia que nos une, Mitidieri, lo traduce al italiano y cada vez que lo ve sobre una hoja lo dice:
―Mitos de ayer. Aquí lo dice.
La familia, que tuvo un pasado interesante y ahora tiene un presente por decir algo duro, lo escucha con dolor, pero no puede hacer nada. Es el primo burlón. Y, además, cada vez es más rico. La risa, la burla y seguramente su trabajo lo han enriquecido.
El otro día, durante una celebración familiar, de la que veíamos el video, me escogió como víctima.
Quienes me conocen saben que siempre he tenido tendencia a la barriguita. Además, tengo una escoliosis leve y un poco de culo por algún ancestro africano. Esa combinación la he llevado lo mejor posible durante toda mi vida, pero en ocasiones me sucede que se me escapa el pantalón y, obviamente, lo tengo que subir. Pues eso fue lo que hice durante la celebración. Un movimiento de cadera, otro de culo y, zas, el pantalón ya estaba arriba.
En el video el detalle era casi imperceptible, pero el primo que se burla de todo detuvo la reproducción, retrocedió y luego revisitó mi escoliosis a cámara lenta.
Allí estaba yo, mirando a la izquierda y a la derecha, llevándome las manos a la cintura, moviendo el culo hacia uno y oto lado y luego, descaradamente, con una vulgaridad insólita en mis movimientos, ajustándome el pantalón la cintura. Obviamente, no podía faltar su voz de profesor de pueblo comentando mis movimientos:
―Aquí podéis ver el sutil movimiento del tío Slavko. Imperceptible, ¿verdad? Pues ahora mírenlo lentamente.
A partir de ese día, supe que algún día le escribiría un cuartiento, no para vengarme ni nada de eso, sino simplemente para realzar esa cualidad suya, de burlarse de todo lo que le rodea, su sacrosanta virtud.
Agrego, además, un detalle, quizás imperceptible para él y para quienes le rodeamos y lo hemos aprendido a querer. Cuando termina la burla, siempre hay un momento en que se lleva la mano derecha primero a los genitales y luego a la nariz. Es demasiado asqueroso, pero es mi primo burlón. Otro de los personajes de mi familia política. Insisto: ¿por qué familia, por qué política?

12 sept 2012

El dedo de la palabra




Hay un dedo que según mi hija merece ser llamado el dedo de la palabra. Realmente —como ella se refiere al tercer dedo de cada mano, el dedo medio de toda la vida— hay dos: uno en cada mano. Los señala así, con la palabra "palabra" como parte final de un camino de eufemismos. La "palabra" en este caso es una palabra mala, equivalente a grosería, y el dedo de la palabra entonces también podría ser llamado el dedo de la grosería. En los últimos diez días lo he sujetado entre mis manos en varias ocasiones. La primera el sábado, cuando vi a dos conocidos escritores españoles en un programa de televisión haciendo de tertulianos, que significa hablar de todo, pero fundamentalmente mucho y en voz alta, atropellando a los demás. Es verdad que todos tenemos que ganarnos la vida y que Cela y Umbral también mataron tigres en la televisión, pero ganarse el Nadal y el Municipal de Torrelodones para terminar hablando en televisión sobre una concejal que se masturba frente a su teléfono es sencillamente una directa invocación al dedo de la palabra. Contenido como estaba entre mis manos, el dedo mismo empezó a hablar, a despotricar en contra de los colegas escritores del siglo XXI, incluido yo mismo. ¿Escritores de qué? De miniartículos díscolos que se publican en las redes sociales, facebook por nombrar alguna, o en un blog como éste. Es(t)os miniartículos son una cagada y, seguramente, ningún escritor los firmaría en una revista seria. O escritores de tweets. Si el miniartículo es una cagada, el tweet es una flatulencia, sencillamente porque el mundo no necesita saber qué piensa a cada instante ninguna persona, por conocida o por escritora que sea. Yo, que soy cuartientólogo, pido disculpas a mis amigos por lo que estoy escribiendo, pero sencillamente repito el dictado del dedo, el dedo de la palabra. Este elemento se volvió a alzar hace apenas dos días, ante la ausencia repetida de un trabajador doméstico. Esta vez no pude contenerlo. El dedo de la palabra saltó a la mesa y, de manera autónoma, sin necesidad de que yo le dictase nada, comenzó a escribir: "No te diré nada al respecto. Simplemente lo que tú mismo dirías como cliente en cualquier situación de la vida cuando te sientes estafado o la persona que se ha comprometido a algo contigo no te cumple. Eso, dítelo tú mismo, escúchalo de tu propia boca". Pobre dedo de la palabra, últimamente tan irascible, así de irritable. Se enfada mucho también cuando le toca ir con mi cuerpo al colegio de los niños. Este es un colegio peculiar y el más tonto puede ser presidente del consejo. ¿Presidente de qué, de qué consejo? Del consejo del dedo de la palabra. O cuando encuentra al vecino al que le molestan las ramas de los árboles que nacen en nuestro patio y pretende que yo vaya a cortárselas. La última vez que se encontraron, el vecino y el dedo, el primero pretendía hablar con la muchacha que cuida a mis niños y el dedo de la palabra volvió a desatarse y otra vez habló, incontenible.
Giuliana, ven. Deja de hablar con ese hombre no vaya a ser que te haga una solicitud obscena, como limpiarle el jardín o hacerle la cama.
No se lo reproché. Nada le dije. Últimamente mi dedo y yo vamos absolutamente de acuerdo.