Comenzamos ya en el siglo pasado, cuando aprendimos a escribir en las computadoras y dejamos de luchar por abrirnos espacio en el escritorio porque podíamos trabajar con los codos pegados al tórax. Sin saberlo ni pretenderlo iniciamos la abolición del hombro, fundamentalmente la abolición de la abducción, el movimiento que -exagerado- permitiría que lleváramos los codos a la altura de las orejas. De eso se dieron cuenta los diseñadores de muebles y aviones y comenzaron a diseñar mesas, sillas y poltronas aéreas cada vez más estrechas. Nadie dijo nada porque todos pensaron en sacarle provecho a la idea. Así, los restauradores multiplicaron sus ingresos y convirtieron en realidad la voz popular ("Donde comen dos comen tres"); las líneas aéreas casi duplicaron la capacidad de sus aviones ("Las llamaremos low-cost", dijo un publicista avispado, "pero progresivamente los vuelos costarán lo mismo"); las funerarias apostaron por modelos más estilizados de ataúdes; e incluso los jerarcas de la iglesia pensaron que podrían comprimir el alma y así sentar más feligreses en los bancos frente al altar. En los últimos años, ha desaparecido el mapa. La adorada carta geográfica, que ni siquiera abduciendo los hombros en su máxima capacidad y extendiendo los codos de ambos brazos, que ni siquiera así era posible alcanzar en su plenitud, nuestro mapa de toda la vida ha desparecido y abrir uno en una ciudad turística equivale a ponerse en la frente un letrero de retrógrado y negligente. Pues, como si eso fuera poco, ahora están desapareciendo los periódicos impresos. Ya los habían convertido en tabloides. No es suficiente todavía y antes de que pasen uno o dos años ellos tampoco existirán. Es un asunto más que obvio y la gente que lo presiente y prácticamente sabe se preocupa por los kioskeros. ¿Qué harán ahora los kioskeros de toda la vida? ¿Qué productos venderán si no podrán ofrecernos periódicos con noticias atrasadas? Pues yo también me preocupo por ellos aunque en el fondo estoy seguro que de alguna manera ellos lograrán resolver su situación. Alguna cosa venderán, con algún producto o intercambio llenarán sus espacios repletos de kas. Por eso no son ellos los que más me preocupan. Mucho más me preocupa la segura desaparición de los abrazos. Si se termina aboliendo la abducción de los hombros, si continúa la abominable cultura de eliminar este movimiento, si lo diseñadores continúan inventando productos que permiten prescindir de él, los abrazos que conocemos e intercambiamos actualmente también desaparecerán. Me refiero a los abrazos que se dan con todo el cuerpo, para los cuales es necesario abrir completamente los brazos, abducir los hombros y extender inicialmente los codos, para después flexionarlos alrededor del cuello o de la cintura de la persona abrazada. Estos abrazos, así como lo he escrito, estos abrazos desaparecerán y serán sustituidos por los abrazos políticos. Léanlo bien, he escrito políticos. Lo he hecho para referirme a los saludos que suelen prodigarse en las cumbres presidenciales y eventos parecidos. Se trata de una cadena de movimientos bastante estraña, en la que el hombro está abolido y los estadistas acercan sus cuerpos y, uno frente al otro, intercambian movimientos de antebrazos y manos, con los codos pegados a la caja torácica. Pues yo esos saludos no los quiero dar ni recibir. Eso para mí no es un abrazo. Y, como he comprendido que el mundo actual tiende a ellos, cada vez que veo un mapa o un periódico aunque tabloide lo compro, incluso duplicado. Algo tengo que hacer para continuar abduciendo mis hombros.
Ni cuentos ni artículos. Tampoco articuentos o cuentartículos. Se trata de cuartientos.
13 nov 2012
10 nov 2012
Amigo, si estás en Miami
Sudaquia, la criatura que en Estados Unidos han generado María Angélica García y Asdrúbal Hernández, ha publicado en una edición conjunta Barbie y Círculo croata.
Putitas bonitas, son dos novelitas que a mí me siguen gustando. Una más desgraciada que la otra, pero novelitas buenas todavía. Pobres muchachas mías. Barbie fue publicada por primera vez en 1995 por iniciativa de Israel Centeno. Había sido escrita con el objetivo de borrar de mi vida a una novia psicópata, la única que había tenido hasta entonces. Recuerdo que alguna vez leí junto a Sergio Pitol un fragmento de su versión primigenia y el genio de Domar a la divina garza me hizo ver que en ocasiones la nombraba Barbie y otras con el nombre de la susodicha. Corregí el error y, borracho como una cuba, pude presentarla en la Feria del Libro de Caracas, en 1995. Al finalizar el acto, Israel me acompañó a la estación de metro más cercana. Gracias, Israel. Muchas más, porque luego, al entrar en el vagón, la encontré, a la psicópata, sentada junto a mí y ofreciéndose para compartir la noche conmigo. Entonces aproveché la oportunidad y le leí el último párrafo del primer capítulo:
"Barbie, putica linda, qué bien te ves con las piernas amputadas. Barbie lesbiana, bella, tú que sólo sirves para masturbar ...".
La susodicha salió corriendo horrorizada y si hubiera podido se habría tirado sobre los rieles para ser aplastada por el vagón y el cargamento de Barbie que éste afortunadamente contenía.
La escritura de Círculo croata, en cambio, me acompañó durante veinte años años: cinco páginas por año si la progresión de la literatura fuese aritmética. Veinte años inventando la historia fabulosa de un padre para luego de su publicación -Círculo croata fue publicada por primera vez en 2006 en el volumen Tres novelas, por gentileza de Víctor Bravo y Ediciones El otro&elmismo- terminar descubriendo a través de facebook que ... Es, a pesar de eso, una buena novela y, después de su lectura, varios amigos le cambiaron el nombre a mi Valencia primigenia y, en vez de llamarla Valencia del Rey, la llaman Valencia de San Desiderio.
Todo esto viene a cuento porque el volumen de Sudaquia, Barbie/Círculo croata, será presentado junto a los libros de Héctor Torres, Francisco Massiani, Armando Luigi e Israel Centeno entre otros, en la Feria del Libro de Miami del 14 al 16 de noviembre.
Yo no podré estar, pero lo he comprado a través de Amazon. Cuando llegue mi ejemplar el lunes 12 brindaré por mis editores de Sudaquia frente a un tarro de buena Nutella.
3 nov 2012
PASTORAL
Cuando hablamos
milagrosamente transcurren
los siglos los milenios
viajamos de ciudad en ciudad
vuela un alcornoque sobre un mar de palabras
se detiene en el aire
y un joven piloto saluda
haciendo ondear una bandera perlada.
¿Será una sábana?, pregunto
y percibo un brillo en tus ojos
una duda secreta una angustia.
¿Acaso delira?, pienso que piensas.
¿Fabula o miente?
Si entonces tus párpados vuelan
bien pueden piloto y alcornoque precipitar
hasta el fondo allá en la vida.
Podría incluso callar
dejarlos suspendidos en el aire
hacerlos caer
dejarlos suspendidos en el aire
pero solos no encontrarán consuelo
sino la dura realidad
y tus ojos continúan tiritando.
Para vivir este momento es que hablo yo
para sentir ese temblor en tu mirada.
milagrosamente transcurren
los siglos los milenios
viajamos de ciudad en ciudad
vuela un alcornoque sobre un mar de palabras
se detiene en el aire
y un joven piloto saluda
haciendo ondear una bandera perlada.
¿Será una sábana?, pregunto
y percibo un brillo en tus ojos
una duda secreta una angustia.
¿Acaso delira?, pienso que piensas.
¿Fabula o miente?
Si entonces tus párpados vuelan
bien pueden piloto y alcornoque precipitar
hasta el fondo allá en la vida.
Podría incluso callar
dejarlos suspendidos en el aire
hacerlos caer
dejarlos suspendidos en el aire
pero solos no encontrarán consuelo
sino la dura realidad
y tus ojos continúan tiritando.
Para vivir este momento es que hablo yo
para sentir ese temblor en tu mirada.
30 oct 2012
El bochinche de Chandler
Luego de una mañana de trabajo y una tarde dedicada al cuidado extraescolar de mis dos bichitos, leo en El largo adiós de Raymond Chandler (traducción de José Antonio Lara) la palabra bochinche. Podría cerrar el libro ya y morirme de risa, pero me gusta Marlowe y el rostro de Bogart que Planeta decidió ponerle en la portada. Entonces elijo recordar cómo conseguí el libro. Mi vecina desocupa la casa y gentilmente me ha permitido husmear en la biblioteca de su difunto marido y coger lo que quisiese. Treinta y siete libros me he traído. Es como si los hubiese empujado para que llegasen de la biblioteca de mis vecinos a la mía. Treinta y siete buenos libros, puedo jurarlo y, si fuera necesario, incluso advertir que tengo experiencia en esto. No en lo de vaciar la biblioteca de mis vecinos, sino en lo de valorar libros de segunda mano. Así se confunden los libros del antiguo vecino con los míos, multiplicando su vida, que parecía finita, añadiéndole dioptrías a mi presbicia. Sus libros se juntan con los míos. Yo leo sus libros. Hablo con sus libros. Me río con sus libros. Y hablé tan poco con él. La vida es extraña, sin lugar a dudas, y yo pensaba que nunca accedería a un espacio tan íntimo. Husmear en sus libros, traérmelos a casa, leer sobre ellos. Donde antes sólo había un saludo frío y quizá algún problema burocrático por una confusión de direcciones, ahora hay una lectura compartida. Este hombre quizás leyó El largo adiós durante una sesión de diálisis y yo lo releo veinticinco años después en una noche fría junto a mi niña que duerme y ronca. Allí es donde encuentro la palabra bochinche, al inicio de un ronquido de Letizia. Él ya no lo puede saber, pero yo sí. Gracias a su viuda, gracias a la gentileza de su viuda, yo me siento menos ajeno al antiguo propietario de este libro, me acerco a él.
Hay otras maneras de llegar a lo mismo, lo sé. Cuento la primera que se me ocurre. Sé que en la ciudad que habito hay un diseñador de interiores que dice que las bibliotecas no se estilan ahora, que ya no se usan. Obliga entonces a sus clientes a deshacerse de ellas y éstos lo hacen. Mandan los libros a una segunda casa, de playa o de montaña, o directamente a la basura. Así también podría haber conseguido un ejemplar de Pastoral Americana, la novela de Roth que ojearé hoy, pero no es lo mismo. Nada que ver. Es un camino absurdo también, pero feo y perverso, como una enfermedad.
Lo que permitió que yo encontrase hoy la palabra bochinche en un libro de Chandler fue un milagro. Un dulce milagro ocurrido gracias a Chandler, a José Antonio Lara, a Marlowe-Bogart, a mi gentil vecina y a Emepe, la amiga que le dijo a mi vecina que a mí me podrían interesar sus libros. Un milagro ocurrido ante mis ojos, tan cerca de mí, en los libros que ahora compartimos mi vecino y yo.
20 oct 2012
Nonna Maria
era
qué duda cabeuna mujer esencial
mi suegra
sólo una vez alzó la voz
pedía que nos fuéramos a dormir
igual cocinaba muy poco
pero la pasta stufata
y el gató de patatas
le quedaban mundiales
veía series de detectives
leía las novelas de Agatha Christie
y siempre estaba pendiente
de cumplir
bodas, cumpleaños, bautizos y defunciones
allí estaba ella
una llamada suya
monosilábica
me enseñaba a hablar italiano
y ratificaba nuestro armisticio
que no sé por qué
desde el primer día
nos vimos y coincidimos
fue un asunto de casualidades
pudimos incluso convivir
cuando escribía la tesis
a media mañana
ella abría la puerta de mi despacho
sostenía una taza de café
le gustaba que trabajara
que siguiera trabajando
nunca me hubiera dado una manzanilla
igual luego se hacía la tonta
y me tocaba lavar los platos
pero la pasábamos bien
luego de comer
yo me sentaba a su lado
ella veía La Signora in Giallo
y yo leía el periódico
o algún libro
nos acompañábamos
esperando la hija
ella tan discreta
me reconocía en los días
en que no reconocía a nadie
y sonreía cuando yo le cantaba
canciones que nunca he sabido realmente
o acariciaba sus mejillas
sólo antes de morir
pude escuchar su respiración
pero los niños pidieron comer
y cuando regresé
así de esencial
ya se había ido
16 oct 2012
El salto pornográfico
Verlo caer es, sin lugar a dudas, una secuencia pornográfica. No porque a lo lejos pareciera una cápsula microfálica, sino porque simplemente no tiene sentido hablar de ciencia y positivismo (¿existe todavía?), mucho menos vender como una hazaña el despropósito anencefálico de un individuo que busca infructuosamente la muerte invertida, al menos según la estética cristiana, tirándose muerto de miedo desde más allá de los cielos para aparecer luego vivo en un desierto de Norteamérica. Si quería suicidarse lo hubiera podido hacer más fácil bebiéndose dos litros de la pócima de taurina que lo patrocina, pero sin cámaras ni telescopios, sino encerrado a llave en el baño de un burdel o leyendo una novela ganadora del Premio Planeta. Fracasó en su intento de morir y ahora lo venden como un héroe y quieren convertirlo en novio de Barbie. No lo nombraré ni mutiplicaré su foto. Hacerlo sería divulgar una escena primaria, como hacen los periodistas españoles cuando hablan de economía o los políticos latinoamericanos que se refieren públicamente a sus enfermedades. Salto puto y pornográfico. Bull shit.
29 sept 2012
CUARTIENTO DEL PRIMO BURLÓN
La familia política ―¿por qué familia, por qué política?― me
ha regalado un primo que tiene por virtud el burlarse de todo. Su
pertenencia a la familia también se ha efectuado por la vía
política y estoy seguro de que cada uno de sus comentarios los hace
con la mejor de las intenciones. Tan sólo quiere reírse un poco y
propiciar que los otros también lo hagan realzando un detalle
inicialmente imperceptible, pero clave, de cada uno de los otros
miembros del grupo familiar, consanguíneos o no.
Así, lo he visto más de una vez
burlarse de un primo que baila flamenco.
―Mira cómo baila. Jo, qué gracioso.
En este apartado, es necesario
reconocer su generosidad. De este primo flamenco podía haber hecho
comentarios mucho más mordaces que lo habrían destruido, pero
realzar el baile es si se quiere un comentario tan sutil que no le
permitiría al primo víctima ni siquiera molestarse e incluso lo obligaría a
reír junto al primo burlón.
De una tía anciana que padece una
especie de demencia con esclerodermia podía haberse burlado por su tacañería, pero obvió este detalle, demasiado evidente, y
simplemente apuntó un detalle.
―Aquí la podéis ver, no se mueve.
Pase lo que pase, siempre permanece impasible.
Del apellido de la familia que nos une,
Mitidieri, lo traduce al italiano y cada vez que lo ve sobre una hoja
lo dice:
―Mitos de ayer. Aquí lo dice.
La familia, que tuvo un pasado interesante y ahora tiene un presente por decir algo duro, lo escucha con dolor,
pero no puede hacer nada. Es el primo burlón. Y, además, cada vez
es más rico. La risa, la burla y seguramente su trabajo lo han enriquecido.
El otro día, durante una celebración
familiar, de la que veíamos el video, me escogió como víctima.
Quienes me conocen saben que siempre he
tenido tendencia a la barriguita. Además, tengo una escoliosis leve y un
poco de culo por algún ancestro africano. Esa combinación la he
llevado lo mejor posible durante toda mi vida, pero en ocasiones me
sucede que se me escapa el pantalón y, obviamente, lo tengo que subir. Pues
eso fue lo que hice durante la celebración. Un movimiento de cadera,
otro de culo y, zas, el pantalón ya estaba arriba.
En el video el detalle era casi
imperceptible, pero el primo que se burla de todo detuvo la
reproducción, retrocedió y luego revisitó mi escoliosis a
cámara lenta.
Allí estaba yo, mirando a la izquierda
y a la derecha, llevándome las manos a la cintura, moviendo el culo
hacia uno y oto lado y luego, descaradamente, con una vulgaridad
insólita en mis movimientos, ajustándome el pantalón la cintura.
Obviamente, no podía faltar su voz de profesor de pueblo comentando
mis movimientos:
―Aquí podéis ver el sutil
movimiento del tío Slavko. Imperceptible, ¿verdad? Pues ahora
mírenlo lentamente.
A partir de ese día, supe que algún
día le escribiría un cuartiento, no para vengarme ni nada de eso,
sino simplemente para realzar esa cualidad suya, de burlarse de todo
lo que le rodea, su sacrosanta virtud.
Agrego, además, un detalle, quizás
imperceptible para él y para quienes le rodeamos y lo hemos
aprendido a querer. Cuando termina la burla, siempre hay un momento
en que se lleva la mano derecha primero a los genitales y luego a la
nariz. Es demasiado asqueroso, pero es mi primo burlón. Otro de los personajes
de mi familia política. Insisto: ¿por qué familia, por qué
política?
12 sept 2012
El dedo de la palabra
Hay un dedo que según mi
hija merece ser llamado el dedo de la palabra. Realmente —como ella se refiere al tercer dedo de cada mano, el dedo medio de toda la vida— hay dos: uno en cada mano. Los señala así, con la
palabra "palabra" como parte final de un camino de
eufemismos. La "palabra" en este caso es una palabra mala,
equivalente a grosería, y el dedo de la palabra entonces también
podría ser llamado el dedo de la grosería. En los últimos diez
días lo he sujetado entre mis manos en varias ocasiones. La primera
el sábado, cuando vi a dos conocidos escritores españoles en un
programa de televisión haciendo de tertulianos, que significa hablar
de todo, pero fundamentalmente mucho y en voz alta, atropellando a
los demás. Es verdad que todos tenemos que ganarnos la vida y que
Cela y Umbral también mataron tigres en la televisión, pero
ganarse el Nadal y el Municipal de Torrelodones para terminar
hablando en televisión sobre una concejal que se masturba frente a
su teléfono es sencillamente una directa invocación al dedo de la
palabra. Contenido como estaba entre mis manos, el dedo mismo empezó
a hablar, a despotricar en contra de los colegas escritores del
siglo XXI, incluido yo mismo. ¿Escritores de qué? De miniartículos
díscolos que se publican en las redes sociales, facebook por nombrar
alguna, o en un blog como éste. Es(t)os miniartículos son una
cagada y, seguramente, ningún escritor los firmaría en una revista
seria. O escritores de tweets. Si el miniartículo es una cagada, el
tweet es una flatulencia, sencillamente porque el mundo no necesita
saber qué piensa a cada instante ninguna persona, por conocida o por
escritora que sea. Yo, que soy cuartientólogo, pido disculpas a mis
amigos por lo que estoy escribiendo, pero sencillamente repito el
dictado del dedo, el dedo de la palabra. Este elemento se volvió a
alzar hace apenas dos días, ante la ausencia repetida de un
trabajador doméstico. Esta vez no pude contenerlo. El dedo de la
palabra saltó a la mesa y, de manera autónoma, sin necesidad de que
yo le dictase nada, comenzó a escribir: "No te diré nada al
respecto. Simplemente lo que tú mismo dirías como cliente en
cualquier situación de la vida cuando te sientes estafado o la
persona que se ha comprometido a algo contigo no te cumple. Eso,
dítelo tú mismo, escúchalo de tu propia boca". Pobre dedo de
la palabra, últimamente tan irascible, así de irritable. Se enfada
mucho también cuando le toca ir con mi cuerpo al colegio de los
niños. Este es un colegio peculiar y el más tonto puede ser
presidente del consejo. ¿Presidente de qué, de qué consejo? Del
consejo del dedo de la palabra. O cuando encuentra al vecino al que
le molestan las ramas de los árboles que nacen en nuestro patio y
pretende que yo vaya a cortárselas. La última vez que se
encontraron, el vecino y el dedo, el primero pretendía hablar con la
muchacha que cuida a mis niños y el dedo de la palabra volvió a
desatarse y otra vez habló, incontenible.
—Giuliana,
ven. Deja de hablar con ese hombre no vaya a ser que te haga una
solicitud obscena, como limpiarle el jardín o hacerle la cama.
No se lo reproché. Nada le dije.
Últimamente mi dedo y yo vamos absolutamente de acuerdo.
6 sept 2012
PELIBRO
Un libro es un objeto vacío que uno
(escritor), a través de los días (años y décadas según mi ritmo)
llena con sus manos, sus ideas, un proyecto y, fundamental, una pizca
de sentimientos.
En ocasiones, el objeto en cuestión
sufre una multiplicación que no se llama mitosis ni meiosis sino
edición. Esta reproducción puede ser asistida por especialistas que se conocen como editores pero también por uno (escritor) mismo.
Así, el libro llega a dos (lector) que
mayormente lo ve como un objeto vacío que llena con su tiempo, sus
manos, sus ideas, un proyecto de lectura y, en ocasiones, sus
sentimientos.
Si el objeto se llena nuevamente, es
lindo, es un momento lindo. Si las manos de uno y otro se encuentran,
es hermoso. Si las ideas se rozan, es magnífico. No se podría pedir
más. Si acaso que se encuentren también los sentimientos
pero eso
es demasiado
peligroso.
7 jul 2012
CUARTIENTO DE SERENA

Me gusta esta mujer.
Tanta vulgaridad que le han atribuido, tanta foto mostrando sus nalgas, sus cicatrices, y a mí me resulta elegante: bella y adolorida.
Lo siento en sus gestos, que los comentaristas califican de teatrales: con cada golpe le duelen la espalda y las rodillas, se le encharcan los pulmones. Será que tengo tiempo sin ir al teatro, pero a mí me parece que esta mujer sufre, que llora en silencio, que traga sus lágrimas escondiendo (incluso) el gesto deglutorio.
Es un asunto de cartílago y pulmones. A ella le cuesta respirar y yo resollo junto a ella.
Una sola pierna suya sostendría este hospital. Una sola pierna. Y bajo su pecho podrían construirse varios ambulatorios: cuatro de un lado y cinco del otro.
Tanta vulgaridad que le han atribuido, tanta foto mostrando sus nalgas, sus cicatrices, y a mí me resulta elegante: bella y adolorida.
Lo siento en sus gestos, que los comentaristas califican de teatrales: con cada golpe le duelen la espalda y las rodillas, se le encharcan los pulmones. Será que tengo tiempo sin ir al teatro, pero a mí me parece que esta mujer sufre, que llora en silencio, que traga sus lágrimas escondiendo (incluso) el gesto deglutorio.
Es un asunto de cartílago y pulmones. A ella le cuesta respirar y yo resollo junto a ella.
Una sola pierna suya sostendría este hospital. Una sola pierna. Y bajo su pecho podrían construirse varios ambulatorios: cuatro de un lado y cinco del otro.
Serena es fuerte y bella. Poderosa cuando quiere.
Está llena, repleta, de impulsos contenidos.
Pobre del que a su lado esté cuando abra la válvula de escape.
Quizás eso suceda cuando gane el próximo gran premio o cuando vuelva a ser la número uno.
Allí seguramente se dejará llevar por la alegría y gritará improperios a los periodistas.
Pero, ahora que sufre. en este momento en que tiene dolor y contiene sus impulsos, resulta bella y distinguida, cubriéndose las piernas con la toalla, espantando la cámara de tanto ignorarla.
Cámara absurda, que pretende un primer plano de sus nalgas. Serena es una madre: de sus uñas pintadas, de aquella pelota inalcanzable, de cada quejido que suelta resoplando. Una madre soltera, silenciosa, trabajando y silenciosa, que tan sólo necesita un abrazo. Un abrazo que la escuche. Un abrazo donde llorar. Uno que restañe su corazón y sus heridas.
Etiquetas:
dolor.,
Serena Williams,
tennis
22 jun 2012
Vibonati, de Vicente Gerbasi
-¿Le gustan las estatuas? -me preguntó navaja en mano el barbero salernitano, Renato Ciliberti, luego de decir que él era quien todos los miércoles ajustaba la barba de Alsonso Gato.
-Las de militares no -respondí distraído-. Tampoco las de
escritores y curas.
-Es que en Vibonati hay una de Vicente Gerbasi.
Vibonati, Vi-bo-na-ti. ¿En qué dirección de mi vida sus mujeres
recogían las sábanas tendidas entre dos balcones, con los ojos cerrados porque
escuchaban a Mario Lanza cantar O sole mio? ¿Dónde resonaba la voz de sus
aldeanos el día de la vendimia? ¿Donde se estrechaban sus manos manchadas antes
de iniciar la caza de un leopardo imposible? ¿Dónde esperaban el tren de un
viaje infinito? ¿Dónde se agolpaban antes de trepar la escalerilla del barco que
les permitiría convivir alguna vez con las figuras de Viviano Vargas, en Canoabo
de Venezuela? ¿Dónde, dónde?
-Frente al Golfo de Policastro, exactamente frente al Golfo de
Policastro -repitió Ciliberti, creyendo quizás que adivinaba mis pensamientos.
Otra vez se equivocaba el barbero. Alfonso Gatto había muerto en
1976 y, en mi caso, no se trataba de saber las coordenadas en el mapa italiano
del pueblo donde nacieron los padres de Vicente Gerbasi, tampoco escuchar que
para llegar allí desde Salerno debía tomar un tren hasta Sapri y luego buscar,
en el horario de la compañía de autobuses Lamanna, las ocho letras de su nombre:
Vibonati, Vibonati, Vi-bo-na-ti. Apenas pretendía hurgar en mi memoria, con los
ojos cerrados y la loción alcoholada ardiendo en las mejillas, hasta encontrar
el lugar en que la pequeña aldea viñatera del Sur de Italia había abierto por
primera vez las puertas de sus casas ante mis ojos, invitándome a pasar y
hundirme en sus «volcanes adustos», «sus selvas hechizadas».
Nada logré recordar hasta el momento del día siguiente en que el
autobús al que había subido en Sapri -uno de esos autobuses que no se detienen
ni continúan sino que simplemente giran, dan la vuelta y regresan como si
hubieran llegado a un destino inconcebible- me escupió en Vibonati en compañía
de una anciana vestida de negro y las gallinas que no había logrado vender en
Maratea. Mientras veía a la anciana y deseaba que dejase de mirarme para caminar
tranquilo o tomarle una foto a las gallinas, lo recordé: casi veinte años atrás,
junto a mi gigantesca profesora de literatura venezolana en el bachillerato
escolapio, llorando los dos luego de leer Mi padre, el inmigrante,
escondiéndonos para no ser víctimas de las burlas de Manzo o del mismísimo cura
Manolo. Allí, luego de repetir mil veces -como si fuera un miércoles de ceniza-
el único verso del último canto, el primero del primero y del segundo, «Venimos
de la noche y hacia la noche vamos», yo pregunté por la noche y ella dijo que la
noche era Vibonati, Vi-bo-na-ti. La noche y la calle.
-Signora, ¿es verdad que aquí hay una estatua de Vicente
Gerbasi? -le pregunté finalmente a la anciana de las gallinas.
-¿De quién? -repreguntó ella mientras las gallinas revoloteaban
dentro del saco-. No, la única estatua que hay en Vibonati es ésa del Padre Pío
-señaló la piedra pintada de bronce de este Garibaldi del siglo XX que los
italianos colocan ahora en todas sus plazas.
Frente al Padre Pío, me persigné y empecé a calcular las
dimensiones de un pueblo en el que ya -a la una de la tarde del primer sábado de
mayo, con los dos únicos negocios cerrados- se habían ido las uvas y los
panini y, a través de las ventanas, los vecinos se preguntaban qué hace
el extranjero que no nos deja comer en paz, por qué un extraño tiene que venir
un sábado a la hora del almuerzo a un pueblo donde nadie viene y comenzar a
amargarnos la tarde antes del partido de fútbol.
Los llamé o soñe que los llamaba, uno por uno. Tocaba sus puertas.
Les preguntaba por la estatua. Sediento, bebía el agua de la fuente. Pero
ninguno sabía nada.
-No, no, la única estatua de Vibonati es la del Padre Pío que le
mostró la señora -decían y volvían a decir mientras señalaban a la anciana de
las gallinas.
Yo me limité a recordar Casa Natal, el cuento de López
Ortega que relaciono con todos mis fracasos: un padre lleva a sus hijos a
conocer la casa en que ha nacido y, luego de horas de viaje, comprueban que
donde debía estar la casa no hay nada o, peor aún, un estacionamiento. ¿Cómo
había podido desaparecer el busto? ¿No se trataría más bien de un engaño de
Ciliberti? Barbero charlatán, igual ni siquiera sabe quién es Alfonso Gatto. En
eso estaba, maldiciéndolo, cuando un grupo de tifosi de la Salernitana se
apiadó de mí.
-¿Gerbasi? Sí. Quizas se trate del acto que hicieron hace como
cinco años en el Comune.
-Seis o siete, más o menos. Vino el embajador venezolano y el
vice-presidente del senado -agregué yo a punto de llegar a un acuerdo.
-Está allí, adentro -dijó el menos joven sonríendo, presintiendo
mi Casa Natal, mientras señalaba la reja encadenada de una alcaldía que
más bien parecía una escuela pérezjimenista.
Fui hasta la reja. Quizás detrás de ella había un patio y, en el
centro, la estatua de Vicente con una taza de café en la mano izquierda. Pero
no, no detrás de la reja, allí sólo había una escalera, la cartelera de los
matrimonios y dos afiches de las últimas elecciones.
-¿Y la iglesia? ¿Dónde queda la iglesia? -pregunté pensando en una
bilocación imposible o en el patio de la lejana iglesia de mi infancia: algunas
matas de mango y los bancos durísimos que había donado la familia Dao.
-Su -dijeron ellos y señalaron la cuesta.
Decidí caminar hasta alcanzarla. Emprendí la subida infinita y,
como la única persona en invitarme a comer fue la loca del pueblo, le dije que
no, muchas gracias, preferiría no hacerlo, como si fuera Bartleby.
Frente a la iglesia, me detuve para ver el mar. Era hermoso, pero
no valía el viaje hasta Vibonati. De todas maneras, comencé a hacer fotos. Para
sentirme como un turista o para aprender a hacer fotos.
Iba por la cuarta o la quinta cuando una voz se atravesó entre el
objetivo y la plaza:
-¿Qué hace?
Era la sacristana que, sorprendida, no podía entender que alguien
le hiciera fotos a los tejados de Vibonati.
Le conté mi desgracia y ella prometió ayudarme: su hermana era
secretaria del Comune y, si yo la esperaba, descendería conmigo, me
abriría las puertas de la alcaldía, subiría en mi compañía hasta el primer piso
y, en un rincón, entre dos carteleras y una caja de resmas de papel dispuesta en
el suelo, me mostraría el busto -así lo dijo varias veces, el busto, el busto-
de Vicente Gerbasi.
-La única estatua que hay en Vibonati es la del Padre Pío.
12 jun 2012
PANTALETAS DE SAL, ZANCUDOS DE VIENTO
Pantaleta es la voz que en mi barrio se usa(ba) para designar la ropa íntima femenina. Pantaleta, pan-ta-le-ta. Aunque recuerdo que las niñas educadas también podían llamarla blúmer, que era más bien un eufemismo a pronunciar antes o después de pedir un batido de fresas, carísimo entonces. Me refiero pues a una palabra equivalente a la braga española o la mutanda italiana. Si el cuartiento debiese transitar esos caminos bonitos, haría una primera parada en la pantaleta señorial, la grandota, gigantesca, que colgada en un balcón bien podría parecer una bolsa de mercado. Otra en la recortada, que reconstruye los glúteos. Y todavía una más en la brevísima (la bebísima) que desaparece dentro del mundo que contiene. Pero nada de nada, quien escribe es el tío Slavko y no se va a meter hoy en esas honduras. Además, voy a ser sincero. Con los años y, fundamentalmente, esta extranjeridad perpetua, el vocablo pantaleta se ha transformado entre mis neuronas. Es ahora mucho más continente que contenido. Deserotizadas, esas cuatro sílabas han ido perdiendo pelos y olores y han ganado sonido. Pan-ta-le-ta. Suena, sí, a las mujeres de la casa de un niño que creció entre mujeres. Pantaletas de madre, de hermana, de tía. Pero evoca una trascendencia culinaria. Pan-ta-le-ta. Regresionado a lo oral, la palabra (mezcla de pastel y tartaleta) llena mi lengua de sabores. Pienso más bien en una especie de empanada de maíz rellena de carne, una empanadita frita o, ¿por qué no?, asada y de trigo como las empanadas chilenas que en Bárbula me instigaban a escapar de las clases de fisiopatología. Esta pantaleta de hoy viene rellena de jamón, trae tomate. Es fresca y buena, deliciosa, escarchada de sal.
Algo parecido pasa con la palabra zancudo. Zancudo es el mosquito caribeño, afilado, punzante y terrible. Los había patas blancas, largos y recortados. Los odiaba en mi infancia de La Entrada y, por su culpa -estaban en todas partes, atraídos por los mangos que se podrían en el jardín de la iglesia- aprendí a dormir feto otra vez cubierto absolutamente por la sábana. Con el tiempo, la otredad y los insecticidas, esas tres sílabas han perdido también parte de su significado. Queda de ellos la música, pero también han mutado sus sonidos y ahora suenan en clave de sol. Si era terrible su silbido en la infancia -que no dejaba dormir, que mortificaba y se escondía detrás de las orejas- ahora lo recuerdo como música de un instrumento de viento. Se funde, se confunde su do permanente con los mejores acordes que he escuchado nunca: algo de Mendelssohn, mucho de Bach. Debería entonces ser de cuerda, pero hoy se me antoja de viento la música de la palabra zancudo. Nada que ver con el mosquito, el zancudo en este cuartiento es un instrumento de viento junto a la boca de un músico somnoliento que hoy al mediodía degustó una pantaleta de sal.
Algo parecido pasa con la palabra zancudo. Zancudo es el mosquito caribeño, afilado, punzante y terrible. Los había patas blancas, largos y recortados. Los odiaba en mi infancia de La Entrada y, por su culpa -estaban en todas partes, atraídos por los mangos que se podrían en el jardín de la iglesia- aprendí a dormir feto otra vez cubierto absolutamente por la sábana. Con el tiempo, la otredad y los insecticidas, esas tres sílabas han perdido también parte de su significado. Queda de ellos la música, pero también han mutado sus sonidos y ahora suenan en clave de sol. Si era terrible su silbido en la infancia -que no dejaba dormir, que mortificaba y se escondía detrás de las orejas- ahora lo recuerdo como música de un instrumento de viento. Se funde, se confunde su do permanente con los mejores acordes que he escuchado nunca: algo de Mendelssohn, mucho de Bach. Debería entonces ser de cuerda, pero hoy se me antoja de viento la música de la palabra zancudo. Nada que ver con el mosquito, el zancudo en este cuartiento es un instrumento de viento junto a la boca de un músico somnoliento que hoy al mediodía degustó una pantaleta de sal.
2 jun 2012
DEFENDIENDO A BUFFON
a Giuliana Mitidieri, perché anche il calcio le piace
Se escandalizan los tifosi porque el gigante Gianluigi, después de haber defendido la honestidad de los jugadores italianos, ha sido retratado enviándole dos millones de dólares al propietario de un gárito. Ya Monti, el presidente de los impuestos y la abolición del bunga bunga, había hablado de la posibilidad de suspender el campeonato italiano. Eso fue lo que hizo saltar a Buffon, mucho más rápido de reflejos que en los últimos partidos con la Juve en los que se jugó la copa varias veces fingiendo caídas y traspiés. "Somos honestos", dijo varias veces, desautorizando al anciano tecnócrata. Ahora aparece hundido en la masa hasta los hombros y su propio seleccionador habla de la posibilidad de que Italia se retire de la Eurocopa. Los tifosi reaccionan en masa porque se toman el asunto en serio. Buffon scherza (bufonea) y dice que él puede gastarse su dinero en lo que le dé la gana. Tiene razón, pero los tifosi (jueces, fiscales y policías incluidos) le reclaman que lo haya hecho apostando, quizás contra su propio equipo.
Realmente no termino de entender lo que pasa. ¿Por qué se escandalizan? ¿Por qué esta Europa que Novalis pretendía cristiana se toma tan en serio el deporte de los millonarios que renuncian a jugar con las manos y le dan patadas a una esfera de material sintético? ¿Acaso tiene sentido hablar de ética en un asunto que -al igual que la prostitución, el circo y tantas otras cosas- nació para divertir, para`permitir que el tiempo pasase y disminuir el número de bostezos por minuto? Peor todavía, ¿de dónde surge la pretensión de pedir lecciones de ética a unos individuos que han sido apartados desde temprana edad de la escuela y de sus familias, que son mayormente analfabetos y que nunca han sido ilustrados con una noción de ella?
Por eso es que yo defiendo a Gianluigi Buffon. Es absolutamente inocente. Es un futbolista y, como tal, es un jugador: del balón, de naipes, de cartas o de cuanta virguería inventen los garitos. Seguramente envió sus ahorros de un mes al propietario del gárito y eso no tiene nada de particular. Pecado hubiera sido si lo hubiese hecho Claudio Magris o Umberto Eco. Éstos no son jugadores y han ido a la escuela, no sólo como alumnos sino también profesores.
Obviamente aquí si hay un culpable es esa entelequia que los medios llaman sociedad para no asumir la primera persona del plural. Los culpables somos nosotros, pero mucho más aquéllos entre nososros que han pretendido ver en el asunto algo más que un juego y le han dado realce a las figuras, acciones e incluso palabras de estos niñatos tramposos e iletrados, ágiles, bandidos e inocentes, que viajan por el mundo empujando balones, intentando engañar a árbitros y expectadores. jugando su asunto, sudando y, obviamente, apostando, perdiendo y ganando, vincendo.
20 may 2012
Las muchachas de Rabat
De Rabat, adonde fui a contar la versión biográfica que me ha regalado Fausto Porai, he traido:
1 Una tetera de cobre que pienso incorporar a una escultura.
2 Una tetera de plata que he colocado sobre el brasero encontrado junto a la basura de los vecinos.
3 Cuatro pares de babuchas que quizas nunca usaremos por culpa del conocido sindrome babucha-talón.
4 El conocimiento de la entrañable Clara Usón. Juntos paseamos por la Medina de Rabat. Ella bebía zumos de naranja y yo compraba babuchas y teteras. Ella pedía usar el servicio en todos los bares y yo bebía te de menta.
5 El reencuentro con Ricardo Sumalavia y Jorge Volpi: todo perece, pero la amistad literaria menos.
6 La hija del Este, la novela de Clara Usón. Ambiciosa, cautivadora, valiente. No sólo es un tema que me gusta. A veces pienso que es un libro que hubiera deseado escribir, pero confieso que nunca tendré tan largo aliento, tanto atrevimiento.
7 La breve conversación con Ana Vásquez, llena de referencias napolitanas.
8 El recuerdo de Don Julio Samsó en conversación con Federico Arbós.
9 Y este video en el que una actriz prodigiosa, a los dos minutos y quince segundos, improvisa vertiginosa y brevemente alrededor de Médicos taxistas, escritores.
2 Una tetera de plata que he colocado sobre el brasero encontrado junto a la basura de los vecinos.
3 Cuatro pares de babuchas que quizas nunca usaremos por culpa del conocido sindrome babucha-talón.
4 El conocimiento de la entrañable Clara Usón. Juntos paseamos por la Medina de Rabat. Ella bebía zumos de naranja y yo compraba babuchas y teteras. Ella pedía usar el servicio en todos los bares y yo bebía te de menta.
5 El reencuentro con Ricardo Sumalavia y Jorge Volpi: todo perece, pero la amistad literaria menos.
6 La hija del Este, la novela de Clara Usón. Ambiciosa, cautivadora, valiente. No sólo es un tema que me gusta. A veces pienso que es un libro que hubiera deseado escribir, pero confieso que nunca tendré tan largo aliento, tanto atrevimiento.
7 La breve conversación con Ana Vásquez, llena de referencias napolitanas.
8 El recuerdo de Don Julio Samsó en conversación con Federico Arbós.
9 Y este video en el que una actriz prodigiosa, a los dos minutos y quince segundos, improvisa vertiginosa y brevemente alrededor de Médicos taxistas, escritores.
Post-scriptum: al llegar al pueblo (mi pueblo, Puzol), el kioskero (nada que ver con mi maravilloso Isidro) me dice que no puedo comprar el periódico si no me llevo la pelicula. No los compré y ni siquiera protesté. Ya no me apasionan las hojas de reclamaciones y, además, sabía que tarde o temprano le mentaría la madre en un cuartiento.
4 may 2012
El violento catecismo
Por vivir en un país fundamentalmente católico, estar en mayo y tener un hijo de ocho años, me ha tocado repasar en estos días algunas páginas del catecismo, no visitado por mí desde hacía más de treinta años.
Debo reconocer que para llegar a esta situación han pasado dos cosas fundamentales.
La primera. Hace dos años, mi hijo espontáneamente pidió ir a catequesis y manifestó su deseo de tomar la primera comunión.
-¿Estás seguro? Recuerda que tú no comes jamón. Quizás eso significa que luego querrás hacerte musulmán.
-He dicho que quiero tomar la comunión.
-Pues te arrepentirás.
-¿Qué dices?
- Que el arrepentimiento es una virtud cristiana. Nada más.
La segunda. Que durante dos años hemos ido todos los viernes al catecismo, pero que al no haber sido estos viernes muy provechosos, en el último, a la hora de salida, la catequista más anciana se acercó a la terraza en que yo bebía una cerveza con algunos amigos y me increpó delante de todo el mundo.
-Si sus hijos -hablaba en plural pero yo sabía que la cosa iba conmigo aunque sólo uno de mis niños va a la catequesis- no se aprenden las oraciones, no firmaremos el certificado y no podrán tomar la comunión. Es culpa vuestra porque en la casa es donde ...
No dije nada, me llevé la botella a la boca -quizás no debí hacerlo, ¿verdad?- y me dispuse a soportar las burlas de Javier, el único acompañante cuyo descendiente no va a catequesis.
Sus burlas duraron una hora y hubieran durado mucho más de haber sabido que el encargado de reforzar el precario conocimiento sobre el asunto católico que ha adquirido mi hijo en estos dos años iba a ser yo, yo mismo.
Pues en eso me he ocupado en las últimas tardes.
Comenzamos con el Padrenuestro ya que las lagunas eran elementales.
-Vamos, pequeño, después de "nuestro pan de cada día", debes pedir perdón por nuestras ofensas.
-Pero, ¿qué ofensas, papá? Si yo no ofendo a nadie.
Luego el yo confieso. Me sentí estúpido intentando obligar a mi hijo a confesar que ha "pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión".
-¿De verdad tengo que decir esto de "por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa"?
-Bueno, mejor que no. Vamos a pasar entonces a los mandamientos.
Peor todavía. Ojalá Moisés nunca hubiera encontrado las dichosas tablas. "No matarás". "No robarás". "No tolerarás pensamientos impuros". Todo tan violento, lleno de pornografía, repleto de escenas primarias este catecismo que inocula el germen del pecado para luego castigarlo con la culpa y después fingir que lo perdona, pornógrafo misericordioso.
Pues que Dios y la vida no me lo tomen mucho en cuenta, pero creo que el certificado nos lo van a negar.
Menos mal que mayo es también el mes de las bodas. Seguro que a alguna nos invitarán.
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