1 ene 2016

Sacar a pasear la novela


(foto regalo del querido Javier Sánchez, nada de cortesía)

Como si se tratase de un perro (que duerme, que ladra, que come, que acaricia, que destroza y pide, pero siempre da) de vez en cuando toca sacar a pasear la novela.
Hay quien para ello se maquilla y se viste, se perfuma. Sale a caminar e inicia una ruta de confianza que ha elaborado a lo largo de la vida. Esta calle, el paseo marítimo, la placita más allá, aquella tienda, para seguramente terminar en un bar o en una librería. Ha sacado así a pasear la novela de su vida, editada en las páginas de su cuerpo: los años y amores, la experiencia, algunas cicatrices. Hombre o mujer, no importa el género, la novela vive en sus piernas, respira con sus pulmones, tiembla con sus párpados.
Otros la hacen pasear sin mover el cuerpo, sin apenas desplazarse. Quizá un paso o dos, como quien baila pegadito, sobre un centímetro cuadrado de pavimento. Llevan la novela en la cara, en las manos arrugadas. La novela pasea en sus ojos, en su mirada. Se puede leer en un segundo, pero también en un millón. En ocasiones se trata de una novela sencilla, esencial, pero no por eso deja de ser poderosa. Mayormente deja huella.
Del novelista en cambio, ahora que todos esperábamos sus metáforas, tenemos un ejercicio litera, concreto por demás. Antes de salir de casa, mete cuidadosamente el portátil en la mochila. Sube al tren o al coche. En el portátil está la novela de estos días. Novela y portátil son dos o tres kilos de más. A veces pesan como una deuda, pero en otras la carga es ligera como una novia en la adolescencia. Por ello camina con la mochila hacia su trabajo. La novela espera un día de suerte, tranquilo, en el que al menos le puedan dedicar diez minutos. Es la novela en la mochila, es la vida del escritor en estos días. Hoy no pudo ser abierta porque el trabajo lo impidió. No importa, la novela ha salido a pasear y, en la cabeza del escritor, hay dos o tres imágenes nuevas, extraídas de la vida, del mismo trabajo, que poco a poco se agregarán a sus páginas. Ya se encontrará la forma y el momento.

16 dic 2015

Pescabros




Vuelven a su origen los pescabros. Se escapan de la bolsa en el puerto y empiezan a nadar junto al pescado congelado. Los libros se deshacen. El pescado también. Espanta la tragedia de la pobre merluza: pierde solidez pero luego se hunde y, sin que llegue al fondo, los bichos comienzan a desgarrarla. Así se funden letras y escamas. De El principito sólo quedan una "i" y una "c" perdida, que no sabe qué hacer. ¿Quién le dijo al pescadero que también podía vender libros? ¿Quién se lo permitió? Menos mal que de La soledad de los números primos se forma tu nombre. Pensar que no quería comprarlo y me lo traje no más porque estaba barato. Menos mal, menos mal. Esas siete letras y la infusión que bebimos es lo único que ahora queda de los pescabros comprados.

26 nov 2015

¿Qué queda de tanto escribir?



La duda la tiene mi niño. ¿Por qué escribes? ¿Qué te queda de tanto hacerlo? La culpa la tengo yo por hablar a cada instante de los proyectos que tengo en mente. Lo hago para consolidar las ideas y sentirme comprometido a convertirlas en textos. Por eso me esmero en responderle. Con mis limitaciones, como bien puedo, pero también como él bien pueda entenderme. Por un lado siento que necesito transmitirle mi apego por este oficio desde que tengo más o menos su edad. Escribir me hace sentir bien, me multiplica. Es, después de leer, la cosa que más me gusta de la vida. Por otro, no quisiera que me viera como un tonto aunque lo sea. Escribir es ganar. Crear es la única cosa que nos aumenta. No se trata sólo de plasmar lo que somos, lo que tenemos, sino además, palabra sobre palabra, hacerlo crecer. Que se dispare, que alcance alturas inimaginables. Que derribe  fronteras. Hay algo en mi discurso que no le convence, que no le termina de convencer. Mi hijo necesita una verdad más cruda, con referencias concretas. Sabe porque me ha escuchado decirlo que deseaba ser un escritor cuando tenía su edad y quiere saber qué detalle concreto de la vida puede empujar a un niño de doce años a pretender tal cosa.  Por eso, he de decirle la verdad, la verdad de entonces que, mira por dónde, continúa siendo la verdad ahora.  “¿Quieres saber por qué escribo?” “Claro que sí, papá, es lo que te he preguntado”. Abro un frasco de aceitunas partidas. ”Entonces tenemos que hablar seriamente”, le digo ofreciéndole una y aprovecho que la disecciona con los dientes para contarle que cuando yo tenía su edad, en el periódico que se compraba en la casa escribía un columnista que me gustaba particularmente, Kotepa Delgado. “Ah, sí, qué bien”. Pues lo que más me gustaba era el nombre de la columna: “Escribe que algo queda”. “¿Y qué pasa?”, me pregunta mi hijo. “¿Qué tiene que ver eso con lo que te he preguntado?”. Coloco la cuchara de madera sobre la mesa y le respondo lentamente. “Que esa es la verdad más grande que he leído nunca. Comencé a escribir y continúo haciéndolo porque algo queda. Siempre”.

19 nov 2015

El imbécil que leía a Pierre Vilar




Se sentó frente a mí en el tren abrazado a la Historia de España. Entre cuarenta y cincuenta años, maltratado, le deben haber dado desde hace poco unas horas en la universidad. En una edición vieja, subrayaba con un bolígrafo barato como quien lo ha leído hace mucho pero ha de enseñarlo en treinta minutos a unos alumnos a los que no respeta demasiado.Yo leía el periódico, el impreso, mientras esperaba en el móvil un mensaje de Méndez Guédez. De repente el aprendiz de profesor movió las piernas, alzó las botas y las colocó a mi lado, donde ya tenía su maletín. Protegía el asiento, es verdad, pero no le importaba ofrecerme la parte más distal de su cuerpo. Igual podía haberme ofrecido el culo, el muy patán. Fue un gesto iluminador de su parte: hay gente (mucha) a la que le da igual el culo que la cabeza y los pies porque en estos días fundamentalmente se carece de distancia.

9 nov 2015

Médico jubilado busca compañía



Lo he visto en farmacias y ortopedias. Aquí y allá, pero siempre el mismo: un médico jubilado que quiere compañía y sabe qué hacer para encontrarla. A veces lleva sombrero. Otras no. A veces permite que se vean sus canas. En otras las lleva pintadas. Siempre vestido de manera correcta. Siempre gentil y sabio. Inevitablemente, tiene la belleza del siglo pasado y sabe pasearla. En las mañanas, luego de leer los periódicos y degustar un buen café, va de farmacia en farmacia, de ortopedia en ortopedia, y ofrece diagnósticos a las señoras que acuden solas y, se ve, albergan dudas sobre sus síntomas. "Seguro se trata de una rizartrosis". No sólo diagnostica, también encuentra soluciones. "La mejor ortesis es ésta, pero ha de llevarla por lo menos ocho horas al día". Si la cosa prosperase y fuese necesaria una receta, podría incluso extender alguna que todavía conserva para uso personal. Pero para ello sería necesario compartir un café. "Mejor una manzanilla", aconseja. Y hablar, hablar mucho. Las señoras disfrutan de sus anécdotas. Hay algunas que inventan patologías inexistentes para poder escucharlas. "El suyo es un síntoma curioso. Me hace recordar un paciente que..." Otras olvidan a sus maridos en casa y siguen su ruta de médico jubilado intentando toparse con él. "Doctor, ¿recuerda las pastillas que me prescribió la otra vez? Me ha ido de maravilla con ellas". Él entonces las invita a caminar junto a él. "Vamos a ver entonces si ya puede caminar la media hora". Así transcurre las mañanas. Él contento y ellas contentísimas porque su compañía no sólo es agradable sino que les da seguridad. "Sé que si me ocurre algo él sabrá que hacer". Y, en efecto, lo hace. Hace unas semanas una sufrió un síncope y él le prestó los primeros auxilios, llamó a la ambulancia e incluso firmó el parte. Por si fuera poco en las tarde se actualiza. Estudia y lee en la biblioteca del colegio de médicos. Cuando la señora fue dada de alta, revisó el informe. "Esto que te han hecho es una maravilla. Ya verás como con el tiempo conseguirás estar incluso mejor que antes". Así llega la hora de comer y se va a la casa de los hijos. Ellos celebran sus paseos matutinos. Comparten además su secreto. Hay una posible paciente que el médico jubilado espera. Es un amor de juventud. A ella, cuando le comente sus palpitaciones, le ofrecerá inmediatamente el electrocardiógrafo que conserva en casa. Está en óptimas condiciones.

26 oct 2015

Tumbado bajo la sombra de un piano


Lo natural en la familia era ser pianista porque había un piano en cada rincón de la casa. En la sala dos verticales y uno de cola completa. En una habitación que tenía el presuntuoso nombre de "salón de los músicos", dos de media cola y un mueble que sostenía pequeñas esculturas con los creadores musicales más importantes de los últimos tres siglos. Guardábamos además en el depósito del fondo un órgano de iglesia, pequeño para una catedral pero grandísimo para una vivienda familiar. Estaba allí mientras hacían la reforma de la iglesia, que ya  llevaba por lo menos quince años. Mi abuela, mi madre, mis tíos y mi hermana los limpiaban, pulían, afinaban y tocaban. Todos menos yo que a los siete años me había trabado con las escalas del Hanon. No era que no me gustase la música, me encantaba, pero sabía que lo mío no era ejecutarla ni crearla. Prefería escucharla: en la casa se escuchaba música buena en todo momento. Si ninguno de los pianos estaba siendo tocado, se ponían los discos de la orquesta de Von Karajan o se escuchaba la radio. Obviamente, sólo música clásica, sin que importasen, sin que pudiesen importar las protestas de los vecinos. Además, se veía la música. Una de las imágenes más hermosas que atesora mi memoria es la espalda de mi abuela encorvada sobre el piano: sus dedos artrósicos acariciando el teclado, su cabellera blanca agitándose cuando alcanzaba el clímax de una sonatina. Se olía. Esa madera que en mi casa venía de tan lejos tenía olores especiales que se multiplicaban con el tiempo, con los aceites, con los paños que cubrían los instrumentos y con los sacos de perrubia que un primo violinista dejaba olvidados en los rincones. Pero yo era especialista en sentir la música. Me tumbaba como un gato bajo los pianos y sentía la vibración de las cuerdas. Mi tía tocaba a Chopin y todo dentro de mí se movía. Mi hermana ensayaba la “Patética” de Beethoven y mis piernas temblaban como si fueran resortes. Algunos de los músicos familiares protestaban, pero mi abuela me lo permitía todo. “Déjenlo que ésa es su forma de vivir la música”. “Pero parece más bien un gato”, decía mi hermana. “Déjenlo. Denle algún libro, quizá leyendo no tiembla tanto”.
Fue así como empezaron a dejarme libros bajo los pianos. Y yo comencé a leer y dejé de temblar. Tumbado bajo  la sombra de un piano pasé de gato a lector y, casi sin darme cuenta, con el tiempo me fui haciendo escritor.

15 oct 2015

El amor literario


Que no se equivoque nadie: la literatura es un asunto de amor. No hablo de efluvios ni de piernas, tampoco de hipotecas, sino de amor comprometido, duradero, quizá para siempre. Todo comienza con la recomendación de un libro o la pata torcida del estante en una biblioteca. A partir de allí comienza la entrega, la multiplicación, el goce auténtico, verdadero.  En algunos casos, este encuentro fortuito es generado como castigo por la voz de una madre o de tres profesores: “ahora tendrás que leer todo el libro”, “de ahora en adelante leerás por lo menos veinte minutos cada día”. Allí es donde aparece la pata torcida, la página que atrapa, la línea que convierte. Todos comenzamos a escribir leyendo y la explosión literaria sucede a partir de una idea delirante: este libro que leo y me tiene atrapado es una continuación de mi propia cabeza, sus páginas y yo somos uno solo, si me lo arrancaran y yo no pudiera conseguirlo nuevamente mi vida quedaría huérfana para siempre.
Luego vienen los amores corporales. Y también los desamores, más proclives si cabe a la escritura. O nada de ello, simplemente un verso escuchado a lo lejos, con un final feliz aunque demasiado fácil. Una novela trepidante a la que creemos que el falta un último capítulo. O simplemente un guiño, otro, que nos intercepta en una esquina y nos hace ver aquel folio blanco junto al poste. Comenzamos entonces a escribir, creemos que podemos continuar el sueño, consideramos que es necesario tensar el sentimiento para que el amor explote en forma de letras, de palabras.
Para inocular el virus amoroso, para hacerlo tangible, será necesario un vehículo, un vector. No estoy hablando de mosquitos. Me refiero a un lápiz, a un bolígrafo, a un teclado, de ordenador o de móvil. El mío fue una máquina de escribir. De color naranja y de marca Underwood. Yo amaba su rodillo, sus teclas. Incluso cuando se rompían y herían el pulpejo de mis dedos. Enamorado como estaba, me sentía rápido y potente frente a ella. Creía incluso que era capaz de engañarla y, cuando me equivocaba, cambiaba párrafos completos cortando y pegando a la manera del siglo XX, con tijera y pegamento. Creía que era el rey de las máquinas de escribir y me costó desprenderme de ella y pasar a otros teclados. Parecía una fase fetichista de este amor siempre creciente, pero no lo era, en absoluto. Era literatura, amor literario.
En esa misma época, compartía sentimientos con otros compañeros escritores, a los que inevitablemente he terminado amando. Hace dos semanas, veía  al más querido de ellos hablar de esos días en una entrevista. El asunto amoroso era obvio y natural, también en su discurso: de tanto compartir sueños, proyectos  y lecturas, hemos terminado siendo como hermanos. Pasa también con otros compañeros y no es necesario haber compartido la primera juventud con ellos.

El compartir literario es absolutamente amoroso. Genera fundamentalmente alegría y buen rollo. La escritura cura. La escritura salva. La escritura redime. La escritura perdona. La escritura acepta que te pierdas y regreses. Claro, para que se multiplique el bienestar y no se pierda el buen rollo, no debemos pedirle más de aquello que nos pueda dar. Lo que pasa es que, como en cualquier otra relación, amorosa o no, no sabemos dónde termina esto y comienza aquello. 

6 oct 2015

En busca de las líneas perdidas



Caminan casi a escondidas por las calles periféricas, lejos de la plaza de toros, de la estación de autobuses. Buscan una mercancía secreta que igual que la cocaína y la marihuana exige un trapicheo secreto. Parecen fumadores buscando un lugar donde ejercer de fumadores en el aeropuerto. Aquello que persiguen hasta hace muy poco era mercancía libre y se vendía en los lugares principales.Comprarla y abrirla a la vista de todos era un hecho común pero de la misma forma un acto noble. Ahora todo ha cambiado y los lugares de comprar, como los dinosaurios, han ido desapareciendo. Cada vez están más lejos de cualquier parte. Cada vez más. Y el mismo producto que antaño era motivo de orgullo ahora ante muchos resulta vetusto y anacrónico. Ésas son las razones del trapicheo. Por eso van de un lado a otro, cada  vez más lejanos. Sólo algunos bares y papelerías todavía los tienen, más como reclamo para que el cliente compre otras cosas que por el artículo en sí. Sus líneas de alguna forma se han perdido y pocos lo lamentan, porque no han dejado de existir aunque de otras formas. Que nadie estigmatice ya que no sólo tiene que ver con la lectura el asunto. Este artículo no sólo servía para leer, también para limpiar los cristales, para recoger la basura y para aplastar las sardinas. Era (la recordamos todavía, a veces incluso la tocamos, la leemos) la versión impresa del periódico.

27 sept 2015

El ascensor de Moliterno,1964


Henri Cartier-Bresson (Magnun photos). foto de Internet.

Como si un gigante lo controlara con sus músculos desde el techo,
un gigante con olores de albahaca y peperoni cruschi,
fuerte y eterno como la piedra que da nombre al pueblo,
sube y baja seis pisos el ascensor de Moliterno.
Nunca habíamos visto algo así.
Sólo en las películas y en la referencia
de quienes han ido a Salerno
(por enfermedades o a comprar algo importante).
Pero ahora lo tenemos aquí, cerca de la Villa Comunale.
Podemos entrar en él, incluso tocarlo.
Por eso acudimos desde Sarconi y Tramutola,
desde Viggiano y Latronico.
Grandes y pequeños. Ancianos y niños.
Entramos en el edificio como si se tratase de visitar algún vecino.
Llamamos el ascensor y, cuando llega,
abrimos primero la puerta grande y pesada,
luego la corredera.
Una vez dentro, metemos la moneda en la ranura.
Los vecinos no pagan porque tienen llave.
Pero los visitantes sí. Igual el ascensor sube.
Al llegar al sexto piso por el ventanal se ven las montañas
y, después de la gasolinera, el valle infinito,
donde en sesenta años florecerán pozos petroleros.
Podríamos incluso entrar en las casas porque en Moliterno
es costumbre dejar la llave en la cerradura.
Pero no lo hacemos. Lo nuestro es subir y bajar
en el ascensor, convertirlo en noria,
para regresar siempre
y creer que estamos en la feria o en el circo.

18 sept 2015

L'americano


a Vittorio Zenzola, el primer italiano
-Lo que hace Chaplin con las mejillas lo hace Renato Carosone con la lengua -me dijo mi barbero salernitano, Riccardo Ciliberti, hace más de quince años y yo no pude escucharlo porque estaba mas pendiente de mi cuello que de sus palabras.
Varias semanas después, encontré un cd recopilatorio en un bancone del Corso Vittorio Emanuele y lo compré por dos mil liras, una moneda que desapareció después de avisar,  igual que los dinosaurios y las pesetas.
Carosone, Carosone, Ca-ro-so-ne. Desde entonces lo he escuchado miles de veces y las canciones, en lugar de gastarse, con cada audición ganan y mejoran: nuevos sonidos, mejores matices, otras lecturas, renovadas interpretaciones. Les ayuda, es verdad, el napolitano, una lengua que para quien no ha nacido en la Campania, independientemente de que hable o no italiano, es una suerte de arameo, en que cada sonido, cada fonema, viene acompañado de un gesto y, juntos los dos, podrían ser resumidos por un filólogo contenido en un tomo de mil quinientas páginas.
Lo que más me interesa de Carosone, sobre todo de los trabajos en que el letrista es Nicola Salerno, es que sus canciones, divertidísimas mayormente,  nunca resultan anacrónicas. Al contrario, como se refieren a una parte del mundo en la que no sólo Cristo se detuvo, sino también el tiempo, cada vez son más actuales. Algo parecido, hablando de la parte de Italia que para bien o para mal más he visitado, también me sucede con Totò, Pino Daniele y Massimo Troisi: escucharles y verles es un asunto campano, fresco siempre como un bocconcino di mozzarella, cercano y remoto como una crónica de Matilde Serao, propio y ajeno, comprensible a medias (lo cual es una maravilla porque deja abierto todo un compás de posibilidades meióticas), agradable siempre.
Quienes crean que no conocen a Carosone y a Nicola Salerno se equivocan. Suya es la canción Tu vuò fa l'americano. De hecho es el primer trabajo que hicieron juntos en 1956. En ella (siguiendo quizá la estela de Un americano a Roma, donde Alberto Sordi encarna al inolvidable Nando Meniconi), un joven napolitano se empeña en bailar rock, jugar beisbol y, peor todavía, decir "I love You" mientras hace el amor bajo la luna. Se puede también escuchar en El Talento de Mr Ripley. Y, como no, en la versión discotequera que en 2010 hizo una banda australiana.


Escucharlo ahora es un privilegio en el que  no sólo admiramos a Carosone, sino que recordamos a Alberto Sordi rescatando el plato de pasta que le había dejado la madre sobre la mesa en Un americano a Roma, a Totò y Peppino que en 1958 incluyeron a la fuerza la canción en Totò, Peppino e le fanatiche o a Jude Law cantando la canción en Napoli ante los ojos embelesados del Matt Damon.
Todas sus canciones en general retratan perfectamente la belleza y la tristeza, la dulce fatalidad del Sur de Italia: un pueblo que sabe que está mal, que irá a peor, pero que permanece embelesado pensando en la calidad de la pasta que come todos los días, en la melódica melancolía de su música y en sus bellezas naturales. Para tolerar y comprender una situación tan complicada, quizá sea necesario escuchar Pigliate 'na pastiglia, una canción en la que Carosone describe la vitrina de una farmacia donde se puede pedir además de aspirinas un bistec alla fiorentina.


Otra canción cantada por Carosone que me gusta mucho y me hace recordar a Matilde Serao y a Massimo Troisi es Tre numeri al lotto. No es producto de la colaboración con Nicola Salerno, pero evoca la pasión lúdica del pueblo campano y el significado que en la tómbola napolitana cada número tiene. En Tre numeri al lotto, soñando con el terno, pero también con el ambo, ¿por qué no?, Renato Carosone apuesta por Natale, il male y le botte: 25, 60 y 38, tres números que podríamos jugar hoy, a ver qué pasa.




Finalmente, ya que fue la canción que me recomendó Ciliberti, dejo Io mammeta e tu, un clásico napolitano cantado esta vez por Carosone que describe la estrecha relación de toda joven italiana con su familia y lo difícil que es entrar y abrirse un espacio en ella..


-Lo que hace Carosone con la lengua no lo hace nadie con las manos -podría responderle hoy a mi barbero salernitano.

16 sept 2015

El periojano: ¿periodista o cirujano?


La voz iluminada de Susan Sontag la refería como metáfora, pero sin lugar a dudas en una época mucho más concreta, donde se pretende crear morbo incluso de la nada, para algunos periojanos la enfermedad es espectáculo aunque para el paciente no puede significar otra cosa que sufrimiento. Consideran que el público necesita leer cómo corre la sangre, si no puede ser del toro que sea del torero, y es necesario dársela a través del verbo estreñido de un cirujano y por lo menos dos periodistas. 
Ayer, en Salamanca,  un torero fue corneado, terriblemente corneado. Y hoy el informe quirúrgico ha sido publicado con puntos, acentos y comas por el crítico taurino de El País. No nombraré al torero aunque no fue mi paciente, pero sí al crítico que ha aplicado al asunto una transparencia más propia para declaraciones fiscales de políticos que para entrañas de persona, torero o no. Se llama Antonio Lorca. En la reseña que hoy publica reproduce la nota quirúrgica. Allí se describe lentamente el paso del asta y la forma en que tras el destrozo el bisturí intenta limitar el daño. No me disgusta la prosa técnica del cirujano convertido hoy en periojano, gracias a la abundancia de datos y a la rapidez con que sus palabras han llegado a la prensa y a través de ésta a los lectores. Cuestiono, sí, la publicación íntegra de una página de la historia clínica del paciente. Allí ya se derribo una barrera protegida incluso por la ley. Pero además, al menos un periodista y un editor, ¿periojanos también?, aprobaron su publicación. El primero y los segundos creen y quieren hacernos creer que los lectores necesitamos detalles de la intervención y ponen ante los ojos de todos el "punto de Mac-Burne", "el drenaje de Penrose" y la técnica de Friedrich, además del peritoneo del paciente. 
Por si fuera poco, en un apartado que nada tiene que ver con la cornada ya que se trata de una situación congénita el cirujano hoy convertido en periojano refiere que ha encontrado hurgando en las tripas del torero un "Divertículo de Meckel". El primer periojano lo escribe y los segundos, los del periódico, lo publican. Es un resto de la unión umbilical del torero con su madre y ahora todos sabemos que el torero lo tiene. ¿Y si en lugar de divertículo el periojano salmantino hubiera encontrado plexos hemorroidales trombosados también nos lo habrían dado a conocer? Obviamente no daré ningún diagnóstico porque me estaría contradiciendo. Sólo me permito decir que, periojanos o no, cirujano y periodistas, hoy se han pasado cuatro pueblos y deberían hacérselo mirar.

14 sept 2015

¿Qué ha de hacer un vecino para merecer un cuartiento?

El cuartiento se produce a partir de una mirada torcida que se posa por búsqueda o distracción sobre un evento particular. No se trata de la espectacularidad que recomendaba Juan Bosch a los jóvenes cuentistas. Simplemente un detalle que diferencie al asunto del resto: una voz esdrújula, un ombligo bífido, una nariz que escucha, un médico que confunde las palabras "óptica" y "ótica" generando confusión entre farmaceuticos y pacientes. En caso de estos ´últimos, es necesario aclarar que no son asunto de cuartientos. Para ellos, la atención del médico, del medritor. Pero si  durante la consulta el paciente refiere que de niño trabajó vendiendo periódicos y que éstos venían en paquetes de hojas que él tenía que compaginar, el asunto de los periódicos, no el paciente,  genera un pico de atención que bien vale, previa heurística, un cuartiento. Si se trata de vecinos, no basta con ser conflictivo para merecer un cuartiento. No es suficiente organizar fiestas ruidosas. Por concepto toda fiesta es ruidosa cuando no es de uno. Tampoco ser antipático y no saludar. A veces estos especímenes son los mejores.Pero si se trata de un vecino que no saluda y organiza fiestas ruidosas, si en una de ellas se comienza a escuchar el llanto desgarrador de una mujer llamando a su hijo, como si éste hubiera muerto o desaparecido. Si luego los hombres de la fiesta comienzan a correr hacia arriba y abajo por toda la calle gritando el nombre del niño. Si el medritor tiene que interrumpir su lectura y piensa en la posibilidad de que más temprano que tarde terminarán pidiendo a gritos la ayuda de un médico. Si el medritor espera a que esto suceda apostado en la puerta de su vivienda. Si cuando su mirada se tropieza con la del vecino ruidoso y ahora pasado de ginebra éste lo saluda por primera vez y le dice que han perdido un niño, así no más, como quien dice que ha perdido un paraguas o una piña. Si luego aparece una patrulla policial y dice que el niño de tres años ha sido encontrado a quinientos metros de la casa, que al parecer mientras nadie lo veía había salido de la casa y había iniciado su exploración de los alrededores.. Si el medritor escucha cómo uno de los participantes de la fiesta anuncia su partida y reprocha que los padres no estuvieran pendientes de un niño tan pequeño. Si todo eso sucede en una tarde de sábado en que el medritor está de animo y no quiere continuar corrigiendo la novela, quizá entonces empiece a pensar en la posibilidad de que el nuevo vecino se merece un cuartiento.

31 ago 2015

Amargo y celeste, el testimonio de Albor




Todo libro puede y debe tener innumerables lecturas. Pero me sucede con Duelo que desde hace más de un mes lo leo y releo sufriendo con él, temiéndole y buscándole. Lo digiero lentamente: como amigo que he sido de Albor, como lector que ha encontrado este libro navegando en la red, como escritor que admira el cuidado con que la brillante periodista escarba en su pena hasta editarla de forma magistral, como padre consciente de que los hijos son el evento más importante de la vida hasta ahora, como médico en contacto permanente con el dolor e, imposible olvidarlo, como deudo de mis muertos que he sido y sigo siendo, seguramente para siempre.
Leyendo cómo se multiplica la narradora de este testimonio es imposible no sufrir también porque el mismo título y uno de los primeros párrafos advierten lo que siempre parece que está a punto de suceder, pero que la escritora tensa, no porque quiera añadir suspense sino porque su vida a partir de la maternidad se ha hiperdimensionado.
Su logro más importante es nombrar a la muerte y hacerlo sin tapujos. Me explico y no será difícil porque de alguna manera las fases del duelo propuestas por Kübler Ross se han popularizado. La primera es la negación. Recordaré siempre una escena funeraria de mi infancia. Crecí en un pueblo en que morían unas diez personas al año y mi madre me llevaba a todos los velorios y en ocasiones me tocaba besar los cadáveres. En el velorio que ahora recuerdo, el suegro del difunto se quitó la correa y golpeando con ella el ataúd le gritaba al cadáver: "despierta, despierta, tú no estás muerto". Esa es una forma primitiva de la negación. Otra más común es la dificultad de ver el cadáver y luego, en la vida familiar, de  nombrar su muerte. Albor, que en los años noventa escribía con claridad y cercanía sobre el SIDA, Albor trasciende con mucho esa fase y nos dice a cada instante que la maravilla de su vida se llama Juan Sebastián. Narra su grandeza, su pequeña grandeza, y nos describe su muerte. Ella ha escrito Duelo para que su niño siga presente en su vida, en sus palabras, en el recuerdo permanente de sus lectores.

Duelo. Albor Rodríguez. Oscar Todtmann Editores. Caracas, 2015.

10 ago 2015

Libros congelados a mitad de precio




En la venta de pescado junto al hospital, desde hace un año también venden libros por lo que podría decirse que ahora se trata de una pescabrería.
Los pacientes entran y salen. En la esquina está la óptica y, justo al lado, la pescabrería.
Tiene una entrada amplia: con escalera y rampa para minusválidos.
Ya desde el primer escalón huele a frío con un fondo de pescado. Y, al final de la rampa, está la mesa de los libros.
Como en todas las librerías, hay libros buenos y malos. Espero que no pase lo mismo con el pescado.
Me quedo con dos libros y voy a pagarlos.. Mientras espero, veo las cajas con filetes de merluza, gambas argentinas y rodajas de emperador. Un cliente se ha llevado cinco kilos de atún.
-¿Quién es el dueño de estos libros? - le pregunto a la dependienta intentando apoderarme de una historia: un muerto en familia, un hombre que ha decidido no leer más, una ceguera de instalación abrupta.
Su respuesta es cuando menos glaciar.
-Son de mi jefe. Él los compra y los vende.
-Se ve que le va bien - digo por decir algo.
Ella no responde y me da el vuelto. Además, ha agarrado los libros y anotado sus códigos en una lista cuadriculada.
Cuando me regresa los libros, siento la contraportada húmeda de uno de ellos. Se trata de Cinco horas con Mario, de Delibes.
No lo hago mientras estoy en el local pero, una vez en la rampa me llevo la mano derecha a la nariz: lo sabía, huele a pescado.

28 jul 2015

Metrónomo chancleteo


Igual que hacían mi madre y mi suegra
apenas me alzo
comienzo a abrir puertas y ventanas.
Lo entiendo
como una de las funciones de la paternidad
del paso del tiempo.
No sólo pretendo el recambio del aire.
Necesito comprobar que el aire existe
allí, afuera
más allá del microclima que durante la noche
hemos creado con nuestros sudores
el olor de los  libros y la respiración de los celulares.
Necesito ver las flores, los árboles
saber si ha llovido.
Comprobar que es seguro salir luego.
Por eso abro puertas y ventanas
subo las persianas.
Por eso todo comienza a sonar
(las persianas el viento que pasa y mueve las hojas las cortinas)
y los otros habitantes de la casa se despiertan
refunfuñando maldiciendo
quejándose de la luz del ruido
preguntando por qué
qué me pasa
si acaso no puedo esperar
si no sería mejor colocar una sonda en el jardín
que me informase de todo.
Igual que hice yo toda la vida
con mi madre y mi suegra
mientras las tuve cerca
y pude aprovecharme
de su espíritu previsor
escuchar el ruido de sus faldas
aprender de su metrónomo chancleteo.